Capítulo 9
La entrevista de Ilse Brandt salió a las seis de la mañana del domingo, y a las seis y diez ya la había leído cuatro veces.
Se titulaba «Lo que se ve en una mesa». No llevaba fotografía de flan ni de paloma.
Llevaba una sola imagen, en blanco y negro, ocupando toda la página: Cormac y yo, sentados a una mesa de madera de veinte metros, con la cabeza girada cada uno hacia un lado distinto y los ojos, sin que ninguno lo supiera, fijos a la vez en la puerta.
Al pie ponía: «Fotografía de Dominic Weyl. Nadie posaba».
El texto era corto. Empezaba así: «No sé si Saskia Merrow y Cormac Brannigan están enamorados. Es una frase que llevo escribiendo mentalmente desde el viernes por la mañana y que no consigo mejorar. Lo que sé es lo que vi».
Y lo que Ilse había visto ocupaba mil doscientas palabras, sin un solo adjetivo.
Que yo había llamado «insoportable» a Cormac y lo había considerado un cumplido.
Que él sabía que yo como de pie desde los nueve años y que yo sabía que su hermano Rory se hace el dormido para no ir al baño.
Que a la pregunta más sencilla, «¿Le quiere?
», yo había contestado con dos negaciones seguidas, y a la más difícil, «¿Qué es lo que no le ha dicho todavía?
», con una frase sobre platos. «Ella dijo: que ha aprendido a secar platos.
Él dijo: que llevaba diez días sin reírse como se rio el jueves.
Anoté las dos respuestas. No las comparé».
Que las sillas de mi despacho tenían las patas enteras desde el viernes.
Que una portada de hace doce años mostraba a un chico de veintidós que no sabía sonreír.
Y que había una sola cláusula, de un contrato que ningún periodista había visto, que se podía publicar: «Que lo de mi casa se queda en mi casa».
El último párrafo decía: «No voy a escribir que es un montaje, porque no lo he visto.
Tampoco voy a escribir que es amor, porque lo que vi en Il Cortile y en esta mesa tiene un nombre que yo no tengo.
Lo único que puedo asegurar es que dos personas que se mienten con tanto cuidado se conocen mejor que la mayoría de las parejas que se dicen la verdad».
Wendell me había mandado el enlace a las seis con un solo mensaje: «Léelo antes de bajar al tren. Y come algo».
Lo hice. No me lo comí. Bajé a Penn Station a las seis y veinticinco con el abrigo azul marino, la bufanda de Dermot, las bailarinas de doce en doce, un flan en una bolsa de papel y una decisión que llevaba tomada desde el viernes, cuando el ascensor de mercancías de Sartorial se había quedado parado entre el segundo piso y el tercero.
Se lo iba a decir.
* * *
Cormac llegó a las seis y cuarenta y cuatro, otra vez con el gorro gris, otra vez con la bolsa de deporte al hombro.
No traía bollos. Traía en la mano el móvil, abierto en la entrevista, y una expresión en la cara que yo no había visto en ninguna de nuestras citas: ni la sonrisa, ni la seriedad, ni la ceja.
Una cosa intermedia, como la de una persona a la que acaban de pisar un pie y aún no sabe si ha dolido.
—«Insoportable en positivo» —dijo, a modo de saludo.
—Buenos días.
—Buenos días, cariño. —Levantó la ceja, por costumbre, y yo levanté la mía, por costumbre—. Me ha gustado lo de «dos negaciones seguidas». Es la mejor descripción de tu carácter que he leído.
—No es una descripción. Es un dato.
—Ya lo sé. —Guardó el móvil—. Mi madre lo ha leído a las seis y me ha mandado siete mensajes con emojis.
—¿Qué emojis?
—Un corazón. Cinco corazones. Y una tarta.
—Es su lenguaje.
—Es su idioma nativo. —Me quitó la bolsa del flan de las manos, miró dentro y levantó la cabeza—. ¿Un flan?
—De Kansas.
—¿Uno de los cuarenta y dos?
—Guardé uno en la nevera.
—Eres una persona muy rara.
—Es un postre normal. De supermercado. Con ganas.
Me miró un segundo largo. Luego, sin decir nada, cogió mi mano y echó a andar hacia el andén.
No llegamos a las escaleras. En el vestíbulo, junto al panel de salidas, una mujer con el chaleco naranja de una empresa de limpieza se nos puso delante con una escoba en la mano.
—Perdonen. Ya sé que es pronto. —Nos miró primero a uno y después a otro—. He leído lo de la entrevista. Solo quería decirles que a mi marido y a mí nadie nos dijo nunca «insoportable en positivo». Pero es lo que somos.
—Gracias —dijo Cormac.
—De nada. —Sonrió—. Ahora sigan, que pierden el tren.
Otro hombre, con un traje mal planchado y un vaso de papel, levantó dos dedos al pasar.
Una chica joven, en el andén, me miró con los ojos muy abiertos y no dijo nada.
Yo no sabía qué hacer con las manos. En el pecho tenía una sensación ligera y tibia que llevaba diez días intentando localizar, y que en ese momento identifiqué, con un disgusto muy grande, como agradecimiento.
—Es un fraude —dije, al subir al tren.
—Sí —dijo Cormac.
—Es un fraude y nos dan las gracias.
—Es la mejor manera de estafar —dijo—. Que te lo agradezcan.
Tomamos el tren de las siete y doce. Nos sentamos en los asientos dobles junto a la ventana, él en el pasillo, con las piernas estiradas en diagonal, yo con el portátil sin abrir sobre las rodillas.
Esperé a que el tren saliera de la estación.
Esperé a que cruzara el túnel. Esperé a que, del otro lado, entrara en una luz gris que dejaba ver, por la ventanilla, un río, una hilera de casas bajas y un puente de hierro.
—Cormac —dije.
—Dime.
—Tengo que decirte una cosa.
—Espera. —Se puso el móvil delante de la cara—. Es Fergal.
Contestó. Oí, desde mi lado, un ruido de niños y una voz grave.
—Sí... No, en el tren... Nueve. —Silencio—. ¿Nueve tartas? Es la tercera semana seguida. ¿Y papá?... Ya. Pues díselo tú. Adiós.
Colgó.
—Mi madre ha hecho nueve tartas desde el viernes —dijo—. Está fuera de sí.
—Cormac, es sobre...
—Y mi padre ha limpiado la casita de las palomas con una manguera a las cinco de la mañana. Sin que nadie se lo pidiera.
—Es sobre tu madre.
—Es que todo es sobre mi madre. —Se pasó una mano por la nuca—. Perdona. Dime.
En el pasillo, un revisor se inclinó sobre nosotros con un aparato en la mano.
—¿Billetes, por favor?
Se los di. Cormac sacó los suyos. El revisor los perforó con toda parsimonia, comentó que hacía bueno para septiembre, dijo algo sobre una señora del vagón anterior que había perdido a un gato, y estuvo con nosotros cuatro minutos. Cuando se fue, Cormac me miró de nuevo, con la ceja.
—¿Qué ibas a decir?
—Nada.
—Iba a decir algo.
—Iba a decir que en tu entrevista sale bien tu perfil.
—Ya. —Sonrió con el hoyuelo—. Es lo que me hace más gracia. Que salgo bien por casualidad.
El tren siguió. Se hizo un silencio largo, de esos en los que se oye la rueda. Le dejé leer la entrevista otra vez, con los labios moviéndose sin sonido. A los diez minutos, cuando pasábamos por una ciudad cuyo nombre no supe, cerró el móvil y dijo, mirando el cristal:
—Me la ha puesto muy fácil. Ilse.
—Es su oficio.
—Es un oficio hecho para que las personas se digan verdades sin querer.
—Cormac.
—¿Sí?
—Sobre tu madre.
—Vale.
—El jueves...
—El jueves me llamó a las seis y veinte. Lo sé.
—Después, a mediodía, también me llamó a mí.
Se giró. Tenía los ojos muy abiertos, y una cosa a punto de entenderse en algún sitio detrás de ellos. Abrió la boca.
Y en ese momento, con un chirrido, el tren se detuvo en una estación pequeña, con una marquesina de hierro y un banco.
Una niña de siete años, con una trenza y una mochila de unicornio, entró en el vagón, pasó por delante de nosotros, se quedó mirándonos sin ningún disimulo y dijo, en voz alta, con toda claridad:
—Son los del vídeo.
—Sí —dijo Cormac.
—No —dije yo.
—Mi mamá dice que os queréis. —La niña sonrió—. Yo creo que sí.
—Gracias —dijo Cormac.
—Se ha equivocado de vagón —dije.
—Ah. —La niña dio media vuelta—. Es que iba a buscar a mi papá.
Se fue. Cormac se echó a reír, con la cabeza contra el respaldo. Cuando terminó, se secó el ojo con el pulgar.
—Perdona. ¿Qué me decías?
—Nada. Ya te lo diré.
—Vale.
No me lo pidió otra vez. Miró por la ventana. Yo abrí el portátil, sin ver una sola palabra, y me quedé mirando cómo la luz gris se iba haciendo más amarilla sobre el agua.
* * *
Maeve estaba en el porche. No con el delantal, no con harina en las manos, no con las cuatro voces con que solía anunciar nuestra llegada.
Estaba de pie junto a la barandilla, con las manos entrelazadas delante, un vestido azul oscuro que yo no le había visto nunca, y una expresión que se parecía mucho a una decisión.
—Mamá —dijo Cormac, subiendo los escalones.
—Hijo. —Le puso las dos manos en la cara y lo besó en la frente—. Pasad. Papá está dentro.
—¿Y los demás?
—Vienen a las dos. Antes quería hablar con vosotros a solas.
Entramos. El vestíbulo, con sus fotografías del suelo al techo, olía a algo dulce, a muchas cosas dulces; en la cocina había, sobre todas las superficies, nueve tartas: de manzana, de ruibarbo, de limón, de arándanos, dos de queso, una de calabaza, una de nueces y una que llevaba una vela.
Dermot estaba sentado a la mesa con un cigarro sin encender y un periódico doblado, y no nos miró.
—Sentaos —dijo Maeve.
Nos sentamos: yo al lado de Dermot, Cormac frente a mí. Maeve se quedó de pie junto a los fogones, con las manos apoyadas en la encimera.
—He leído la entrevista —dijo—. Tres veces. Es muy buena. La chica no ha escrito ni una mentira.
—Es lo que dice Ilse —dijo Cormac.
—Y también he leído el otro periódico. El de la mujer con mala leche. —Miró a su hijo—. Y he pensado que era hora de que hablásemos los cuatro.
—Mamá, antes de que digas nada...
—Cállate, hijo.
—Voy a decirte una cosa yo...
—Que te calles, Cormac Brannigan.
Cormac se calló. Yo tenía el flan en la bolsa, sobre las rodillas, y noté cómo se me iba enfriando el papel entre las manos.
—Sé lo del contrato —dijo Maeve.
Nadie dijo nada. Dermot pasó una hoja del periódico.
—Lo sé desde el jueves. —Se pasó la mano por el moño—. No lo sé por el periódico. Lo sé porque tu novia me lo dijo.