Capítulo 7 #2
Llevaba una cazadora vaquera y una camiseta negra, y una barba de dos días. No sonreía. Tenía los ojos más claros que otras veces, como los tienen las personas que han dormido mal, y en la mano izquierda un móvil apretado con una fuerza que le blanqueaba los nudillos.
—Lo he leído —dijo.
—Yo también.
—Mi madre me ha llamado a las seis y veinte.
—¿Qué te ha dicho?
—Que había leído el periódico de la panadería. Un cliente se lo dejó en el mostrador. Dice que la señora Lindholm es una mujer con mala leche.
—Ya lo sé.
—Y que le había preguntado una clienta si era verdad. Y que ella había contestado que sí.
—¿Que sí qué?
—Que sí es verdad. —Se pasó una mano por el pelo—.
Mi madre ha mentido en su panadería, delante de todo el barrio, para defendernos.
Y a mí me ha preguntado, con esa voz que pone: «Cormac, ¿es cierto lo que dice el periódico, lo del contrato?
». Y yo le he dicho: «Mamá, no sé qué decirte».
Y ella se ha quedado callada. Mi madre, callada, Saskia. Casi un minuto.
—¿Y luego?
—Me ha dicho que ya hablaríamos. Y ha colgado. —Se dejó caer en la butaca serrada. No se quejó de las rodillas—. Quiero decírselo hoy.
—No.
—Es mi madre.
—Es un documento confidencial. Lo hemos firmado los dos.
—Hemos firmado un papel para engañarla.
—Para no desmentir.
—Tu semántica es repugnante.
—Es la que hay.
—Es la que tú tienes. —Se levantó de golpe, sin gritar, con las manos abiertas—.
Hemos hecho una cosa muy fea, Saskia. Mi madre te abrazó.
Mi padre te dio su bufanda. Mis sobrinos te preguntan cuándo vuelves.
Fergal te ha puesto en la lista de la cena de los martes con un cojín de flores.
Y yo, en el tren, con el gorro puesto, te dije que se lo diría al final, cuando ya no importara, y a eso lo llamé plan. No es un plan. Es una excusa.
—Es el plan que aceptaste.
—Y tú el que propusiste. —Me señaló con el móvil—. Con un «por favor» de tres toneladas. ¿Te acuerdas? Yo sí.
—Me acuerdo.
—Pues entonces sabes que cuando te lo dije, no me imaginaba que iba a haber una cosa así. Que mi madre iba a mentir por ti en su panadería.
—Yo no se lo he pedido.
—Ya lo sé. Por eso duele.
Nos quedamos mirándonos. Yo tenía las manos a la espalda y el pulgar derecho hundido en la palma. Fuera, en la esquina, los girasoles habían soltado un pétalo, que cayó al suelo sin ruido.
—Si me pregunta directamente —dijo Cormac, en voz baja—, no voy a mentirle. Lo tengo decidido. Si me lo pregunta a la cara, se lo digo.
—Entonces que no pregunte.
—No depende de mí.
—No. —Levanté la barbilla—. Depende de ti que sea un domingo o un martes y no un jueves de periódico.
—Me estás pidiendo que espere.
—Te estoy pidiendo que esperes hasta el lunes.
—¿Y el lunes qué?
—El lunes veremos.
—«Veremos» es una palabra de banco.
—Es una palabra de negocios.
—Es lo mismo. —Dio un paso hacia mí. Casi se me acercó lo que hacía falta para que yo levantara la vista—. Está bien. Hasta el lunes. Pero, Saskia, ese día se lo digo. Con o sin tu permiso.
—Con o sin —dije.
—¿Trato hecho?
—Trato hecho.
No nos dimos la mano. Ninguno de los dos hizo el gesto.
—Y lo del paseo —dijo, ya en la puerta.
—Es a las cuatro. Hudson River Park. El muelle cuarenta y cinco.
—Voy a llevar zapatos cómodos.
—Yo también.
—Ya lo sé. Los que compras de doce en doce.
—¿Quién te ha...?
—Eudora.
Salió sin cerrar del todo, y yo me quedé mirando la puerta entornada. Wendell, al otro lado, tecleaba en su mesa. Con el pulgar solo.
* * *
A las doce y media me sonó el móvil con un número que no tenía guardado, un número de Rhode Island.
—¿Cariño? —dijo una voz—. Soy Maeve.
Me senté. Fue instintivo. No recuerdo haberlo decidido: estaba de pie junto a la ventana y de pronto estaba sentada en la butaca serrada, con las rodillas a la altura del pecho y el teléfono pegado a la oreja.
—Maeve.
—Perdona que te llame. Me ha dado tu número Bridie. Ella lo tiene desde el domingo, por si acaso, por lo de la lista de los martes. Estoy en la panadería. Tengo el periódico delante. Te voy a hacer una pregunta, y quiero que me contestes sin pensar.
—Maeve, yo...
—Sin pensar.
Tenía delante la mesa de nogal, la carpeta abierta, la pantalla con el gráfico del descenso, cinco mensajes sin leer de Ansel y una cláusula de confidencialidad firmada.
Tenía Providence detrás de la voz: el ruido de la panadería, una campanilla, alguien que pedía un pan de centeno, una máquina de cortar, el olor, aunque no lo pudiera oler, a levadura y a canela.
Tenía un abrigo azul colgado detrás de la puerta.
—Dime —dije.
—¿Es verdad lo del contrato?
Cerré los ojos.
Había una cosa que llevaba doce años haciendo sin esfuerzo, y era mentir por conveniencia en cinco idiomas.
A un proveedor, a un banco, a una periodista, a un accionista.
Lo hacía con la misma facilidad con que respiraba.
Y en ese momento, con una señora de sesenta y nueve años al otro lado del teléfono, en una panadería, con las manos llenas de harina, a mí me salió otra cosa.
—Sí —dije.
Hubo una pausa muy larga. Se oyó la campanilla de la puerta. Se oyó a alguien decir «Buenos días, Maeve». Se oyó a Maeve, sin alejar el teléfono de la boca, decir «Ahora mismo voy, Joan», y otra vez a mí.
—Ya lo sabía —dijo.
—¿Cómo?
—Porque el domingo mi hijo te besó en la mejilla y se puso rojo.
—Se rio por lo bajo—. A Cormac se le ponen las orejas rojas cuando algo le importa de verdad.
Si lo suyo hubiera sido de mentira, no se habría ruborizado.
Se habría reído y me habría contado un chiste. Mi hijo, cuando miente, hace chistes.
—Yo... Maeve, lo siento.
—¿Qué sientes?
—Haberles mentido. A su marido. A usted. A sus hijos. Le pedí a su hijo que...
—Cariño. —Su voz se había hecho muy dulce, y muy firme—. Yo no estoy enfadada. Estoy contenta.
—¿Contenta?
—Estoy contenta porque me has dicho la verdad cuando podías mentirme.
Y eso, en este oficio de madres, se llama respeto.
Lo demás son detalles. —Hubo un ruido de cacharros—.
Hoy me han preguntado tres clientas si es cierto lo de tu contrato.
Les he dicho que sí, que es cierto todo.
Que estáis enamorados hasta las cejas. Que os peleáis a diario.
—Eso último es verdad.
—Ya lo sé. Es lo que me da confianza.
—Maeve, esto no está bien.
—Es una mentira piadosa, que es lo contrario de una mentira. —Se rio otra vez—. No me pidas permiso, cariño. Tienes veinte años menos que yo y ninguna idea de cómo funciona el mundo de las madres. Solo te pido una cosa.
—Lo que quiera.
—Que no le digas a Cormac que lo sé. Se lo diré yo cuando me apetezca. Es su forma de crecer: tiene que ser él el que me lo cuente.
—Me ha dicho que se lo dirá el lunes.
—Pues que se lo diga. Yo pondré cara de sorpresa. Se me da bien. —Una pausa—. Y tú, cariño, ven el domingo. Hay cordero.
—No puedo...
—¿Tienes un compromiso?
—Todos.
—Cancélalos. —Se le oyó decir a alguien «Un momento, Joan»—. Y come algo. Hoy, aunque sea un flan.
—Ya he comido cuarenta.
—Ah, me alegro mucho. Adiós, cariño.
Colgó. Me quedé en la butaca serrada con el teléfono en la mano y las rodillas a la altura del pecho, durante un tiempo que no sé medir.
Wendell, al otro lado de la puerta, tecleaba.
En algún momento dejó de teclear. Me llegó, en silencio, un vaso de agua con gas y una rodaja de limón de tres milímetros que puso Pippa sobre la mesa sin hacer ruido y sin mirarme.
A las tres, Hollis me esperaba en la puerta de mi despacho con una libreta, unos prismáticos pequeños colgados del cuello y el aspecto de un hombre que ha decidido ser útil a cualquier precio.
—Antes del paseo —dijo—. Tres cosas. Uno: la espontaneidad es lo que se ve. Hay que prepararla.
—Clifton ha dicho que sin ayuda tuya.
—Clifton ha dicho que sin teleobjetivo. —Levantó los prismáticos—. Yo solo miro.
—Wendell.
—Aquí estoy —dijo Wendell, desde su mesa, sin levantar la vista.
—Quítale los prismáticos.
—Con mucho gusto.
—Son míos —protestó Hollis.
—Son del departamento de comunicación, y el departamento de comunicación hoy se queda en el edificio. —Wendell se los quitó con un gesto casi amable y los dejó en un cajón—. Le he pedido a Pippa que te traiga un flan.
—Ya no quedan.
—Le he pedido que te lo traiga igual.
Hollis se quedó un momento parado. Luego se sentó en la butaca serrada, y por primera vez desde que lo conocía no dijo nada durante un minuto entero, que es lo más parecido a una tregua que Hollis Tate ha ofrecido a nadie.
A las tres y veinte, mientras me ponía el abrigo, sonó el teléfono fijo. Wendell lo cogió, escuchó, tapó el micrófono con la palma.
—Ilse Brandt.
—Pásamela.
—Señora Merrow —dijo la voz de la mujer de pelo blanco—. Sé que no es buen día. Pero tengo una propuesta y tengo un plazo.
—Diga.
—Quiero una entrevista con los dos. En persona. Mañana. Ni una palabra escrita antes. Las preguntas se las hago yo, ahí mismo, sin haberlas mandado.
—Es un método que no me gusta.
—Lo sé. Es el único que funciona con el tipo de cosas que ha escrito Vera Lindholm. —Una pausa—. Yo estaba en Il Cortile.
—Lo recuerdo.
—Vi cómo se sentaba Cormac en su mesa. No estaba en ninguna cena con usted.
Vi la paloma. Vi las migas. Y vi a un hombre pálido de miedo que se iba a refugiar a la única mesa de la sala en la que sabía que le iban a llamar cosas espantosas.
—Otra pausa—. Eso no se ensaya, señora Merrow.
Yo lo escribo tal como lo vi. Sin adornos. Con una condición.
—¿Cuál?
—Que no vaya Hollis Tate.
—Concedida.
—Ni un solo cronograma.
—Concedida.
—Y que el flan no salga.
—Le prometo que el flan no sale.
—Entonces, hasta mañana a las once. —Y colgó con una brusquedad que me pareció de familia.
* * *