Solo una vez (Humor 3) Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

—La de ustedes dos mirándose a la vez cuando creían que nadie miraba.

* * *

El ascensor de mercancías de Sartorial es una jaula de hierro con una puerta corredera de tijera y un botón rojo.

Entramos los dos, porque el otro estaba estropeado, y Cormac, con la bolsa de bollos en una mano, cerró la puerta de tijera con un ruido de metal.

Bajamos un piso. Bajamos otro. A mitad del tercero, la jaula dio una sacudida y se quedó quieta.

—No —dije.

—Es un momento —dijo Cormac.

Pulsó el botón rojo. Sonó un timbre lejano en algún sitio. No pasó nada más.

—Es de 1912 —dije—. Como la mesa.

—Es de los que se paran para ver qué haces.

—Ya sé qué hago. Espero.

—Ya. —Dejó la bolsa de bollos en el suelo y se apoyó en la pared de enfrente. El ascensor era estrecho y olía a aceite y a papel viejo. Nos separaba un metro justo—. Tenemos cuatro minutos.

—¿Por qué cuatro?

—Porque es lo que tarda Dominic en bajar a mirar.

Nos quedamos callados. Dentro del hueco del ascensor se oía un goteo regular, a lo lejos. Cormac tenía las manos en los bolsillos de la cazadora y los ojos en los zapatos, y yo, con los brazos cruzados, en el nudo de la bufanda.

—Lo del jersey —dijo.

—Eudora habla demasiado.

—Yo se lo pedí.

—Ya lo sé.

—¿Te ha molestado?

—Es mi departamento.

—Ya. —Levantó la vista—. Pero es un buen jersey.

—Es correcto.

—Es un jersey de sábado, Saskia. —Sonrió con la mitad de la boca—. Y ahora hay un cuarenta y tres.

—Eudora te lo ha dicho.

—Eudora me lo cuenta todo. Me llama a las siete de la mañana para saber qué he comido.

—Voy a amonestar a Eudora.

—Estás en una lista muy larga.

—Lo sé.

El goteo siguió. La jaula se movió un poco, hacia un lado, y los dos nos agarramos, él a la reja, yo a la barra.

Ninguno soltó ningún ruido. En el silencio, con el metal enfriando la palma de la mano, se me quedó atravesada la frase que llevaba desde el jueves en la garganta, la de Maeve, la de la panadería, la de la voz diciendo «Ahora mismo voy, Joan».

—Cormac.

—Dime.

—Tu madre...

—¿Sí?

—Nada.

—Iba a decir algo.

—Iba a decir que hay que ir a Providence el domingo con un postre.

—Es lo que iba a decir yo. —Me miró un rato más largo que el necesario—. Siempre dices que ibas a decir otra cosa.

—Digo lo que digo.

—Ya lo sé. Es lo que más me gusta. —Se le fue la sonrisa—. Y lo que más me desespera.

Con un chirrido, el ascensor se sacudió y bajó un tramo. La puerta de tijera se abrió sola, con un ruido de bisagras. Al otro lado, con una linterna en la mano y la respiración entrecortada de haber corrido, estaba Dominic.

—Cuatro minutos —dijo Cormac.

—Tres y medio —dijo Dominic, jadeando.

—Mala suerte.

* * *

En la acera de enfrente, sentado en el bordillo con la gorra en la rodilla y la barba postiza colgando de una oreja, Hollis Tate se comía un flan con una cucharilla de plástico. Al vernos, levantó la cucharilla en alto, a modo de brindis. Cormac le devolvió el saludo con dos dedos.

—Se lo está comiendo —dijo.

—Se lo merece.

—Está llorando.

—Es del caramelo.

A las doce y veinte me sonó el móvil. Era Ansel. «Cierre parcial: más cinco coma tres. Los tres bancos vuelven a "comprar". Clifton dice: "Ya ven. Coherencia". Come algo». Guardé el teléfono. Cormac, junto a un buzón, con la bolsa de bollos en una mano, había sacado el suyo con la otra.

—Tengo un mensaje de voz —dijo.

—¿De quién?

—De mi madre. De hace media hora. —Lo miró, con la frente arrugada—. Lo he oído antes de subir y no me ha dado tiempo a pensarlo.

—Pon el altavoz.

—No.

—Ponlo.

Lo puso. Se oyó primero la campanilla de la panadería y el ruido de cacharros, y luego la voz de Maeve, muy clara, con un tono que yo ya conocía.

«Cormac, hijo. Soy yo. No hace falta que me llames. Solo quería decirte que el domingo tienes que venir. Y trae a la chica. Tengo que hablaros a los dos». Se oyó otra vez la campanilla. «Es importante. Lo demás, no lo cuentes por teléfono. Hay cordero. Un beso».

Cormac guardó el móvil. Yo tenía las manos dentro de los bolsillos del abrigo, y en el bolsillo derecho la carpeta con el memorándum, que llevaba desde el sábado sin querer, doblada en cuatro.

—Ha dicho «hablaros a los dos» —dijo.

—Sí.

—No lo suele decir.

—Ya.

—Sabe algo.

—No.

—Sí sabe algo, Saskia. Lo noto. —Levantó la mirada—. El lunes se lo iba a decir yo.

—Puedes decírselo el domingo.

—No: me lo va a decir ella.

—Vamos —dije, y empecé a andar hacia la esquina, donde esperaba el coche—. Tenemos un cordero.

—¿Vas a venir?

—Es el contrato.

—El contrato dice que los domingos vamos a Providence —dijo él, alcanzándome—. No dice que ella nos convoque.

—Dice lo que dijimos que decía.

Anduvimos sin hablar hasta la esquina. Yo no le dije que Maeve sabía. Se me quedó una frase en la lengua, larga y sin forma, y la dejé ahí, sin masticar, hasta que el coche se detuvo y él me abrió la puerta, con la bolsa de bollos en la mano.

—Hasta el domingo —dijo.

—Hasta el domingo.

Me subí. Antes de cerrar la puerta, Cormac se inclinó.

—Oye.

—¿Qué?

—Lo del jersey. El de cuello alto, en lana cruda. Con las mangas remangadas.

—¿Qué pasa con él?

—Me lo he puesto hoy debajo de la cazadora. —Se enderezó—. Lo llevo desde las seis.

Cerró la puerta. En el cristal, con el coche ya en marcha, lo vi quedarse en la acera con una bolsa de papel, con la cazadora entreabierta, mirando cómo me alejaba.