Solo una vez (Humor 3) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—Ah. Una persona meticulosa —dijo, y se le iluminó la cara con una alegría que no entendí—. Mi mujer también. Cuando se hizo el abrigo, midió cuatro veces. Al final le ha quedado espectacular.

—¿Espectacular?

—Espectacular —repitió, con orgullo, y en cuanto se dio cuenta de que estaba pidiendo perdón volvió a juntar las manos—. Perdón. Le mandaré una fotografía.

—No quiero una fotografía. Quiero los doce metros.

—Los doce metros los tendrá. Por barco. Con el próximo envío.

—Y otros doce por los intereses.

—¿Otros doce?

—Es lo que cobro cuando alguien me hace esperar. Le recuerdo que tengo un atelier de dieciséis personas que han trabajado dos días con nueve metros de menos.

—Doce —dijo Amedeo, y bajó la cabeza—. Está bien. Doce y doce, veinticuatro.

—Y doce por el abrigo de su mujer, que salió de mi lana.

—Signora, con esos doce el abrigo es de su casa.

—Treinta y seis. Y le enseño a su mujer cómo se plancha una sisa.

Amedeo me miró un buen rato con la boca entreabierta. Después empezó a reírse, primero con los hombros y luego con todo el cuerpo, y tuvo que apoyarse en la mesa. Nunzio, que pasaba con una bandeja, se detuvo un instante y siguió.

—Treinta y seis —dijo Amedeo, secándose los ojos con la servilleta—. Es usted la mejor negociadora que conozco. Y no se ha reído ni una vez.

—No hay motivo.

—Mi mujer me dijo que se lo dijera. Que usted necesitaba un plato de pasta y una abuela.

—Ya tengo una jefa de patronaje.

—Es casi lo mismo —dijo Amedeo con toda naturalidad—. Graziella le hará una lasaña. Se la mando con Matteo.

—No como lasaña.

—¿Por qué no?

—Porque me la comería.

Amedeo se quedó mirándome con una gravedad casi religiosa.

—Signora, eso es lo más cierto que he oído en Nueva York.

—Se lo he dicho como argumento contable.

—Ya lo sé. Por eso. —Y pidió por los dos sin mirar la carta: burrata, tagliolini con trufa negra y un tinto del Piamonte que no era el más caro y sí el mejor. Lo sé porque lo probé.

Comí. No lo hago casi nunca sentada y menos con las dos manos, pero el tagliolini estaba delante y tenía que pasar por algo.

Amedeo hablaba de lana con la seriedad con que otros hablan de sus hijos: de la altitud de los pastos, de un tejedor de Biella al que llamaba «maestro» a pesar de que tenía cuarenta años, de una helada que había matado a doscientas ovejas en 1987 y de lo que se había aprendido después.

Le dejé hablar. Es de las pocas personas que conozco que dicen cosas verdaderas sin que me den ganas de corregirlas.

El móvil vibró contra el mantel. Era Hollis: «¿Hay alguien sacando fotos?».

«No».

«Pide que te saquen una. Con Bertolazzi. Sonriendo».

«No».

«Aunque sea de espaldas».

Lo puse boca abajo. Amedeo, que había visto la pantalla sin pretenderlo, se inclinó hacia mí con mucha discreción.

—¿Quiere que nos hagan una fotografía, signora?

—No.

—Yo le sonrío si hace falta. Tengo una sonrisa buena. Mi mujer dice que es lo único que no se me ha caído.

—No hace falta.

—Se lo digo porque leí lo del artículo. —Se limpió el bigote con la punta de la servilleta—.

Y pensé: qué injusto. Porque yo la conozco hace doce años.

Le he vendido lana doce años. Y en doce años, signora, usted me ha pagado siempre el día veintiocho, ni uno antes ni uno después.

Un hombre que paga puntual es un hombre con familia.

—Eso es un argumento raro.

—Es el único que tengo —dijo—. Y es cierto.

No supe qué contestarle y pedí otra botella de agua.

Nunzio la trajo sin que se lo pidiera dos veces.

Le dije que la del vino estaba demasiado templada, que el pan llevaba media hora fuera y que la vela de mi lado se había torcido y goteaba.

Corrigió las tres cosas con una serenidad de mayordomo inglés y, al volver la espalda, le vi mover los labios: «Buona sera anche a lei». No le dije que le había entendido.

—Ahora tengo que ir a saludar a Ottavia —dijo Amedeo cuando llegó el segundo plato—. La dueña. La conozco desde que era una niña con trenzas. Si no voy, no me deja salir del país.

—Vaya.

—No se mueva, signora. Cinco minutos.

Se fue hacia la puerta de la cocina con su traje de doce metros menos y, por primera vez en toda la noche, las manos en los bolsillos.

Cogí el bolso, saqué las tarjetas y leí la tercera. «¿Qué le gusta comer?». Al dorso, con la letra de Wendell, subrayado dos veces: «Si contesta “pasta”, pregunta cuál. Es una regla de conversación».

Metí las tarjetas otra vez en el bolso. De momento no las necesitaba.

* * *

La higuera del patio de Il Cortile tiene, desde hace dos generaciones, una colonia de palomas de la que Ottavia dice que forma parte del encanto y a la que los camareros llaman en voz baja «las inquilinas».

A las diez menos cuarto había seis en las ramas y una en el suelo, que caminaba entre las mesas cobrando alquiler.

Yo no la miré. Miré cómo se abría la puerta de la calle y entraban tres personas.

Una mujer de pelo blanco muy corto, con una bolsa de cuero cruzada sobre el pecho.

Un hombre alto y canoso, con una cámara colgada del cuello por una correa gastada.

Y detrás de ellos, con las manos en los bolsillos de un pantalón gris que no era mío, un hombre de un metro noventa y uno con una chaqueta de lana gris antracita.

Con mi chaqueta.

La Número Uno, versión siete. Con las mangas cosidas, el cuello puesto, la sisa un centímetro y medio más abajo.

La llevaba abierta sobre una camiseta negra, y le caía por la espalda como tenía que caerle: recta, sin una arruga, sin un solo tirón.

Me quedé mirando el punto donde la manga se unía al hombro.

Cuando levantó el brazo para saludar a Nunzio, la chaqueta no subió. Ni un milímetro.

Pensé: está bien hecha. Me quedaron las manos quietas sobre el mantel, con los dedos abiertos.

La mujer de pelo blanco tenía que ser Ilse Brandt, directora de arte de una revista de moda masculina que se llama Sartorial y que lleva ocho meses pidiéndome una entrevista.

El de la cámara, un tal Dominic. Nunzio los llevó a una mesa del centro del patio, bajo la higuera, a diez metros de la mía, y Cormac Brannigan, que iba el último, se detuvo a mitad de camino, me vio y sonrió.

No fue una sonrisa grande. Fue una de esas que se le suben de un lado, con el hoyuelo, y no piden permiso. Levantó una mano con los dedos abiertos, como se saluda a un vecino.

Yo levanté la copa un centímetro. Fue una cortesía de negocios. Nadie en su sano juicio la habría interpretado de otra manera.

En la mesa de al lado de la mía, una mujer con blusa de lunares tenía el móvil apoyado contra el salero, con la pantalla hacia arriba. Yo lo vi sin verlo. Es la clase de detalle que uno recuerda con exactitud más tarde, a las doce menos diez de la noche, cuando ya no sirve de nada.

Cormac se sentó de espaldas a mí.

No lo miré. Miré la carta durante cuatro minutos, que es lo que se tarda en leerla tres veces, y oí sin proponérmelo lo que se oye desde diez metros: la risa de Ilse Brandt, que en ocho meses de correos no había dado señales de tener; la del fotógrafo; la voz de Cormac diciéndole a Nunzio que el vino no lo elegía él, que lo elegía quien supiera, y a Nunzio contestando con un «Signore» que no había gastado conmigo en toda la noche.

A los cinco minutos le trajo pan, un plato de aceitunas y una silla extra para el bolso de Ilse.

A mí me había traído agua con gas. Lo dejé estar.

Contar cuántas veces se ríe una mesa ajena no forma parte de ninguna estrategia.

Lo que sí forma parte de mi oficio es mirar cómo se mueve una prenda, y a Cormac Brannigan, de espaldas, con mi chaqueta puesta, lo tenía delante a diez metros.

Lo vi tender el brazo hacia la cesta del pan: la manga acompañó el codo.

Lo vi girarse hacia Ilse: la espalda giró con él, sin un pliegue.

Lo vi cruzar los brazos sobre la mesa, apoyarse, echarse hacia atrás, levantarse a coger la servilleta que se le había caído.

Seis movimientos. Los seis, correctos. Con la mano derecha se rascó la nuca, y el cuello de la chaqueta subió tres milímetros. Eso lo apunté.

Ilse abrió la carta. El fotógrafo sacó del bolsillo una libreta. Y la paloma que caminaba entre las mesas, la del alquiler, se detuvo, giró la cabeza y fue derecha a la mesa del centro.

Lo vi antes que él. Cormac había cogido un panecillo y lo partía por la mitad. La paloma, con un paso corto y rítmico, se acercó a la pata de su silla. Miró el panecillo. Miró a Cormac.

Cormac se quedó inmóvil.

La sonrisa no se le borró. Se le quedó fija, pegada con demasiado pegamento.

Ilse le estaba diciendo algo sobre luz natural y él asentía, con la vista clavada en el suelo y la mano a medio camino de la boca con el panecillo, que fue descendiendo hasta la mesa muy despacio.

La paloma dio otro paso. Se le oyó a él una respiración larga por la nariz.

—Cormac, ¿estás bien? —dijo Ilse.

—Perfectamente —dijo él, con una voz un tono más aguda que la del martes—. Voy un momento al baño.

Se puso de pie con lentitud, las manos separadas del cuerpo. Dio un paso lateral, otro, sin darle la espalda al ave. La paloma lo siguió con la cabeza. Él se apartó tres pasos más. Ella se subió al respaldo de su silla.

Y Cormac Brannigan, veintinueve millones de seguidores, doce años de modelo, cuarenta países, se giró y vino derecho hacia mi mesa a una velocidad que no era una carrera pero tampoco se podía llamar paseo.

Tuve tiempo de calcular tres cosas. A mi espalda había una pared de hiedra. La salida más cercana estaba detrás de él. Y Amedeo tardaría cuatro minutos más en volver, porque Ottavia, cuando se pone a hablar de una niña con trenzas, no suelta a nadie. Podía levantarme. No lo hice.

Se sentó en la silla de Amedeo, de espaldas a la higuera.

—¿Te importa? —dijo.

* * *

—Esa silla está ocupada —dije.

—Está vacía.

—Está reservada. Hay una placa.