Solo una vez (Humor 3) Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

—Somos cinco —dijo Ronan.

—Yo soy una.

—Eres una con abogados.

—Y con una nariz muy recta —añadió Declan.

—¿Qué tiene mi nariz?

—Que no le has quitado el ojo a las patatas desde que nos hemos puesto aquí —dijo Niall—. Es una técnica muy buena.

—Es la que uso para no decir nada que me obligue a despedir a alguien.

Los cuatro se quedaron mirándome en silencio.

Luego, todos a la vez, empezaron a reírse.

Cormac, desde la puerta, con los platos en las manos, me miró de una manera nueva.

Yo seguí pelando la patata. La terminé sin cortarme, en una sola tira larga y continua, que dejé caer en el cubo con un movimiento seco.

—Nadie ha pelado nunca así —dijo Fergal.

—Es un método.

Bridie se rio con esa risa que se oye desde el pasillo. Después pelé patatas durante veinte minutos con la misma atención que le dedico a un patrón.

A la mesa éramos trece: los cinco hermanos, Bridie, Niall y Ronan con sus parejas, que aparecieron a las siete y media con vino, los cuatro niños, y yo. Cormac se sentó a mi lado. Todas las sillas eran distintas. La mía tenía un cojín de flores.

—En esta casa hay una costumbre —dijo Fergal, sirviendo el estofado con un cucharón del tamaño de una pala—. Cada martes cada uno dice lo mejor y lo peor de la semana. Empezamos por el menor.

—Yo —dijo Finn, desde su cubo.

—Tú no hablas, Finn.

—Lo mejor es la sopa. Lo peor es la sopa.

—Es sopa de tomate —dijo Bridie—. Está en tránsito.

Fue rodando. Cian: lo mejor, Bruce; lo peor, las tablas de multiplicar.

Eoin: lo mejor, un gol; lo peor, el mismo gol, que había sido en propia puerta.

Declan: lo mejor, la camiseta; lo peor, que Cormac le había pedido que se la quitara.

Niall, con las gafas en la punta de la nariz: lo mejor, un proyecto que había terminado; lo peor, no poder contárselo a nadie.

Ronan: lo mejor, un tatuaje nuevo que se negó a enseñar; lo peor, «lo mismo».

—Saskia —dijo Fergal.

Me quedé con el tenedor a medio subir. Me miraron doce personas y un perro.

—No sé cómo se juega.

—Es fácil. Dices lo mejor de la semana y lo peor.

—Lo mejor —dije, y pensé—. El lunes, a las diez y cuarto, cuando la acción llegó a noventa y cuatro con ochenta.

—¡Eso no es humano! —dijo Declan.

—Es un número.

—Es muy poco humano.

—Es mi semana.

—Otra —dijo Cormac, a mi lado, muy bajo.

Lo miré. Tenía la vista clavada en el plato y el hoyuelo en su sitio, y no me miraba.

—Los treinta y seis metros de lana —dije.

—Eso es más humano —dijo Niall—. Aunque no mucho.

—Y ayer —añadí. Me salió sola—. Ayer, cuando una señora me enseñó a secar un plato.

Hubo un silencio corto. Bridie dejó de servir. Fergal me miró con su cara ancha. En el otro extremo de la mesa, Ronan levantó su copa un centímetro.

—Y lo peor —dijo Cormac, ayudándome, sin ninguna piedad.

—Las palomas.

—¡Uy! —dijo Declan.

—Cuatro millones de personas han visto cómo Cormac se agachaba delante de una paloma —dije, con toda la dignidad de la que fui capaz—. Cuatro millones. Y yo estaba al lado.

—Ese es también mi peor —dijo Cormac.

—¿Y el mejor? —dijo Fergal.

Cormac me miró por fin. Solo un segundo.

—Una paloma —dijo.

—Es el mismo —dijo Cian.

—Lo sé —dijo Cormac.

La cena siguió con el estofado, los gritos y el ruido de los cubiertos.

Yo comí lo que me pusieron, dos veces, por el hambre que me había dado sin avisar.

A las nueve y media, Bruce se quedó dormido sobre mis pies y Finn, con la cabeza todavía dentro del cubo, se durmió también, en el sofá, con las botas puestas.

A las diez el móvil me vibró en el bolsillo del pantalón. Lo saqué por debajo de la mesa.

Era Hollis. «Clifton quiere foto con la familia. Domingo o martes. Un grupo. Con los sobrinos. Una foto de tribu. Dime cuándo».

—¿Quién es? —dijo Cormac, que tenía la vista perdida en mi rodilla.

—Nadie.

Vio la pantalla. Se le puso la cara seria, del todo.

—No.

—No he dicho nada.

—No.

—Es un hito.

—Mi familia no es un hito.

Lo dijo bajito, sin levantar la voz, y en cuanto lo dijo comprendí que a lo largo de dos semanas era la primera vez que le oía decir una cosa sin ningún adorno. Alrededor de la mesa, nadie parecía haber oído nada. Los gemelos discutían por una cuchara. Bridie servía café.

—Es una cláusula de comunicación —dije.

—Es mi casa.

—Mi contrato...

—Tu contrato dice que la mano, en público, y el brazo por la cintura, y una mejilla en Providence. No dice que mis sobrinos salgan en un periódico.

—Es una petición del consejo.

—Pues que la pida mi madre.

Fue un momento muy largo. Fergal nos miraba, con el cucharón en la mano, y una expresión preocupada. Cormac tenía los puños sobre el mantel. Yo tenía el móvil en la palma, con el mensaje de Hollis.

Escribí: «No. Ni una foto. Ni un niño. Ni el perro». Lo mandé.

—¿Qué has hecho? —dijo Cormac.

—He dicho que no.

—¿Por qué?

—Porque tienes razón. —Guardé el móvil—. Lo de tu casa se queda en tu casa. Es una cláusula. Nueva. La escribo mañana.

—No hace falta...

—Es una cláusula, Cormac. No es un favor.

Tardó en contestar. Después asintió con la cabeza, despacio, dos veces.

—Gracias.

—No me des las gracias.

—Semana 1 —dijo, casi sin voz.

Y por debajo de la mesa, sin consulta, sin ceja, sin ninguna cámara delante, me tocó el dorso de la mano con el suyo, un segundo, y la retiró.

* * *

Nos fuimos a las diez y media. En la escalera de la calle, bajo la farola, esperábamos el coche que había pedido Wendell.

Hacía un aire fresco y olía a estofado y a hojas mojadas.

Cormac estaba con las manos en los bolsillos de la cazadora y la cabeza inclinada, mirando el suelo, y yo, de pie a su lado, con la bufanda de Dermot puesta, miraba la calle.

—No hace falta que nos tratemos bien fuera de cámara —dije.

—Lo sé.

—Digo que ahora no hay ninguna.

—Ya.

—Lo digo por si te confundes.

—No me confundo. —Levantó la vista—. Te he visto mirar a Finn dormido en el sofá, con las botas puestas. Y no parecías una tirana.

—Parezco lo que soy.

—Eso es lo que digo.

—Es un mal argumento.

—Es el que tengo.

Llegó el coche. Cormac me abrió la puerta y yo me senté. Él se quedó de pie en la acera, con la mano en el techo, agachado para verme la cara.

—Buenas noches, Brannigan —dije.

—Buenas noches, Saskia.

Cerró la puerta. En el cristal vi cómo se quedaba mirando el coche alejarse, con las manos otra vez en los bolsillos, en la escalera de una casa de ladrillo con una placa de cobre.

A las once y cuarto, en el ascensor, me vibró el móvil. Un mensaje sin foto. «Semana 1: aprobada. C.».

Contesté: «Con reservas».

Me llegó otro casi enseguida: «Anotado».

Dejé el teléfono en la encimera. En la esquina de la ventana del salón, donde no debía haber nada, estaba el jarrón de girasoles.

Alguien los había traído desde la oficina, con el agua cambiada, sin nota.

Miré el jarrón un rato largo. No pregunté quién había sido, porque ya lo sabía: Wendell tiene llave de mi casa desde hace cinco años, para la nevera.

Wendell iba a ser amonestado. Le puse el nombre en una lista mental, con letra pequeña, debajo de «Pippa» y de «Eudora».