Capítulo 5
Llegué a Penn Station a las seis y veinte, veinticinco minutos antes de lo que él había pedido, porque prefiero esperar a que me esperen y porque tenía cuatro postres en dos bolsas que pesaban como un abrigo de pieles.
La entrada de la calle Treinta y una estaba casi vacía.
Un hombre dormía sentado junto a la tienda de bagels, con la cabeza sobre una mochila.
Una pareja de turistas discutía en italiano delante del panel de salidas.
En un rincón, bajo una viga, había cuatro palomas.
Yo las miré con el interés que uno tiene por una información que va a necesitar más tarde.
Me había puesto el abrigo azul marino, el del cinturón.
Debajo, un jersey negro de cuello alto y unos pantalones negros.
Los zapatos eran los cómodos: unas bailarinas negras que compro de doce en doce y que nadie me ha visto usar nunca.
Eudora había mandado, además, un paraguas. Era grande, de los que abrigan.
A las seis y cuarenta y cuatro, exactamente, se abrió la puerta giratoria y entró Cormac Brannigan con una bolsa de deporte al hombro, una bolsa de papel en la mano y un gorro de lana gris que le tapaba las orejas.
Se detuvo a diez metros. Me miró de arriba abajo, muy despacio, sin ninguna prisa, con las cejas altas.
—Llevas paraguas —dijo cuando llegó.
—Usted lo pidió.
—He pedido que trajeras uno. No que lo trajeras tan grande. Parece que vas a ir de excursión a una selva.
—Es de los que abrigan.
—Es un paraguas de embajada. —Se agachó, dejó la bolsa de deporte a mis pies, y me tendió la de papel—. Bollos. Son para el tren.
—Ya le dije que no como en...
—Es de pasas. Y es domingo. —Enderezó la espalda, me miró y levantó la voz de repente, muy clara, hacia el fondo del vestíbulo, donde un hombre con un carrito de limpieza había dejado de barrer—. ¡Buenos días, cariño!
Se me cerraron las manos sobre las asas de las bolsas.
—No —dije, muy bajo.
—Es una consulta —dijo él, y levantó una ceja.
Levanté la mía. Fue un acto reflejo, dos milímetros, y me arrepentí antes de haberlo terminado.
—Buenos días —dije, sin abrir casi los labios.
—Es lo que más me gusta de ti, Saskia. Que hasta cuando estás de acuerdo pareces una pared. —Me quitó una de las bolsas de las manos, sin preguntar—. ¿Qué llevas aquí? ¿Piedras?
—Postres.
—¿Cuántos?
—Cuatro.
—Cuatro. —Miró dentro, y la sonrisa se le cambió por otra que no le había visto—. Una tarta de queso que pone «con ganas».
—Me lo recomendó un empleado.
—Mi madre te va a adorar.
—Es lo que temo.
Miré alrededor. En la columna que había junto al kiosco, un hombre con una gorra y un teleobjetivo de tamaño discreto pretendía leer el panel de salidas. Estaba de espaldas. Se le veía la mitad de la lente asomando por el codo.
—Ese es de Hollis —dije.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque me juró por su vida que no habría fotógrafo.
—Bueno. —Cormac cogió mi mano con su mano libre, sin ninguna ceremonia. Estaba caliente y seca, y me apretó los dedos con una firmeza que no era ni excesiva ni tímida—. Es una consulta. Ya la he hecho.
—No he levantado la ceja.
—Se te ha levantado sola.
Nos fuimos hacia el andén con las manos cogidas, él con la bolsa de deporte al hombro y dos bolsas de postres en la otra mano, yo con el paraguas de embajada y una expresión que Wendell describiría más tarde con el adjetivo «cadavérica». Detrás de nosotros oí dos clics discretos. No me volví.
* * *
El tren salió a las siete y doce. No a las siete y trece ni a las siete y once.
Cormac lo esperó de pie en el andén con la vista fija en el reloj, y cuando las puertas se cerraron soltó el aire por la nariz con una tranquilidad que solo podía deberse a que llevaba años haciendo eso mismo cada domingo.
Nos sentamos en un asiento doble junto a la ventana, él en el pasillo, con las piernas estiradas en diagonal para no golpear el asiento de delante, yo con el portátil abierto sobre las rodillas.
Abrí el correo. Tenía cuarenta y siete mensajes.
El primero era de Ansel: «Buenos días. Ya se ha publicado la foto de la estación».
El segundo, de Hollis: «¡¡LA MANO!!». El tercero, de Wendell: «Estás en todos los diarios de la ciudad. Te mando el enlace. Respira».
No abrí ninguno. Cormac, a mi lado, se había puesto una manta de viaje sobre las rodillas y miraba el móvil con el gorro todavía puesto.
—«La pareja del año» —leyó en el móvil, con voz de locutor—. «Merrow y Brannigan salen de Nueva York con las manos entrelazadas». Sale mi gorro.
—Ya lo veo.
—Me sienta bien el gorro.
—Es un gorro.
—Es un gorro con carácter. —Pasó una página—. Aquí ponen que tú vas «con expresión seria». ¿Qué te parece?
—Que es la verdad.
—Y aquí que yo voy «radiante». Qué cosas.
—Es que usted siempre va radiante. Es su oficio.
—Pues hoy no me hace falta oficio. —Guardó el móvil—. Vamos a repasar la historia.
—¿Qué historia?
—La nuestra. Mi madre va a preguntar cómo nos conocimos. Mis hermanos, también. Y mi padre, que no pregunta nada, se va a quedar mirando. Tenemos que decir lo mismo.
—Nos conocimos por trabajo.
—Eso es verdad y es aburrido.
—Nos conocimos por trabajo hace nueve días.
—Hace nueve días es muy poco para presentarte a mi madre.
—Es lo que hay.
—No lo es. —Se giró hacia mí, con un codo en el respaldo, y bajó la voz—. Lo que hay es que hace nueve días entré en un atelier, me probé una chaqueta que no era mía y una mujer bajó tres pisos por una escalera de incendios con tacones de diez centímetros para echarme.
—Eso es cierto.
—Ves como te acuerdas.
—Me acuerdo de la chaqueta. —Cerré el portátil con más fuerza de la necesaria—. Bien. Historia oficial. Nos conocimos en el atelier. Usted se probó un prototipo mío. Discutimos.
—Discutimos mucho.
—Discutimos mucho. Se rompió la chaqueta.
—Y entonces yo... —Levantó un dedo—. Me di cuenta de que en la sisa estaba la clave de tu carácter.
—No diga eso a su madre.
—Y tú me mandaste, a las diez de la noche, una caja sin nota.
—Con una nota de Wendell.
—Con una nota de un empleado que pedía perdón por unas sillas. Eso es lo más romántico que le ha pasado a nadie en Providence en veinte años. —Sonrió—. Y el viernes fuimos a cenar a un sitio con una higuera, cada uno por su lado, y una paloma hizo el resto.
—No sé si le importa, pero no pienso decir «una paloma hizo el resto».
—Se lo diré yo.
—Se lo dirás tú —dije, y me di cuenta al terminar la frase de que lo había tuteado.
Él también se dio cuenta. Se quedó un momento callado, con una ceja arriba, y luego se limitó a asentir muy despacio, sin decir nada.
—Por contrato —dije.
—Por contrato —concedió.
Miré por la ventana. Había un río a la izquierda y detrás una hilera de casas bajas con los patios llenos de hojas, y el sol subía sin prisa por encima de un puente de hierro.
Cormac se durmió a los veinte minutos, con la cabeza contra el cristal y el gorro caído sobre un ojo.
Yo abrí el portátil y trabajé cuarenta minutos sin ver una sola palabra.
* * *
Providence tiene una estación con una explanada y un edificio de cristal que da al río, y una cuesta que empieza justo al salir.
Tomamos un taxi. Cormac le dio una dirección al conductor sin decir el nombre de la calle, y el conductor asintió, y comprendí que iba a la casa de una familia que llevaba cincuenta años viviendo en el mismo sitio.
Era una casa de dos plantas con un porche de madera pintado de gris, una puerta azul y un jardín delantero con un buzón en forma de barco.
Al lado, en una esquina, había una panadería con las persianas bajadas y un cartel sencillo, de letras blancas sobre fondo verde: brANNIGAN'S.
Cuando bajé del taxi, la puerta azul ya estaba abierta.
—¡Aquí están! ¡Aquí están! —dijo una voz.
Maeve Brannigan salió al porche con un delantal a cuadros y las manos cubiertas de harina.
Era una mujer baja, redonda, de sesenta y muchos años, con el pelo blanco recogido en un moño y una energía que ocupaba tanto espacio como una persona el doble de alta.
Bajó los tres escalones sin tocar la barandilla, se limpió las manos en el delantal y, sin ninguna pausa, me abrazó.
Yo no sé abrazar. No es una teoría, es una constatación.
Me quedé con los brazos separados del cuerpo, la bolsa de postres en la mano izquierda y el paraguas en la derecha, mientras aquella mujer me sujetaba por el torso y me apretaba contra un delantal que olía a levadura, a mantequilla y a canela.
Duró cinco segundos. Me parecieron mucho más.
—Ay, cariño. Estás en los huesos. —Se apartó y me sostuvo por los hombros—. Es un abrigo precioso, pero se te cae. Cormac, ¿la has hecho pasar hambre?
—Yo no la he hecho pasar nada, mamá.
—Todavía —dije yo.
Maeve se rio con la boca abierta, echando la cabeza hacia atrás.
—¡Me gusta! Cormac, me gusta. Ven, cariño, entra, que hace frío.
—Traigo postres —dije, y levanté la bolsa.
—¿Postres? Ay, Dios. ¿Cuántos?
—Cuatro.
—¿Cuatro? —Miró dentro—. Una tarta de queso. «Con ganas». —Leyó la caja en voz alta, con los ojos muy abiertos—. Esta chica me cae bien.
—Ya lo sabía —dijo Cormac, detrás de mí.
Entramos. El vestíbulo era estrecho y tenía un perchero cargado de abrigos, un paragüero lleno y una cantidad de fotografías enmarcadas que iban del suelo al techo, todas de niños: niños con la cara sucia, niños con una tarta, niños con un balón, cinco niños de estaturas escalonadas en la puerta de un colegio.
En el tercer marco por la izquierda, un chico de unos catorce años con los brazos demasiado largos y una sonrisa con el hoyuelo miraba al fotógrafo con una confianza total.
—Ese eres tú —dije.
—Soy yo.
—Tenías el pelo horrible.
—Era 2006.
—Pareces el mismo.
—Voy a tomarlo como un cumplido.
—No lo es.
Maeve se giró de golpe, con las manos en las caderas.
—Vale, escuchad. Antes de que os sentéis. —Nos miró a los dos alternativamente—. El vídeo. Lo he visto cuatro veces. Y quiero preguntaros una cosa, y quiero que me contestéis con sinceridad.