Solo una vez (Humor 3) Capítulo 4
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Capítulo 4

Ansel me leyó los mensajes de los accionistas de pie, con el móvil en una mano y una manzana en la otra, y no mordió la manzana en todo el rato.

Eran las siete y veinte del sábado y estábamos los cuatro en mi despacho: Ansel junto a la ventana, Hollis en una butaca serrada con una carpeta abierta sobre las rodillas, Wendell en la puerta con la tablet y yo detrás de la mesa, con la americana negra puesta y dos horas de sueño encima.

En el sofá italiano alguien había dejado, con toda intención, una almohada. Nadie la mencionó.

—Clifton Rusk, cuatro y doce de la madrugada. —Ansel carraspeó—. Un emoji. Las dos manos levantadas. A las seis y dos: «Necesitamos más de eso».

—¿Más de qué?

—No lo aclara. Sigo. Augusta Pell, mensaje de voz, seis y cuarenta. —Pulsó una tecla y salió la voz, clara y pausada, con un ladrido de fondo—. «Querida, lo he visto once veces. Sultán ladra siempre en el segundo cuarenta y uno. Creo que le da miedo verla feliz. Un beso».

—Yo no estoy feliz en el segundo cuarenta y uno.

—El perro no opina lo mismo. —Ansel pasó el dedo por la pantalla—.

Los gemelos. Uno: «Estamos de acuerdo». Otro, dos minutos después, con las mismas palabras: «Estamos de acuerdo».

Douglas: «¿Dónde aparcó él?». Watanabe, desde Tokio: «¿El perro sale?

». Y la señora de los botones, que ha mandado una carta, en papel, por mensajero: dice que la sonrisa le sienta muy bien y que es una pena que se le acabe al llegar a la oficina.

—Ha ido un mensajero a casa de una señora de setenta años a las seis de la mañana.

—Ha ido, sí. Ha pagado ella.

—Están todos contentos —dije.

—Están en éxtasis. —Ansel dejó la manzana sobre mi mesa, por fin, y se frotó la cara con las dos manos—.

Priyanka Deshmukh ha mandado el análisis a las seis y media, por si a alguien le quedaba duda.

Sentimiento neto en las redes: de menos sesenta y dos a más dieciocho en catorce horas.

Tres bancos han cambiado la recomendación de «vender» a «mantener» esta madrugada.

Y hay una frase que se repite en las notas, que os leo porque me da mucha gracia: «La marca Merrow recupera el rostro humano».

—Déficit de rostro humano.

—Ahora, superávit. Y las opciones sobre nuestras acciones para el lunes han subido un seis por ciento en un mercado que ni siquiera está abierto.

—Por un vídeo.

—Por catorce millones de reproducciones de un vídeo —dijo Hollis, con las manos entrelazadas sobre la carpeta y una expresión de humildad que no le pegaba nada—. Yo no quería decirlo, pero lo he dicho el martes.

—Lo dijiste. Cállate.

—Me callo. Pero antes te enseño esto. —Sacó una hoja de la carpeta y la puso sobre mi mesa, encima de la manzana—. Es un borrador. Siete semanas. Objetivo: que dure.

Era un cronograma. Tenía columnas. En la columna de la izquierda ponía «Semana».

En la del centro, «Aparición». En la de la derecha, «Mensaje».

Leí la primera fila: «Semana 1: cena pública, discreta pero fotografiable.

Mensaje: se conocen». Leí la segunda: «Semana 2: paseo.

Mensaje: se ríen». La tercera: «Semana 3: mercado.

Mensaje: comen algo de la mano del otro».

La última, subrayada dos veces: «Semana 7: salen a saludar juntos al final del desfile. Mensaje: sí».

—La cuarta condición de Brannigan —dijo Wendell desde la puerta— casa perfectamente con el cronograma.

—No estamos juntos.

—Eso lo sabemos los que estamos en esta sala —dijo Hollis.

—Nadie te pide que mientas, Saskia —dijo Ansel, sentándose por fin en el borde de mi mesa—. Te piden que no desmientas.

—Es lo mismo.

—No lo es —dijo Wendell—. Mentir cuesta más.

—Se llama contratar —dije—. Yo contrato a un modelo para una línea. Punto.

—¿Como novio? —preguntó Hollis, con mucho cuidado.

—Como acompañante.

—Un acompañante que le sujeta a usted el dedo delante de dos millones de personas —dijo Wendell.

—Catorce.

—Catorce.

Me quedé mirando el cronograma. La palabra «mercado» escrita con letra de Hollis, con una ese muy inclinada, me pareció una ofensa personal.

Clifton Rusk había dicho en la junta que no tenía por qué ser un hombre de Times Square.

Y yo, en tres días, había conseguido la fotografía sin la ayuda de ningún labrador, ni de ningún vecino, ni de ningún señor de una tienda de quesos.

—Está en la oficina de Gilda Zamora a las once —dijo Wendell—. Quiere hablar.

—Lo sé.

—Vas a tener que pedírselo.

—Lo sé.

—Hay que decir «por favor».

—Ya sé lo que hay que decir, Wendell.

—Lo digo porque Bertolazzi te dio treinta y seis metros y no te oí una vez darle las gracias.

—Eso era cobrar.

—Pedirle a un hombre que finja ser tu pareja es cobrar de otra manera —dijo Wendell, y Ansel se tapó la boca con la mano y miró por la ventana, donde no había nada.

* * *

En el coche, Wendell me hizo repetir la palabra.

—Por favor.

—Otra vez.

—Por favor.

—Suena a citación judicial. Otra.

—Por favor.

—Suena a que estás pidiendo un desalojo. Prueba con la cara.

—¿Con qué cara?

—La de cuando le dijiste a Pippa «puedes irte» y se quedó.

Probé. Me miré en el retrovisor. Tenía la expresión de una mujer que intenta abrir un tarro con la mano izquierda.

—Ahora suena a que necesitas ayuda con un tarro —dijo Wendell—. Que, mira, es lo que necesitas.

—No necesito ayuda.

—Necesitas la palabra «por favor», tres veces, sin parpadear y con voz de persona.

—Wendell, ¿tú has pedido alguna vez algo a alguien?

—Constantemente. Es mi trabajo. Tú no lo notas porque me sale bien.

La oficina de Gilda Zamora está en la calle Veintiocho Oeste, encima de una tienda que vende flores por delante y paraguas por detrás.

Se sube por una escalera de madera de olor húmedo, y en el rellano hay una placa de latón con su nombre, y otra, más pequeña, que dice «Timbre, no golpee». Yo golpeé.

—Pase —dijo una voz de treinta años de tabaco.

Era un despacho de dos habitaciones sin ninguna gracia y con una cantidad de fotografías firmadas que cubría las paredes hasta el techo: hombres muy guapos con relojes, con perfumes, con coches.

Gilda, detrás de una mesa de metal, tenía sesenta y pocos años, el pelo teñido de rojo oscuro, una rebeca de lana verde y un cigarrillo sin encender entre los dedos, que lleva así desde 2011, cuando le prohibieron fumar y ella decidió que el cigarrillo se quedaba.

En el sofá, con las piernas estiradas y un vaso de papel en la mano, estaba Cormac Brannigan.

Llevaba un jersey de cuello alto en lana cruda, con las mangas remangadas, y vaqueros.

Un jersey que había visto yo la semana anterior, en una lámina, al final de la pared de bocetos, medio tapado por el marco de la de al lado.

El que había dicho que se pondría un sábado sin que se lo pidiera nadie.

Era sábado.

—Señora Merrow —dijo Gilda—. Siéntese. ¿Té? ¿Café? ¿Agua?

—Agua con gas.

—Hay del grifo.

—Con limón —dijo Cormac, sin levantarse.

—No hay limón —dijo Gilda.

—Qué sorpresa —dijo él.

Me senté en una silla de plástico con las patas enteras, que no había pensado que agradecería tanto. Cormac me miró desde el sofá con una tranquilidad que había aprendido, sospeché, en algún momento de la noche anterior, en los ratos que le quedaban libres entre llamadas.

—He traído bollos —dijo—. Los hace mi madre. Ha mandado seis docenas a mi casa por si acaso, y dos son para Pippa. ¿Quieres uno?

—No.

—Es de pasas.

—No como en las reuniones.

—Por eso estás tan flaca. —Dio un mordisco al suyo—. Perdón. Es lo que diría mi madre.

—Su madre no me conoce.

—Ha visto catorce millones de veces cómo me señalas el pecho con el dedo. Dice que te conoce lo suficiente.

—Cormac —dijo Gilda, en tono de advertencia. No sonaba enfadada.

—Perdón, perdón. —Dejó el bollo en el vaso de papel—. Adelante. Es su turno, señora Merrow. Usted iba a decir algo.

—He venido a hablar del contrato.

—Y del vídeo —dijo Gilda.

—Y del vídeo.

—Empiezo yo, entonces. —Gilda dejó el cigarrillo sobre la mesa y juntó las manos—.

Lo primero, una cifra. Desde las doce de anoche mi teléfono ha sonado cuarenta y dos veces.

Bellerose. Dos casas italianas. Una marca de relojes.

Un fabricante de whisky. Y la señora de una cadena de grandes almacenes que quiere que Cormac sea la cara de una línea de calcetines.

—Calcetines.

—Sí. Cormac ha dicho que no a los calcetines.

—Tengo dignidad —dijo Cormac.

—Cormac vale hoy, por el vídeo, el doble de lo que valía ayer —dijo Gilda—. Y mañana valdrá más.

—Es lo mismo que ayer más una paloma.

—Es lo mismo que ayer más catorce millones de reproducciones, señora Merrow. Y una frase. —Se colocó bien las gafas—. «Estuve pensando en tu espalda hasta las tres de la mañana». Ya hay camisetas.

—¿Camisetas?

—Con la frase. En una tienda online. Me llegó el anuncio esta mañana a las seis.

—Yo tengo una —dijo Cormac.

—¿Cómo que tienes una?

—Me la ha mandado un fan. Dos dólares de envío. Talla L.

Me quedé un momento sin saber qué decir. Miré hacia la puerta. Wendell se había quedado en el coche, con la orden de subir a las once y cuarto si yo no había salido, y a esas alturas no me pareció mala idea.

—He venido —dije— a proponer un acuerdo.

—Adivino —dijo Cormac.

—No adivina.

—Que sigamos.

Lo dijo sin sonrisa, y eso fue más molesto que si hubiera sonreído.

—¿Cómo lo sabe?

—Mi madre, mi hermano Fergal, mi peluquero y Ferdinand Lachaise me han preguntado esta noche si somos novios.

En ese orden. Ferdinand ha subido la oferta un veinte por ciento pensando que es una jugada tuya para subir la bolsa.

—Levantó un dedo—. Y tiene toda la razón, salvo en que la jugada no la has hecho tú, la ha hecho una paloma.

—¿Ha aceptado la de Bellerose? —pregunté.

—No.

—¿Por qué?

—Porque tú me mandaste una chaqueta. Ferdinand me mandó un contrato. Es más fácil decir que no a un contrato.

—No era un regalo.

—Ya. Prototipo.

—No es una jugada. Es una... situación.

—Es una oportunidad —dijo Gilda.