Capítulo 6
Los girasoles llegaron a las nueve y cuarto, veinticuatro, en una caja de cartón que dos mensajeros llevaban entre los dos y que no cabía por la puerta giratoria.
Yo lo vi desde el ascensor. Las puertas se abrieron en la planta baja y allí estaba el vestíbulo entero, con el mostrador de recepción, los dos guardias de seguridad, cinco empleados de contabilidad con el café en la mano, tres costureras que habían bajado del once por motivos que no me molesté en averiguar y, en el centro, la caja, abierta ya a medias, de la que sobresalían unas flores amarillas del tamaño de un plato.
Nadie decía nada. Alguien había parado la música ambiente.
—Señora Merrow —dijo el mensajero más alto, con una tarjeta en la mano—. Es para usted.
—Déjelo en recepción.
—Perdone. Tengo instrucciones de entregárselo en mano. Y de que lo lea en voz alta.
—No voy a...
—Lo leo yo —dijo Wendell, detrás de mí. No sé cuándo había llegado. Cogió la tarjeta, la abrió con dos dedos y leyó—: «Semana 1. No me des las gracias. C.».
Hubo un ruido de respiración contenida, colectivo, como el de un auditorio antes de un aplauso.
—Yo no recibo flores —dije.
—Sonríe —dijo Wendell, muy bajo, sin mover los labios.
—No.
—Hollis está mirando desde la puerta de seguridad. Hay una cámara en el mostrador. Tres empleados están grabando. Sonríe con los dientes.
Sonreí con los dientes.
Fue una sonrisa larga. Duró mientras los mensajeros me pasaban el ramo, que pesaba cuatro kilos, mientras yo lo sostenía con los brazos extendidos, con los tallos apuntando al techo y las flores a la altura de mi barbilla, y mientras atravesaba el vestíbulo hasta el ascensor con doscientos ojos siguiéndome.
Cuando se cerraron las puertas, dejé de sonreír. Me dolía la mandíbula.
—Ha estado bien —dijo Wendell.
—Ha sido una emboscada.
—Ha sido tu primera semana de novia. Ha estado bien.
—No me llames «novia».
—Perdón. Pareja contratada.
Pippa nos esperaba en la planta catorce con un jarrón de dos litros y una expresión de ilusión mal contenida.
Puse los girasoles en el jarrón y el jarrón en el despacho, no sobre la mesa, que me parecía excesivo, sino en la esquina de la ventana, donde daban al Hudson.
Eran muy grandes. Tenían la cara enorme y oscura en el centro, y me miraban.
—Es un ramo precioso —dijo Pippa.
—No me lo recuerdes.
—Perdón, señora Merrow.
—Y quítale los tallos que sobren. Se le ve el hilo del envoltorio.
—Sí, señora Merrow.
A las nueve y media, Ansel entró en el despacho con una tablet, una carpeta y la manzana.
Se plantó delante de la pantalla que hay en la pared de la derecha, donde tengo las cotizaciones en tiempo real, y se quedó de pie con los brazos cruzados y la manzana en el codo, sin morderla, mirando el número.
—Apertura —dijo.
Los tres miramos la pantalla: Ansel, Wendell y yo. Hollis entró a las nueve y treinta y uno, sin aliento por haber subido los catorce pisos por la escalera, y se puso a mi lado sin decir nada.
MERROW. Cerró el viernes a 84,20. Abrió hoy a 88,10. A las nueve y treinta y dos marcaba 89,40. A las nueve y cuarenta, 91,05.
—Cuatro coma cinco por ciento —dijo Ansel, en voz baja.
—Ya lo veo.
—Cinco coma dos.
—Ya lo veo, Ansel.
—Perdón. Es que llevo cuatro días sin dormir bien y no quiero fallar la primera vez que esto sube.
A las diez, la línea marcaba 93,30. A las diez y cuarto, 94,80.
Hollis se había sentado en la butaca serrada con las manos entre las rodillas y una sonrisa que le ocupaba la mitad de la cara.
Wendell, junto a la puerta, tecleaba en la tablet con un pulgar solo, lo que en él es señal de una emoción intensa.
—Bellerose —dijo Wendell, sin levantar la vista—. Menos dos coma tres.
—Cállate —dijo Hollis, de pura felicidad.
A las once, Clifton Rusk me mandó un mensaje de una sola línea: «Semana 1: aprobada».
Y debajo, las dos manos levantadas. Seis minutos después llegó otro, de Augusta Pell: «Sultán se ha comido el periódico con la foto de las palomas.
No se preocupe, tiene otro ejemplar». Y otro, de Priyanka Deshmukh, con dos cifras y ningún adjetivo: «Sentimiento neto: más treinta y ocho. Recomendación: continuar».
Cerramos a 96,70. Más de un catorce por ciento sobre el viernes.
—Han vuelto los quinientos sesenta millones —dijo Ansel. Se sentó en el borde de mi mesa. Por fin, se comió la manzana; masticó despacio, cerrando los ojos—. Y otros ciento veinte por encima.
—No me des las gracias —dije yo.
—No iba a dártelas.
—Ya lo sé. Lo decía por el ramo.
Wendell me miró desde la puerta con las cejas levantadas. Yo le devolví la mirada. Detrás de mí, en la esquina de la ventana, los girasoles seguían con la cara enorme puesta hacia la luz.
A las cinco de la tarde, en mi móvil personal, sonó un número que reconocí.
—Querida Saskia —dijo la voz de barítono de Ferdinand Lachaise—. Enhorabuena. Qué historia tan bonita. ¿Habrá boda?
—No.
—¡Qué lástima! Yo ya tengo el traje.
—Ferdinand.
—Sí.
—Bellerose ha bajado un dos coma tres.
—Han sido unos días difíciles para todos —dijo con dulzura—. Cuida a ese muchacho. Los hombres así se pierden con mucha facilidad. A veces basta con una paloma.
Me quedé un rato mirando el teléfono después de que colgara.
A las seis bajé al once. Eudora, sentada en la mesa de corte, levantó la vista y la clavó en mi cuello.
—¿Qué es eso?
—Una bufanda.
—Ya sé que es una bufanda. ¿De quién?
—De un señor de Providence.
—Ah. —Se levantó, se acercó, y me cogió el extremo entre dos dedos, con la lengua entre los dientes, como hace con las telas de las que no se fía—. Punto bobo. Lana gruesa. Hecha a mano, y hace treinta años como mínimo. Un tejedor aficionado, con muy buena mano.
—La tejió su madre.
—La madre de él o la madre de ti.
—La madre del señor.
—Ya. —Me soltó la bufanda y me miró a los ojos—. Es la mejor lana que ha entrado en este despacho desde que yo trabajo aquí.
—Es una bufanda de domingo.
—Te queda mejor que ninguna que hayas diseñado.
—Eudora.
—No digo nada.
—Dices todo.
—Es lo que me dijo el modelo por teléfono —dijo Eudora, y volvió a sentarse—. Que las mujeres dicen «no he dicho nada» cuando han dicho todo. Me pareció muy inteligente.
—¿Ese hombre te llama?
—Todos los días. Para preguntar por Pippa.
Salí sin despedirme. Llevé la bufanda puesta todo lo que quedaba de día.
* * *
La cena de esa noche era «discreta pero fotografiable», según Hollis, que había elegido el local con el criterio de un hombre que lleva diez años esperando la ocasión: una brasserie francesa de Greenwich Village con manteles de papel, velas en botellas y un ventanal a la calle donde estaba, en el centro, una mesa para dos.
No para tres. No junto a la barra. En el ventanal.
—Discreta —dije, cuando el maître me condujo hasta allí.
—Lo bastante discreta —dijo Hollis en mi oído, por el auricular que me había pedido llevar y que yo me había puesto por primera vez en una década— como para que no parezca que estáis posando.
—Estamos sentados en una vitrina.
—Estáis sentados a la luz.
Cormac llegó a las ocho y diez, cuando yo llevaba diez minutos en la mesa y había mirado el reloj cuatro veces, cosa que anoté para reprochársela más tarde a mí misma.
Llevaba un traje azul marino que yo no había hecho, camisa blanca sin corbata y una carpeta de cartón bajo el brazo, que dejó sobre la silla vacía. Me miró de arriba abajo.
—Llegas pronto.
—Llego a mi hora.
—Es lo mismo. —Se sentó—. Buenas noches, cariño.
—Consulta —dije, sin levantar la ceja.
—Es de hoy. Ya la había hecho por la mañana con los girasoles.
—Las flores no cuentan.
—Las flores cuentan mucho. Me han dicho que sonreíste con los dientes.
—Han sido cuatro kilos y cuarenta segundos de sonrisa.
—Y aun así. —Se recostó en la silla con el hoyuelo—. ¿Te gustaron?
—Eran girasoles.
—Eso no es una respuesta.
—Tienen la cara demasiado grande.
—Ya. —Asintió, con satisfacción—. Te gustaron.
—No he dicho...
—Los pusiste en la esquina de la ventana. Pippa me lo ha mandado en una foto.
Cerré los ojos un segundo. Wendell iba a ser amonestado. Wendell iba a ser amonestado con una ferocidad que ni él ni yo podríamos olvidar. Y Pippa también.
Pedimos. Él, pato con cerezas. Yo, ensalada de endivias.
Camarero: un hombre mayor, de bigote fino, orgulloso de llevar treinta años sirviendo la misma sopa de cebolla.
Puso delante de mí un vaso de agua con gas y una rodaja de limón de tres milímetros que me dio una satisfacción inmediata.
Me di cuenta de que ya empezaba a sospechar de todos los limones.
—Reglas de la cena —dije, sacando del bolso cuatro tarjetas blancas.
—¿Reglas?
—Uno: no se habla de trabajo.
—Vale.
—Dos: no se habla de tu madre.
—Imposible.
—Dos: se habla de tu madre solo si hace falta. Tres: no se habla de palomas.
—Es una regla estupenda. Me acojono con solo oír la palabra.
—Y cuatro: hablamos de otras cosas.
—¿Como qué?
Le tendí una tarjeta. La leyó en voz alta, con voz de locutor:
—«¿Qué te gusta comer?».
—Es una pregunta de conversación.
—Es una pregunta de Wendell.
—Me las prestó.
—Ya lo sé. Lleva cinco años escribiéndote preguntas para que hables con la gente. —Dio la vuelta a la tarjeta—. Al dorso pone: «Si contesta pasta, pregunta cuál».
—Es una regla de conversación.
—Me gusta Wendell.
—Te gusta todo el mundo.
—Es mi defecto. Contesto: me gusta mi madre, cuando cocina; el pato de esta casa, que es el mejor de Nueva York, y el pan con mantequilla a las dos de la mañana.
—Pan con mantequilla.
—Es una costumbre de niño. Volvía de la panadería con las manos llenas de harina, y mi madre me dejaba comerme un panecillo sin decir nada a nadie.
—¿Hacía cosas sin decir nada a nadie?
—Todas las madres lo hacen. —Me devolvió la tarjeta—. Te toca.
—¿A mí?
—La pregunta. ¿Qué te gusta comer?
—Nada.
—Eso es imposible.
—Las aceitunas.
—¿Solo aceitunas?
—Y el tagliolini con trufa negra. Y el cordero de tu madre.
Se le iluminó la cara.
—Ya lo sabía.
—No lo sabías.
—Lo sabía. —Cogió otra tarjeta—. «¿Cuál es tu recuerdo más feliz?».
—No.