Capítulo 4 #3
—Llevas en la cara una expresión de mujer que ha salido de la peluquería equivocada. —Arrancó—. ¿Ha aceptado?
—Ha aceptado.
—¿En qué condiciones?
—Cinco. Un memorándum, un cordero, un tren a las siete y doce, un pastor alemán que se llama Bruce y una palabra que no pienso repetir.
—¿«Cariño»?
—Ya lo sabías.
—Me llamó anoche, para avisarme. —Wendell miró por el retrovisor—. Y para preguntarme por tus alergias. Es un hombre muy simpático.
—Es un hombre insoportable.
—Es las dos cosas.
Nos detuvimos en un semáforo. En el cristal de la ventana de una cafetería de la esquina, un cartel escrito con rotulador decía: «Hoy, camisetas: "Estuve pensando en tu espalda"». Debajo, un dibujo de una espalda con una flecha.
—Dile a Hollis que lo tiene —dije.
—Se lo digo desde el coche.
—No. Cuando lleguemos. Necesito que no llame a nadie hasta que me haya puesto los zapatos.
A las cuatro entré en un supermercado por primera vez en once años.
Era uno de Tribeca, con aire acondicionado, luz blanca y una música de fondo que pretendía ser alegre.
Me detuve delante de la sección de postres.
Había cuarenta y tres. Los conté. Tartas, flanes, brazos de gitano, gelatinas, mousses, cosas metidas en tarros con una cucharita de plástico pegada a la tapa.
Cogí una tarta de manzana y le di la vuelta.
«Ingredientes: harina de trigo, azúcar, manzana (28 %), grasa vegetal, jarabe de glucosa...
». Leí la lista entera como leo la composición de una tela, de arriba abajo, buscando la fibra sintética que arruina el conjunto.
La dejé. Maeve ya haría un pastel de manzana.
Cogí un flan. Lo dejé: demasiado sencillo y a la vez demasiado íntimo. Cogí un brazo de gitano. Lo dejé: parecía un rollo de lana. Cogí una tarta de queso. Le di la vuelta. En el borde de la caja, en letra cursiva, ponía: «Con ganas».
Me quedé un rato mirando las dos palabras.
—¿Puedo ayudarla? —dijo un empleado, un chico joven con un delantal verde.
—Necesito un postre normal.
—¿Para qué ocasión?
—Un cordero. En Providence. A las dos.
—¿Suegros?
—No.
—¿Amigos?
—Hay una madre.
—Entonces esta. —Me quitó la de queso de la mano con mucha suavidad—. Con ganas. Para las madres no hay nada más seguro.
Compré cuatro: la de queso, la de manzana, el flan y el brazo de gitano. Por si acaso. En la caja, la cajera, una mujer mayor con las gafas colgadas de una cadena, me miró un momento por encima del cristal.
—Esa cara me suena.
—No creo.
—Ya lo creo. Pero no sé de qué.
—Será de un anuncio —dije.
—Será —dijo, y me dio la bolsa.
Salí con cuatro postres de supermercado y un recibo en el que, por primera vez en mucho tiempo, ninguna cifra tenía cuatro ceros.
A las cinco de la tarde, en el despacho, llamé a Eudora. Contestó al primer tono, con el ruido de una plancha de vapor detrás.
—Necesito ropa —dije.
—¿Para qué?
—Para un cordero.
—¿Qué cordero?
—El de Providence. Mañana.
—¿Quién te ha invitado?
—Su madre.
—¿La madre de quién?
Yo tenía la mano en el bolso, encima del memorándum, y por primera vez desde que había salido de la oficina de Gilda se me atragantó una palabra sin que nadie me hubiera pedido que la dijera.
—De mi... —dije.
Eudora esperó. La plancha de vapor, al fondo, soltó un chorro largo.
—Del modelo —dije.
—Ah —dijo Eudora—. Ya.
—No es lo que piensas.
—No pienso nada. —Hubo una pausa—. Ahora mismo te busco el azul.
—Ya me lo puse.
—Te busco el otro azul.
—¿Hay otro?
—Siempre hay otro. Es lo que tiene ser una sugerencia.
Colgó. A las seis sonó el móvil. Era Hollis, que había esperado con una obediencia sorprendente a que me pusiera los zapatos.
—Ha aceptado, ¿verdad? Wendell me ha dicho que ha aceptado. Escúchame: Penn Station, mañana, a las seis y cuarenta y cinco. Es el primer hito. Tengo un fotógrafo.
—No.
—Es discreto. Un chico. Con una gorra.
—No hay fotógrafo.
—Hay una fotografía. Tú no lo vas a ver.
—Hollis.
—Vale, vale. —Se le oyó pasar una página—. ¿Y una foto del tren? ¿Desde fuera, de lejos, con los dos en la ventanilla?
—Hollis, si mañana hay un solo teleobjetivo a menos de cien metros de mí, te despido, y no lo digo como una figura retórica.
—Entendido. —Un silencio muy corto—. ¿Y de lejos, muy de lejos?
Le colgué.
A las siete llamó Augusta Pell. No me sorprendió que tuviera mi móvil personal: era la tercera persona más peligrosa de la ciudad después de Ferdinand Lachaise y de mi propia jefa de patronaje.
—Querida. Me han dicho que mañana vas a Providence.
—¿Quién se lo ha dicho?
—Sultán.
—El perro.
—El perro tiene contactos. Te llamo para un consejo, que sé que no lo vas a seguir pero que te doy igual: no llegues con las manos vacías, y no llegues con las manos llenas de dinero.
—Llevo cuatro postres.
—¿Cuatro?
—Por si acaso.
—Perfecto —dijo, con una satisfacción que se oyó por teléfono—. Y sé humana con la madre. La madre es más importante que el hijo. Los hijos van y vienen, querida. Las madres deciden.
—Lo tendré en cuenta.
—No lo vas a tener en cuenta. —Sultán ladró—. Buenas noches.
A las nueve de la noche, un mensajero dejó en la portería de Tribeca una bolsa de tela con un abrigo azul marino, con cinturón, y un papel prendido en la solapa.
Lo abrí. «Es otra sugerencia». Lo colgué en el armario del dormitorio, al lado del azul de la noche anterior, que era otro azul, y me quedé un rato mirando los dos, con la puerta del armario abierta.
A las once y veinte vibró el móvil, con un número que no tenía guardado.
«Penn Station. 6:45. Calle 31. No llegues tarde. C.».
«No llego tarde nunca», escribí.
«Ya lo sé. Lo pone en tu dossier».
«Es la ventaja de tener un dossier».
«Otra cosa: zapatos cómodos. Mi madre vive en una cuesta».
«¿Es una condición?».
«Es una sugerencia».
Dejé el móvil boca abajo sobre la almohada. Volvió a vibrar. «Y trae paraguas. De los que abrigan, no de los que hacen bonito».
No contesté. Lo puse a cargar.
Puse el despertador a las cinco y media. Después lo puse a las cinco y cuarto. Después, por si acaso, a las cinco.