Solo una vez (Humor 3) Capítulo 11
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Capítulo 11

—A esta no la tocáis —dijo.

—Nadie ha dicho que...

—Veinte años. Veinte. —Levantó el mentón hacia mí, con los ojos muy brillantes—. He sacado de esta máquina los contratos de todos los hombres guapos de Nueva York. Con relojes, con perfumes, con coches. Y ni una sola hoja se ha salido de esta oficina sin que yo lo sepa. Ni una.

Eran las tres y veinte de la tarde del miércoles.

Cormac y yo habíamos ido directamente desde Union Square, con las castañas frías y el pan de tres cortezas todavía en la bolsa de tela, y Gilda nos había recibido en el despacho de la calle Veintiocho con el cigarrillo apagado en los dedos y una cara de haber recibido ya, por teléfono, la noticia y las sospechas.

—Lupe —dijo Gilda—. Nadie te acusa.

—Ella sí. —Lupe me señalaba con un dedo—. La señora del abrigo.

—La señora del abrigo solo pregunta.

—Pregunta con esa cara.

—Es la que tengo —dije.

—Ya lo sé. —Bajó el dedo—. Es la de despedir a alguien. Se la vi en el vídeo.

Gilda se pasó la mano por el pelo rojo oscuro.

—Lupe, enséñale los registros.

—¿Qué registros?

—Los de la impresora.

—Esta impresora no tiene registros. Tiene una luz roja y un carácter difícil.

—Pues cuéntame lo que hiciste el sábado.

Lupe soltó la impresora. Se ajustó las gafas, que llevaba colgadas de una cadena, y dijo con una voz de declaración jurada:

—El sábado, a las doce y cuarto, la señora Zamora me pidió que imprimiera tres copias de un documento de una página.

Lo imprimí. Una para la señora del abrigo, una para el chico y una para el archivo.

La original, con firmas, a la caja fuerte.

Trituré el borrador. En la trituradora, con las tiras.

Ahí está, mírala. Y salí a tomarme un té.

—¿Solo tres?

—Solo tres.

—¿Y el fichero digital?

—El fichero digital —dijo Lupe, con dignidad— está en el portátil de la señora Zamora, con contraseña, y en una carpeta que se llama «Contratos Varios», que no ha abierto nadie desde el sábado.

—¿Nadie?

—Yo no. Ella no. —Levantó un dedo—. Y el gato.

—¿El gato?

—Mi gato Ramón. Que a veces se sube al teclado.

Cormac, a mi lado, cerró los ojos un segundo.

—¿Ramón ha subido este fin de semana a la oficina?

—Los sábados, no. Los sábados lo dejo en casa. —Lupe me miró fijamente—. Pero si quiere sospechar del gato, adelante. Es el único de esta casa que no se pone nervioso cuando alguien pregunta por un documento.

Gilda tosió con una mano en la boca.

—Está limpia —dijo—. Lo sé desde hace veinte años. No la interrogues más.

—No lo iba a hacer.

—Lo ibas a hacer con la ceja.

—Se me levanta sola.

—Ya lo sé. —Se acercó a mí y bajó la voz—.

Escucha. Yo he llevado a treinta hombres guapos en veinticinco años y nunca he perdido un papel.

Ni uno. Lo primero que hice el jueves, cuando salió la señora Lindholm, fue mirar la caja fuerte.

Está el original. Está la copia. Solo falta lo que se hace con las manos, señora Merrow, y se hace en el bolso.

—Ya he pensado en el bolso.

—Y en las mesillas.

—Y en las mesillas —dijo Cormac.

—Y en los móviles —dijo Gilda—. Los móviles hacen fotos.

Se me quedó una cosa en la cabeza, una frase que había oído alguna vez, sin saber cuándo, pero que no era mía. La dejé estar.

—Lupe —dije, al salir.

—¿Sí?

—Perdone.

—Lo he oído. —Volvió a abrazar la impresora—. Lo tendré en cuenta. Pero no en el papel.

* * *

Dagmar Quist llegó a mi despacho a las siete de la tarde, cuando el edificio se vaciaba y las luces de la calle empezaban a encenderse sobre el Hudson.

Nadie la había llamado. Se plantó en la puerta con la chaqueta de cuero, las gafas de pasta y una tablet apretada contra el pecho, y no entró hasta que Wendell, a mi señal, le hizo un gesto con la barbilla.

—Me han dicho que buscas a alguien —dijo.

—Siéntate.

Dagmar se sentó en la butaca. La butaca de las patas enteras. Se quedó un momento con las rodillas a la altura correcta, y vi cómo bajaba la vista y se daba cuenta de la diferencia.

—Han arreglado las sillas.

—Sí.

—Es una mejora.

—Lo sé. Dagmar. ¿Quién te dijo que me trajeras a Trevor?

Ella no se movió.

—Tú me pediste que te trajera candidatos.

—Te pedí candidatos. Me trajiste a un modelo de Bellerose que dejó el abrigo en esta butaca. Y unos días después el mismo Ferdinand Lachaise sabía todo lo que había en este despacho: las patas cortadas, el sofá, la becaria, las rodajas de limón.

—Eso no lo sabía Ferdinand.

—Lo sabía. Lo ha dicho por teléfono. Cuatro veces.

Dagmar me miró. Luego, despacio, dejó la tablet sobre sus rodillas, y con los dedos de las dos manos se quitó las gafas y se pellizcó el puente de la nariz.

—Me lo pidió Lucien Marchand —dijo—. El asistente de Bellerose.

—Ya lo conozco.

—Me llamó el lunes de la semana pasada. Me dijo que Ferdinand quería una manera de saber cómo eras. Cómo hablabas. Qué comías. Una cosa amable, sin daño. Un chisme. Me ofrecía cuatro mil dólares por un informe. —Levantó las manos, con las gafas colgando—. Me dio vergüenza, pero me gustó el cheque.

—¿Y Trevor?

—Trevor no sabe nada. Es un chico encantador con una sonrisa de dentista. Solo le pedí que llevase el abrigo puesto y que lo dejara en la butaca. Así tenía un motivo para volver.

—¿Volver?

—A recogerlo. Nunca volvió. Se lo quedó Otis, ¿no?

—Lo desmontó.

—Ya. —Sonrió con una tristeza pequeña—. Yo escribí un informe de dos páginas. Las patas de las sillas. El sofá italiano. La becaria y su limón. Una cosa graciosa, con tres adjetivos. No hablé de memorándums porque no sabía que existían.

—¿Cuándo lo entregaste?

—El sábado. Por la mañana. Antes del vídeo. Antes de saber nada.

Tenía sentido. Y Wendell, que estaba de pie junto a la ventana, lo comprobó en su tablet con el gesto de siempre y asintió, una sola vez, con la cabeza.

—Vete —dije.

—¿Estoy despedida?

—Eres freelance. No se te puede despedir.

—Eso es un consuelo.

—No lo es. —Me levanté—. Pero de ahora en adelante, cuando alguien de Bellerose te llame para ofrecerte un cheque, me llamas a mí antes. Te pago el doble.

Dagmar se puso las gafas.

—¿Por qué?

—Porque cobro con intereses. —Miré la ventana—. Y porque odio que me traicionen por cuatro mil. Es una cifra muy pequeña.

Salió sin decir nada más. Wendell dejó su tablet sobre la mesa.

—No ha sido ella —dijo.

—No.

—Ni Lupe.

—Ni Lupe.

—Ni Hollis, que lleva desde el jueves con un ataque de nervios, escondido en el atelier atando lazos.

—Ni Hollis.

—Entonces, ¿quién?

—Alguien que tenga la cláusula —dije—. Alguien que sepa las veinticuatro horas.

* * *

Cormac subió a mi apartamento a las diez de la noche del miércoles con una caja de pizza y una expresión que yo no le había visto nunca: la de una persona que entra en casa de otra y se encuentra con que es más grande de lo que le habían dicho.

—Es enorme —dijo.

—Son tres dormitorios.

—Es un aeropuerto.

—Es un piso.

—Hay eco.

—Es el mármol. —Cerré la puerta—. Quítate los zapatos.

—¿Por qué?

—Porque es de mármol.

Se los quitó. Anduvo detrás de mí en calcetines, con la caja de pizza en las dos manos, por el pasillo largo, por delante de la puerta del salón blanco con el sofá que nadie había usado, por la cocina de encimeras de piedra donde el tarro de aceitunas seguía en la nevera junto a la botella de champán, y se detuvo delante de la puerta que llevaba cinco años cerrada y que yo había abierto el domingo anterior.

—¿Eso qué es?

—El comedor.

—Tiene una mesa de ocho plazas.

—Es un comedor.

—¿Lo usas?

—Lo estrené el domingo.

—¿Con quién?

—Con un cordero.

Me miró. Yo entré en el comedor, cogí de encima de la mesa las sábanas que había vuelto a echar el lunes, sin saber por qué, y las dejé caer al suelo.

Cormac dejó la pizza en el centro. Nos sentamos, él a mi derecha, yo en la cabecera, con la lámpara colgando encima y dos platos que no habían tocado nunca una comida.

—Bien —dije—. Lista.

—¿De qué?

—De personas que han tenido acceso a la cláusula. —Saqué del bolso una hoja y un bolígrafo—. Gilda. Lupe. Tú. Yo. Y el original en la caja fuerte. Gilda es quien la redactó; Lupe, quien la imprimió. Tú y yo, quienes la firmamos.

—Y los móviles.

—Y los móviles. Tu móvil. El mío.

—Yo no le he hecho una foto.

—No lo digo por ti.

—Ya sé que no lo dices por mí. —Cogió una porción—. Pero yo tampoco lo digo por ti. Lo digo porque es lo que dijo Gilda.

Lo apunté. Debajo, con letra de contable: «Móviles». Y al lado, una raya.

—Ferdinand tiene la cláusula de salida —dije—. Con las veinticuatro horas. Eso no está en ningún sitio, ni en el vídeo, ni en la entrevista, ni en el artículo de Lindholm. Solo en el papel.

—O en la cabeza de alguien que lo haya leído.

—O eso.

Cormac masticaba en silencio. Yo miraba la lista. El comedor tenía, sin la sábana, una acústica que no le había conocido: cada tenedor, cada respiración, cada crujido de la corteza de la pizza resonaba contra las paredes vacías. Era la primera vez que se comía algo en esa mesa que no fuera cordero.

—Es una pizza muy buena —dije.

—Es de la pizzería de abajo de mi casa.

—¿Tienes una pizzería debajo de tu casa?

—Y una tienda de flores. Y un chino de comida para llevar. Y una vecina que sube a las siete a preguntarme si he desayunado.

—Tu casa es un pueblo.

—Es una casa. —Se limpió los dedos—. La tuya es una nave espacial.

—Es un piso de trescientos metros.

—Es una nave espacial con un tarro de aceitunas.

—Cállate.

—Y una nevera con champán. —Me miró, con el hoyuelo suave—. Wendell me lo contó.

—Wendell va a ser...

—...amonestado, sí. Ya lo sé.

—Lo vas a ser tú también.

—Estoy en la lista.

Fue entonces cuando el móvil de Cormac vibró contra el mantel, y él miró la pantalla y se le paró el gesto.

—¿Qué?

—Es el grupo.

—¿Qué grupo?

—El de mis hermanos. Los Brannigan. —Lo cogió—. Son cuarenta mensajes. Declan ha puesto una foto de una tarta. Niall pregunta si hay una fecha para el mercado de la semana que viene. Ronan... —Se calló.

—¿Ronan qué?

—Ronan ha puesto: «¿Cómo va lo de la cláusula?».

Levanté la vista.

—¿Qué cláusula?