Capítulo 2 #3
—Porque tiene cara —dijo Clifton.
—Tiene una cara con seis operaciones —dije—. Yo tengo la mía de nacimiento.
—Y le ha salido regular —dijo Douglas, y se hizo un silencio que el propio Douglas no supo interpretar.
—¿Puedo? —dijo Priyanka. Ansel le cedió la palabra con la mano.
Ella giró la tablet hacia mí, aunque estaba conectada a la pared, y la mantuvo así, de cara a mí—.
Mi equipo ha analizado las cuarenta y siete mil menciones más compartidas de los últimos cuatro días.
En el noventa y cuatro por ciento no se habla del producto.
Ni de un abrigo, ni de un corte, ni de un precio.
La ropa de Merrow puntúa igual que hace un mes.
Quiero que quede claro: el problema no es lo que ustedes fabrican.
—Me alegra que la ropa esté a salvo.
—El problema es usted —dijo Priyanka con mucha tranquilidad—. O mejor dicho: la idea que tiene la gente de usted.
Ansel carraspeó y levantó el puntero.
—Con permiso. En doce años, esta empresa no ha tenido un solo trimestre de pérdidas después del primer ejercicio.
Margen operativo del veintitrés por ciento.
Once trimestres consecutivos de crecimiento.
Noventa y uno por ciento de retención en el atelier, que en este sector es un milagro que no se explica. Esas cifras las ha construido ella.
—Y son excelentes —dijo Clifton—. Por eso hemos llegado hasta aquí sin cortarle la cabeza. Pero las cifras no salen en los telediarios, Ansel. Sale una mujer bajándose de un coche sin mirar a nadie.
—Miro a los que me interesan —dije.
—Lo ve —dijo Clifton, y me señaló con el bolígrafo, encantado—. Eso es lo que sale.
—Y yo lo voy a decir sin adornos, que para eso me pagan —añadió, inclinándose sobre la mesa—.
Aquí no se vende ropa. Se vende a la señora que la firma.
Y la señora que la firma es, según setenta y un mil publicaciones, una mujer que nadie querría sentada a su mesa en Navidad. Fría. Inaccesible. Sola en una torre.
—Es un edificio de catorce plantas con mil cuatrocientos empleados. No es una torre.
—Sola en catorce plantas, entonces.
—¿Dónde pasó la última Navidad? —preguntó uno de los accionistas nuevos.
—En el atelier.
—¿Con quién?
—Con la lana.
—Yo pasé la mía con doce nietos, cuatro perros y una intoxicación por pavo —dijo Augusta Pell, sin que nadie se lo hubiera preguntado.
Todo el mundo se calló, porque es la única persona de esa mesa a la que no le hace falta levantar la voz—.
Fue la mejor de mi vida. Perdonen. Lo tengo que decir, y lo digo con todo el cariño del mundo.
Saskia, yo la conozco desde que era una chica con dos máquinas de coser y un sótano.
He leído el artículo. Sé que es delicado, pero yo he pensado: esta pobre criatura no ha tenido nunca una familia.
Nadie le enseñó lo que es. Y eso se nota.
—¿En qué se nota?
—En todo.
—Según la señora Deshmukh, en la ropa no se nota.
—En la ropa, no. —Acarició la cabeza de Sultán—. En usted. La veo en la ópera desde hace tres temporadas, querida. Sola. Con una butaca vacía al lado. A mí me da una pena que no se imagina.
—Compro dos butacas porque me gusta estirar las piernas.
Alguien tosió. Era el del micrófono apagado.
El bolígrafo se me partió en la mano. No lo noté hasta que sentí la tinta en la palma. Dejé los dos trozos sobre la carpeta y no me la limpié.
—No tengo familia, señora Pell. Tengo mil cuatrocientas nóminas y una participación suya del once por ciento que se ha multiplicado por seis desde que la compró. Si eso es lo que se nota en mi cara, tendría que estar encantada.
—Justo esa respuesta —dijo Clifton, y sonrió, con ganas— es la que nos ha hecho perder un nueve coma tres por ciento.
—En mi primer año perdimos dinero —dije— y ustedes me llamaban «promesa».
—En su primer año usted tenía treinta y dos años y una sonrisa —dijo la viuda del fabricante de botones, con mucha suavidad—. Fue una pena que se le acabaran las dos cosas a la vez.
Se me levantó una ceja sola. No la bajé.
En una de las pantallas, un hombre de gafas redondas levantó la mano con timidez.
—Perdón. Soy Watanabe, desde Tokio. ¿El perro va a salir en la campaña?
—No —dije.
—Qué lástima —dijo Watanabe, y apagó la cámara.
—Además, hay otro asunto —siguió Clifton, sin darse por aludido—. He comido esta semana con Ferdinand Lachaise.
—¿Con Lachaise?
—Con mucha gente, esta semana.
—Con Lachaise, sentado delante de un accionista mío.
—Delante de un accionista de cualquiera, Saskia. Me ha contado que Brannigan pone condiciones. Que Bellerose no las tiene.
—Están en negociación —dijo Ansel.
—Brannigan pone condiciones —dije—. Yo las estudio.
—¿Y las acepta? —preguntó Priyanka.
—Tres de cuatro.
—¿Y la cuarta?
—Es una tontería.
—Las tonterías —dijo Augusta— son lo único que piden las personas encantadoras. Ese muchacho de la valla de Times Square. Un cielo. Todo el mundo lo quiere.
—«Todo el mundo» es exactamente lo que necesitamos —dijo Clifton. Se enderezó y miró a Nils; Nils levantó la pluma—. Propongo un plazo. Junta general extraordinaria el lunes siguiente al desfile. Punto único del orden del día: nombramiento de un consejero delegado ajeno a la fundadora.
—Artículo catorce de los estatutos —dijo Nils, sin levantar la pluma—. La remoción del consejero delegado requiere mayoría simple del capital presente en junta general.
—Con lo que suman los presentes en esta sala —dijo Ansel, sin mirarme— y los que están conectados, son un cuarenta y dos coma cinco por ciento.
—La fundadora tiene el treinta y cuatro —dijo Nils, para que constara en acta.
—Y seis semanas y media para darnos una imagen que nos haga cambiar de idea —añadió Clifton—. Es generosísimo.
—No le pedimos que cambie —dijo Priyanka.
Habló despacio; era la primera vez que la oía hablar como una persona y no como un informe—.
Yo no creo que la gente cambie en seis semanas, y no lo pretendo.
Le pedimos algo más sencillo: que alguien diga en público algo bueno de usted que no cobre de esta casa.
—¿Algo bueno?
—Alguien a su lado. Un cónyuge, un socio, una amiga. Una madre adoptiva.
—Un perro —dijo Hollis, muy bajito.
—Un perro, no —dijo Augusta—. Sultán no lo admitiría.
—Estoy de acuerdo con la señora Deshmukh —dijo uno de los gemelos.
—Yo también —dijo el otro.
Se miraron por primera vez en once años. Nils lo anotó en el acta con un asterisco.
—Y le ponemos un primer hito —dijo Clifton, que se crece cuando alguien le da la razón—. A tres semanas vista. Una imagen, una sola, en la que la fundadora aparezca en público con alguien que no le deba el sueldo.
—¿Un hito?
—Un hito.
—¿Con quién?
—Con quien sea, Saskia. Es lo bueno del hito: no tiene por qué ser un hombre de Times Square. Puede ser una amiga. Un vecino. Un señor de una tienda de quesos.
—Mi madre va a una —murmuró Hollis, y Ansel le puso una mano en el brazo.
Me levanté. La americana tiró de los omóplatos. Me acordé de Cormac Brannigan con el brazo en alto y la manga colgando, y pensé que en algún punto de Manhattan había un hombre que había tenido razón y que en ese momento estaba desayunando tan tranquilo.
—Tendrán lo que piden —dije.
—¿Un perro? —preguntó Augusta.
—Una cara.
—Es lo mismo.
—No lo es.
Salí con la carpeta y la tinta en la mano. Detrás de mí oí cerrarse la libreta de Nils y a Clifton decir «sinergias», o algo peor.
* * *
Ansel me alcanzó en el pasillo, a la altura de los ascensores. Había perdido el color en algún momento de la reunión y seguía llevando la manzana en la mano.
—Has estado bien.
—He estado fatal.
—Has estado fatal con estilo. —Se secó la frente con el dorso de la mano—. Seis semanas y media. Es lo que hay. Lo de las butacas ha sido un error.
—Es verdad.
—Por eso.
—¿Quién le ha contado a Augusta lo de las butacas?
—Nadie. Va a la misma ópera, Saskia. Se sienta en la fila de detrás.
Hollis apareció con la carpeta azul y expresión de duelo. Venía con Sultán en brazos, porque Augusta se lo había prestado un momento para ir al baño y nadie había sabido decirle que no.
—Lo siento —dijo—. Se ha hecho pis debajo de tu silla.
—¿Qué?
—Un charquito. Nils lo ha tapado con una hoja del acta. Lo bueno es que los perros solo marcan lo que consideran suyo.
—Que se lo quede.
Sultán me ladró una vez, corto, y Hollis se lo llevó de vuelta por el pasillo a paso ligero, con la barbilla levantada para no rozar el lazo.
Augusta Pell apareció por el pasillo con el bolso colgado del antebrazo, el pequinés devuelto a su cojín en brazos de un chófer con gorra que la seguía a un paso, sin mirar a nadie.
—Querida. Un momento.
Ansel se retiró con mucha discreción, arrastrando a Hollis de la manga.
—Sé que ha dolido —dijo Augusta—. Lo de la familia. No te voy a mentir: lo he dicho para que doliera un poco. Pero no lo he dicho por crueldad.
—Ha sonado a crueldad.
—Suena a lo que es: una vieja con un perro que dice lo que piensa. —Acarició a Sultán—. Te voy a contar por qué compré el once por ciento.
—Porque Merrow cotizaba y usted tenía dinero.
—Porque una noche, hace doce años, fui a un sótano de Queens porque una amiga me dijo que había una chica con talento y dos máquinas de coser. Me senté en una silla plegable. En la sala éramos siete. Seis de ellos los habías contratado tú para hacer bulto.
Apreté la carpeta contra la cadera.
—¿Cómo lo supo?
—Porque uno se comió un bocadillo de atún en plena presentación, con el papel y todo.
Y porque cuando terminó el desfile me quedé esperando a que salieras a saludar, para aplaudirte, y no saliste.
—Se ajustó el bolso—. Yo era la única persona de aquella sala que no cobraba de ti.
Aplaudí igual. Sola. Tres minutos. Me dolían las manos.
Alguien había pulsado el botón. El ascensor llegó y se quedó abierto, sin que nadie lo cogiera ni lo cerrara. Pasó un tiempo que no sé medir.
—No me lo dijo nunca —dije.