Solo una vez (Humor 3) Capítulo 3
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Capítulo 3

Pippa entró a las diez en punto con el agua.

En punto. Miré el reloj y luego la miré a ella, y se le notaba en la postura que llevaba tres minutos esperando al otro lado de la puerta para no llegar ni antes ni después. La rodaja estaba en el borde del vaso, redonda, fina y sin una sola pepita.

—Diez en punto —dije.

—Sí, señora Merrow.

—Puedes irte.

No se fue. Se quedó con la bandeja contra el pecho y la vista clavada en un punto de mi mesa, y detrás de ella, arrastrando los pies por la moqueta, apareció un mensajero con un ramo de dalias naranjas tan grande que tapaba el resto del hombre.

—¿Pippa? —dijo el ramo.

—Soy yo —contestó Pippa, en voz muy baja.

Cogió la tarjeta, la leyó de pie, con los labios moviéndose, y me la tendió con las dos manos, temblando un poco: «Para Pippa, por servicios de limón. C. B.».

—Yo no mando flores —dije.

—No, señora Merrow.

—Ese hombre manda flores a una becaria y a mí me manda un ultimátum.

—Te ha mandado un abrazo —dijo Wendell desde la puerta.

—Un abrazo no se puede poner en agua.

—Las dalias sí. —Wendell le quitó el ramo al mensajero con dos dedos y se lo pasó a Pippa—. Al office. Y busca el jarrón grande, el que no usamos.

—Sí, señor Duarte.

—No en mi despacho —dije.

—No, señora Merrow —dijo Pippa, con la nariz metida entre las flores, y salió sin que la puerta hiciera ningún ruido.

Bebí un sorbo del agua. Estaba a la temperatura que tenía que estar. No dije nada.

* * *

A las dos, Dagmar Quist me trajo a Trevor.

Trevor medía un metro ochenta y ocho, tenía veintiocho años, la sonrisa carísima con empaste y una camisa blanca abrochada hasta el cuello. Lo primero que hizo al entrar fue sonreírme.

—Buenas tardes, señora Merrow.

—Dile que no sonría —dije.

—No sonrías, Trevor —dijo Dagmar.

—Perdón. —Se quedó con la cara en blanco—. ¿Así?

—Eso es una pared.

—Ponga mala cara.

—¿Cómo de mala?

—La peor que tenga.

Trevor frunció el ceño, apretó los labios y levantó una ceja con mucho esfuerzo. Parecía un hombre que ha abierto una carta del banco.

—Otra —dije.

—Estoy pensando en una cosa que me molesta.

—¿En qué?

—En la gente que llega tarde a las sesiones.

Cambió la cara. Le bajaron los párpados, le subió el labio superior, se le formó una arruga en la frente que no supe a qué correspondía. Parecía un cachorro al que le acaban de quitar un hueso.

—Otra.

—Pienso en un... en un hombre que me debe dinero.

Se le abrió la boca. Se le abrieron un poco los ojos. Fue una cara que le pertenecía a un hombre al que le han robado la cartera y que aún no sabe quién ha sido.

—Trevor —dije—. ¿Cuál es la peor cosa que le ha pasado en la vida?

—Una vez se me cayó un helado.

—Fuera.

—¿Señora Merrow?

—Se lo digo con cariño. Fuera.

Dagmar lo sacó del despacho por el codo y volvió ella sola a los dos minutos.

—Te lo dije. Es un milagro o nada.

—Los milagros han dicho que no.

—Han dicho que no a una condición. —Se sentó en una de las butacas serradas y cruzó las piernas—. Conozco a Brannigan. Tiene pinta de haberla puesto para que la cumplas.

—Es un chantaje.

—Es una petición —dijo Dagmar—. De las que se hacen saliendo a saludar.

—Dagmar, ha sido una semana muy larga y tengo tres frentes abiertos en la mesa.

—Tienes uno. Cuarenta y dos looks y una sonrisa de dentista en el pasillo.

—Llévate a Trevor.

—Trevor se ha dejado el abrigo —dijo Wendell desde la puerta—. En la butaca. Es de Bellerose.

Lo miré. Era un abrigo gris, de una lana correcta, con una etiqueta en el interior del cuello que decía BELLEROSE en letras pequeñas y doradas. Lo cogí con dos dedos y se lo tendí a Wendell.

—Que se lo quede Otis para practicar.

—¿Practicar qué?

—A odiarlo.

* * *

A las cuatro bajé al once con el abrigo de Trevor colgado del brazo y lo encontré ya clavado en un maniquí. Otis, delante, con una lupa de relojero. Noor, al lado, apuntando en una libreta con un lápiz de sastre.

—¿Qué has encontrado?

—Que está mal, señora Merrow —dijo Otis sin girar la cabeza, con una alegría que no había mostrado en tres años—. El forro va pegado con termofusible. No está cosido. Mire. —Levantó el borde—. Y el pespunte del cuello es de una máquina de segunda. Se nota en el hilo: un tirón cada tres puntadas.

—La lana es correcta —dijo Noor.

—La lana es correcta —concedió Otis, a disgusto.

—¿Cuánto cuesta hacerlo?

Otis y Noor se miraron.

—Trescientos cuarenta —dijo Noor.

—Trescientos cuarenta —repitió Otis—. Y en tienda vale mil ochocientos.

—Mil ochocientos. —Le di la vuelta al abrigo por la percha—. Por eso hay que conseguir que el nuestro pese más que la etiqueta.

Eudora levantó la vista de la mesa de corte.

—¿Eso es una frase de mercadotecnia?

—Es una frase de contabilidad.

—Es un cumplido.

—No lo es.

—Es un cumplido para los chicos. Les has dicho que la lupa está bien usada.

—No les he dicho nada.

—Por eso te lo digo. Se lo has dicho sin decirlo.

Otis se puso rojo hasta la raíz del pelo. Noor bajó la vista a la libreta y sonrió sobre el papel con toda la cara. Me volví hacia la puerta.

—Tienen hasta las siete para desmontarlo entero. Quiero saber cuánto pesa cada capa.

Salí. Detrás de mí, Otis dijo «cuarenta gramos» en voz baja, para sí mismo.

* * *

A las cinco, Wendell dejó sobre mi mesa tres tarjetas blancas escritas a mano con su letra de contable.

—¿Qué es esto?

—Preguntas para Bertolazzi.

—No necesito preguntas.

—Necesitas tres. —Las abrió en abanico—. Una: «¿Cómo está Graziella?». Dos: «¿Cuántos nietos tiene?». Tres: «¿Qué le gusta comer?».

—Son preguntas de una embajada.

—Son preguntas de una persona.

—Conozco a la mujer, al sobrino y a la nieta que traduce. Se llama Chiara. Lo sé porque me llega su nombre en los albaranes.

—Eso cuenta como investigación. Yo hablo de conversación.

—Es lo mismo.

—No, Saskia. Una cosa la haces con un bolígrafo y la otra con la cara. —Empujó las tarjetas hacia mí—. Llévalas en el bolso.

Las metí en el bolso. Wendell, ya en la puerta, se volvió.

—La tercera tiene una nota al dorso.

—¿Cuál?

—No hace falta que la leas en voz alta.

* * *

A las seis y cuarto, al volver de la ducha del despacho con el pelo mojado, encontré a Eudora colgando un abrigo azul de la puerta.

No estaba en su planta. No era la hora de estar en mi planta. Llevaba el metro amarillo al cuello y las gafas sobre la frente, y pegó con dos dedos un papel amarillo en la solapa.

—Es el azul de la prueba de octubre —dijo, sin volverse—. El único que te queda como no te ha quedado nunca nada.

—Soy una mujer de negro.

—Eres una mujer de negro que cuando entra en una sala lo primero que se ve es el negro. Pruébalo una noche.

—No.

—Es una sugerencia.

—No hace falta que la escribas.

—Sí hace falta. —Me miró—. Porque si no la escribo, dices que no te lo he dicho.

Se fue sin esperar respuesta. En la solapa el papel decía, con su letra apretada y recta: «Es una sugerencia».

Cuando salí de la oficina a las ocho y media, llevaba el abrigo azul puesto. No sé cuándo lo decidí.

A las nueve menos cinco me detuve delante de la puerta de Il Cortile, en Bleecker, con el bolso colgando de la mano.

En el cristal de la ventana me vi: el abrigo azul, el pelo suelto todavía húmedo, la cara de siempre.

Una mujer que salía del restaurante de al lado con una bolsa de cartón se me quedó mirando un segundo.

—Qué abrigo tan bonito.

—Gracias —dije.

Se fue. Yo me quedé un momento con la mano en el picaporte. No recordaba la última vez que había dicho esa palabra a alguien que no cobrara de mí. Empujé la puerta.

* * *

Amedeo Bertolazzi tenía las manos pequeñas y las usaba todas para pedir perdón.

Las movía por encima del mantel, por encima de la cesta del pan, alrededor de la vela, con las palmas hacia arriba y los dedos abiertos, y cada vez que yo abría la boca las juntaba delante del pecho y esperaba.

Tenía setenta y un años, un bigote blanco recortado con tijeras de sastre y un traje de tres piezas de una lana gris que reconocí a un metro de distancia.

Era la mía. Era la misma lana de la que me faltaban doce metros.

Il Cortile es una trattoria de Greenwich Village con un patio interior de piedra, una higuera en el centro, guirnaldas de bombillas amarillas y ocho mesas que se reservan con medio año de antelación, salvo si uno es Amedeo Bertolazzi, que lleva treinta años cenando allí cada vez que cruza el Atlántico y tiene una placa de latón atornillada a la mesa del rincón: RESERVADO BERTOLAZZI.

La mesa quedaba junto a la pared cubierta de hiedra, con vistas a todo el patio y a la higuera, que a esa hora era un bulto oscuro lleno de luces enredadas.

Yo llevaba puesto el abrigo azul. Había decidido, en el taxi, que una sugerencia no obligaba a nada, y que el vestido negro que llevaba debajo abrigaba menos.

Me lo dejé puesto. Nunzio, el camarero, un hombre delgado y solemne, se había ofrecido a colgármelo y le había dicho que no.

Ahora tenía los brazos sobre el mantel, con las mangas a medio subir, y la raya azul de tinta bajo la uña del pulgar, que había resistido dos duchas.

—Signora —dijo Amedeo—. Doce metros. Le debo una explicación.

—Le escucho.

—Mi mujer. —Juntó las manos—. Graziella.

—¿Su mujer?

—Graziella vio el artículo en internet. Se lo tradujo mi nieta. Y dijo: «Amedeo, esa chica se va a hundir, y yo me voy a quedar sin un abrigo de Merrow». Y fue al almacén y cogió doce metros de la partida gris para hacérselo antes de que la marca se hundiera.

—Su mujer se ha llevado doce metros de mi lana.

—De mi lana, signora. Que usted ha pagado.

—Entonces es mía.

—Legalmente —admitió, con verdadero dolor—, sí.

Nunzio dejó a mi lado una botella de agua con gas y un vaso con una rodaja de limón. Era una rodaja. Redonda, fina, con el corte limpio. La miré con desconfianza, porque las cosas correctas me producen suspicacia, y la pasé por delante de la vela para calcular el grosor.

—Tres milímetros —dije.

—Signora, no sé —dijo Nunzio.

—No importa. Gracias.

Se retiró con una ligera inclinación. Amedeo me miró con la cabeza ladeada.

—¿Usted mide los limones?

—Los mide una becaria. Yo los compruebo.