Solo una vez (Humor 3) Capítulo 3 #4
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Capítulo 3 #4

—Yo no sé —dijo Amedeo, con la servilleta en la boca— si ustedes se odian o se aman, pero son de mi tipo.

—Amedeo.

—Sí, signora.

Saqué del bolso la tarjeta número dos, sin mirarla.

—¿Cuántos nietos tiene?

Amedeo dejó el tenedor en el plato.

—¿Yo?

—Usted.

—¡Siete! —Se enderezó, y cada dedo de sus manos pequeñas se puso a contar—.

Chiara, la que traduce, veinte años, estudia Derecho en Turín.

Luca, diecisiete, juega al fútbol y no estudia nada.

Sofia y Bianca, las gemelas, doce, que hablan a la vez y no se entiende ni una palabra.

Tommaso, nueve, quiere ser piloto como el primo Matteo.

Il piccolo, Emilio, cinco, que no habla nada y a lo mejor es el más listo.

Y Giulietta, la última, la del año pasado, que no sabemos aún si se parece a Graziella o a mí.

—¿Y a quién prefiere que se parezca?

—A Graziella, signora, por Dios.

Lo escuché durante veinte minutos, con la mirada fija en su bigote, y no retuve más que un nombre, el de Chiara, que ya conocía.

Miré el reloj dos veces. Amedeo no se dio cuenta, o se dio cuenta y le dio igual, porque cuando llegó el postre, un helado de higo con una hoja de menta, me lo puso delante con las dos manos.

—Se lo digo de corazón, signora: usted cena muy bien con un hombre viejo.

—Es lo más raro que me han dicho en toda la semana.

—Es la semana más rara que ha tenido —dijo, y sonrió—. Mi mujer dice: cuando hay una semana rara, siempre es el principio de algo.

Cenamos hasta las once y cuarto. Amedeo me enseñó la fotografía del abrigo de Graziella, que había quedado espectacular, y me contó cuarenta y seis años de un matrimonio en el que se peleaban a diario con verdadera dedicación. Pagó él, tras una discusión de cuatro minutos que perdí.

—Es un hombre encantador —dijo al salir, con el bigote brillante, refiriéndose a Cormac.

—Es un modelo.

—Ah —dijo—. Ya.

Ilse Brandt se me acercó al pasar, con la bolsa cruzada y una copa en la mano. Cormac, dos mesas más allá, hablaba con el fotógrafo y se miraba las manos con demasiada atención.

—Señora Merrow. Perdone que la interrumpa. Ilse Brandt, de Sartorial.

—Ocho meses y dos días.

—Me alegra que lleve la cuenta.

—La lleva mi asistente.

—Quería pedirle disculpas por mi modelo.

—No es suyo.

—Esta noche, sí. Y una cosa más: Cormac lleva media cena hablando de usted. Yo pensé que la cita de trabajo era conmigo. Ahora empiezo a dudarlo.

—Le quito la sisa, en todo caso.

—No la entiendo.

—Da igual. Mándeme las preguntas por escrito.

—Se las mando. Usted no las contesta.

—Correcto.

—Es un método —dijo Ilse, muy satisfecha, y volvió a su mesa con la copa.

Desde el patio, Cormac levantó una mano hacia mí, sin girar del todo la cabeza, entre Ilse Brandt y el fotógrafo, con la chaqueta perfecta sobre la espalda. Yo no levanté nada. Abrí la puerta y salí.

En la acera de Bleecker, Amedeo se subió a un taxi tras besarme dos veces en cada mejilla, con una firmeza de tío italiano al que le da igual quién esté mirando. Paré otro. Le di la dirección de Tribeca y me quedé mirando por el cristal cómo pasaba la calle.

A las doce menos diez me vibró el móvil. Era Wendell.

—¿Estás sentada?

—Estoy en un taxi.

—Perfecto. Prepárate.

—¿Para qué?

—Hay un vídeo tuyo y de Brannigan en Il Cortile.

—No hay ningún vídeo. Cenamos por separado. Él se sentó cinco minutos en la silla de un proveedor por culpa de una paloma.

—Lo sé, lo he visto —dijo Wendell—. Hay un vídeo de ti y de él, de una paloma, de una silla y de un hombre con bigote que dice «che bella coppia». Lo ha subido una señora con una blusa de lunares. Lleva casi dos horas subido. Dos millones cien mil visualizaciones.

—¿Qué?

—Dos millones cien mil.

—Es un desconocido y una tirana discutiendo por una silla.

—Es la emperatriz de hielo de Nueva York y el hombre de la valla de Times Square discutiendo como una pareja en el Village. Sale el dedo. Sale «yo no salgo con nadie». Sale «conmigo, sí». Sale «estuve pensando en tu espalda hasta las tres de la mañana».

—Fue sobre la sisa.

—Ya lo sé. El resto de Nueva York, no.

Cerré los ojos. El taxi giró por Houston con un frenazo que me empujó contra la puerta.

—Hollis está en mi casa —dijo Wendell—. Ansel me ha llamado tres veces. Y ya hay una etiqueta.

—No quiero saber la etiqueta.

—Es «MerrowyBrannigan». Todo junto.

—Wendell.

—¿Sí?

—Dime que no salgo mal.

Hubo un silencio en la línea, corto, que no supe interpretar.

—Míralo tú —dijo.

Colgó. El móvil vibró otra vez antes de que pudiera dejarlo en el asiento. Era Hollis.

—Saskia, Saskia, Saskia. ¿Lo has visto? Dos millones cien mil. Tres días. Yo llevo diciendo desde el martes que la gente quiere alguien con quien identificarse. Y tú, con el dedo, señalándole el pecho. ¡El dedo, Saskia! No sabes lo que es el dedo. El dedo es humano.

—Hollis, cállate.

—Ya me callo, ya me callo. Pero necesito que sepas una cosa: el hito. Lo tenemos. Tres semanas de plazo y lo hemos cumplido en tres días, en una trattoria, por accidente. Es lo más eficiente que he visto en mi carrera.

—No es un hito. Es un accidente.

—Los accidentes son los mejores hitos, no tienen presupuesto. —Se le oyó taparse la boca para no reírse—. Los de la junta ya lo han visto, por cierto. Clifton Rusk lo ha compartido. Sin comentario. Con un emoji.

—¿Qué emoji?

—Uno con las manos así. —Se hizo un silencio breve—. No sé cómo se llama, pero es bueno.

Le colgué. Vibró un último mensaje suyo, con todas las mayúsculas puestas: «LO TENEMOS. EL HITO».

Abrí el vídeo con el pulgar de la uña azul.

Estaba yo, con el abrigo a medio poner, señalando un pecho con el dedo.

Estaba él, sujetándome el dedo, la vela entre los dos, y la voz de un señor con bigote diciendo «che bella coppia».

Se oía a Cormac decir «te tiembla el dedo».

Se oía mi propia voz diciendo «estuve pensando en su espalda hasta las tres de la mañana», con una claridad y un timbre que yo no reconocí como míos.

El móvil me vibró en la mano en el segundo treinta y ocho y el vídeo se cortó. En la pantalla decía: GILDA ZAMORA.

—Señora Merrow. Siento la hora.

—Ha visto el vídeo.

—Lo he visto con Cormac, en mi sofá. Él dice que la mejor parte es la de la espalda. Yo digo que la del dedo. Llevamos veinte minutos discutiéndolo.

—Gilda.

—Mi cliente le manda decir que está mortificado.

—¿Y encantado?

—Ha dicho «mortificado». Lo de «encantado» lo he añadido yo por mi cuenta. —Se le oyó encender un cigarrillo—. Mañana a las once en mi oficina, si tiene un hueco. Cormac quiere hablar.

—¿De la cuatro?

—De todo. De la cuatro también. De una paloma. —Una calada—. Señora Merrow, vengo de una profesión en la que el mejor consejo se da a estas horas: duerma. Y no toque el móvil.

—Yo no toco el móvil.

—Tiene voz de estar mirándolo.

Colgó ella. Tenía razón.

—Perdone, señora —dijo el taxista, mirándome por el retrovisor—. ¿Usted es la del dedo?

—No.

—Es que lleva el mismo abrigo.

—Hay muchos abrigos azules.

—Ya. —Giró por Canal Street—. Mi mujer lo ha visto tres veces esta noche. Dice que ese hombre le sujeta el dedo con muchísima delicadeza.

—Conduzca, por favor.

—Estoy conduciendo.

Me metí en los comentarios sin haberlo decidido.

«Ella dice que no sale con nadie y él dice que con él sí.

Esto es un cuento». «Estuve pensando en tu espalda hasta las tres de la mañana.

Retiro todo lo que he dicho sobre esta mujer».

«Mirad cómo le sujeta el dedo». «Que alguien le diga que el abrigo azul le sienta bien».

Esta última tenía cuatrocientos mil «me gusta».

Al lado, la etiqueta de la mañana, la que me había estado sacando los ojos tres días, tenía tres veces menos publicaciones nuevas que la de esa noche.

Cerré los comentarios. Tenía un mensaje de Eudora, de las doce y cinco, con una sola línea: «Te queda bien el azul». Y debajo, tres minutos más tarde: «Es una sugerencia».

Había también un mensaje de voz de Ansel de las once y cuarenta y siete. Cuarenta segundos.

«Saskia, estoy en casa, en zapatillas, con el portátil.

He visto un vídeo. No sé qué es. No entiendo por qué dos millones de personas...

Lo he visto cuatro veces. Hay un momento en que se te mueve la comisura.

Los futuros de Fráncfort... no, no me hagas caso, es viernes.

Llámame. No me llames, duerme. No, llámame».

No le llamé. Se me ocurrieron cuatro maneras de explicar cada una de las frases del vídeo, con contexto, con la sisa y con el patrón sobre la mesa, y ninguna me pareció útil para dos millones de personas.

Volví al vídeo desde el principio, con el volumen bajo, mientras el taxi cruzaba Canal Street.

Me vi levantarme. Me vi señalar. Me vi retirar la mano, tarde.

Y en el segundo cuarenta y uno, sin sonido, entre lo que había dicho él y lo que iba a decir Amedeo, me vi sonreír.

Una línea corta, de lado, en el labio superior. Duraba medio segundo.

No me acordaba de haberlo hecho.