Solo una vez (Humor 3) Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

—Ha sido lo más divertido que he visto en cuatro años en esta empresa. —Se pasó una mano por la coleta, la soltó, la dejó caer sobre los hombros—. Nunca había visto que alguien le dijera a Ferdinand Lachaise que su chaqueta tiene mala sisa. Cuando se entere, le da un infarto.

—Tiene la sisa demasiado alta.

—Ya lo sé. Lo he dicho tres veces. Me ha dicho que era un capricho de la temporada.

—Es un error de patronaje.

—Es lo que dice mi costurera. —Se rio, con una carcajada más grande de lo que le convenía a su personaje—. Me caes bien, Saskia Merrow. Lo lamento, no era mi intención.

No supe qué contestar. Miré el suelo. Detrás del toldo, alguien reía; alguien gritaba «¡Otra!»; el músico de la guitarra había empezado por fin una melodía.

—Dime una cosa —dijo Anouk—. ¿Es verdad?

—¿El qué?

—Lo de vosotros.

—Ha salido en la entrevista.

—Ilse Brandt escribe lo que ve. No lo que hay.

—Me miró a los ojos, con una fijeza súbita—.

Yo estuve con Cormac ocho meses. Tenía veinticuatro años.

Era encantador, atento, guapo, y me llevaba a los sitios y me sonreía, y todos me miraban.

Y yo, al cabo de un tiempo, empecé a pensar: aquí hay un chico que sonríe a todo el mundo de la misma manera.

—Lo sé.

—Un domingo me dijo: «Mi tren a Providence sale a las siete y doce; tú no eres de trenes». Y me quedé en Manhattan con un croissant.

Sentí una cosa breve, aguda y clara. La disimulé.

—Ya.

—Nunca me llevó. Ni una vez. Ni a una cena de los martes. Ni a conocer a su madre. Yo se lo pedí. Me dijo que era una cosa suya. —Se encogió de hombros—. Y tú llevas tres domingos allí. Con una tarta de queso.

—Con cuatro.

—Ya me he enterado. —Sonrió—. Con unas dalias.

—Es una manera de decir...

—Es una manera de decir que hay algo que no está en el contrato.

Me quedé inmóvil.

—Anouk.

—Ferdinand tiene un papel —dijo, en voz muy baja, mirando el toldo por encima de mi hombro—.

Me lo dijo el lunes. Un papel de una página, firmado por ti y por Cormac.

Con una cláusula de salida, con veinticuatro horas de preaviso.

Dice que lo tiene desde el sábado y que lo va a usar cuando le convenga.

—Eso es imposible.

—Ya lo sé. Pero lo ha dicho. Con una sonrisa. —Recogió los zapatos—. Yo no sé lo que hay en un papel así. Yo solo sé que Ferdinand Lachaise no miente sobre el número de páginas.

Se calzó, con dos golpecitos. Se recolocó la coleta. Volvió a ser, en un segundo y medio, la cara de Bellerose: los pómulos, los ojos, la sonrisa exacta.

—Ha sido un placer —dijo, con esa voz clara que se le ponía para las cámaras—. Si alguna vez quieres que te haga una pregunta sobre patronaje, llámame.

—No tengo tu número.

—Te lo mando por Wendell. Es muy amable.

Se fue hacia la tarima con un paso ligero, descalza de repente en su cabeza, con los zapatos de tacón en las manos.

Yo me quedé un rato detrás del toldo, apoyada en una caja de cartón que ponía FRÁGIL, con la bolsa de castañas y con la sensación exacta, precisa y helada de que alguien, en algún sitio, había abierto una carpeta.

* * *

—Un papel —dijo Cormac.

—Una página. Con las cláusulas.

Estábamos en la esquina noroeste de la plaza, junto a un puesto de flores cerrado, con los tres panes, las manzanas y las castañas en una bolsa de tela que él había cogido sin decir nada. Le había contado todo en cuatro minutos, sin mirar a ningún sitio. Sin secretos. Era una regla nueva.

—Es imposible —dijo.

—Eso le dije yo.

—Yo tengo mi copia en el cajón de la mesilla, con las gafas de sol.

—La mía está en el bolso.

—Gilda tiene el original en la caja fuerte. Y otra, en su archivo. —Sacó el móvil—. Voy a llamarla.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque si Ferdinand lo tiene, quien lo dio no lo dio con un mensajero. —Bajé la voz—. Lo dio alguien que ha estado en tu despacho, o en el mío. Alguien que ha podido abrir una carpeta o fotografiar un papel.

Cormac me miró. Se le había ido la sonrisa del todo. Se le habían ido las ganas de la sidra, la miel, las castañas.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¿Wendell?

—No.

—¿Hollis?

—Hollis es un desastre. Pero no es un traidor.

—¿Gilda?

—Gilda lleva treinta años cuidándote. —Me quedé mirando las flores marchitas del puesto—. Alguien que tuviera acceso, tiempo y una razón. No lo sé. Pero lo voy a averiguar.

—El memorándum lo imprimió Lupe —dijo Cormac—. La ayudante de Gilda. Tres copias. Lleva veinte años con ella.

—Veinte años y ninguna razón.

—Y tú, ¿quién más ha tenido tu copia?

—Nadie. Está en el bolso desde el sábado.

—¿Y el bolso?

—Ha estado en mi despacho. En mi casa. En el coche. En la cocina de tu madre, encima de una silla.

—Ahí no —dijo Cormac—. Ahí no ha entrado nadie que no sea de la familia.

—Y en un ascensor de 1912.

—Con un fotógrafo con linterna.

—Con un fotógrafo con linterna —repetí—. Lo apunto.

—Vamos a averiguarlo.

—Vamos. A Gilda, a Lupe, al bolso y a todo lo demás.

—Antes de nada —dijo Cormac—. Lo de Anouk.

—No hace falta.

—Sí hace. —Se metió las manos en los bolsillos—. Ha dicho que nunca la llevé a Providence.

—Ha dicho muchas cosas.

—Es verdad. —Miró un carrito de calabazas—. No la llevé porque sabía que no se iba a quedar. Y no quería que mi madre le cogiera cariño a alguien que se iba a ir.

—Tu madre le coge cariño a cualquiera.

—Por eso.

—Y a mí me lo cogió a los cinco segundos.

—A ti te lo cogió antes. Desde el vídeo. —Levantó la vista—. Y yo no dije que no.

No contesté. Me entregó la bolsa de las castañas con las dos manos. Estaban muy calientes.

Cormac guardó el móvil. Me miró un rato más. Alargó la mano y, sin consulta, sin ceja, sin nadie mirando, me quitó un trocito de manzana que se me había quedado pegado en la bufanda de su padre.

—Estabas muy guapa —dijo.

—¿Cuándo?

—Con la sisa. Cuando se la has enseñado.

—Es un hábito.

—Es la mejor cosa que he visto en mi vida. —Se comió la manzana—. Pero has apretado el pulgar cuatro veces.

—Es un tic.

—Es tu manera de decir que algo duele.

No contesté. Me dio la bolsa de las castañas, todavía calientes. Nos quedamos un momento callados, en el borde de una plaza de septiembre, con una guitarra a lo lejos y las nubes cerrándose despacio sobre los toldos verdes.

Me vibró el móvil. Un número que conocía. Lo cogí sin mirar.

—Querida Saskia —dijo la voz de barítono de Ferdinand Lachaise—. ¿Tienes un momento? Tengo un papel.

—Ferdinand.

—¿Te ha gustado la sesión? Me han dicho que has hecho un trabajo excelente con la iluminación.

—Dime qué papel.

—Uno pequeño. De una página. —Se rio con suavidad—. Con una cláusula de salida por acuerdo mutuo y veinticuatro horas de preaviso. Está muy bien redactado. Se lo dejaría leer a tus accionistas. O a Vera Lindholm.

—Es una falsificación.

—No lo es. Tú lo sabes y yo lo sé. —Hubo una pausa larga—. El viernes, a las seis, en mi despacho. Trae a tu novio. Hablaremos como personas.

Colgó.

Cormac, a mi lado, con el pan en una mano y las castañas en la otra, no se había movido. Tenía los ojos clavados en mi mano libre, la que sujetaba el móvil con tanta fuerza que se me veían los nudillos blancos.

—¿Qué ha dicho?

—Que el viernes, a las seis.

—¿Dónde?

—En su despacho.

—¿Con qué?

—Con un papel —dije—. Y con nosotros.