Capítulo 4 #2
—Es una situación con una oportunidad dentro. —Me enderecé en la silla de plástico—. Lo que necesito es que durante siete semanas, hasta el lunes siguiente al desfile, usted... se comporte, en público, como si...
Me detuve. Cormac esperó, con las cejas levantadas.
—Como si fuera su pareja —dije.
—Como si fuera tu pareja.
—Sí.
—¿Qué?
—Que finja ser mi pareja.
—Ah. Vale. —Se recostó en el sofá—. Pídemelo.
—Lo acabo de pedir.
—No. Has dicho lo que necesitas. Eso no es pedir. Pedir lleva un «por favor».
Gilda, en la mesa, giró la cabeza hacia la ventana y se puso a mirar un edificio de enfrente con mucho interés.
—Cormac —dije.
—Señor Brannigan, como decía usted. Señor Brannigan.
—Por favor —dije.
Fue una palabra muy pequeña y pesaba varias toneladas. Me quedó en la boca un gusto de metal. Cormac Brannigan cerró los ojos un segundo y los abrió.
—No te he oído.
—Por favor.
—¿Por favor qué?
—Por favor, Cormac.
Era la primera vez que decía su nombre a la cara sin la palabra «señor» delante. Se me subió a la garganta una cosa que no era la palabra. La tragué.
—Mmm. —Se pasó la lengua por el labio—. Voy a pensarlo.
—Ha dicho que...
—He dicho que voy a pensarlo. Porque me acuerdo de algunas cosas de esta semana, y quiero repasarlas en voz alta, para que no se me olviden y para que quede acta.
—Levantó la mano izquierda y se puso a contar con los dedos—.
El martes me dijiste que visto a hombres que posan.
Que mi trabajo es caminar en línea recta.
Que me pagabas por lo mismo que me pagaría un perchero.
El jueves te mandé cuatro condiciones y me contestaron que lo pensabas, por tercera persona.
Anoche me llamaste niño consentido, me dijiste que tenía una sonrisa cara para no tener nada que decir y le llenaste el suelo de migas a una paloma para que fuera a mi mesa.
—Usted dijo que mi mesa...
—Ya. Ya lo dije. Y me disculpé.
—Dijo «cabronada».
—Es una manera de disculparse, en mi barrio.
—En el mío es un insulto.
—Es que vivimos en barrios distintos. —Sonrió al fin, de lado, con el hoyuelo—.
Sé que no se te da bien pedir cosas, Saskia.
Lo veo. Me parece que se te atraganta. Y hoy sé también que me necesitas más de lo que yo te necesito a ti, y eso me hace una gracia enorme, porque llevo una semana pensando que era al revés.
—No es un asunto de necesitar.
—¿Entonces de qué es?
—De negocios.
—Vale. —Asintió, con mucha calma—. Pues dime cuánto me pagas por el negocio.
—Ya le he ofrecido un millón ochocientos...
—Por la campaña. Y por fingir, ¿cuánto?
—Un... —Me detuve.
—Adelante.
—Dos millones —dije—. En total. Con lo del desfile.
—No cobro por fingir.
—¿Perdón?
—No cobro. Lo hago gratis. —Tomó un sorbo del vaso de papel—. Voy a disfrutarlo tanto que me daría vergüenza cobrártelo.
Gilda dejó escapar un ruido que podía ser una tos.
—Acepto —dijo Cormac—. Con condiciones.
—Las cuatro ya las...
—Las cuatro y otras. —Levantó de nuevo la mano y empezó otra cuenta—.
Primero: las cuatro de antes, incluida la de salir a saludar, que va sin discusión porque ahora ya es un hito, según entiendo.
Segundo: si voy a fingir que soy tu pareja, lo voy a hacer bien.
A mi madre no se la engaña con esa expresión de estar despidiendo a alguien. Tendrás que sonreír. Con los dientes.
—No pienso...
—Con los dientes. Tercero: el domingo, mañana, cenamos en casa de mi madre, en Providence. Cordero. Sale un tren de Penn Station a las siete y doce.
—¿A las siete y doce de la mañana?
—Sí.
—Cenamos.
—Comemos, en Providence, a las dos. Pero mi madre quiere que lleguemos antes para ayudarla a poner la mesa. Y mi tren es el de las siete y doce. Lo tomo todos los domingos. Lo sabes, está en tu dossier.
—Es sábado.
—Y mañana es domingo. Lo interesante de los días de la semana es que van uno tras otro. —Miró el techo—. Estarás en Penn Station a las seis y cuarenta y cinco. En la entrada de la calle Treinta y una, frente a la tienda de bagels.
—No me levanto a esa hora.
—Ahora sí.
—A las seis y cuarenta y cinco no doy ningún tipo de...
—Es la condición tres, Saskia. Y la cuatro es que los martes por la noche los pasas conmigo en casa de Fergal. Todos los martes que dure esto. Con cuatro sobrinos, dos cuñadas y un perro.
—Un perro.
—Un pastor alemán llamado Bruce. Es muy simpático. Te va a caer bien.
—Tengo una alergia.
—No la tienes. Se lo pregunté anoche a Wendell.
—¿Wendell te ha dado mi historial médico?
—Le pregunté si tenías alguna alergia, por si Bruce era un problema, y me dijo que ninguna. Lo demás es mío. —Se pasó una mano por la cara—. Y quinto, que lo digo por última vez: en público me llamas «Cormac». Nada de «señor». Nada de «Brannigan». Y a veces, si me da la gana, te llamaré «cariño».
—Jamás.
—Un día de estos, sin avisar.
—No lo permito.
—Vas a tener que soportarlo. Tú me pediste que lo hiciera bien.
—No lo he pedido bien.
—Lo has pedido con un «por favor» que casi te cuesta una muela. —Sonrió—. Voy a ser el mejor novio que ha tenido Nueva York. Voy a llevarte flores.
—Yo no quiero flores.
—Te las voy a llevar igual. A los sitios donde se te vea. Y tú las vas a aguantar con una sonrisa.
—Está disfrutando.
—Muchísimo.
Gilda se levantó, cogió su cigarrillo apagado y se acercó a la ventana. Se quedó allí de espaldas a nosotros, mirando la calle.
—Yo lo pondría por escrito —dijo, sin volverse—.
Un memorándum. Una página. Duración, hasta el lunes siguiente al desfile.
Confidencialidad total. Si uno de los dos incumple, paga al otro el doble de lo pactado, y el resto lo arreglan entre ustedes.
Cláusula de salida: por acuerdo mutuo, con veinticuatro horas de preaviso.
—Escríbalo —dije.
—Lo escribo. —Volvió a la mesa, abrió el portátil y tecleó con dos dedos—. Contacto físico. Hay que definirlo.
—Ninguno —dije.
—En público es inevitable. Una pareja se toca.
—La mano. Una mano, en público. Sin «cariño».
—La mano —repitió Cormac—. Y el brazo por la cintura, en las fotos.
—Previa consulta.
—¿Y cómo se hace la consulta?
—Levanto una ceja. Usted levanta otra. Si no la levanta, no.
—No sé levantar una ceja sola.
—Aprenda.
Lo intentó. Se le levantaron las dos.
—Eso es sorpresa.
—Es lo que me sale.
—Un beso —dijo Gilda, sin dejar de teclear—. ¿En qué circunstancias?
—Ninguna.
—Delante de mi madre es obligatorio —dijo Cormac—. En la mejilla. Es una norma familiar. Si no me besas en la mejilla delante de ella, pensará que me maltratas.
—No lo maltrato.
—Me maltratas.
—Solo verbalmente.
—Mi madre no distingue.
—En la mejilla, en Providence —dijo Gilda—. Punto.
—Y en el desfile.
—No.
—Es un final: salimos a saludar, nos cogemos de la mano y hay un beso pequeño, al aire. Es el hito.
—El hito no lleva beso.
—Ya lo pensarás cuando llegue el momento. En el pasillo, con el cuerpo tapado por tela, como todos.
—Punto y aparte —dijo Gilda, que iba anotando.
Giró el portátil hacia nosotros. Yo firmé sin leer el pie de página. Él firmó debajo, con una letra grande y redonda, y le puso un puntito a la i de Brannigan, cosa que no hace nadie.
—Ya está —dijo Gilda—. Les advierto que, en mi experiencia, cuando dos personas necesitan un memorándum de una página para fingir que se quieren, lo que necesitan son tres.
—Nadie ha dicho que nos queramos —dije.
—Ni yo —dijo Cormac—. Eso ya lo pone el vídeo.
En el bolsillo de su vaquero empezó a sonar una canción con una gaita. Sacó el móvil, miró la pantalla y sonrió con toda la cara, sin ninguna reserva, por primera vez en la mañana.
—Es mi madre. —Pulsó el altavoz antes de que me diera tiempo a levantar una mano—. Mamá, estoy con una persona.
—¿Es esa? —dijo una voz de mujer, entusiasta, con acento de Rhode Island y un ruido de cacharros al fondo—. ¿Es la de la chaqueta? ¿Está ahí?
—Está aquí.
—Ay, Dios. Ay, Dios. Dile hola.
—Hola —dije yo, con una voz que no reconocí.
—¡Hola, cariño! Soy Maeve. Maeve Brannigan. Soy la madre de este, que es idiota, pero de buena madera. Mira, te llamo porque he visto el vídeo. Tres veces. Y tengo que decirte dos cosas. Primera: que me parece muy mal cómo te ha hablado, no me hagas caso, es que se cree que es guapo.
—Mamá.
—Y segunda: que estás muy delgada. Se te ve en el brazo. Ese abrigo azul te sienta muy bien pero se te está cayendo del cuerpo. El domingo hay cordero. Con patatas. Y hago un pastel de manzana. Tienes que venir.
—Señora Brannigan...
—Maeve.
—Maeve. Yo... tengo compromisos.
—Ya, el hijo me ha dicho. Cancélalos. —Entre los cacharros se oyó un golpe metálico—. Traes el postre.
—No sé cocinar.
—Traes un postre comprado. Pero que no sea de una pastelería fina, que las finas me ofenden. Uno normal. De supermercado. Con ganas.
—Mamá —dijo Cormac—, tengo que colgar.
—Cuelga, cuelga. Cariño, ¿estás ahí?
—Estoy.
—Come algo, por Dios.
La llamada terminó. Cormac guardó el móvil. Yo tenía las manos sobre las rodillas y no había notado cuándo las había puesto ahí ni por qué no me temblaban. Gilda, junto a la ventana, no apartaba los ojos de un punto de la calle.
—Mi madre —dijo Cormac, despacio— te quiere mucho. Todavía no te conoce, pero ya te quiere. Es una condición previa.
—Cree que somos pareja.
—Cree lo que ha visto en un vídeo.
—Hay que decírselo.
—No.
—Es tu madre.
—Precisamente. Se lo diré al final, cuando ya no importe. —Se levantó y cogió una cazadora del respaldo del sofá—. Ahora, si a la señora no le importa, tengo una sesión de fotos.
—¿Es una amenaza?
—Es una advertencia. Tienes ahora a Maeve Brannigan de tu parte. Nadie sobrevive a eso.
* * *
Bajé por la escalera de madera con el memorándum firmado en el bolso y la sensación de haber comprado algo por un precio que todavía no habían fijado. En la acera, delante de la tienda de flores y paraguas, Wendell esperaba en el coche con el motor en marcha y la puerta abierta.
—Has tardado cuarenta minutos —dijo, cuando me senté.
—Ha sido un intercambio de opiniones.
—¿Cuántas veces has dicho «por favor»?
—Dos.
—¿Cuántas veces te ha hecho decirlo?
—Tres.