Capítulo 7 #3
El Hudson River Park, a las cuatro de la tarde de un jueves, es una franja de asfalto y césped entre el agua y el tráfico, con un carril para bicicletas, un carril para patinadores, un carril para los que corren y un carril, el que queda, para los que no van a ninguna parte. Fuimos por ese.
Cormac había llegado en una furgoneta de Gilda y bajó con las manos en los bolsillos de la cazadora, el gorro gris calado hasta las cejas, los zapatos cómodos y los ojos escondidos detrás de unas gafas de sol que no le pegaban nada.
Yo llevaba el abrigo azul, el primero, con la bufanda de Dermot, y las bailarinas negras.
—¿Y esto? —dije, señalando las gafas.
—Es un disfraz.
—Sales en una valla de Times Square. Es lo primero que te van a reconocer.
—Es que tengo la nariz de mi madre.
—Tienes la nariz de un hombre de un metro noventa y uno con gafas de sol en un parque en septiembre.
—Vale. —Se las quitó y las guardó en el bolsillo—. Consulta.
—¿Para qué?
—Para cogerte la mano.
Levanté una ceja. Él levantó una. Nos cogimos de la mano.
Caminamos. Al principio en silencio. A mi izquierda, el Hudson, plano y gris, con un ferry que iba hacia Jersey.
A mi derecha, Cormac, con su paso largo, que me obligaba a apretar el mío, y una corriente de aire que le movía la punta del gorro.
Delante, un hombre con un saxofón tocaba algo que quizá era una melodía.
Una niña de cinco años pasó en patinete a toda velocidad, con un casco rosa.
Unos turistas se hacían una foto con el agua de fondo.
—Hay que reírse —dijo Cormac, sin mover los labios.
—Ya lo sé.
—Es la semana dos. «Se ríen». Mensaje.
—Ya sé cuál es el mensaje.
—Pues ríete.
—Ríete tú.
—Yo primero.
—Adelante.
Cormac echó la cabeza hacia atrás y se rio.
Fue una risa de foca. No hay otra manera de decirlo.
Un ladrido corto, seguido de una especie de resoplido, con la boca abierta y los ojos muy abiertos también, y una cara de teatro que le hizo desaparecer el hoyuelo.
Una mujer que empujaba un cochecito se detuvo a mirarlo. El del saxofón dejó de tocar.
—¿Qué ha sido eso?
—Una risa.
—Una risa de foca.
—Es mi risa profesional.
—Es mala.
—Ríete tú, entonces.
Lo intenté. Puse la boca en la posición que había visto en cientos de anuncios, inhalé, y solté un sonido plano, sin ninguna vibración, con la cabeza inmóvil y las cejas quietas.
Cormac se quedó mirándome con las cejas muy altas.
—¿Qué es eso?
—Una risa.
—Eso ha sonado como una impresora que se atasca.
—Tú has sonado como un mamífero marino.
—Tú, como una fotocopiadora con cita previa.
Fue entonces cuando, sin pretenderlo, se me escapó por la nariz un ruido corto.
Cormac lo oyó. Abrió la boca. Se le cerraron los ojos.
La foca volvió a salir, esta vez sin ningún esfuerzo, con un sonido enorme y sincero, y yo, a dos palmos, sentí que la espalda se me doblaba sola.
Me agarré el abdomen. Me apoyé en su brazo.
Tuve que apretar los ojos. Me caía agua por la cara.
Él se apoyó en mí con la mano libre sobre mi hombro y las lágrimas en la barbilla, y los dos, a la altura de un banco de madera, a orillas del Hudson, nos quedamos doblados por la cintura durante un tiempo que fue mucho más largo que el de cualquier cronograma.
—Una fotocopiadora —dijo él, con voz de hilo—. Con cita previa.
—Calla.
—Con cita previa, Saskia.
—Calla, por favor.
—Lo dices con «por favor».
Y me eché a reír otra vez, hasta que me dolió el costado.
Cuando por fin nos enderezamos, el saxofonista se había puesto a tocar de nuevo, esta vez con una melodía más rápida.
La niña del patinete había vuelto y pasaba por delante de nosotros, mirándonos con la cabeza girada.
Una señora mayor con un perro nos sonrió desde un banco.
Cormac se limpió los ojos con la palma. Yo me sequé la cara con la manga de la bufanda de su padre.
—Eso no lo hemos ensayado —dijo.
—No.
—Ha sido de verdad.
—Ya lo sé.
—Ha salido una foto —dijo él, muy bajo, sin mirar a nadie.
Levanté la vista. En la barandilla del muelle, a cuarenta metros, un chico con una gorra hacía como que miraba el ferry. Le vi el móvil apuntando a nosotros. Dos mujeres, más allá, sonreían con el móvil en alto. Un hombre con un carrito de helados se había parado a mirar.
—No son de Hollis —dije.
—Ya lo sé.
—Nadie me ha avisado.
—Por eso son buenas.
Cormac me cogió otra vez la mano. Sin consulta. La apretó una vez, muy corto, y la dejó. Anduvimos otros veinte minutos. Una señora de unos setenta años, con un abrigo rojo y un caniche blanco con jersey, se nos plantó delante en un cruce de carriles y nos cortó el paso con los brazos extendidos.
—¡Ay! ¡Los del vídeo! —dijo.
—No —dije yo.
—Sí —dijo Cormac.
—¡Ay, qué alegría! Mi marido y yo nos conocimos así. Nos peleamos por un taxi. Cuarenta y cuatro años. —Me agarró la manga del abrigo con la mano libre—. No lo dejes escapar, hija. Los que se pelean por un taxi son los que se quedan.
—Gracias —dije, con toda mi buena educación de proveedora.
—Y sonríe más. Estás muy guapa cuando sonríes.
—Señora...
—Lo dice mi caniche también.
El caniche me miró con dos ojos negros, redondos y sin ninguna opinión. La señora se despidió con un beso al aire, que le dio a Cormac, y se alejó hacia el río con un ruido de cascabeles.
—Ha sido un espectáculo —dijo Cormac.
—Ha sido una emboscada.
—Es lo mismo que decía Wendell.
—Wendell va a ser amonestado.
—Ya lo estás en tu cabeza —dijo él—. Se te nota. Mueves el labio.
Compró dos helados de pistacho al hombre del carrito, y yo dije que no, y él me tendió el mío con dos dedos y una ceja, y yo, con la otra mano libre, me quedé el cucurucho. Sabía a pistacho de verdad, sin ningún tipo de fibra sintética.
—Está bueno —dije.
—Ya lo sabía.
—No lo sabías.
—Lo sabía. Tenía dos meses de práctica.
A las cinco y cuarto, al llegar al final del muelle, sonó mi móvil. Un mensaje. Era de Hollis, con todas las mayúsculas puestas. «SE RÍEN. SE RÍEN Y ES DE VERDAD. NO ME LO CREO. SIN AVISO. SIN CAMARA. VEINTE FOTOS YA EN LAS REDES. TENEMOS EL HITO».
Debajo, uno de Wendell: «Ilse Brandt confirma: mañana, once, en su redacción. Sin Hollis y sin flan».
Y debajo, uno de Priyanka Deshmukh, solo con una cifra: «+31».
—¿Qué? —dijo Cormac.
—Nada.
—Es de Hollis.
—Es de todos.
Guardé el móvil en el bolsillo del abrigo. El sol se había puesto detrás de Jersey y el agua del Hudson tenía un color de estaño. Cormac, a mi lado, con los ojos entornados, se comía el helado con las dos manos.
—Hasta el lunes —dijo.
—Hasta el lunes.
—Me lo has prometido.
—Trato hecho.
No dije nada más. A las seis y diez, de vuelta en el coche de Wendell, Ansel me mandó una línea: «Cierre: menos dos coma uno.
Mañana, con las fotos, abrimos en verde.
Come algo». Y a las seis y veinte, un mensaje de un número que no me hizo falta abrir para saber de quién era: «Bonito paseo.
F.». Contesté con una sola palabra, sin dejar de mirar por la ventanilla cómo pasaba Manhattan: «Bonito artículo».
No le dije a Cormac que Maeve sabía. No le dije que Maeve me había pedido que callara. Era la primera vez, desde que nos conocíamos, que le ocultaba algo que no era un secreto de negocios, y noté en el pecho una piedra pequeña, del tamaño de un botón, que no me molestó tanto como debería.