Capítulo 10 #2
—¡Cormac! —dijo—. ¡Cuánto tiempo!
Lo abrazó.
Fue un abrazo largo, con los brazos alrededor del cuello, con la cara apoyada en su hombro y un pie levantado hacia atrás, en un gesto de película.
Los flashes empezaron a sonar en cadena con un ruido de aplausos secos.
Cormac, con la bolsa de pan en la mano izquierda, se quedó con los brazos a medio levantar, sin saber a dónde ponerlos.
—Anouk —dijo—. Hola.
—Estás guapísimo. Estás... —Lo miró con los ojos húmedos—. Te he echado tanto de menos. He visto el vídeo. Mil veces. Me he emocionado.
—Gracias.
—¿Y tú eres...? —Se giró hacia mí, con una sonrisa grande y una mano extendida—. Perdóname. Tú eres Saskia Merrow.
—Sí.
—Encantada. Qué abrigo tan bonito.
—Es de la colección.
—Ya lo sé. Es lo que me ha hecho llorar de lo bonito que es. —Se apartó de Cormac sin soltarle el brazo—. Ferdinand nos ha dicho que a lo mejor os pasabais. Le hará muchísima ilusión.
—Seguro —dije.
Los flashes seguían sonando. Uno, a mi derecha.
Otro, a mi izquierda. Un tercero, muy cerca, de un chico de gorra que se agachaba para cogerme de frente.
En la cara de Anouk, muy cerca de la mía, había una sonrisa perfecta y un ojo derecho que me miraba con una fijeza que no coincidía con la del izquierdo.
No es un truco muy sutil el de la ex. Es un truco que existe desde que hay cámaras.
Se coloca a una mujer guapa junto a un hombre y se espera a que la otra haga algo: que se ría demasiado, que no se ría, que le retire la mano, que se ponga rígida, que se vaya.
Y con cualquier gesto, al día siguiente, una portada.
Sentí en el pecho un calor que subía. Era una cosa antigua y pequeña, con una forma que reconocí, y que en aquel momento me hizo tanto daño que se me quedó atravesada en la garganta.
Apreté la palma con el pulgar. Y después, con la misma mano, dejé caer la bolsa de castañas en el suelo, cogí el brazo de Cormac con la izquierda, con firmeza, sin ninguna consulta, y levanté la voz.
—Perdonen.
Los flashes se detuvieron. En el silencio se oyó a un niño decir «¿Qué pasa?» y a su madre contestarle «Chsss».
—Esa luz está mal —dije.
—¿Perdón? —dijo Anouk.
—La luz. La del paraguas de la izquierda. Está demasiado alta y le aplasta la lana del abrigo. Sale sin relieve. —Miré al fotógrafo—. Bájelo veinte centímetros.
El fotógrafo, un hombre con barba y una camiseta de manga corta, me miró con la boca abierta.
—Y el tablero. El asistente lo está inclinando hacia abajo y da una sombra dura debajo de la barbilla. Es lo que se llama «luz de interrogatorio». Póngalo plano.
—Señora, esto es una sesión de...
—Ya sé lo que es. Es una sesión de Bellerose, con un abrigo de Bellerose, una modelo de Bellerose y una luz que no le hace justicia a nadie. —Suavicé la voz—. Anouk, cariño, ¿puedes levantar los brazos?
—¿Los brazos?
—Los dos. Hacia arriba.
Anouk, con la sonrisa a medio fijar, levantó los brazos.
Y el abrigo camello, de lana buena, con un corte que cualquiera habría reconocido como de la casa Bellerose, subió con ellos.
Le subió el bajo hasta la cintura. Le subió el cuello hasta las orejas.
Y en la espalda, entre los omóplatos, se abrió una línea blanca de tensión que se veía perfectamente desde veinte metros.
—Ahí lo tienes —dije.
—¿Qué?
—La sisa. Demasiado alta y demasiado estrecha. —Miré a los cinco fotógrafos, que se habían quedado con las cámaras a medio alzar—. ¿Alguien ha probado alguna vez a levantar el brazo con esta chaqueta?
Se oyó una risa. Después, otra. Un chico con una gorra dejó escapar una carcajada cerrada y se tapó la boca con el puño.
En el semicírculo de gente con bolsas de tela que se había formado alrededor del toldo, alguien dijo: «Ha dicho la sisa».
Otro: «¡Es verdad!». Un niño gritó: «¡Se le ve la espalda! ».
Anouk bajó los brazos. Tenía la cara del color de la lana camello.
—Es un abrigo de pasarela —dijo.
—Es un abrigo de pasarela que no se puede llevar cuando se necesita levantar el brazo. Es decir, siempre. —Volví la vista hacia Cormac—. Cariño.
Cormac me miraba con la boca ligeramente abierta.
—¿Sí? —dijo.
—Dame la mano.
Se la cogí. Se la levanté a la altura del pecho, con los dedos entrelazados, delante de los cinco fotógrafos y de los cuarenta curiosos y de la sonrisa congelada de la mujer más cara de Bellerose.
Y con la otra mano, sin mirarlo, cogí una tira de manzana Honeycrisp de la bolsa de papel y se la ofrecí.
—Abre.
—Saskia...
—Abre.
Abrió. Le metí la manzana en la boca. Lo hice con mucha lentitud, con los ojos fijos en los suyos, y él masticó, y tragó, con una expresión en la que había asombro, agradecimiento y una diversión completa.
—¿Está buena? —dije, alto, a los fotógrafos.
—Es la mejor manzana de Nueva York —dijo Cormac.
—Es correcta —dije yo.
Los flashes reventaron. Los cinco a la vez, con una lluvia de disparos secos que duró un poco más de la cuenta, y los aplausos de la gente, con las bolsas colgando, con los niños, con la señora del carrito, que había llegado hasta el toldo sin que nadie se enterase y aplaudía con las dos manos apoyadas en el manillar.
—Fotografías —dije, cuando terminaron—. Nadie las publica sin mi permiso.
—Señora Merrow —empezó el fotógrafo de la barba.
—Se llama Saskia. Y esto es un lugar público. Publíquenlas todas. —Sonreí, con los dientes, muy despacio—. Pero les recomiendo que le suban la sisa a Bellerose antes de sacar la siguiente colección.
Cormac, mientras tanto, se había quedado a dos metros de Anouk, con las bolsas colgando de las manos y una expresión medida.
Lo vi acercarse a ella, decirle algo en voz baja y ver cómo Anouk, sin la sonrisa de cámara, encogía un hombro y respondía con dos palabras.
Él asintió. Ella miró hacia mí, un segundo, y volvió a mirar el suelo.
Después vino hacia mí con la bolsa de pan en una mano y una expresión nueva, tranquila y algo culpable.
—Le he dicho que ha sido un abrazo muy largo —dijo.
—¿Y qué ha contestado?
—Que eran órdenes. —Se encogió de hombros—. Le he dicho que ya me lo imaginaba. Que no me ha molestado el abrazo. Me ha incomodado el momento.
—Eso no me lo tienes que explicar.
—Sí. Es una regla nueva.
Un hombre joven con un auricular y un traje demasiado ajustado se acercó a mí corriendo, con una tablet en la mano y el sudor bajándole por las sienes.
—Señora Merrow. Lucien Marchand, asistente de dirección de Bellerose. Esto es una sesión privada.
—Es un espacio público.
—Es una sesión con permiso municipal. Han parado el trabajo cuarenta minutos. Tenemos a un equipo de veintidós personas y a un fotógrafo que cobra por horas. Voy a tener que pasarle a la señora una...
—Pásele la factura a Ferdinand Lachaise.
—Es que lo ha hecho usted.
—Lo ha hecho el abrigo. —Me sacudí un pelo de la bufanda—. Dígale a Ferdinand, de mi parte, que le mando un patrón nuevo de espalda. Sin cargo.
—¿Un patrón?
—Con un centímetro y medio de sisa más abajo. Es un regalo. —Sonreí con los dientes—. Y que deje de mandarme a sus modelos sin avisar.
Lucien Marchand se quedó abriendo y cerrando la boca. En el fondo, junto al camión de la marca, un hombre con una gorra gris de mensajero, que llevaba diez minutos fingiendo estudiar una caja de tomates, dejó de fingir y vino hacia mí con las manos en los bolsillos.
—Te dije que no vinieras —le dije.
—Me dijiste que no viniera Hollis —dijo Wendell.
—Wendell.
—He venido a comprar pan.
—Has traído una gorra.
—Es de mi hermano. —Miró la plaza—. El camión de Bellerose llegó a las siete. Lo vi al pasar en el coche. Me pareció raro. Pensé: no le digo nada, porque me ha prohibido decir cosas. Y me quedé por si acaso.
—Lo has hecho bien.
—No he hecho nada.
—Por eso lo has hecho bien.
Wendell sacó el móvil, tocó la pantalla y me lo tendió. En la pantalla había una foto mía con el dedo levantado y una sonrisa con todos los dientes, delante de una mujer con los brazos en alto y una espalda de abrigo abierta. Debajo, una etiqueta: #LaSisa. Veinte mil publicaciones en diez minutos.
—Es la más rápida que he visto —dijo.
—Es un hábito.
—Es un problema para Ferdinand. —Wendell guardó el móvil—. Y para ti, un poco. Porque ahora todo el mundo va a mirarte la espalda.
* * *
Anouk Delorme me encontró diez minutos más tarde detrás del toldo blanco, en una zona con cajas de cartón y perchas de repuesto, donde me había refugiado con la bolsa de castañas recuperada y con el pulgar hundido en la palma.
Había dejado a Cormac hablando con un señor que vendía sidra y que le había cogido las manos entre las suyas para felicitarlo.
Yo necesitaba dos minutos. Lo que necesitaba era una pared.
—Te hago una pregunta —dijo Anouk, apoyada en una caja—. ¿Cuánto te cuesta esa mano?
—¿Perdón?
—El pulgar. Lo llevas apretado desde hace cinco minutos. Lo he visto desde la tarima.
Levanté la vista. La coleta se le había deshecho un poco, y sin los focos y sin el toldo era una mujer más pequeña, más joven, con los ojos más cansados. Se había quitado los zapatos de tacón, que llevaba en la mano, y estaba descalza sobre el asfalto de la plaza.
—No sé de qué me hablas.
—Claro que lo sabes. —Dejó los zapatos en el suelo—. Escucha. No te he esperado aquí para hacerte daño. He estado a punto de hacerlo, hace un rato, en la tarima. Ferdinand me pidió que lo hiciera.
—Ya lo suponía.
—Me pidió que me lanzase a su cuello delante de las cámaras y que te mirase con los ojos húmedos. Que insinuase que Cormac y yo teníamos «una historia pendiente». Que tú te pusieras rígida y que saliera de ahí una portada. Me ofreció un millón más al año.
—Y aceptaste.
—Me lo pensé. —Sonrió con un lado de la boca—. Pero luego te vi entrar con esa bolsa de castañas y ese paso, y dije: uy. Esta mujer va a hacer algo. Y lo has hecho. Has hecho lo de la sisa.
—Es un hábito.