Capítulo 10
El queso era azul y la etiqueta decía «Intenso».
Lo elegí yo. Lo elegí después de recorrer con la vista todo el puesto de Hilda, el de los quesos de Vermont de Union Square, sin ninguna prisa, con las manos a la espalda, candidato por candidato: un cheddar curado, un brie de cabra, una cosa de nombre difícil envuelta en hojas de castaño, y al fondo, en un plato de madera, bajo un cartel escrito a mano, aquella cuña gris con venas verdes que olía a establo.
—Ese —dije.
—¿Ese? —dijo Hilda, una mujer con delantal de cuadros y los brazos como jamones—. Es muy fuerte, cariño.
—Me lo han recomendado.
—¿Quién?
—Nadie. Es una intuición.
Hilda cortó un cubito con un cuchillo pequeño, lo pinchó con un palillo y me lo puso en la mano. Lo sostuve delante de mí, a la altura del pecho, con la elegancia con que se sostiene un documento.
A las ocho, en mi despacho, Ansel me había dado los números de la semana con una manzana en cada mano: más doce por ciento sobre el viernes, tres bancos en «comprar», dos fondos que habían vuelto a llamar.
Priyanka Deshmukh me había mandado su regla de oro en un mensaje de una línea: «No lo prepare.
Lo que se prepara se nota». Hollis había recibido la orden de quedarse en el atelier atando lazos a las cajas de una entrega, con Otis vigilándolo.
Y Wendell, al preguntarle si iba a ir al mercado, había contestado «No» tan deprisa que no me lo creí.
Era miércoles. Eran las diez y cuarto de la mañana.
Faltaban dos horas para que el mercado se llenase, y ya había en la plaza cuarenta puestos con toldos verdes, tres perros con jersey, un músico que afinaba una guitarra junto a la estatua y una fila de bicicletas apoyadas en la valla.
Olía a sidra, a manzana caliente, a pan de masa madre, a tierra mojada y a cebolla.
Yo llevaba el abrigo azul, el primero, la bufanda de Dermot, las bailarinas de doce en doce y una libreta con una sola línea escrita: «Semana 3.
Mercado. Comer algo de la mano del otro».
A treinta metros, junto a una carretilla de calabazas, Cormac Brannigan cargaba en la palma de la mano una tira de manzana Honeycrisp con una solemnidad de firma de tratado.
—Consulta —dijo, cuando llegué a su lado.
Levanté una ceja. Él levantó la suya. Sostuvo la manzana en el aire, entre los dos, y yo abrí la boca y él me la metió con cuidado, con dos dedos, sin rozarme los labios.
Era una manzana muy buena.
—¿Y? —dijo.
—Es correcta.
—Es la mejor manzana de Nueva York. La cultiva un hombre de Hudson desde hace veintidós años.
—Tiene poca acidez.
—Tiene la que tiene que tener. —Se limpió los dedos en el pantalón—. Ahora tú.
Le tendí el cubito de queso azul.
Cormac lo miró. Miró el palillo. Miró la etiqueta que Hilda, a mis espaldas, había dejado en el plato: «Intenso».
—No —dijo.
—Es la semana tres.
—Ese queso huele a una cuadra.
—Lo he elegido por eso.
—Es una venganza.
—Es un mensaje.
—¿Qué mensaje?
—Que las manzanas, para mí, son correctas.
Cormac se me quedó mirando con las cejas altas. Luego, sin decir nada, abrió la boca y esperó.
Le metí el queso con el palillo, sin rozarle, con mucha precisión. Lo masticó una vez. Se le abrieron un poco los ojos. Masticó otra vez. Tragó. Le lagrimeó el ojo derecho.
—Está muy bueno —dijo con una voz que no era la suya.
—¿Sí?
—Es una experiencia.
—Es intenso.
—Es intenso, sí. —Se secó el ojo con el dorso de la mano—. Dime que hay agua.
—Hay sidra —dijo Hilda, que había estado mirando toda la escena con el cuchillo en la mano y una expresión de divertimento total.
Cormac bebió un sorbo de sidra en un vaso de plástico.
A nuestro alrededor se había formado, sin que nadie lo hubiera convocado, un semicírculo de gente con bolsas de tela y vasos de papel.
Una señora mayor con un carrito de la compra.
Un chico con un patinete. Dos mujeres jóvenes de la mano.
Un hombre con un perro que llevaba un jersey de rombos.
—¡Los del vídeo! —dijo alguien.
—No —dije yo.
—Sí —dijo Cormac.
—Dales de comer otra vez —dijo la señora mayor.
—¿Perdón?
—Que se den de comer otra vez. No lo he visto bien.
—Señora...
—A mí me gustan los ritos —dijo, y golpeó el suelo con el carrito.
Levanté las cejas. Cormac también. Nos miramos. Al fondo, por encima de las cabezas, entre dos toldos, vi de reojo una gorra gris que se escondía detrás de un camión de verduras, y supe sin ninguna prueba que era Wendell, a quien le había prohibido estar allí y que había venido por su cuenta.
Repetimos la escena. Yo le di un trozo de queso de cabra, blando, de los que no matan. Él me dio un cubito de pan con miel. La gente aplaudió con las palmas de las manos, con bolsas colgando de los brazos, con un ruido esponjoso. Un niño con un helado, en el fondo, gritó: «¡Otra!».
—Esto es ridículo —dije, en voz baja.
—Es un espectáculo —dijo él.
—Es lo mismo.
—Es lo que le pidió Clifton a Hollis. Nada de fotógrafos, todo lo que se vea.
—Y se ve todo.
—Se ve todo. —Me miró de lado, con el hoyuelo—. Pero la manzana te ha gustado.
—No he dicho nada.
—Has cerrado los ojos.
—Es el sol.
—No hay sol, hay nubes.
—Es la luz de las nubes.
Junto a la fuente, una paloma de plumas grises caminaba entre los pies de la gente con un paso corto. Cormac se detuvo.
—Voy a hacerlo —dijo.
—¿El qué?
—Darle de comer a una. Sin gritar.
—Hoy no hace falta.
—Hoy sí. —Se agachó, despacio, con una miga de pan de la bolsa entre dos dedos, con los ojos muy abiertos y la respiración contenida—. Tú miras.
—Yo miro.
La paloma se acercó. Se detuvo a un palmo de sus zapatos. Ladeó la cabeza. Cormac extendió el brazo, temblando un poco, con la miga entre el índice y el pulgar. La paloma dio un paso, picoteó el aire, y después, con una precisión enorme, la miga.
—No he gritado —dijo, sin moverse.
—No.
—No me he desmayado.
—No.
—Me he agachado.
—Es una manera de estar más cerca del suelo.
Se puso de pie, con las manos muy abiertas y una sonrisa de una anchura que ningún fotógrafo le había arrancado en doce años. Alrededor, un grupo de niños aplaudía sin saber por qué.
—Eso no sale en ningún cronograma —dije.
—Eso es mío.
Compramos, por sugerencia de Hilda, una bolsa de castañas asadas, y por sugerencia de un hombre con un delantal de cuero, un frasco de miel de trébol.
Compramos, por sugerencia mía, dos kilos de manzanas Honeycrisp, en el puesto de un hombre flaco y ceñudo de unos sesenta años, con una gorra de béisbol descolorida y los antebrazos llenos de arañazos de rama.
Se llamaba Amos. Nos cobró sin mirarnos, hasta que Cormac dijo que la manzana era la mejor de la ciudad.
—Ya lo sé —dijo Amos.
—Es lo que le he dicho a ella.
—Y ella ha dicho «correcta».
—¿Cómo lo sabe?
—Lo ha dicho en voz alta. —Amos levantó la vista por primera vez, con un ojo azul y otro entornado—. Llevo veintidós años cultivando ese árbol. Mi mujer y yo nos dimos de comer la primera manzana debajo de él. Nadie me ha dicho nunca «correcta».
—Es una calificación —dije.
—Es una injuria. —Puso los dos kilos en la bolsa—. Pero es honesta, y eso me gusta. La gente que solo dice «buenísima» no sabe distinguir.
—Gracias.
—No es un cumplido. —Me dio el cambio—. A ver si vuelven. Pero con más sitio en la boca.
Cormac cargó las manzanas con una sola mano, sin quejarse. Compramos un pan redondo, con una cruz en la corteza, que Cormac olió con los ojos cerrados.
—Se parece al de mi madre.
—Es un pan.
—Es un pan que se parece al de mi madre.
—Compra dos.
—¿Dos?
—Uno para tu madre.
Me miró. Se le fue un poco la sonrisa. Compró tres.
* * *
La sesión de fotos estaba montada al otro lado de la fuente, en el extremo norte de la plaza, y yo la vi casi al mismo tiempo que los flashes.
No era una sesión pequeña. Había un toldo blanco con el logotipo de una marca en letras de oro, tres focos con paraguas reflectores, una mesa con bebidas, un carrito de ropa con perchas cubiertas de plástico, dos maquilladoras con cinturones de brochas, un fotógrafo con una cámara enorme y un asistente con un tablero blanco que hacía rebotar la luz.
Y, en el centro, encima de una tarima de madera clara, una mujer alta, delgada, de treinta y pocos años, con un abrigo largo de lana color camello y el pelo rubio recogido en una coleta muy tirante.
El logotipo del toldo decía: BELLEROSE.
—No —dije.
—¿Qué? —dijo Cormac.
—Es una emboscada.
Cormac siguió mi mirada. Se le paró el paso.
—Es Anouk.
—¿Quién es Anouk?
—Anouk Delorme. Es... —Se rascó la nuca—. Es una modelo. Es la cara de Bellerose desde hace cuatro años.
—Eso lo sé. No te pregunto quién es Anouk.
—Es una modelo con la que salí ocho meses.
Nos quedamos los dos parados, con las bolsas de las castañas y las manzanas, a veinte metros de una sesión de fotos de Ferdinand Lachaise montada en una plaza pública, en un miércoles cualquiera de septiembre, casualmente donde yo estaba y a la hora a la que yo iba a estar.
Wendell, en algún sitio, tenía que estar sufriendo mucho.
—Da la vuelta —dijo Cormac.
—No.
—Saskia.
—Si damos la vuelta, se nota. Si seguimos, se nota más. —Apreté el pulgar contra la palma de la mano—. Hay que pasar. Con las bolsas.
—Es una trampa.
—Es una trampa con cámara. —Me giré—. ¿Cuántos fotógrafos?
—Cuatro. Cinco.
—Perfecto.
—¿Por qué perfecto?
—Porque si hay cinco, hay más luz.
Anduve. Sin decirle nada. Con la bolsa de manzanas en una mano y la de las castañas en la otra, la bufanda de Dermot puesta, el abrigo azul abrochado, hacia la tarima, con un paso que no era el de un paseo, sino el de la entrada a una junta.
Detrás de mí, Cormac me alcanzó.
—Hola, Cormac —dijo una voz, desde el toldo.
Anouk Delorme se había girado en la tarima.
Tenía un rostro muy delgado, de pómulos altos, con unos ojos verde claro que se le abrieron muy grandes, y el gesto exacto de una persona que se sorprende y que ha ensayado la sorpresa frente al espejo.
Levantó los brazos. Bajó de un salto los dos peldaños de la tarima con unos zapatos de tacón que no se correspondían con una plaza pública.