Capítulo 2 #2
—Es una amenaza, Saskia.
—Es información con futuro.
Wendell no dijo nada más. Se levantó, se ajustó la tablet contra el pecho y dejó en mi mesa un vaso de agua con gas y una rodaja de limón de tres milímetros que alguien había cortado a las seis de la mañana, con regla.
A las siete y cincuenta y dos, la recepcionista llamó a Wendell y Wendell me llamó a mí.
—Hay un hombre en la puerta con tres maletas.
—¿Y?
—Dice que viene de parte de Bertolazzi. Va de uniforme.
—¿De qué?
—De piloto.
Bajé. Wendell me siguió con la tablet pegada al pecho.
En el vestíbulo, junto al mostrador, había un hombre de unos treinta años, moreno, con camisa blanca de piloto de línea, hombreras torcidas y una mancha de sudor en el cuello.
A su lado, en fila, tres maletas de aluminio del tamaño de un baúl.
Las había colocado como para una presentación.
—Signora Merrow. —Se cuadró—. Matteo Bertolazzi. Sobrino de Amedeo. Piloto.
—Pedí lana.
—Y un piloto. Mi tío dijo: «La signora ha pedido un piloto», y yo soy piloto.
—Abrió las manos—. Aterricé anoche en mi vuelo de Milán.
Los rollos vienen conmigo, facturados como equipaje personal.
Trescientos metros exactos. Me han cobrado el exceso.
Mi tío dice que se lo pase a usted, pero yo le he dicho que no, que lo pago yo.
—¿Cuánto?
—Cuatro mil doscientos dólares.
—Wendell.
—Apuntado —dijo Wendell—. Le abonamos el exceso hoy mismo, señor Bertolazzi.
—Matteo, por favor. —Sacó un sobre del bolsillo de la camisa y me lo tendió con las dos manos—. Mi tío llega mañana en un vuelo normal, sin lana. Quiere pedirle perdón en persona y quiere invitarla a cenar. Dice que la cena la paga él y el perdón también.
—No ceno con proveedores.
—Cena —dijo Wendell.
Me volví hacia él.
—Aceptamos. Mañana, a las nueve. Ya he mirado tu agenda: estás libre. —Tocó la tablet—. Es un proveedor, es trabajo. Y si alguien te saca una foto, saldrás con un señor de setenta años que te pide perdón por una huelga. Eso también suma.
—Hollis te ha contagiado.
—Hollis acierta dos veces al año, y esta es una.
—Il Cortile —dijo Matteo, encantado—. En Greenwich Village. Mi tío dice que es la única trattoria de Nueva York donde no ponen piña en nada.
Firmé el recibo apoyándome en una de las maletas. Dos mozos se llevaron los rollos hacia el montacargas. Matteo se quedó en el vestíbulo con las hombreras torcidas y los brazos, por fin, sueltos.
Arriba abrí el sobre. Dentro había una tarjeta escrita a mano en un inglés heroico: «Se ruega perdón. Amedeo B.». La guardé en el cajón. Wendell no dijo nada, y tampoco preguntó por qué.
A las ocho y cuarto me llamó Eudora desde el once. No dijo hola.
—Doscientos ochenta y ocho.
—¿Doscientos ochenta y ocho qué?
—Metros. He medido los tres rollos dos veces, con Otis y con Noor. Doscientos ochenta y ocho.
—Son trescientos exactos. Lo ha dicho el piloto.
—El piloto no ha medido. Faltan doce, Saskia.
Colgué. Bajé la escalera otra vez, esta vez sin prisa y con los pies bien.
En la mesa de corte, los tres rollos desenrollados a lo largo, marcados con tiza cada metro.
Otis y Noor, uno a cada extremo, sosteniendo las puntas con las dos manos y sin mirarme.
Eudora, con el metro amarillo, recorriendo la última tanda.
—Doce metros —dijo, sin levantar la vista—. Con doce metros hago dos abrigos y una chaqueta.
—Los doce metros los tiene Bertolazzi.
—Los tiene un camión detenido en Génova, si a tu amigo le queda algo de honor.
Llamé al móvil de Matteo con el altavoz puesto. Contestó desde un taxi.
—Faltan doce metros —dije.
—Ah. —Se hizo un silencio breve, con acento—. Mi tío sale hoy de Milán y llega mañana. Él le explica lo de los doce metros.
—¿Lo de los doce metros?
—Tal vez la lana tenía que pesar más de lo que pesaba. Se lo digo a mi tío.
Colgué.
—Cena —dijo Wendell, que me había seguido con la tablet—. Mañana a las nueve.
—Ya lo sé.
—Solo lo recordaba.
—Lo sé.
Eudora nos miró a los dos por encima de las gafas.
—Si le cobras los doce metros a ese hombre —dijo—, que sea con intereses.
—Cobro siempre con intereses.
—Ya lo sé —dijo Eudora—. Es el único motivo por el que te aguanto.
* * *
A las nueve y cuarenta y cinco me encerré en el baño del once, que es el único donde no me busca nadie, con la carpeta en el borde del lavabo, y ensayé.
—Buenos días. Me alegra veros a todos.
Me miré. Tenía la mandíbula de una persona que reza un responso.
—Buenos días. Me alegra que hayan venido.
Peor. Sonaba a funeral con seguro médico.
—Buenos días. Gracias por venir. —Levanté las comisuras—. Me gusta mi trabajo.
Eso me salió casi humano hasta la última palabra, y en «trabajo» la cara se me puso de despedir a alguien.
Abrí el grifo. Me lavé las manos por hacer algo. Detrás de mí se abrió la puerta de un compartimento y salió Noor, con la cara mojada y las manos a medio secar. Nos miramos las dos en el espejo.
—Señora Merrow.
—Noor.
—Yo estaba... —Se quedó quieta—. Salgo ya.
—¿Me has oído?
—No. —Cerró los ojos un segundo—. Sí.
—¿Y qué te ha parecido?
Noor tardó en contestar. Se secó las manos con papel, hizo una bola y la tiró a la papelera con muy buena puntería.
—Lo de «me gusta mi trabajo» ha estado bien —dijo—. Si no lo dice con esa cara.
—¿Con qué cara?
—La de la manga izquierda del martes.
Salió. Me quedé sola con el grifo abierto y el espejo. Ensayé «me gusta mi trabajo» cuatro veces más, con una cara que intentaba no ser la de la manga izquierda. No lo conseguí. Cerré el grifo.
* * *
La sala de juntas ocupa el fondo de la planta catorce: una mesa de doce metros, veinte sillas y un ventanal con vistas al Hudson que Ansel sostiene que da confianza y que yo sostengo que da vértigo a los accionistas de más de setenta años.
A las diez menos dos entré por la puerta del fondo con la carpeta bajo el brazo y la americana negra que la noche del martes había descubierto que me tiraba de los omóplatos y que ahora notaba en cada respiración.
Ya estaban casi todos. Nils Brandvold, secretario del consejo, con su pluma y su libreta de actas abierta en la fecha.
Ansel, a la derecha de mi silla, con la carpeta de gráficas y la manzana de la mañana sin morder.
Hollis, en el extremo, con el mando del proyector.
Wendell de pie junto a la puerta con la tablet.
Nueve accionistas más, con sus abogados detrás, repartidos por los lados de la mesa.
Y en la pared, en cuadraditos, tres caras de fondos con el sonido a medias.
De los nueve accionistas conocía a seis: un cirujano jubilado que solo habla de la bolsa de Tokio; la viuda de un fabricante de botones; dos hermanos gemelos que llevan once años sin dirigirse la palabra y votan siempre lo mismo; y un hombre calvo que se llama Douglas y pregunta en todas las juntas si hay aparcamiento.
Los otros tres eran nuevos y, por cómo miraban a Clifton, eran suyos.
En el centro del lado largo, en tres sillas contiguas, estaban Clifton Rusk, Priyanka Deshmukh y Augusta Pell.
Clifton Rusk tiene cuarenta y siete años, un fondo activista de nombre corto y la cara de un club de golf.
Dice «sinergias» sin ironía. Priyanka Deshmukh, del Fondo de Pensiones del Medio Oeste, es la del traje gris y la tablet, y tiene la costumbre de dejar hablar a los demás antes de hablar ella, cosa que me irrita porque funciona.
Augusta Pell tiene setenta y dos años, el once por ciento de Merrow, una chaqueta de tweed de los años ochenta y, sobre las rodillas, en un cojín de terciopelo, un pequinés llamado Sultán con un lazo azul en la cabeza.
—Buenos días —dije, y me senté.
—¿Podemos empezar? —dijo Douglas—. He dejado el coche en doble fila.
Sultán me miró. Yo lo miré. Ninguno de los dos apartó la vista primero, y tuve la impresión de que el perro había leído el artículo.
Ansel se puso de pie con el puntero.
—Voy a ser breve, porque los números lo son. Cuatro sesiones: menos tres coma ocho, menos dos coma seis, menos uno coma nueve y, esta mañana, a la apertura, menos uno. Nueve coma tres por ciento acumulado. Quinientos sesenta millones de dólares de valor de mercado desaparecidos desde el domingo.
—Es lo que cuestan tres desfiles como el de la temporada pasada —dijo Clifton—. Uno por sesión.
—Cuatro sesiones —dijo Priyanka sin levantar la vista de la tablet.
—Uno por sesión y sobra —rectificó Clifton, que cuando pierde una cuenta no lo admite—. Yo lo llamo por su nombre: es una hemorragia.
—Es una corrección —dije.
—Es una hemorragia, Saskia, y se lo digo con toda la amabilidad de la que soy capaz.
—Su capacidad es conocida.
Nils anotó algo. Espero que fuera la frase.
—Hollis —dijo Ansel—. Por favor.
Hollis se puso de pie y pulsó el mando. En la pared, sobre un fondo blanco, apareció una frase en letras de color rosa: MERROW: HAY ALGUIEN EN CASA.
—¿Quién ha escrito eso?
—Es un eslogan provisional.
—Hay alguien en casa. Suena a película de terror.
Alguien se rio en una de las pantallas y apagó el micrófono a toda prisa. Priyanka bajó la cabeza y se tapó la boca con el puño, muy digna.
—El eslogan es lo de menos —dijo Hollis, que había ensayado esa frase delante del espejo—. Pasemos a la segunda diapositiva. La humanización de la marca descansa en tres ejes: la persona, el vínculo y el afecto.
Pulsó. En la pared apareció un labrador dorado, sobre una alfombra, con la lengua fuera.
Sultán se levantó del cojín, se subió a las rodillas de Augusta y ladró. Fue un ladrido corto, agudo y sostenido, y no paró. Augusta lo cogió en brazos.
—Sultán, cariño. Sultán. —Levantó la vista—. Tuvo una experiencia desagradable con un labrador en Southampton. No los soporta ni en fotografía.
—Quita eso —dije.
Hollis pulsó otra vez. La pared volvió al blanco. Se sentó despacio, junto a Wendell, que le acercó una silla.
—Ya te dije que un perro suma tres puntos —murmuró.
—Ese perro me ha restado cinco.
—Mientras tanto —dijo Ansel, que había decidido continuar de todas formas—, Bellerose ha subido un dos coma cuatro en la semana.