Solo una vez (Humor 3) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

—¿No hay ninguno?

—No pienso contestar.

—Pues contesto yo. —Puso la tarjeta sobre el mantel—. El día que mi padre me sacó del árbol.

—¿El de las palomas?

—El de las palomas. Tenía siete años y llevaba seis horas sentado en una rama. Vino él, con una escalera de bomberos que le prestó un vecino, y no dijo nada, me miró, me cogió del brazo, y me bajó. Y me abrazó. Y mi padre no abraza.

Me quedé mirando la tarjeta.

—Es un recuerdo feliz por una cosa que te dio miedo.

—Las dos cosas van juntas. —Encogió un hombro—. Tu turno.

—Ya he dicho que no.

—Una pequeña. No hace falta que sea la más grande.

Bebí un poco de agua. En la calle, al otro lado del cristal, una mujer con un abrigo verde había parado a mirar el escaparate de la brasserie, con el móvil a la altura del pecho. No se veía qué hacía con él.

—El día que firmé el alquiler del sótano de Queens —dije.

—Eso es un trámite.

—Es el mejor trámite de mi vida.

—Saskia.

—Tenía veinticinco años. Llevaba trescientos dólares en el bolsillo y dos máquinas de coser que me había dejado una señora de un taller que cerraba.

Cuando el dueño me dio la llave, dijo: «Tiene mucha humedad».

Y yo dije: «Me da igual». Y me la llevé.

Y esa noche dormí allí, con la lana en el suelo, en el sótano, sin calefacción, con el abrigo puesto.

Y a las seis de la mañana me desperté sin ningún ruido a mi alrededor. Ni una voz. Ni una puerta. Y era mío.

Cormac no dijo nada. Nos trajeron los platos. El camarero de bigote fino colocó la ensalada delante de mí y el pato delante de él, y se retiró con la misma dignidad con la que había llegado.

—¿Lo que más te gusta —dijo Cormac, despacio— es no tener ruido?

—Es lo que más me tranquiliza.

—Y por eso nunca...

—No sigas.

—No he empezado.

—Vas a empezar.

—Iba a decir que a mí, en cambio, el ruido me tranquiliza. Es una cosa de familia. Cinco hermanos, un padre que no habla, una madre que habla por tres. Cuando hay silencio pienso que se ha muerto alguien.

—Mi silencio es de alguien vivo.

—Ya lo veo. —Cogió el tenedor—. Es un silencio con mucho carácter.

—Cosas que no soporto —dije, para cambiar de tema—. Los que llegan tarde.

—Vaya, qué sorpresa.

—Los que sonríen sin motivo. Los que hablan con la boca llena. Los que dicen «cariño» sin permiso.

—Las tres últimas son mías.

—La primera también.

—Yo no llego tarde. Llego cuando llego. Es distinto. —Se limpió los labios—. Cosas que no soporto: las palomas, ya lo sabes. Las sillas serradas. Los que no dan las gracias. Y las mujeres que dicen «no he dicho nada» cuando han dicho todo.

—Yo no he dicho nada.

—Mira.

—Mira tú.

—Ya está —dijo Cormac, muy contento—. Nos hemos peleado en la primera cena. Ahora sí que parece de verdad.

No nos dijimos nada durante un rato. Comimos. Yo, con el rabillo del ojo, vi a la mujer del abrigo verde bajar el móvil, mirarlo y subirlo otra vez, y en la mesa de detrás, un hombre con gafas se giró un momento hacia nosotros e intentó parecer que no había visto lo que había visto.

A las nueve y diez, el camarero de bigote fino se acercó con una bandeja.

—De parte de la casa —dijo, con solemnidad—. Para la pareja del año.

En la bandeja había un flan, redondo, brillante, con una guinda encima y dos cucharillas. No pedimos nada. Hollis, en mi oído, hizo un ruido corto de alegría.

—No —dije.

—Es una consulta —dijo Cormac, y levantó una ceja.

—No pienso...

—Es un flan.

—Es una trampa. —Miré por el ventanal. La mujer del abrigo verde había vuelto a subir el móvil a la altura del pecho. Un hombre con gorra, al otro lado de la calle, cruzaba los brazos con un teleobjetivo entre ellos—. Hollis, te voy a matar.

En mi oído: «Es un regalo de la casa. No lo he organizado yo. Lo juro por lo más sagrado. Lo he organizado un poco».

Cormac cogió una cucharilla, cortó un trozo del flan, lo cargó de caramelo y lo sostuvo a un palmo de mi cara.

—Abre.

—No.

—Abre. Es el hito de la semana tres, y lo adelantamos a la uno porque lo pide el mercado.

—No abro. Tengo mis propias manos.

—Ya lo sé. Pero no estamos en una cena de negocios, Saskia. Estamos en una mesa en una vitrina, con una mujer con un abrigo verde y un señor con una gorra. Y si los dos nos comemos el flan cada uno con su cuchara, se van a ir a casa y dirán que somos dos compañeros de trabajo.

—Es lo que somos.

—Se van a ir a casa y no van a publicar nada.

Dejé el tenedor. Miré la cucharilla. El flan temblaba muy poco, sostenido en el aire con una firmeza de pulso que me pareció insultante. Me acerqué, abrí la boca, y él me metió la cuchara. Sabía a vainilla, a caramelo, y a una cosa más dulce que no supe identificar.

—¿Está bueno? —dijo.

—Es correcto.

—Es un flan de cuarenta años.

—Es un flan con aspecto de fibra sintética.

—Tienes caramelo en el labio.

—No lo tengo.

—Ahí. —Levantó la mano hacia mi cara, se detuvo a medio camino, y me miró—. ¿Consulta?

No levanté la ceja. Fue un instante y no lo hice. Él tampoco. Se quedó con la mano en el aire, a cinco centímetros de mi boca, con una expresión de no haberse esperado esto.

—Me lo limpio yo —dije, y cogí la servilleta.

—Vale.

—Hazme el favor de dejar de mirarme.

—No te estoy mirando.

—Sí.

—Es que estás sonrojada.

—Es el vino.

—No has bebido vino.

—Es la vainilla.

Fuera, al otro lado del cristal, se oyeron tres clics muy suaves, con un intervalo exacto. En mi oído, muy bajito, alguien que no era Hollis dijo: «Ay, Dios mío». Era Wendell. Se había puesto el auricular sin que yo lo supiera.

* * *

Al día siguiente había cuarenta y dos flanes en recepción.

Pippa me lo dijo a las nueve menos cuarto, con las manos juntas y una expresión en la que se mezclaban el pánico y la felicidad.

—Cuarenta y dos, señora Merrow. Han llegado desde las siete. Uno por mensajero. De cuarenta y dos personas distintas. Hay uno de una señora de Kansas.

—¿Qué señora de Kansas?

—Una que escribe una tarjeta: «Para la pareja del año. Con mucho cariño y ninguna mala intención». Y otro de una guardería. Y otro de un fabricante de tuberías.

—¿Qué se hace con cuarenta y dos flanes?

—No lo sé, señora Merrow.

—Que los repartan.

—¿A quién?

—A los que trabajan. —Levanté la vista del ordenador—. A todos, Pippa. Que suban al once, al trece, a contabilidad, a los guardias. Que no se tire ni uno. Y que a las once, en el office, se sirvan con cucharilla. No con cuchillo. Con cucharilla.

—Sí, señora Merrow.

—Y que no salga en ninguna foto.

—Ya hay una foto, señora Merrow.

—¿De qué?

—De Otis. Con tres flanes.

A las once subí al office y miré desde la puerta. No entré. El atelier entero, con Eudora en el centro, comía flan de pie alrededor de la mesa, con cucharilla, en silencio. Otis tenía caramelo en el pelo. Noor se lamía la cuchara. Nadie me vio.

Volví a mi despacho. No dije nada a nadie. Wendell entró a los cinco minutos con una cucharilla en la mano y no la escondió.

—Está buenísimo —dijo.

—Cállate.

—Es un flan de Kansas.

—Tú, más.

* * *

La cena de los martes en casa de Fergal era en Bay Ridge, en una casa adosada de ladrillo con un tramo de escaleras exteriores y una puerta con una placa de cobre en la que ponía, medio gastado por el uso: brANNIGAN.

Allí no había ni jardín ni palomar. Había, en cambio, un olor a estofado que subía por el hueco de la escalera y un ruido, ruido de verdad, de los que se oyen desde la calle: gritos de niños, un televisor a todo volumen, una máquina de lavar centrifugando y alguien, en algún piso, cantando a voz en cuello.

—Es siempre así —dijo Cormac, en el rellano, con la mano en el picaporte—. Te aviso.

—Estoy preparada.

—No lo estás.

Abrió. Nos golpeó el ruido en la cara. En el pasillo, dos gemelos de once años se perseguían con espadas de espuma; Finn, el de cuatro, sentado en el suelo con la cabeza dentro de un cubo de plástico, gritaba algo al fondo del cubo; Bruce, el pastor alemán, se lanzó hacia mí en cuanto me vio, dio una vuelta, y se sentó sobre mis pies con el hocico apuntando hacia arriba y una expresión de devoción absoluta.

—Te ha adoptado —dijo Cormac.

—Es un perro.

—Es un perro con criterio.

En la cocina había cinco hombres. Cinco.

Cormac me los presentó de uno en uno, con una ceremonia que le divertía más a él que a ellos: Fergal, al que ya conocía, con un delantal de flores puesto; Declan, con la camiseta de mi espalda, que llevaba desde el domingo sin quitarse, según dijo; Niall, que era un hombre de treinta y seis años con gafas y una manera de escuchar que te hacía sentir juzgada; y Ronan, que tenía treinta y un años, un tatuaje de un ancla en el brazo y una sonrisa idéntica a la de Cormac pero sin hoyuelo.

Los cinco hermanos Brannigan en una cocina de doce metros cuadrados.

Cada uno me miró con un grado distinto de interés.

—Es más alta de lo que parece en el vídeo —dijo Niall.

—Es más baja de lo que parece en el vídeo —dijo Ronan.

—Estoy aquí.

—Ya lo vemos —dijeron los cinco, casi a la vez.

—Fuera de la cocina los que no cocinan —dijo Bridie, al fondo, con una cuchara de madera—. Cormac, a poner la mesa. Saskia, ¿sabes pelar patatas?

—No.

—Pues hoy aprendes. Toma.

Me puso en la mano un pelador y un cubo de patatas.

Los cuatro hermanos que no eran Cormac, que habían salido de la cocina por orden de Bridie, volvieron a entrar en fila de uno en uno, con la excusa de coger cervezas, y se colocaron alrededor de mi taburete.

Me senté en el taburete, con el pastor alemán tumbado a mis pies, y empecé con la primera patata. Niall se apoyó en la nevera.

—Vamos a hacerte unas preguntas.

—Ya me lo esperaba.

—¿Qué quieres de mi hermano?

—Una campaña. Un desfile. Una cara.

—Eso ya lo sé. Fergal me dijo que dirías eso.

—Yo no dije nada —dijo Fergal.

—Se lo dije yo —dijo Bridie, sin volverse.

—Cormac nunca ha pedido que se le cuide —dijo Ronan, con el ancla del brazo tensa sobre la nevera—. Lleva quince años en un piso de Chelsea con una escalera plegable detrás de la puerta.

—Ya me lo ha contado su madre.

—Si le haces daño —dijo Declan, con una cerveza en la mano, y se quedó pensando.