Solo una vez (Humor 3) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Es una observación.

—Eso es un dato. —Cogió otra vez la pluma—. Última. ¿Le quiere?

Fue un ruido corto, el de mi silla al moverse sobre la madera. Fuera, en el patio, un hombre se puso a barrer. En la habitación no se oía nada más que la bombilla, un zumbido bajo y regular.

—No es asunto de la prensa —dije.

—No le he preguntado si es asunto de la prensa.

—No es asunto de nadie.

—Eso tampoco es un no.

—Tampoco es un sí.

—Ya lo sé —dijo Ilse. Cerró la libreta—. Es lo más honesto que me ha dicho en toda la mañana. Gracias.

Me levanté. La butaca de Ilse dejó un rasguño en el suelo de madera.

—Señora Merrow.

—Dígame.

—Yo estaba en Il Cortile. —Ilse no me miraba, tenía los ojos en la libreta cerrada—. Y ni una sola cosa de las que vi esa noche fue de mentira. No sé qué es lo que hay en las cláusulas de un contrato. Pero lo que vi no estaba en ninguna.

—Ilse.

—Mi editor tiene amistad con Ferdinand Lachaise. Me ha pedido que no publique nada favorable. Le he dicho que yo escribo lo que veo. —Levantó la cara—. No se lo cuento por simpatía. Se lo cuento porque quiero que sepa dónde estoy.

—Lo sé.

—Vaya a tomar té con Dominic. Le toca al señor Brannigan.

* * *

Yara, la ayudante de Ilse, una chica de veintitantos años con gafas de pasta y un jersey de rayas, me llevó por un pasillo hasta una sala con estanterías, en la que había cajas de cartón numeradas por años.

Me dejó una taza de té y se fue. En una de las cajas, abierta, se veía un montón de portadas.

Cogí una. Era de hacía doce años. La revista se llamaba entonces Sartorial Men, y la portada, en blanco y negro, mostraba a un chico muy joven, de veintidós años como mucho, con los brazos cruzados sobre el pecho y una chaqueta de tweed demasiado grande.

No sonreía. Tenía el pelo más corto y los ojos muy abiertos, con una expresión que no le había visto nunca: la de una persona que acaba de comprender que va a tener que hacer algo durante mucho tiempo.

Al pie de la fotografía ponía: «Cormac Brannigan, la cara de la temporada». Y debajo, en letra pequeña: «Descubierto en Providence por Gilda Zamora».

—Le tienen mucho cariño —dijo Yara, desde la puerta.

—¿A quién?

—A esa portada. La miran todas las que pasan por aquí. Dicen que es el único chico al que le pillaron sin sonreír.

—Es la primera vez que lo veo así.

—Es la única vez que lo hizo. —Yara se ajustó las gafas—. El fotógrafo le pidió que sonriera y él dijo que no le salía. Que estaba nervioso. Que era la primera vez que salía de Rhode Island. Lo dejaron así.

—Ya.

—Después aprendió. Y ya no paró. —Se encogió de hombros—. Mi madre dice que la sonrisa de Cormac Brannigan es una manera muy educada de decirle a la gente que se quede tranquila.

Miré la portada. Le pasé el pulgar por el borde: el papel era grueso, con un poco de polvo.

—Es una frase de madre —dije.

—Todas las madres tienen razón —dijo Yara, y se detuvo otra vez en la puerta—. Por cierto, señora Merrow. Ilse guarda en una caja todas las veces que usted ha dicho que no.

—¿Cuántas son?

—Ocho. En ocho meses. Una por mes. Con la fecha y el motivo. —Se encogió de hombros—. Hoy la ha abierto y ha puesto una nota. No la he podido leer.

—Ya.

—Dice que es de las pocas que se guarda.

Se fue por el pasillo con el ruido de goma de sus zapatos. Yo me quedé con la portada en la mano.

Volví a poner la portada en la caja. Antes de cerrarla, la saqué otra vez, y la miré un rato, sin que hubiera nadie.

* * *

Cuando me llamaron, Cormac estaba ya sentado en la mesa larga, al lado de Ilse, con los codos sobre la madera y una expresión que yo conocía de las tres últimas veces que había estado a punto de decirme algo y se lo había callado.

Me senté a su lado. Nos quedamos los dos delante de Ilse, con la cámara de Dominic apuntando a un punto entre los dos.

—Ahora, cuarenta minutos —dijo Ilse—. Verdadero o falso. Yo les digo una frase que ha dicho el otro, y ustedes me dicen si es verdad.

—Ese juego lo has inventado esta mañana —dijo Cormac.

—Lo he inventado hace ocho meses. Señora Merrow, primera frase. El señor Brannigan me ha dicho que usted come de pie.

—Verdadero.

—¿Siempre?

—Desde los nueve años.

—Señor Brannigan. Ella dice que usted silba en los ascensores.

—Verdadero. —Sonrió—. Es una costumbre. Ella dijo que era mala.

—Lo es —dije.

—Señora Merrow. Él dice que usted sonríe con los dientes solo cuando alguien le apunta con una cámara.

—Falso.

—¿Falso?

—Sonrío con los dientes cuando alguien me apunta con una cámara y hay un accionista mirando.

—Anotado. Señor Brannigan. Ella dice que a usted le dan miedo las palomas.

—Verdadero. —Dejó caer los hombros—. Ya lo sabe el país.

—Señora Merrow. Él dice que las butacas de las visitas de su despacho tenían las patas cortadas.

—Verdadero. —Me removí en la silla—. Ya no.

—¿Por qué ya no?

—Porque Wendell las ha arreglado.

—Verdadero —dijo Cormac—. Lo sé, porque me pidió perdón por las sillas en una tarjeta. Dos veces.

—¿Y cortó las patas ella?

—Ella o alguien de su casa, con mucho gusto. —Se giró hacia mí—. Las cortó por trámite. Para que la gente se sintiera pequeña.

—Para que la gente no se quedara —dije.

—Eso es peor.

—Es más eficaz.

Ilse, entre los dos, anotaba con la cabeza baja y una comisura del labio levantada.

—Señora Merrow. Le voy a hacer una prueba. Sin mirar al señor Brannigan. Dígame los nombres de sus hermanos.

—Fergal, Niall, Ronan, Declan.

—Edades.

—Cuarenta y cuatro, treinta y seis, treinta y uno, veintiocho.

—La mujer de Fergal.

—Bridie.

—Los sobrinos.

—Cian y Eoin, once años, gemelos; Rory, seis, que se hace el dormido para no ir al baño; y Finn, cuatro, que habla con la cabeza dentro de un cubo.

—El perro.

—Bruce. Pastor alemán. Es alérgico al pescado.

—¿Y quién le ha dicho eso?

—Bridie. Mientras pelaba patatas.

Cormac se quedó mirándome con la boca ligeramente abierta. Ilse se apoyó en el respaldo.

—Eso no lo sabe una contratada —dijo.

—Es lo que se aprende cuando uno se sienta a cenar los martes —dije, con la voz más plana que encontré—. No es una prueba. Es memoria.

—Nunca te dije lo de Rory —dijo Cormac, muy bajo.

—Me lo dijo Bruce.

—Bruce no habla.

—Los perros dicen mucho.

—Siguiente. Color favorito del otro. Señora Merrow.

—Gris antracita.

—Señor Brannigan.

—Azul marino. El del abrigo con cinturón.

—Aroma favorito.

—Lana mojada.

—Levadura y canela.

—Cosa que más odia.

—Los limones gordos.

—Los que no dan las gracias.

—Cosa que más admira.

—La lana buena.

—Lugar al que se irían tres días, si tuvieran que ir a alguno.

—Providence —dijo Cormac.

—Biella.

—¿Por qué Biella?

—Por la lana.

—¿Sin palomas? —dijo Ilse.

—Sin palomas —dijimos los dos a la vez, y nos miramos, y volvimos a mirar cada uno al frente.

—Un sitio al que nunca llevarían al otro.

—A mi despacho un martes por la noche —dijo Cormac.

—A la casa de su hermano cuando hay partido —dije yo.

—Eso no es un sitio al que no me llevarías. Es un sitio al que no quieres ir.

—Es la misma cosa.

—Es la misma cosa —admitió, y sonrió por primera vez en toda la sesión con el hoyuelo entero.

Ilse anotó algo. Dominic no había levantado la vista de la cámara en todo el rato.

Cormac se giró hacia mí. Me miraba con una atención que no reconocía. Tenía los ojos entornados y una arruga entre las cejas.

—Iba a decir que la puntualidad —dijo.

—No es una admiración —dije—. Es un requisito.

—Ya. —Sonrió—. Entonces, la lana.

—Una prenda para el otro —dijo Ilse—. Le doy una. Señora Merrow.

—Un jersey de cuello alto. En lana cruda. Con las mangas remangadas.

—Señor Brannigan.

—Un abrigo azul. Uno cualquiera. De los que se le caen del cuerpo.

Me quedé en silencio. No había dicho aún que me quedara grande. Se lo había dicho su madre.

—Señor Brannigan —dijo Ilse, con voz cortante—. ¿Qué hay en el contrato?

Cormac no se movió. Dominic, junto a la cámara, dejó de escribir.

—No hay ningún contrato —dije yo.

—Le pregunto a él.

—Hay una cláusula —dijo Cormac.

—Cormac.

—Solo una. —Me miró un segundo, con los ojos muy claros—. Que mi familia no sale en las fotos. Ni mis sobrinos, ni mi madre, ni mis hermanos, ni el perro. Que lo de mi casa se queda en mi casa.

Ilse anotó.

—¿La puso usted?

—La puso ella.

—¿Ella?

—Yo la propuse —dijo Cormac—. Ella la escribió. Un jueves por la noche, en la mesa de casa de mi hermano, con el móvil debajo del mantel, sin que se enterase nadie. —Se recostó en la silla—. Y esa es la única cláusula que va a poder publicar, Ilse, porque es la única que no tiene nada que esconder.

Ilse le sostuvo la mirada. Luego cerró la libreta.

—Lo sé —dijo—. Por eso la voy a publicar.

—Ilse —dije.

—Señora Merrow, no voy a escribir que es un montaje, y no voy a escribir que es verdad.

Voy a escribir lo que he visto en esta mesa y lo que vi en Il Cortile.

Sin adjetivos. —Se puso de pie—. Una última pregunta.

Para los dos, y por separado, sin mirar al otro.

Respondan lo primero que se les pase por la cabeza.

—Dispara —dijo Cormac.

—¿Qué es lo que no le ha dicho al otro todavía?

Cerré los ojos.

Es un método que uso con los proveedores. Se cierran los ojos y se deja que la primera cosa salga sola, y se comprueba si es cierta. Me salió una imagen de una panadería, de una campanilla, de una voz que decía «Ahora mismo voy, Joan».

—Que he aprendido a secar platos —dije.

—Eso no es un secreto —dijo Ilse.

—Es el único que tengo.

—Señor Brannigan.

Cormac tardó. Tardó más de lo que tarda una persona que dice un chiste. Miró la mesa. Movió el pulgar sobre la madera, un movimiento pequeño, que yo había visto en un vídeo.

—Que llevo diez días sin acordarme de la última vez que me reí como me reí el jueves —dijo.

Ilse anotó las dos respuestas. Al terminar, cerró la libreta con un golpe suave.

—Gracias —dijo—. Publico el domingo. No hace falta que se despidan.

Dominic había bajado la cámara. No había hecho ningún ruido. En la parte de arriba había una luz roja, pequeña, encendida, que llevaba encendida quién sabe cuánto tiempo.

—Esa es la foto —dijo Ilse.

—¿Qué foto? —dije.