Capítulo 9 #3
A las dos y cuarto, la casa estaba llena.
Habían llegado Fergal, Bridie y los cuatro niños con Bruce, Niall con su mujer, Ronan con la suya, y Declan, con la camiseta de la espalda puesta encima de una camisa de cuadros.
Éramos quince. Alguien había puesto los tres tableros y los dos manteles.
Maeve, ya con delantal, iba de la cocina al comedor con las fuentes, y cada vez que pasaba junto a mí me ponía una mano en el hombro, muy ligera.
Yo llevaba el flan de Kansas en las manos. Lo puse en el centro de la mesa. Maeve se detuvo.
—¿Lo has traído tú?
—Sí.
—¿Con ganas?
—Con cucharilla.
—Esta chica —dijo, a nadie en concreto— me cae bien.
Comimos. El cordero, las patatas, las zanahorias con miel.
Los niños, en el otro extremo, sin oír nada de lo que se hablaba en el nuestro, porque Bruce había descubierto un hueso.
Los gemelos se peleaban por una cuchara.
Finn tenía el hocico de Bruce entre los pies.
Rory, el de seis años, se había dormido apoyado en el brazo de su madre, y aseguraba estar despierto.
La conversación giraba alrededor de las tartas, del artículo de Ilse, de una tienda de la esquina que había cerrado y de un vecino que se había comprado un coche eléctrico.
En algún momento, Fergal dejó el tenedor.
—Bueno —dijo—. ¿Se lo has dicho ya?
—¿El qué? —dijo Cormac.
—Nada.
—Es que ha dicho «se lo has dicho ya» —dijo Niall.
—Yo no he dicho nada —dijo Fergal.
—Lo hemos oído todos.
—Yo lo sabía desde el vídeo —dijo Declan, que había esperado su momento con la boca llena—. Desde que dijo lo de la espalda.
—Yo desde que pidió permiso para pelar patatas —dijo Niall.
—Yo desde la cocina —dijo Ronan—. Cuando dijo que era una con abogados.
—Yo desde que le tiré el vaso de vino a Fergal en la boda —dijo Bridie, encantada.
—Eso no tiene nada que ver.
—Nunca tiene que ver. Es una costumbre.
Cormac, con el tenedor a medio subir, movía la cabeza de un lado a otro. Todos lo miraban a la vez: sus hermanos, sus cuñadas, su madre, su padre, con una calma completa, sin ninguna prisa, con la satisfacción de una tribu que ha guardado el mismo secreto durante cuatro días.
—Todos —dijo.
—Todos —dijo Maeve.
—¿Desde cuándo?
—Desde el jueves por la tarde. Los llamé uno por uno.
—¿Y no me lo dijisteis?
—Estábamos esperando a que te lo dijera mamá —dijo Declan.
—Sois unos traidores.
—Somos una familia —dijo Fergal.
—Es lo mismo.
—Es peor —admitió Niall.
Cormac soltó el tenedor. Me miró. Yo le sostuve la mirada, con las manos sobre las rodillas y una tercera capa de patatas encima del plato que no recordaba haber pedido.
—Y tú lo sabías —dijo.
—Yo lo sabía desde el jueves.
—Y tú lo sabías desde el jueves.
—Nos lo hemos dicho hace tres horas.
—¿Y os lo habéis dicho todos menos a los niños?
—A los niños, no —dijo Bridie—. Delante de los niños, sois novios.
—Delante de vosotros también —dijo Maeve, sirviéndose otra patata—. Y en privado, lo que queráis. No os he hecho un cordero para un juicio.
Dermot, al final de la mesa, soltó un ruido con la garganta. Todos se volvieron.
—Doris no baja nunca a la mano de nadie —dijo.
—¿Qué? —dijo Cormac.
—Te la he visto desde la ventana. Con una miga. —Dermot cortó un trozo de cordero—. Es buena señal.
Hubo un silencio. Luego, sin saber quién había empezado, la mesa entera se deshizo en una carcajada larga y descompuesta, con el ruido de cubiertos, con los gemelos aullando, con Bridie golpeando el mantel con la palma y Fergal secándose los ojos con la servilleta.
Cormac, con las manos en la cara, se reía sin poder parar, con el hoyuelo escondido entre los dedos.
Yo tenía el labio superior en un temblor que llevaba diez minutos sin decidirse.
Y cuando por fin se decidió, me reí también, con esa risa mía de impresora, que Cian, al otro lado de la mesa, señaló con el dedo y dijo, muy serio:
—Es la de la fotocopiadora.
—Cita previa —dijo Cormac, con lágrimas en la barbilla.
Maeve nos observaba desde la cabecera con las manos sobre el delantal y una expresión de felicidad tan completa que, por unos segundos, creí que iba a llorar. No lloró. Cogió una cucharilla y se sirvió un poco de flan.
* * *
Al terminar, mientras recogíamos, Declan me alcanzó en el pasillo con un paquete plano envuelto en papel de periódico.
—Es para ti.
—No.
—Ni lo has abierto.
—No me hace falta.
—Es una camiseta. La de la espalda. —Se rascó la nuca—. Talla S. La mandé pedir el viernes. Por si un día quieres llevarla.
—Nunca.
—Es que en la tienda han dicho que son las que más se venden. Las de mujer, ni te cuento. —Puso el paquete en mis manos—. Guárdala. Da igual. Es un regalo de la familia.
—Declan, es una broma.
—Es una broma con mucho cariño.
Miré el paquete. Era un rectángulo de papel de periódico atado con un cordel de panadería.
—Gracias —dije.
—No hay de qué. —Sonrió con el hoyuelo—. Y ahora dime por qué has puesto esa cara. Estás roja.
—Es el cordero.
—Ya.
Lo metí en el bolso de los postres. Me lo llevé a Tribeca y lo dejé en el armario, en la balda de arriba, junto al azul marino y al azul de la noche del Il Cortile, sin abrir.
* * *
Volvimos en el tren de las ocho y cuarenta.
Íbamos sentados, otra vez, en el asiento doble; él en la ventana, yo en el pasillo; entre los dos, la bolsa de tuppers, que era ya una costumbre.
La bufanda de Dermot me daba calor en el cuello.
En la ventana, además de los reflejos de los dos, empezaba a verse un río negro con luces.
—¿Qué has aprendido? —dijo Cormac, sin volverse.
—¿De qué?
—De hoy.
Lo pensé.
—Que hay palomas que bajan a la mano —dije—. Y que una familia entera puede guardar un secreto cuatro días sin que nadie se lo diga a uno.
—Es una forma de decir que me tenéis atado.
—Es una forma de decir que os importa.
—Yo he aprendido —dijo él— que tengo que preguntar lo que quiero saber antes de que me lo cuente el periódico.
—Es un buen aprendizaje.
—Es un aprendizaje caro. —Miró la bolsa de tuppers—. Con tartas.
—Con nueve.
—Con nueve, sí.
Nos quedamos un rato callados. Fuera, la ciudad de Nueva York se iba acercando con sus luces.
—Antes de llegar a Nueva York —dijo Cormac—. Tengo un secreto.
—Ya no me quedan.
—Es mío.
—Dime.
—Que el domingo pasado, cuando te vi salir del taxi con el paraguas y las bolsas de postres, con esa cara de estar yendo a un juicio, me olvidé de lo que estaba pensando.
—Eso no es un secreto.
—¿No?
—Es una distracción.
—Eso digo.
Volvió a mirar por la ventana. No dijo nada más.
Yo tampoco. A las once y diez, al entrar en el túnel de Penn Station, me sonó el móvil con un mensaje de Hollis, con todas las mayúsculas y un signo de admiración: «SEMANA TRES.
MERCADO. MIÉRCOLES. CLIFTON APRUEBA. PRIYANKA DICE: "COMER ALGO DE LA MANO DEL OTRO"».
Cormac lo leyó por encima de mi hombro. Se quedó un rato callado, con la cabeza inclinada.
—Consulta —dijo.
Levanté una ceja. Al mismo tiempo, sin ponernos de acuerdo, él levantó la suya.