Capítulo 3 #3
—La placa es de la mesa, no de la silla. —Comprobó por encima del hombro, sin girar del todo la cabeza, dónde estaba la paloma—. Cinco minutos. Solo hasta que se decida.
—Una paloma no se decide, Brannigan. Se desplaza.
—Vaya. Sabes de palomas.
—Sé de usted. Le tiene miedo a las palomas. Hay una foto suya en un banco de Providence con los ojos desorbitados y una paloma en el suelo con una miga de pan.
Dejó de sonreír. Fue un momento corto. Lo anoté.
—¿Cómo lo sabes?
—Tengo un expediente.
—¿Me has investigado?
—Le he conocido.
—Investigado.
—Conocido. Con presupuesto.
—Tengo una fan.
—Tengo un dossier. No es lo mismo.
—¿Y qué más pone en el dossier?
—Que perder el tren de las siete y doce a Providence los domingos le da más miedo que las palomas.
—Eso no es un miedo. Es un horario.
—Es lo que dije yo.
—Bonito abrigo —dijo.
—Es de la colección.
—Ya lo sé. Te queda bien.
—No le he pedido opinión.
—Te la doy gratis.
Nunzio se acercó con una bandeja, vio al hombre sentado en la silla del señor Bertolazzi y volvió sobre sus pasos con mucha dignidad.
—Lleva usted mi chaqueta —dije.
—Me la mandaste tú.
—Se la mandé como prototipo. Se prueba y se devuelve.
—Con la sisa un centímetro y medio más baja y la espalda dos más ancha. —Se miró el hombro con una satisfacción que no me gustó nada—. La he probado hasta las tres de la mañana. He levantado el brazo cuarenta y ocho veces. No se sube.
—¿Ha contado las veces?
—Soy meticuloso con las prendas que me mandan sin nota.
—Llevaba nota.
—Llevaba una nota de Wendell. Era más humana que tú.
—Wendell va a ser amonestado.
—Wendell me cae bien. Lo amonestas y me caes peor tú.
—No pretendía caerle bien.
—Lo estás consiguiendo sin esfuerzo. —Cogió un grisín de la cesta y lo partió por la mitad—. Lo que no entiendo es cómo te diste cuenta. El martes me dijiste que las chaquetas se diseñan para estar quietas. Y el miércoles me llega una que se mueve.
—Estuve pensando en su espalda —dije— hasta las tres de la mañana.
El grisín se le detuvo a medio camino.
—¿En mi espalda?
—En la espalda de la chaqueta. En el ancho. En la caída.
—Ya.
—Del patrón.
—Ya, ya. —Se comió medio grisín con mucha calma—. Me lo apunto.
—Apunte lo que quiera.
En la mesa de al lado, la mujer de la blusa de lunares había dejado de masticar.
—¿Ha comido usted con Lachaise? —pregunté.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Un accionista mío que comió con él.
—Comí, sí. Dos horas, en un sitio con manteles almidonados. —Cogió otro grisín—. Ferdinand me habló de ti durante ochenta minutos. Me dijo que eras un témpano, que te ibas a hundir y que el martes salí de tu despacho con la chaqueta rota porque eso quería decir algo.
—¿Y qué quería decir?
—Que yo tenía razón con la sisa. Y que Ferdinand nunca ha roto una chaqueta porque nunca deja que nadie le pruebe nada.
—Y aun así comió.
—Comí, escuché y no firmé. Es lo que hago con la gente que habla mal de otra persona: la dejo hablar. —Me miró—. Tú, en cambio, has hablado mal de mí desde que abrí la boca en el atelier.
—A la cara.
—Esa es tu virtud.
—Firme sin la cuarta —dije.
—No.
—Entonces la paloma se queda en su mesa.
—¿Me estás chantajeando con una paloma?
—Estoy negociando con un ave.
—Es un chantaje con plumas. —Se echó hacia delante, con los codos sobre el mantel, y bajó la voz—. Mira, Saskia. Voy a decirte una cosa y quiero que la oigas entera. Los martes por la noche son míos. Tú no los tocas.
—No pensaba tocarle nada.
—Mi madre me llama a las siete y me dice: «¿Cenas en casa de Fergal?», y yo digo que sí. Y esa parte de la semana no está en tu contrato ni en tus condiciones ni en tus cuarenta y dos looks.
—Los martes son la número dos. Se los he dado. Lo tiene por escrito.
—Lo sé, y te lo agradezco. Es un detalle.
—No es un detalle. Es una cláusula.
—Un detalle con cláusula. Como las chaquetas. —Sonrió—. Ahora, la cuatro.
—No.
—Sales a saludar conmigo al final del desfile.
—Yo no salgo con nadie.
—Conmigo, sí.
—Con nadie, Brannigan.
—Con nadie, ya lo sé —dijo—. Pero conmigo, a las diez de la noche, con los pies hechos polvo, delante de un vestíbulo lleno de gente que grita. Es todo lo que te pido.
—Es una condición de niño consentido.
—Es la única que puse yo. Las otras tres las escribió Gilda. —Ladeó la cabeza—. ¿Sabes por qué la puse?
—Por fastidiarme.
—Porque entras a todas partes con esa cara de despedir a alguien y a nadie le has dejado verte salir.
—No pienso salir.
—Lo sé. Por eso te lo pido.
—Salga de mi mesa.
—Cuando se vaya la paloma.
—La paloma no se va a ir por usted.
—Lo sé —dijo, y se le escapó una risa corta y nerviosa, y a mí, por un segundo, algo se me contrajo en el labio superior, un tic de corriente de aire o de cansancio que dejé pasar—. Es una rata con alas y con pretensiones.
—Las palomas no tienen pretensiones.
—Estas sí. Son de Greenwich Village.
—Deje de hablar de palomas.
—Tú has empezado. —Se apoyó en el respaldo—. Mi madre ha preguntado por ti, por cierto. Tres veces desde el martes. Le he dicho que eres una tirana y me ha dicho que las tiranas también comen cordero.
—Su madre se hace preguntas que no le corresponden.
—Mi madre tiene una fuente de energía inagotable. —Bajó la voz—. Y tú tienes tinta azul en la uña del pulgar.
Metí la mano derecha bajo el mantel. Demasiado tarde.
—Es de una junta.
—¿Una junta te ha hecho eso?
—Se me rompió un bolígrafo.
—¿Te gritaron?
—No me gritó nadie. Me pidieron una cosa.
—¿Qué?
—No es asunto suyo.
—Ya lo será. —Se encogió de hombros—. Te lo digo por experiencia: cuando uno tiene tinta en el pulgar es que ha apretado algo con mucha fuerza.
—Usted tiene una sonrisa muy cara para un hombre que no tiene nada que decir.
—Y tú una mesa muy grande para una mujer que no tiene a nadie a quien sentar en ella.
No me lo esperaba. Tampoco creo que él lo esperara: se le notó en el segundo que tardó en cerrar la boca. Pero lo había dicho, ya estaba en el aire, encima del mantel, entre la vela y el pan.
Me puse de pie. No sé cuándo lo decidí. Me levanté con el abrigo azul a medio poner, la servilleta cayendo al suelo y la silla de Bertolazzi empujada un palmo hacia atrás por mi rodilla.
Cormac se levantó a la vez. La distancia entre los dos no se había calculado bien: la mesa, treinta centímetros de mantel, una vela.
—No me hable de mi mesa —dije, y le señalé el pecho con el dedo.
—Ha sido una cabronada —dijo—. Lo reconozco.
—Ha sido lo único cierto que ha dicho en toda la noche, y por eso ha sido una cabronada.
—Llevas tres días metiéndote conmigo y no he dicho ni pío.
—Ha dicho muchísimos píos. Los ha dicho todos con esa cara.
—¿Con qué cara?
—Con esa de tener razón.
—Es que tengo razón. —Me cogió el dedo con la mano. No apretó. Lo sujetó, como se sujeta una ramita para que no golpee—. Sobre la sisa, sobre las palomas y sobre tu cara. Y esta noche vengo a una trattoria de Greenwich Village con tu chaqueta puesta, y tú tienes las manos temblando.
—No me tiemblan las manos.
—Te tiembla el dedo.
—Suélteme.
—Cuando se vaya la paloma.
—La paloma se ha ido.
Cormac giró la cabeza. La paloma, en efecto, había abandonado el respaldo de su silla y se había trasladado a la mesa de la mujer de los lunares, que la miraba con una expresión de adoración y le acercaba una miga.
Me soltó el dedo. Tardé en retirarlo. Fue un segundo, medio segundo largo que quedó fuera de cualquier cuenta razonable.
—¡Ah! Il modello! Ma che bella coppia!
Amedeo Bertolazzi había vuelto de la cocina con la cara encendida, los brazos abiertos y una servilleta colgándole del bolsillo. Llegó hasta nosotros en tres pasos y le cogió a Cormac las dos manos y se las estrechó con tanta fuerza que Cormac se encogió.
—¡Señor Brannigan! Yo lo he visto en Times Square. El reloj. ¡Es usted más alto! Signora, ¿por qué no me dijo que vendría? Una pareja tan bonita, y en mi mesa...
—No es una pareja —dije.
—Somos... —empezó Cormac.
—Ma sì, ma sì. —Amedeo agitó las manos—. Yo lo sé todo. Mi mujer y yo también nos peleábamos así. Cuarenta y seis años. Es la mejor señal.
—Amedeo.
—Sí, signora.
—Se va a sentar. Y el señor Brannigan se va a ir.
—Con mucho gusto —dijo Cormac, y me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario—. Amedeo, un placer. Ha sido una cena de trabajo estupenda.
—¡Con la signora! —dijo Amedeo, encantado—. ¡Cómo no!
—Con una paloma —dijo Cormac—. Buenas noches, Saskia. La chaqueta, perfecta.
Se dio la vuelta y volvió a su mesa con andares ligeros, sin mirar el suelo.
* * *
La paloma seguía instalada en la mesa de la mujer de los lunares, sobre el respaldo de una silla, con la cabeza ladeada y un ojo en cada mesa.
Amedeo estaba comiendo su segundo plato con la cabeza gacha, muy concentrado, y yo cogí un panecillo, lo partí en cuatro y dejé caer las migas una a una sobre el mantel, hacia el borde de la mesa.
Luego las empujé al suelo con la punta del dedo.
Y luego, sin hacer ruido, coloqué la siguiente miga un palmo más allá.
—Signora. —Amedeo había levantado la vista—. ¿Qué hace?
—Negociar.
Puse tres migas más, una detrás de otra. La paloma bajó de la silla, las picó y avanzó dos pasos. Puse otras cuatro, más lejos, hasta el borde del patio. La paloma las siguió con un paso corto y rítmico, cabeceando, y llegó a la altura de la mesa de Ilse Brandt.
—Signora —dijo Amedeo, inquieto.
—Un minuto.
Dejé caer la última miga justo debajo de la silla de Cormac.
La paloma la picó. Se le oyó a Ilse decir «¡Ay!». Cormac se quedó rígido con el tenedor a medio subir, y sin girar la cabeza, con una lentitud de estatua, levantó los ojos y me buscó al otro lado del patio. Movió los labios sin voz. Vi perfectamente lo que decía: «Cabrona».
Levanté la copa un centímetro. Fue un brindis de negocios.
Nunzio pasó a mi lado con una bandeja y se detuvo un instante, mirando al frente.
—Signora, Ottavia dice que la paloma es intocable.
—No sé de qué me habla.
—Es lo que le voy a decir a Ottavia —dijo, y siguió con la bandeja, sin girar la cabeza, con una ligera curva en el labio que no estaba en ninguno de sus gestos anteriores.