Capítulo 5 #3
—Mi tío Cormac dice que la costumbre es lo que uno hace cuando no sabe qué hacer.
—Tu tío dice muchas cosas.
—Y casi todas son verdad —dijo Cormac, a mi lado, sin mirarme, con la boca llena de patata. Yo, por debajo del mantel, le pisé el pie.
* * *
Después de la comida, Maeve me puso un trapo en la mano.
—Tú secas. Yo friego.
—Yo no sé.
—¿Secar?
—No he secado un plato en mi vida.
—Pues hoy aprendes. —Abrió el grifo y llenó la pila de espuma—. Es fácil: coges el plato, lo pasas por el trapo y lo dejas en el escurridor. Si no está seco, lo vuelves a pasar.
—Tengo un lavavajillas.
—Los lavavajillas no hablan.
Tenía razón. Fregar a mano con Maeve Brannigan suponía cuarenta minutos de conversación sin interrupciones, mientras yo, plato a plato, secaba con un rigor que a los pocos minutos ella señaló con una sonrisa: había ordenado los platos en el escurridor por tamaño, en orden creciente, y las tazas por altura.
—No hace falta que los ordenes.
—Me sale.
—Ya veo. —Me pasó un cuenco—. ¿Sabes cuál fue el primer regalo que le hice a Cormac cuando cumplió siete años?
—No.
—Una escalera plegable. —Sumergió los brazos en la espuma hasta el codo—. Después de lo del árbol. Pensé: este niño va a subirse a muchos árboles, que tenga una escalera. Y mira, la usa. La tiene en el piso de Chelsea, detrás de la puerta.
—Es una precaución razonable.
—Es una manera de decir «voy a estar bien pase lo que pase». —Escurrió una fuente—. ¿Tú tienes de eso?
—¿De qué?
—De escaleras plegables.
—Tengo un plan de contingencia para el noventa por ciento de las cosas que pueden salir mal.
—Ese no es el que te pregunto.
—Es el que tengo.
Maeve sonrió sin volverse, con las manos en la pila. Me pasó otra fuente y yo la sequé.
—No hace falta que me contestes lo de mi hijo —dijo—. Me basta con que dejes de mirar el reloj.
—No estoy mirando el reloj.
—Llevas cuatro veces en los últimos diez minutos.
—Tengo una agenda.
—Ya. Hoy no. —Cerró el grifo—. Hoy es domingo.
Me quedé con la fuente a medio secar. Por la ventana de la cocina se veía el jardín y, más allá, la casita de madera, con las rejillas abiertas y las palomas dentro.
Dermot estaba sentado en una silla plegable delante de la puerta, con el cigarro sin encender y una paloma en el hombro. No se movía. La paloma tampoco.
Dejé la fuente en el escurridor, ordenada por tamaño, y no volví a mirar el reloj en toda la tarde.
* * *
El desquite llegó a las cinco. Fue idea de Cormac.
—Cariño —dijo, cuando terminamos de recoger, con una toalla de cocina en el hombro y una sonrisa que yo había aprendido a temer—, mi padre quiere enseñarte una cosa en el jardín.
—Ya me la ha enseñado.
—No la suelta.
—¿La qué?
—La suelta. Todos los domingos suelta las palomas. Da tres vueltas por encima de la casa y vuelven. Es una tradición. — Se acercó, con el hoyuelo—. Y quiero que estés en primera fila. Conmigo. Cogidos de la mano.
—No.
—Es una consulta.
—No he levantado la ceja.
—No hace falta. Está en el contrato: la mano, en público. Y mi familia es un público.
Salimos al jardín. Dermot ya había abierto la casita, y la familia entera se había reunido en una fila irregular sobre la hierba, con los gemelos delante, Bridie con el móvil en alto y Declan sentado en el porche con las piernas cruzadas y un vaso en la mano.
Cormac me cogió la mano. Tenía la suya fría, y sudorosa, y apretaba más de lo que había apretado en la estación.
—¿Estás bien? —dije en voz baja.
—Perfectamente.
—Estás blanco.
—Es la luz.
—Cormac.
—Es la luz, cariño.
Dermot levantó una mano. Las cuarenta palomas salieron de golpe por la puerta de la casita en una masa gris que se abrió, subió, trazó una curva enorme sobre el tejado y bajó de nuevo por encima de nuestras cabezas con un ruido de tela sacudida.
Cormac se agachó. Se agachó de verdad, con la mano libre cubriéndose la cabeza y la otra, la mía, agarrada con una fuerza que hizo que me crujieran los nudillos.
Me lo pensé un segundo. Después le apreté la mano de vuelta, con el mismo empeño, y me incliné hacia su oreja.
—Si vuelves a llamarme cariño —dije— le pido a tu padre que las suelte otra vez.
Cormac levantó la vista. Tenía la cara blanca y la boca abierta, y a un palmo de su nariz, en el aire, pasó una paloma de pecho azul que él siguió con los ojos hasta que se perdió.
—No lo harías.
—Cariño —dije, en voz muy alta, con todos los dientes—, ¿quieres que le pida a tu padre que las suelte otra vez?
Cormac se quedó un momento mirándome. Luego se echó a reír.
Se rio con todo el cuerpo, doblado por la cintura, sin soltarme la mano, con lágrimas en los ojos.
Arriba, las palomas trazaron su segunda vuelta.
En el porche, Declan aplaudía. Bridie grababa.
Maeve, con las manos en el delantal, nos miraba a los dos con una expresión de felicidad completa.
—¡Mirad qué bien se llevan! —dijo—. ¡Mirad qué bien!
—Nos llevamos fatal —dijimos los dos a la vez.
—Ya —dijo Maeve—. Eso es lo que quería decir.
* * *
Fergal me alcanzó en el porche mientras Cormac, dentro, buscaba las bolsas de tuppers. Es un hombre grande que habla bajito, para ocupar poco sitio.
—Perdona. Un momento.
—Dime.
—Es que... —Se pasó una mano por la barba—. Mi hermano no ha traído nunca a nadie a casa. Ni a una novia, en diez años. Trae a los compañeros de trabajo a un bar, trae a Gilda a la cena de Navidad, y ya. A ti te ha traído un domingo, con cordero, con el tren de las siete y doce.
—Es una situación laboral.
—Ya. —Miró hacia el jardín, donde Dermot seguía sentado con la paloma en el hombro—.
Yo me casé con Bridie después de una pelea en una boda y no me enteré hasta un año más tarde de que era lo que tenía que pasar.
No te digo nada. Solo que, si te lo ha traído, es por algo, aunque él no lo sepa todavía.
—Fergal.
—¿Sí?
—Está en el contrato que no.
—¿Qué contrato?
—Nada.
Fergal sonrió con toda la cara ancha y me dio una palmada en el hombro del tamaño de una tapa de alcantarilla, que casi me tira al suelo.
—Encantado —dijo—. Sobre todo si es mentira.
* * *
Volvimos en el tren de las ocho y cuarenta.
Cormac se sentó esta vez en la ventana y yo en el pasillo, con las cuatro bolsas de tuppers que Maeve nos había metido por la fuerza: cordero, patatas, pastel de manzana, la tarta «con ganas» a la que no le quedaban más que dos trozos.
Llevaba, además, una bufanda de lana de Dermot alrededor del cuello, que me había puesto él sin decir nada en el porche, y en la mano, cogido de la de Cormac, el dedo índice: no habíamos soltado el gesto después de las palomas, y ninguno de los dos había tenido ganas de decirlo.
Fue lo primero que solté cuando el tren arrancó.
—Ya puedes soltar.
—Ya puedes soltar tú.
—Yo no estoy agarrando.
—Yo tampoco.
Nos miramos las manos. Las soltamos a la vez.
—Tu madre —dije— me ha dado de comer cuatro veces.
—Es su manera de decir «te quiero».
—Es una manera muy eficaz.
—Es una manera agresiva —dijo Cormac—. Mi madre te va a llamar todos los domingos hasta que te conozca de memoria. Y mi padre te ha dado su bufanda.
—Lo he notado.
—Mi padre nunca le ha dado su bufanda a nadie.
—Es una bufanda.
—Es la de los domingos.
Se quedó mirando por la ventana. Ya había oscurecido y solo se veían dentro del cristal los dos reflejos, el suyo y el mío, uno junto a otro, con un cuarto de gorro gris y un poco de bufanda.
—Lo que has dicho —dijo, sin volverse— de que te criaste en casas de acogida. Ya lo sabía. Lo leí en el artículo.
—Lo sé.
—Pero no lo había oído decir.
—Fue muy breve.
—Fue muy breve, sí. —Movió la cabeza—. Y mi madre te ha puesto tres patatas más.
—Cuatro.
—Cuatro.
No dijo nada más en todo el viaje. Yo tampoco. Al llegar a Penn Station, a las doce menos diez, estaba durmiendo con la cabeza contra el cristal, con el gorro sobre un ojo, y tuve que sacudirlo del hombro para que se bajara.
En el andén de la calle Treinta y una, esperando el taxi, el móvil me vibró con un mensaje de Hollis: «FOTO DE LAS PALOMAS.
TRES MILLONES DE ME GUSTA. ¿CÓMO LO HAS HECHO?
». Debajo, una imagen borrosa, tomada desde un porche: yo, de perfil, con una bufanda gris de hombre, inclinada hacia la oreja de un hombre agachado, con una sonrisa que enseñaba todos los dientes.
Tampoco esta vez me acordaba de haber sonreído así.
Llegué a Tribeca a las doce y veinte. En el apartamento, la nevera seguía con el champán y las aceitunas. Dejé las cuatro bolsas de tuppers sobre la encimera. Abrí el de cordero, lo calenté en el microondas, y busqué con la vista dónde sentarme.
Encontré el comedor detrás de una puerta que llevaba cinco años cerrada. Tenía una mesa de ocho plazas y ocho sillas, y todo el mobiliario cubierto con una sábana. Quité la sábana de una silla. Me senté.
Me comí el cordero entero, despacio, con la bufanda todavía puesta.