Capítulo 2 #4
—Eres insoportable, querida. Cuesta decirte cosas. —Sultán bostezó—. Pero compré el once por ciento por eso. Porque en ese momento alguien tenía que aplaudirte y no había nadie.
—Señora Pell.
—Dime.
—El del bocadillo de atún. ¿Era el de la camisa a rayas?
—El de la camisa a rayas.
—Lo despedí esa misma noche.
—Lo sé. —Entró en el ascensor y pulsó el botón de la planta baja—. Fue lo único que me pareció bien de ti aquella noche.
Las puertas se cerraron. Me quedé mirando el número de la pantalla, que fue bajando de uno en uno.
Me lavé las manos en el baño de la planta. La tinta se fue casi toda; me quedó una raya azul debajo de la uña del pulgar, y no había manera de sacarla.
Wendell esperaba delante de mi despacho con el móvil en la mano.
—Ha respondido Gilda.
—¿Qué dice?
Leyó en voz alta, sin inflexión:
—«Cuatro o nada. La chaqueta le queda perfecta. Cormac manda un abrazo para Pippa y otro para Wendell, por la tarjeta».
Wendell dejó de leer. Yo no dije nada. Él tampoco. Al cabo de un rato:
—Pedí perdón por las sillas —dijo—. Por las patas.
—Las sillas son de autor.
—Es lo que hace la gente normal, Saskia.
—Wendell.
—Ya, ya.
—¿Qué respondo?
—Escribe: «Cuarta condición aceptada si él sale a saludar conmigo con la chaqueta rota puesta».
—Eso no es una contraoferta, es una venganza.
—Es una contraoferta con venganza.
—No pienso mandarlo.
—Entonces no mandes nada.
—¿Nada?
—Dile que lo pienso.
—Le he dicho que no lo piensas.
—Pues díselo otra vez.
—Saskia. —Wendell bajó el móvil—. No hay otro. Lo dijiste tú. Hay cuarenta y dos looks, una valla en Times Square y nadie más.
—Hay otras cosas.
—¿Cuáles?
—Todavía no las he encontrado.
Wendell asintió y salió. Dejó la puerta abierta, cosa que le agradecí sin decírselo.
* * *
A las tres, Hollis colgó una pizarra blanca junto a la ventana de mi despacho y escribió arriba, en rotulador azul: HUMANIZACIÓN. Nadie se lo había pedido. Estaban Wendell, Ansel y Dagmar. Yo, en mi mesa, con las manos juntas.
—Lluvia de ideas —dijo Hollis—. No se descarta nada.
—Voy a descartar cosas.
—Para eso es la lluvia. Uno: entrevista sobre la infancia.
—No.
—Tachado. Dos: perro.
—Sultán —dijo Wendell.
—Tachado. Tres: gala benéfica.
—No hacemos actos.
—Tachado. Cuatro: que cocines en directo.
—No cocino.
—Que aprendas.
—No.
—Tachado. Cinco: que sonrías.
—Ya lo hemos probado —dijo Ansel, con mucho cansancio—. Está tachado desde el martes.
—Seis: que te fotografiemos en un sitio normal. Un mercado, una panadería. Con gente.
—¿Qué sitio normal?
—Uno con gente. —Hollis dudó—. Mi madre va a una tienda de quesos que...
—No.
—Tachado. Siete... —Miró la pizarra. Miró a Wendell y a Dagmar—. Siete: Brannigan.
Ansel dejó de masticar.
—Es el siete y es el único que no está tachado —dijo Hollis—. Cormac Brannigan a tu lado en una campaña, en una cena, en una foto. Una foto en la que se le vea sonriéndote sin que se note que le pagan.
—Le van a pagar un millón ochocientos mil dólares.
—Eso no se ve en una foto.
—Yo no quiero una foto con Brannigan. Quiero una firma de Brannigan.
—Lo sabemos —dijo Wendell—. Pero mientras no llega la firma, tenemos las condiciones. Y la cuatro dice que salgas a saludar. Salir a saludar es una foto.
—Es una foto a las diez de la noche, con los pies hechos polvo, delante de un vestíbulo lleno de gente que grita.
—Es lo que hace la gente normal.
—Wendell, te lo he dicho ya: las sillas son de autor.
—No hablo de las sillas.
Hollis me tendió el rotulador. Siete líneas en la pizarra, seis tachadas. La séptima, sin tachar, esperando.
—Hollis.
—¿Sí?
—Borra la pizarra y llévate el rotulador.
Se los llevó. Ansel se quedó sentado un momento más, mirando el espacio donde había estado escrita la palabra, y luego me dijo, sin levantar la vista:
—El viernes cenas con Bertolazzi. Un señor de setenta años que te pide perdón. Que te vean sentada a una mesa con alguien que te sonríe.
—Me va a sonreír por obligación. Le debo cuatro mil doscientos dólares en exceso de equipaje.
—Da igual por qué. Se ve igual.
* * *
A las diez menos veinte de esa noche Wendell me quitó el portátil de las manos, me metió en un coche y le dio al conductor la dirección de Tribeca.
—Es una orden médica —dijo.
—Tú no eres médico.
—Tampoco tú eres una persona que duerme en un sofá. Vamos a probar las dos cosas.
El apartamento tiene tres dormitorios, una bañera de mármol, un salón de setenta metros con un sofá blanco que nadie ha usado y una cocina que estrené el día que me mudé para calentar una taza de agua.
Abrí la nevera. Champán y un tarro de aceitunas.
Tenía razón Wendell: había elegido el tarro con mucho criterio.
Me senté en la encimera con el tarro y una hoja de un bloc de notas que usa el servicio de limpieza para dejarme recados que no leo. Escribí arriba: «Alguien que diga algo bueno de mí sin cobrar de esta casa». Debajo, una lista.
Eudora. Cobra.
Wendell. Cobra, y creo que me soporta.
Ansel. Cobra, y tiene acciones.
Pippa. Cobra. Corta limones con regla; no es una fuente fiable.
Otis. Cobra. Clasifica botones.
Amedeo Bertolazzi. Cobra. Me manda lana.
Augusta Pell. No cobra. Me detesta con cariño.
Cormac Brannigan. Aún no cobra.
Me quedé mirando el último nombre. Lo taché. Lo volví a escribir debajo. Lo taché otra vez. Dejé el bolígrafo. No era un nombre que tuviera que estar en esa lista: era el único de los ocho que ni siquiera había firmado, y encima ponía condiciones.
Comí tres aceitunas. Después, sin haberlo decidido, abrí en el navegador del móvil la etiqueta que llevaba tres días sin abrir.
Bajé sin buscar nada. «Es un témpano». «Es un robot con tacones».
«Cobra por respirar». Un chiste sobre mi cara.
Otro sobre mi mesa. Y, a la altura de la publicación mil doscientos, un mensaje sin foto, de una cuenta sin nombre: «Llevo tres inviernos con su abrigo azul.
Me lo puse para el entierro de mi padre y para la boda de mi hija. Que la dejen en paz».
Lo leí dos veces. No tengo cuenta, así que no pude contestar, y de todos modos no habría sabido qué decirle a una persona que ha enterrado a su padre con un abrigo mío. Dejé el móvil boca abajo sobre la encimera.
Vibró a los cuatro minutos. Era Eudora, que a las once y diez de la noche estaba despierta, y en Astoria.
«¿Estás en casa?».
«Sí».
«Mentira».
Le mandé una foto del tarro de aceitunas sobre la encimera de mármol. Tardó en contestar.
«Eso no es una cena».
«Es una cena de trabajo».
«Come algo de verdad y duerme, Saskia».
Un minuto después, Wendell: «Mañana. Il Cortile. Nueve. Ponte algo que no sea negro».
«Todo es negro».
«Ya lo sé. Es una sugerencia».
«Rechazada».
«Vale. Pero se lo he dicho a Eudora».
Dejé el móvil. Me miré la uña del pulgar bajo la luz de la cocina. La raya azul seguía ahí, fina y limpia. No había jabón en esta casa que la fuera a quitar, y comprobé que era verdad frotándola con el pulgar de la otra mano.
Después me metí en la web de la ópera con mi cuenta de abonada y busqué la butaca contigua, la de la fila cinco. Anular butaca para toda la temporada. Apareció un mensaje: «¿Está segura?».
Pulsé que sí.
Cuatro minutos después volví a entrar y la recuperé. Era mía, la pagaba yo y me gustaba estirar las piernas.