Capítulo 8
Las butacas de las visitas tenían las patas enteras.
Lo noté a las siete y diez de la mañana del viernes, al entrar en mi despacho con el abrigo azul todavía puesto y el vaso de agua con gas en la mano, porque al pasar junto a la mesa vi que el respaldo de una de ellas quedaba a la altura correcta.
Me detuve. Me agaché. Pasé el dedo por una pata: madera nueva, barnizada del mismo tono que la antigua, encolada con una pieza de nogal tan bien ajustada que había que tocarla para encontrar la junta.
—El carpintero vino a las seis —dijo Wendell, desde la puerta, con la tablet contra el pecho—. Lo he pagado yo.
—¿Quién lo ha autorizado?
—Nadie. Es una sugerencia.
—Wendell.
—Y una disculpa. Una segunda. La primera fue la tarjeta, pero esa no la aceptó nadie de tu casa.
—Las patas eran de autor.
—Las patas eran un delito.
Me senté en la butaca. Las rodillas me quedaron donde debían. Miré a Wendell desde una altura que nunca había tenido con nadie que se sentara allí, y comprobé, sin poder evitar decírmelo, que era una altura mucho más cómoda para hablar con una persona.
—Vas a ser amonestado —dije.
—Ya lo sé. Estoy en la lista.
—¿Qué lista?
—La que llevas en la cabeza y en la que me tienes desde el martes de la semana pasada. Entre Pippa y Eudora. —Levantó un dedo—. No dices nada, pero mueves el labio.
Le devolví el vaso vacío. No lo dije, pero sí me quedé unos segundos sentada en la butaca de las visitas antes de volver a mi mesa.
* * *
A las nueve bajé al once, porque una cosa había cambiado y no sabía cuál.
La sensación duró hasta que llegué a la mesa de corte. En la percha del fondo, junto a la ventana, colgaba un jersey de cuello alto en lana cruda, con las mangas largas y remangadas, y una etiqueta atada a la costura con una cinta amarilla: «Prototipo 43».
Me quedé mirándolo. Era el de la lámina de la pared del despacho, la que había estado al final, medio tapada por el marco de la de al lado. La que yo había dicho que estaba descartada.
—Noor lo tejió el martes —dijo Eudora, sin levantar la vista de la mesa de corte—. En una tarde, con lo que quedaba de la lana de Bertolazzi.
—¿Quién lo ha autorizado?
—Nadie. Es una sugerencia.
—Eudora.
—El modelo me llamó el martes por la mañana. Me pidió que se lo hiciéramos. Dijo que lo llevaría un sábado sin que se lo pidiera nadie. —Levantó la vista—. Que era el único de los cuarenta y dos que le apetecía llevar.
—Yo no lo incluí.
—No. Lo descartaste. Y él lo recuperó.
—Es un jersey de prueba.
—Es una prenda buenísima. Le queda mejor que a nadie. —Se subió las gafas—. Y ahora hay un cuarenta y tres.
—El cuarenta y tres no existe.
—Está colgado de una percha delante de ti.
Toqué la lana. Era suave y densa, un poco áspera por el lado del cuello, con un punto que no hacía falta comprobar para saber que estaba bien tejido. Noor, en la otra punta de la sala, con la cabeza gacha sobre la máquina, parecía muy concentrada en algo que no estaba haciendo.
—Cuarenta y tres —dije.
—Cuarenta y tres —repitió Eudora.
—Que no salga en el dossier hasta que lo revise yo.
—Ya lo has revisado. Lo estás tocando.
Retiré la mano.
—Que Noor lo cuente en el inventario —dije, y fui hacia la puerta. Noor levantó la cabeza. Yo no dije nada más, ni gracias, ni bien. Pero al salir, oí, detrás de mí, un ruido sordo y contenido, que era Otis dándole una palmada a Noor en el hombro.
* * *
Sartorial tiene su redacción en un antiguo taller de imprenta de Soho, con el suelo de tablones, las vigas a la vista y una mesa de dos metros de ancho y veinte de largo, que cruza el local de un extremo a otro, atornillada al suelo desde 1912.
En las paredes hay portadas enmarcadas. Ochenta, cien, no las conté.
Hombres con trajes, hombres sin traje, hombres con perros, con relojes, con nada.
Llegué a las once menos diez, diez minutos antes de la hora, y me senté en el banco de madera de la entrada a esperar, con la carpeta en las rodillas y el paraguas de embajada colgando del brazo.
Cormac llegó a las once menos dos. Yo lo vi desde el banco por el cristal de la puerta: el pelo mojado, una cazadora oscura, y en la mano una bolsa de papel que llevaba con mucho cuidado, apartada del cuerpo.
—Traes algo —dije, cuando entró.
—Bollos.
—Tu madre.
—Mi madre. Ha mandado ocho docenas al piso en tres días. —Se sentó a mi lado, con las rodillas altas—. Fergal me ha llamado. Me ha dicho que mi madre no para. Que ha hecho seis tartas desde el jueves y que no se ha sentado en toda la tarde.
—Eso es bueno.
—Eso es que tiene algo entre manos.
Hubo un silencio corto. Cormac siguió mirando la puerta.
—¿Has traído plan? —dije.
—Ninguno.
—Bien. Yo tampoco.
—Es lo que ha pedido Ilse. Sin preparación. —Levantó los hombros, los bajó—. Hollis nos ha dicho que no ensayáramos, pero lo ha dicho con la cara de un hombre que llevaba tres días ensayando la frase.
—Se ha ido a su casa a las cuatro de la tarde de ayer.
—Ya lo sé. Y hoy no ha llamado.
—No.
—Eso es raro.
—Es muy raro —dije.
A las once en punto, la puerta lateral se abrió y salió Ilse Brandt en persona, sin chaqueta, con una camisa blanca remangada, el pelo canoso muy corto y unos zapatos planos de goma con los que no hacía ningún ruido.
—Señora Merrow. Señor Brannigan. Gracias por venir. —Nos dio la mano a los dos con una sacudida seca—. Pasen. Les enseño la mesa.
Nos condujo hasta la mesa larga. Al fondo, en un rincón con una cámara sobre un trípode, esperaba Dominic, el fotógrafo, con una taza de té y un libro. Había una jarra de agua sin limón, dos vasos y una fila de cuatro sillas normales. Ilse se sentó en la cabecera.
—Método —dijo—. Primero, veinte minutos por separado. Después, cuarenta juntos. Sin grabadora a la vista. Sin nota a la vista. Yo apunto lo que me da la gana. Y no enseño nada antes de publicar, así que no me pidan que lo revise.
—Es lo que nos habías avisado —dijo Cormac.
—Es que me gusta repetirlo.
Se abrió el ascensor de mercancías. Alguien entró en la sala con una gorra de mensajero, una caja de cartón blanca en las manos y una manera de caminar que reconocí a diez metros porque llevaba dos semanas tratando de evitarla.
—Reparto —dijo.
—No hemos pedido nada —dijo Ilse.
—Es de parte de un admirador.
—Hollis —dije.
El mensajero levantó la cara. Se había puesto una barba postiza de mala calidad, una gorra de un color que no existe en la naturaleza y unas gafas de sol. Debajo de todo, blanco de miedo, estaba Hollis Tate, con la caja apretada contra el pecho.
—No es Hollis —dijo.
—Es Hollis —dijo Cormac.
—Es un flan —dijo Hollis, con voz de barítono falso.
Ilse se puso de pie muy despacio. Cogió la caja con las dos manos, la abrió, miró dentro, y la cerró.
—Un flan.
—Con una tarjeta. Dice: «Suerte. H.».
—Les dije que sin flan.
—Es un flan pequeño.
—Señor Tate. —Ilse le devolvió la caja con una sonrisa que era una amenaza—. Dígale a Hollis Tate, cuando lo vea, que ha sido un flan estupendo y que se lo coma en la calle. En la acera de enfrente. Con una cucharilla.
—No sé de quién habla —dijo Hollis.
—Ya lo sé. —Se giró hacia Dominic—. Acompáñalo.
Dominic se levantó, dejó el libro, y con una mano en el codo de Hollis lo escoltó hasta el ascensor de mercancías con una amabilidad de guardia de seguridad. En el ascensor, Hollis dijo algo sobre «un malentendido» y «la lealtad de un equipo». Las puertas se cerraron. Ilse volvió a sentarse.
—Bien —dijo—. Señora Merrow, usted primero.
* * *
Ilse me llevó a una habitación pequeña que en otro tiempo había sido un cuarto de máquinas: una mesa redonda, dos sillas, una ventana con vistas a un patio interior y una sola bombilla en el techo.
Cormac se quedó fuera con Dominic. Me sentí, sin saber por qué, en el despacho de un director de colegio.
—Veinte minutos —dijo Ilse, dejando sobre la mesa una libreta pequeña—. Voy a ser directa. Usted no me gusta, señora Merrow. Se lo digo antes de empezar. Me ha hecho esperar ocho meses y dos días una entrevista.
—Ya se lo dije.
—Lo sé. Y es mi obligación desconfiar de las personas que no me gustan. Así que le voy a hacer preguntas muy sencillas y usted me va a responder rápido. Sin pensar. ¿Trato?
—Trato.
—¿Cuándo fue la primera vez que se dio cuenta de que le importaba?
—Me importaba la sisa.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
—Ya. —Anotó algo—. ¿Qué es lo peor que ha dicho él de usted?
—Que tengo una mesa muy grande para una mujer que no tiene a nadie a quien sentar en ella.
Ilse levantó los ojos.
—¿Eso ha dicho?
—En Il Cortile. Estaba usted a diez metros.
—No lo oí.
—Menos mal.
—¿Es verdad?
—Es verdad y es una cabronada. Él lo sabe.
—¿Se lo ha perdonado?
—No.
—¿Y por qué sigue sentándose con él?
—Porque las sillas ahora tienen las patas enteras.
Ilse se quedó mirándome. Luego, sin ninguna expresión, escribió una línea y la subrayó.
—¿Por qué no contestó a Vera Lindholm cuando le pidió una respuesta?
—Porque el artículo me pareció bueno.
—¿Bueno?
—Tiene los datos bien. La reserva a nombre de Hollis, el fotógrafo, los flanes. Se equivoca en las conclusiones. Pero los datos están perfectos, y no se contesta a alguien que tiene los datos perfectos.
—Es una opinión curiosa de una persona a la que ha atacado.
—No me ha atacado. Ha hecho su trabajo.
—¿Y eso le da respeto?
—Me da miedo. Que es mejor.
Ilse se quedó mirándome.
—Descríbalo en tres palabras.
—Impuntual. Meticuloso. Insoportable.
—¿Y en positivo?
—Insoportable es positivo.
—¿Para quién?
—Para el que tiene que aguantarlo. Si uno lo aguanta, es que vale la pena.
—Es una frase de matrimonio.
—Es una frase de negocios.
—Dígame una cosa que sepa de él y que no sepa nadie más.
Me quedé un segundo callada. Tenía varias. Palomas, un tren a las siete y doce, una escalera plegable, un árbol de Providence, una madre que había hecho seis tartas en tres días. De todo eso, la única que me pertenecía era una.
—Que llega tarde a los sitios en los que quiere que lo esperen, y a tiempo a los sitios donde teme que no lo estén esperando.
Ilse dejó el bolígrafo.
—Eso es muy fino.