Solo una vez (Humor 3) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

La cocina se quedó muy quieta. Cormac se quedó quieto con las manos sobre la mesa. Giró la cabeza, muy despacio, hacia mí.

—¿El jueves? —dijo.

—Me llamó a mediodía —dije.

—Te llamó...

—Me hizo una pregunta. Directamente. Y le contesté la verdad.

—Y yo le pedí que no te lo dijera —dijo Maeve, con voz firme—. Que te lo diría yo cuando me apeteciera.

—¿Desde el jueves? —repitió Cormac.

—Desde el jueves.

—Me dijiste «hasta el lunes».

—Sí.

—Me lo prometiste. En el muelle. Con un helado en la mano.

—Sí.

—Sabías que mi madre lo sabía. Lo sabías mientras discutíamos en tu despacho.

Lo sabías mientras yo... —Se pasó las manos por la cara—.

Mientras yo, cuando me dijiste que esperara, te dije que sí, con el corazón en la boca, pensando en cómo iba a romperle el corazón a mi madre. Y ella ya estaba haciendo tartas.

—Cormac...

—Y lo sabías en el ascensor.

—Sí.

—Iba a decírtelo. Te vi. Se te movía el labio.

—Es un tic.

—Es tu manera de mentir. —Se puso de pie. La silla chirrió—. Tres días. Cuatro. Yo sin dormir. Dándole vueltas a cómo contárselo a mi madre para que no le doliera, y tú mirándome desde el otro lado de la mesa con la cara de una persona que no ha hecho nada.

—Yo no he hecho nada.

—Has ocultado una cosa a la persona con la que tienes un contrato.

—No era un secreto de negocios.

—Ya lo sé. —Su voz sonó muy baja—. Eso es lo que lo hace peor.

Un secreto de negocios se lo cuenta uno a Gilda.

A Ansel. A un abogado. Pero un secreto así, con mi madre, con mi propia madre, se lo cuenta uno a la persona con la que va a ir a Providence el domingo.

Y tú no me lo contaste. Me dejaste cargar con la culpa yo solo.

—Te dije que esperaras.

—Me dijiste que esperara. No me dijiste por qué.

—No podía.

—Ya. Ese es el problema.

—Cormac —dijo Maeve.

—Voy a salir un momento.

—Cormac.

—Necesito aire, mamá.

Salió por la puerta trasera. La rejilla dio un golpe contra el marco.

Por la ventana lo vimos cruzar el jardín con las manos en los bolsillos y los hombros altos, sin mirar a ningún lado, y sentarse en la hierba, a cuarenta metros de la casita de las palomas, con la espalda apoyada en el tronco de un árbol.

—Es el árbol —dijo Dermot, sin levantar la vista del periódico.

—¿Qué árbol?

—El de los siete años.

Maeve se pasó la mano por el delantal.

—Déjalo —dijo—. Los Brannigan pensamos andando o sentados debajo de un árbol. No hay más opciones.

—Debería ir yo.

—Sí. Deberías. —Se acercó a la mesa, cogió la bolsa del flan, miró dentro, la cerró—. Pero espera un minuto. Quiero decirte una cosa antes.

—Dígame.

—No estoy enfadada contigo. Ni con él. —Se sentó en el lugar que había dejado Cormac—. Os he citado hoy porque una madre que sabe una cosa y no la dice es una madre que miente. Y yo no miento a mis hijos. Solo espero.

—Pero le pidió que...

—Te pedí que no lo dijeras. No te pedí que lo negaras. —Me puso la mano sobre la mía—. Hay una diferencia. Tú no has negado nada. Has esperado. Y yo, hija, sé mucho de esperar.

—Se lo he hecho pasar mal.

—Sí. Se lo has hecho pasar mal. —Sonrió sin alegría—. Y él a ti. Y así aprendéis. Pero te voy a contar una cosa antes de que salgas.

—Dígame.

—Yo me casé con Dermot Brannigan —dijo, sin apartar la mano— porque hace cuarenta y ocho años, en un baile del sindicato de telefonistas, me pidió que fingiera ser su novia delante de su madre.

Dermot, al otro lado de la mesa, pasó una página del periódico con mucha lentitud.

—¿Qué?

—Su madre quería casarlo con una prima de Cork, con unos dientes muy grandes.

Dermot no sabía decirle que no. Me lo pidió en la puerta del salón, sin mirarme, con las manos en los bolsillos.

Me dijo: «Solo un domingo». —Sonrió, y la sonrisa le cambió del todo la cara—.

Fueron dieciséis domingos. Luego me pidió que me casara con él. Con las mismas manos en los bolsillos.

—Nunca me lo dijo.

—Dermot no dice nada. Pero el papel que le escribió a su madre aquel día lo guarda en la cajita de las palomas. —Se levantó—. No os he citado por enfadarme, hija. Os he citado para avisaros. Estas cosas, cuando se empiezan de mentira, tienen un final que no se puede prever.

—Nosotros tenemos un memorándum.

—Nosotros teníamos un baile. —Se rio—. Anda. Ve.

Me levanté. Dermot bajó el periódico un centímetro.

—Hija.

—Dígame.

—Lleva una miga de pan.

—¿Cómo?

—En el bolsillo. A Doris le gustan las migas de bollo. Las de pan, no. —Volvió a subir el periódico—. Es lo único que te voy a decir.

Metí la mano en el bolsillo del abrigo. Había una miga de un bollo de Maeve, envuelta en un papel, del sábado.

Salí por la puerta trasera. Fuera, el aire olía a hierba mojada y a palomas.

El sol del mediodía caía sobre el jardín en lonchas amarillas.

Crucé el césped con las bailarinas negras hundidas hasta el tobillo.

Al fondo, Cormac, sentado con las rodillas dobladas y la cabeza baja, ni se movió al oírme.

* * *

Me senté a su lado. No pedí permiso. Apoyé la espalda en el tronco, que estaba húmedo y áspero, y estiré las piernas sobre la hierba.

—No es un buen día para hacerlo —dijo Cormac.

—No es un buen día para nada.

—Si me vas a pedir perdón...

—No.

—Perfecto.

—No me disculpo por haber guardado un secreto que me pidió tu madre. —Miré el jardín—. Me disculpo por no habértelo dicho en el ascensor.

—Ya.

—Iba a decírtelo. Lo iba a hacer hoy en el tren, tres veces. Me interrumpieron Fergal, el revisor y una niña de siete años.

—Vaya. Qué mala suerte.

—Es lo que pensé.

Se hizo un silencio. Cormac hundía los dedos en la hierba, con la vista clavada en un punto entre sus zapatos.

—Sabes lo peor —dijo—. Que me da igual lo de mi madre. Ya me da igual. Es una madre, hace tartas, y lo entiende todo. Lo peor es que yo pensaba que tú no te fiabas. Que había un cajón contigo en el que yo no entraba.

—Y no entras.

—Ya lo sé.

—No es que no me fíe de ti. —Me giré—. Es que no sé cómo se dice una cosa así. A mí nadie me ha enseñado a decir «me han pedido que no te lo cuente y no sé qué hacer». Yo sé decir «entrégueme la lana el jueves». Sé decir «esto no». Sé decir «fuera». Lo demás lo aprendí hace dos semanas.

—¿Lo demás?

—«Por favor». «Gracias». «Perdón».

—Has dicho «perdón» una vez.

—Lo he dicho ahora.

—No lo has dicho.

—Lo estoy diciendo. Mira. —Respiré—. Perdón.

Cormac levantó la vista. Me miró. Tenía los ojos rojos, muy claros, y una arruga entre las cejas que iba cediendo despacio.

—Ha sonado a que te duele una muela —dijo.

—Es que me duele.

—Vale. —Se le movió el labio—. Aceptado.

—¿Aceptado?

—Con reservas.

—Es mi frase.

—Ahora es mía.

Me quedé callada. Él dejó de arrancar hierba. Detrás de nosotros, en la casita de madera, se oyó de golpe un ruido de rejillas abriéndose y un batir de alas.

—Ya es la hora —dijo Cormac.

—¿De qué?

—De las palomas. Mi padre las suelta a mediodía los domingos. —Se le tensó la mandíbula. Vi cómo se le blanqueaban los nudillos sobre las rodillas—. Suelen dar tres vueltas.

—Podemos irnos.

—No.

—Cormac.

—No pienso agacharme.

Las palomas salieron en una masa gris que subió, se abrió sobre el tejado y bajó en curva enorme por encima del jardín, con un ruido de tela sacudida.

Pasaron sobre el árbol. Cormac cerró los ojos.

Los abrió. Los volvió a cerrar y los abrió otra vez, con un esfuerzo que se le veía en la garganta.

No se agachó. No se cubrió la cabeza. Se quedó sentado con las manos abiertas sobre las rodillas, mirando cómo pasaban.

Y una paloma de pecho azul, con un ojo naranja, bajó de golpe sobre su rodilla y se quedó allí.

—No te muevas —dije.

—No me estoy moviendo.

—Ni respires.

—Llevo un rato sin respirar.

—Es Doris.

—No. —Movió los labios sin voz—. ¿Doris?

—Ha volado quinientas millas desde Youngstown, sola. Ya sabe volver a casa.

—Es una paloma.

—Es una paloma con criterio.

Metí la mano en el bolsillo del abrigo. Tenía una miga de un bollo del día anterior, envuelta en un papel.

La saqué. La puse en la palma abierta, entre los dos, a la altura de su rodilla.

Doris giró la cabeza. Miró la miga. Miró la palma.

Dio un paso y picoteó, con una precisión que no dolió, en la piel de mi mano.

Cormac no hizo ningún ruido. No se movió. Tenía los ojos abiertos de par en par, con la boca ligeramente separada, y en la cara una expresión que era mitad pánico y mitad asombro. Doris terminó la miga, ladeó la cabeza y se alzó con un aleteo corto, y se fue hacia la casita.

—Una paloma —dijo Cormac, con la voz hecha un hilo— me ha mirado a los ojos.

—Y tú a ella.

—Y no me he muerto.

—No.

—Me has salvado de una paloma con una miga.

—Es un método.

Se echó a reír. Fue una risa muy baja, con los hombros, sin la foca. Yo también, poco, por la nariz. Se apoyó en el árbol y echó la cabeza hacia atrás, y desde esa altura se veían por encima de nosotros las ramas y el cielo entre ellas y un par de palomas que pasaban muy arriba.

—Este árbol —dijo—. Estuve seis horas.

—Lo sé.

—No fue por miedo. —Miró hacia arriba—. O sí. Pero cuando estaba arriba pensé que lo peor que me podía pasar ya me había pasado, y que abajo no había ninguna paloma peor que la que me miraba de frente. Y bajé.

—Con una escalera de bomberos.

—Con una escalera de bomberos.

—Y tu padre no dijo nada.

—Y me abrazó.

—Lo sé.

—Me lo has contado tú.

—Lo escribió Ilse.

—Es que a veces creo que todo el mundo sabe más de mí que yo —dijo, y yo no supe qué contestarle, y lo dejé ahí, con la cabeza contra el tronco, mirando hacia arriba.

—¿Y ahora qué? —dijo al rato.

—Comemos.

—No. Con el contrato.

—Seguimos. Hasta el lunes siguiente al desfile.

—Con la familia dándonos permiso.

—Con la familia.

—Es un contrato muy raro —dijo—. Nadie lo firma y todo el mundo lo cumple.

—Los mejores son así.

—¿Lo has visto en algún banco?

—Lo he visto hoy en un jardín.

Se rio otra vez, con los ojos en las ramas.

—¡A comer! —gritó desde la puerta trasera una voz que se oyó hasta en la calle.

* * *