Capítulo 5 #2
Cormac y yo nos miramos. Fue una mirada rápida, de las que se dan dos cómplices al verse frente a un juez.
—Dime, mamá —dijo él.
—¿Os besáis o no?
—Mamá.
—Lo pregunto porque en el vídeo no lo veo y me da mucha pena.
—Es una consulta —murmuré.
—¿Qué?
—Nada.
Cormac me miró. Levantó una ceja. Yo, con el paraguas colgando del brazo y la bolsa de postres en la otra mano, levanté la mía.
Él se agachó, con las manos en los bolsillos, y me dio un beso en la mejilla izquierda, breve, seco, exactamente en el sitio donde el pómulo se convierte en mandíbula.
No fue nada. Fue medio segundo de una barba de un día contra mi piel.
—Ahora tú —dijo Maeve.
—¿Yo?
—Es una norma de la casa.
—Lo ha dicho la parte contratante —murmuré, y me puse de puntillas y le rocé la mejilla derecha con los labios. Me apoyé en él sin querer y el paraguas de embajada se me cayó al suelo con un ruido que resonó por todo el vestíbulo.
—¡Qué bonito! —dijo Maeve, con las manos juntas—. ¡Qué bonito! Dermot, ¡Dermot! ¡Se han besado!
Cormac se agachó a recoger el paraguas. Cuando se incorporó, tenía las orejas muy rojas y evitaba mirarme.
—Se te ha caído esto —dijo.
—Gracias.
—De nada.
No dijimos nada más. Maeve, delante de nosotros, ya había desaparecido por el pasillo con cuatro postres de supermercado y una voz que gritaba «¡Dermot!» en dirección a la cocina.
* * *
Dermot Brannigan tenía setenta y cuatro años, las manos enormes y la cara de un hombre que hace mucho tiempo decidió hablar solo cuando le hacía falta.
Estaba en el jardín trasero, junto a una casita de madera del tamaño de un cobertizo, con un cubo de grano en una mano y un cigarro apagado en la boca.
—Papá —dijo Cormac, desde la puerta de la cocina, sin bajar del último escalón—. Esta es Saskia.
—Ya sé quién es —dijo Dermot, sin sacarse el cigarro—. La del abrigo.
—Buenos días, señor Brannigan.
—Dermot.
—Dermot.
—¿Te gustan las palomas?
Oí a mis espaldas cómo Cormac dejaba de respirar.
—No tengo opinión —dije—. Es información que necesito.
—Ven. Te enseño.
Crucé el jardín con las bailarinas negras hundiéndose en la hierba mojada.
La casita de madera tenía una fila de ventanas con rejilla y, detrás de cada una, un ruido bajo, continuo, de arrullos.
Dermot abrió una puerta lateral, y dentro, en tres pisos de compartimentos limpios como una tienda de zapatos, había unas cuarenta palomas de todos los tonos de gris, blanco y pizarra.
—Palomas mensajeras —dijo Dermot—. Las cría mi padre desde que llegó de Kerry.
Yo desde que él murió. Esta es Doris. —Sacó a una con las dos manos, suavemente, y me la enseñó.
Tenía el pecho de un gris azulado y un ojo naranja, redondo y sin ninguna expresión—.
Ha volado quinientas millas. Desde Ohio. Sola.
—¿De Ohio?
—De Youngstown.
—Yo crecí en Youngstown.
—¿Sí? —Dermot me miró un momento, con el cigarro apagado en el borde de la boca—. Pues entonces ya sabe volver a casa.
No supe qué contestar. Dermot, tranquilamente, dejó a la paloma en su compartimento y cerró con el pestillo.
—Este hombre —dijo, sin volverse, señalando con la barbilla a Cormac, que seguía en el último escalón de la cocina con los brazos cruzados, pálido como una pared— se subió a un árbol cuando tenía siete años porque una paloma le picó una miga de la mano.
Se quedó allí seis horas. Bajó con una escalera de bomberos.
—Papá —dijo Cormac.
—Lo cuento porque a la señorita le interesa.
—Lo sé —dije—. Está en el dossier.
—¿En el qué?
—No importa.
—Desde entonces —siguió Dermot— no se acerca a mi casita. Doce años de modelo, cuarenta países, y nunca ha pisado el jardín de su padre sin una excusa. Y tú vienes aquí, hija, y le sujetas el dedo delante de toda Nueva York.
—Fue él quien me lo sujetó.
—Da igual. —Dermot sacó el cigarro y me lo enseñó—. Lo importante es quién se lo permitió.
Se giró hacia el cubo de grano y siguió repartiendo. Yo me quedé de pie junto a la puerta de la casita, mirando a Doris, que me miraba de vuelta con un ojo naranja, mientras a mis espaldas Cormac, en el escalón, hacía un ruido que me pareció una tos y quizá era otra cosa.
* * *
La comida fue a las dos y media, en una mesa alargada del comedor, con tres tableros añadidos y dos manteles de distinto tamaño.
Éramos once. Maeve, en la cabecera, con el delantal todavía puesto; Dermot, en el otro extremo, mudo; Fergal, el mayor de los hermanos, un hombretón de cuarenta y tantos con la cara de Cormac ensanchada y barba de tres días, y su mujer, Bridie, una mujer rubia y menuda con una risa que se oía desde el pasillo; Declan, el pequeño, veintiocho años, con el mismo hoyuelo, ninguna de las buenas intenciones y una camiseta blanca con una frase escrita en el pecho: «Estuve pensando en tu espalda»; los cuatro sobrinos, dos gemelos de once y dos pequeños de seis y cuatro que se pasaban un balón por debajo de la mesa; y Bruce, el pastor alemán de Fergal, tumbado a los pies de Cormac con el hocico sobre mis zapatos.
—¿Cómo se conocieron? —preguntó Bridie, antes de que nadie hubiera cogido el tenedor.
—En el trabajo —dije.
—Eso es verdad y es aburrido —dijo Cormac.
—Ah. —Bridie apoyó la barbilla en la mano—. Cuéntame lo aburrido.
—Me probé un prototipo suyo en el atelier —dijo Cormac, con la boca llena de patata— sin que nadie me lo hubiera dado, y ella bajó por una escalera de incendios con tacones de diez centímetros para echarme.
—Fueron tres pisos.
—Fueron tres pisos.
—¿Y os enamorasteis ahí? —dijo Declan, con las cejas altas, y se estiró la camiseta con dos dedos para que yo pudiera leerla mejor.
—Quítate eso —dijo Cormac.
—Me la mandaste tú.
—Te la mandó un fan a mí. Y yo no te la mandé.
—Me la pasó mamá.
—La he lavado —dijo Maeve, desde la cabecera, con toda tranquilidad—. Sale mucho el pecho, pero se ve bien.
—Nos peleamos ahí —dije.
—Mucho —dijo Cormac.
—Se rompió la chaqueta.
—Y se le rompió el orgullo.
—A mí no se me rompió nada.
—Se le rompió la sisa.
—La sisa es de la chaqueta.
—Es lo que digo.
Fergal dejó el tenedor en el plato y miró a su mujer.
—Se están peleando —dijo.
—Se están peleando —dijo Bridie, encantada.
—Es el mejor principio que se me ocurre.
—Nosotros nos peleamos en una boda —dijo Bridie—. Yo le tiré un vaso de vino en la corbata.
—Fue en el brindis.
—Fue en el brindis.
—Y desde entonces —dijo Fergal, con orgullo— llevamos catorce años.
Maeve, desde la cabecera, aplaudía con las dos manos sin sonido.
—Y tú, cariño —me dijo, cuando el cordero había empezado a circular y Dermot, sin decir palabra, me había servido tres patatas más—, ¿tú de dónde eres?
—De Ohio.
—¿De qué parte?
—De Youngstown.
—Ah. Esa es muy bonita. —No lo era, y ella lo sabía, pero lo dijo con toda la convicción de una mujer que ha decidido que todo lugar es bonito si se ha nacido allí—. ¿Y tus padres? ¿Viven?
Sentí el tenedor en la mano. Un tenedor de plata, pesado, de los que se heredan.
Cormac, a mi lado, dejó de masticar.
—No —dije—. Murieron cuando yo tenía seis años.
Fue un silencio corto. Duró lo que dura en una mesa de once personas un ruido de cubiertos que se detiene. En algún sitio, debajo de la mesa, uno de los sobrinos dejó de pasarse el balón.
—Ay, cariño —dijo Maeve.
—Fue hace mucho.
—Sí, pero...
—Me criaron en casas de acogida. Estoy bien.
Miré el plato. Tenía cordero, patatas asadas, unas zanahorias con miel, y un montoncito de guisantes que Dermot me había puesto sin que yo los hubiera pedido.
Me dispuse a esperar lo que viene después: el gesto, la mano en el brazo, el «lo siento muchísimo», que es la parte que yo peor soporto y en la que me hubiera gustado, esta vez, encontrarme con una puerta.
—Entonces te falta comer —dijo Maeve.
—¿Perdón?
—Que si no has tenido a nadie que te cocine, tienes que recuperar. —Se levantó, cogió mi plato con las dos manos y le añadió, con un cucharón, una tercera capa de patatas—. Es matemática. Lo que no se ha comido de niña se come de mayor. Cormac, pásale la salsa.
—Mamá...
—Pásale la salsa, que se le enfría.
Cormac cogió la salsera. Me la puso delante sin decir nada. Yo se la cogí, y en el gesto de recibirla nos rozamos los dedos, y lo vi mirarme de frente, un segundo, con una expresión de no haberse esperado esto, de haber esperado otra cosa, de haberse quedado sin su guion.
—Yo te regalo uno —dijo Declan.
—¿Qué?
—Un padre. Aquí tenemos de sobra. Puedes quedarte con este. —Señaló a Dermot con el tenedor—. No habla, no molesta, y tiene cuarenta palomas.
—Yo no me dejo —dijo Dermot.
Fue lo único que dijo en toda la comida.
Bridie soltó una carcajada. Fergal le tiró un trozo de pan a Declan.
Los gemelos, que llevaban un minuto conteniendo la respiración, estallaron, y el resto de la mesa se deshizo en el ruido de once personas hablando a la vez, y nadie volvió a mirarme, lo cual les agradecí más de lo que habría sabido decir.
Comí. Comí el cordero, las patatas, las zanahorias y los guisantes, y después el pastel de manzana de Maeve, y después un trozo de mi tarta de queso «con ganas», que Declan se empeñó en cortar en once pedazos exactamente iguales. Bajo la mesa, Bruce me apoyó el hocico en el zapato y no lo retiró.
Uno de los gemelos, Cian, me observaba desde el otro lado con la barbilla apoyada en las manos.
—Mi madre dice que eres una tirana.
—Cian —dijo Bridie.
—Me dedico a ello —dije.
—¿Qué hace una tirana?
—Da órdenes y espera que se cumplan.
—¿Y se cumplen?
—Casi siempre.
—¿Puedes despedir a mi tío Declan?
—No trabaja para mí.
—Qué pena. —Se rascó la nariz—. ¿Y cuánto dinero tienes?
—Cian —dijo Bridie, otra vez.
—Más que tu tío —dije.
—Eso no es difícil —dijo Eoin, el otro gemelo, con la boca llena.
—Gracias —dijo Declan, desde el otro extremo, alzando el vaso.
—¿Y por qué te miras el reloj? —preguntó el pequeño de cuatro años, desde el suelo, con la cara metida entre las patas de Bruce.
Escondí la muñeca izquierda debajo de la mesa. Me miraban diez personas y un perro.
—Por costumbre —dije.