Capítulo 7
El artículo se titulaba «El amor en la ventana» y llevaba, como ilustración principal, una fotografía de un flan.
Wendell me lo puso delante a las seis y cincuenta de la mañana del jueves, con la tablet abierta sobre mi mesa, sin decir nada, y esperó.
Yo tenía en la mano el vaso de agua con gas de las diez, que Pippa me había traído a las seis y cuarenta y cinco por iniciativa propia y sin que yo pudiera reprochárselo, porque el limón tenía tres milímetros. Dejé el vaso. Leí.
Firmaba Vera Lindholm.
La conocía. Era la periodista del párrafo once, la de los diecinueve exempleados, la que había escrito que yo no sabía lo que era que alguien me esperase en casa. Había estado once días sin escribir nada de mí, y en ese tiempo, por lo visto, no había estado mano sobre mano.
«Desde hace seis días —empezaba el texto—, Nueva York asiste a lo que la prensa del corazón ha llamado, sin ironía, "la pareja del año".
La fundadora de Merrow, la mujer que hasta el viernes pasado era el símbolo de la frialdad empresarial, sujeta el dedo de un modelo con el que, según su entorno, no cenaba ni la víspera.
Ella sonríe con los dientes en el vestíbulo de su empresa.
Él llora de risa entre las palomas de su padre. Pero ¿es amor?».
Bajé la vista. Vera había hecho los deberes.
Tenía a un maître de la brasserie del Village que confirmaba que la mesa del ventanal había sido reservada el domingo por la tarde a nombre de Hollis Tate, director de comunicación de Merrow.
Tenía a un fotógrafo de agencia que había estado en Penn Station a las seis y cuarenta y cinco de un domingo «por un aviso de origen no identificado».
Tenía los cuarenta y dos flanes, incluidos los de Kansas.
Tenía un gráfico con la evolución de la cotización de Merrow desde el vídeo.
Y, en el sexto párrafo, tenía a una «alta ejecutiva de una casa rival, que pidió no ser identificada»:
«Esa mujer no le sujeta el dedo a nadie sin un contrato».
—Qué frase tan buena —dije.
—Es de Ferdinand —dijo Wendell.
—Ya lo sé. Es la única frase buena que ha dicho en su vida y se la ha pasado a una periodista.
—Dice «alta ejecutiva».
—Ferdinand dice «alta ejecutiva» de sí mismo desde los cincuenta.
Seguí leyendo. El artículo acababa así: «Este periódico ha pedido explicaciones tanto a Merrow Group como al representante del señor Brannigan. Ninguno de los dos ha respondido. El mercado tampoco: a las nueve de la mañana, el valor había abierto ya con un descenso del cuatro coma dos por ciento».
—¿Cuatro coma dos?
—Pre-mercado. Ansel ha llegado a las seis.
—¿Dónde está?
—En la sala de juntas, con el portátil. Y con dos manzanas.
—Dos.
—Es que hoy es un día de dos manzanas.
Me levanté. Tenía una costumbre desde el martes de la semana anterior, y era que cuando se me acababa el aire pulsaba con el pulgar derecho la palma de la mano izquierda, allí donde todavía se me veía la marca de la uña.
La pulsé. Fue casi un tic. Fuera, en el pasillo, había alguien hablando por teléfono a voz baja y alguien más pasando un carrito.
—¿Sabe Cormac lo del artículo? —dije.
—Gilda está con él. Lo han leído a las seis.
—¿Y qué dice?
—Gilda ha mandado un mensaje. Dice: «Cormac necesita hablar con su madre antes de hablar con nadie más. Estará en su oficina a las diez».
—¿Con su madre?
—Se ha puesto de pie en mitad del salón de Gilda, se ha metido el móvil en el bolsillo y ha dicho: «Mi madre tiene que enterarse por mí». Y ha vuelto a sentarse.
—Es una tontería.
—Es una manera de ser hijo —dijo Wendell.
* * *
A las nueve, la sala de juntas del catorce estaba llena de gente en pie, alrededor de una mesa de doce metros vacía.
Ansel, en la cabecera, con el portátil abierto y las dos manzanas al lado; Hollis, blanco como un mantel, con la carpeta azul apretada al pecho; Wendell, en la puerta; y, en la pantalla de la pared, en cuadraditos, Clifton Rusk, Priyanka Deshmukh y Augusta Pell, esta última con el pequinés en brazos y el lazo azul recién estrenado.
—Empecemos —dijo Ansel—. El valor ha caído a las nueve y media un cinco coma uno. Ya no es el cuatro coma dos. Y si sigue, para las once habremos perdido la mitad de lo que se ganó el lunes.
—Es una hemorragia —dijo Clifton.
—Es una corrección —dije yo.
—Es una hemorragia otra vez, Saskia. Lo digo por segunda vez en dos semanas y me gustaría que dejásemos de repetirlo.
—Lo dejo si tú dejas de decirlo.
—Priyanka.
—Sentimiento neto —dijo Priyanka, con su tablet y su tono sin adjetivos—. De más treinta y ocho el lunes a más veintiséis esta mañana a las siete, y a menos cuatro ahora mismo. Es un descenso de treinta puntos en cuatro horas. El artículo se ha compartido un millón cuatrocientas mil veces.
—¿Cuántas veces se ha compartido el vídeo?
—Catorce millones.
—Es la mitad de veces. No es tan grave.
—Es el veinte por ciento del vídeo en un día, y esto es solo un artículo. —Bajó la tablet—. Señora Merrow: no se trata del alcance. Se trata de que el artículo dice lo que muchos ya habían pensado, sin atreverse a decirlo.
—¿Es un montaje? —preguntó Clifton.
Hubo un silencio. Miré la pantalla. Clifton Rusk me miraba, y detrás de él, muy pequeña en su cuadradito, Augusta acariciaba a Sultán con dos dedos, sin dejar de mirar la mesa.
—Clifton —dijo Ansel.
—Lo pregunto en serio.
—Yo no lo sé —dijo Ansel, con una firmeza que lo tenía en pie desde que lo conocía—. Tampoco me lo van a decir. Y no me lo debería decir a mí; es una información que un director financiero no necesita.
—Yo no quiero saberlo —dijo Clifton—. Quiero que, si es mentira, lo parezca. Y que si es verdad, lo demuestren. En cualquiera de los dos casos, lo que quiero es que dejéis de sudar delante de un periodista.
—No estoy sudando —dijo Hollis.
—Tienes el cuello mojado.
—Es la humedad.
—¿En septiembre?
—Yo lo sabía —dijo Augusta Pell.
Nadie contestó. Sultán bostezó.
—¿Cómo dices, Augusta?
—Que yo lo sabía. —Levantó la cara hacia la cámara, con una calma que tenía algo de tormenta cerrada—. Desde el segundo veintitrés del vídeo. A los actores no se les mueve el pulgar. En el veintitrés, a ese muchacho, se le mueve. A los que ensayan no les pasa.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Priyanka.
—Que un hombre que finge no se pone nervioso. Y un hombre que no finge tampoco. Se pone nervioso el que finge y le importa. —Sultán ladró—. Perdonen. Esta conversación me está agotando. Yo solo digo que ustedes se olvidan de lo principal.
—¿Qué es lo principal? —dije.
—Que en el segundo cuarenta y uno usted sonríe. Y eso no lo hace ningún contrato.
Nadie dijo nada. En la pared, Clifton y Priyanka se miraron sin girar la cabeza. Ansel, a mi derecha, se puso a mirar la manzana con mucho interés.
—Es un buen argumento —dijo Priyanka, al fin—. Pero no es un argumento para el mercado. El mercado no analiza sonrisas. Analiza pruebas.
—¿Qué pruebas queréis? —dije.
—Un acto público de coherencia. No una desmentida. Una desmentida es una confesión con otras palabras. Un acto en el que se vea que lo que el periódico llama «montaje» tiene una textura distinta.
—¿Textura?
—Ella quiere decir —intervino Clifton— que se os vea juntos haciendo algo que no esté en un cronograma.
Hollis se puso de pie de golpe. Se le cayó la carpeta azul. De ella salió una hoja de papel con tres columnas y una fila subrayada dos veces.
—Semana dos —dijo, con la voz en el techo—. Paseo. Mensaje: se ríen. Podemos hacerlo hoy.
—Sí, hoy —dijo Clifton—. En un sitio con gente. A plena luz. Sin fotógrafos de agencia.
—Sin ninguno.
—Y sin ninguna ayuda tuya, Hollis. Ni un teleobjetivo, ni un aviso, ni una reserva. Ni una cuchara.
—Entendido.
—Que se enteren de que ha habido un paseo por las fotos que hagan los que pasen.
—Perfecto.
—¿Y si no funciona? —dije.
—Funcionará —dijo Augusta—. Si él viene.
—Perdón. —En una de las pantallas pequeñas se encendió una cámara. Era Watanabe, con sus gafas redondas y una taza de té—. Solo una pregunta. Si el noviazgo fuera verdadero, ¿sería una noticia mejor o peor para el valor?
—Mejor —dijo Priyanka.
—¿Y el perro?
—El perro es de Augusta —dijo Ansel.
—Qué lástima —dijo Watanabe, y apagó la cámara.
Eudora subió a las diez menos diez sin que nadie la hubiera llamado. Entró en mi despacho con las gafas sobre la frente y el metro amarillo al cuello, se sentó en la butaca serrada, y se quedó mirándome, sin decir nada.
—Ya lo has leído —dije.
—Lo ha leído toda la planta once. —Se ajustó el metro—. Vera Lindholm nunca se equivoca en los datos. Se equivoca en las conclusiones. Es lo que hace a los buenos periodistas: que el dato sea cierto y la conclusión, otra cosa.
—¿Y qué conclusión sacas tú?
—Ninguna. Prefiero que me lo digas tú.
Me quedé un momento en silencio. Había un girasol al que se le habían caído tres pétalos. Miré la marca de la palma de mi mano, y luego a Eudora, que tiene sesenta y dos años y una constancia de piedra.
—Es un contrato —dije.
—Ya.
—Lo firmamos el sábado. Un memorándum de una página. Hasta el lunes siguiente al desfile.
—Ya.
—¿Ya qué?
—Ya, que gracias por decírmelo. —Se levantó, apoyándose en el respaldo de la butaca—. Lo del azul lo sabía desde el lunes. Lo de la bufanda, desde el martes. Nadie se pone la bufanda de un señor de Providence por contrato.
—Es de lana buena.
—Es de un señor de Providence. —Fue hacia la puerta—. No te preocupes, no se lo voy a decir a nadie. Y gracias por no habérmelo escrito en una nota.
—Eudora.
—Dime.
—Es un contrato.
—Ya lo has dicho. —Y salió, dejando la puerta abierta.
* * *
Cormac llegó a las diez y diez.
No a las diez, no a las diez y cinco. A las diez y diez.
Yo lo esperaba en mi despacho, con la puerta cerrada, junto a la ventana, con los brazos cruzados y la vista clavada en los girasoles, que ya perdían pétalos y a los que Pippa cambiaba el agua tres veces al día.
Wendell lo dejó pasar sin decir palabra y cerró detrás de él.