Capítulo 2
Dejé el patrón impreso sobre la mesa de corte a las siete y media, con los cuatro bordes alineados, y no dije de quién era.
En la mesa de Otis había cuarenta y una cajitas etiquetadas, una por tono de botón. Cogí una al azar, la puse a contraluz y la dejé donde estaba. En esta casa, eso es un ascenso.
Eudora acababa de llegar. Seguía con el abrigo puesto y llevaba en la mano una bolsa de papel de una panadería griega de Astoria. Se sentó, se subió las gafas a la frente, desdobló el patrón y lo recorrió con el dedo desde el cuello hasta el bajo. Se detuvo en la sisa.
—Un centímetro y medio más abajo.
—Sí.
—Y la espalda, dos más.
—Sí.
—Es lo que te dije en la segunda prueba.
—Es idea tuya —dije—. Lo he estado pensando y es idea tuya.
—Sé de quién es la idea, Saskia. —Sacó de la bolsa un pastel de hojaldre y lo dejó encima del patrón, justo sobre mis cifras—. Yo te lo dije en la segunda prueba y él te lo dijo ayer con el brazo en alto. Teníamos la misma razón los dos. A él lo has escuchado.
—No lo he escuchado. Se rompió la chaqueta.
—Es una forma de escuchar. —Empujó el pastel hacia mí con dos dedos—. Cómetelo.
—No desayuno.
—Pues cómetelo sin desayunar. Si mañana lo encuentro en esta mesa, te lo meto en el bolso.
Me lo llevé. Lo comí camino del ascensor, con la otra mano debajo para no dejar migas en el pasillo.
* * *
A las nueve y diez, Wendell me puso delante el contrato revisado. Sí a la sisa, sí a los martes por la noche, sí a un plus para Pippa —«por servicios de limón», había escrito él en la cláusula, y nadie lo había tachado—; no a la cuarta.
—Va a decir que no —dijo.
—Probablemente.
—Y entonces no habrá Brannigan.
—Entonces habrá una junta sin cara, y la ganaré igual.
Wendell no contestó. Tiene una manera de no contestar que ocupa el sitio de una frase entera.
Mandé la contraoferta a Gilda a las nueve y cuarto. No respondió en todo el miércoles: ni a las llamadas de Wendell, ni al correo, ni al segundo correo, que Wendell redactó con «urgente» en el asunto y al que Gilda contestó a las once de la noche con un pulgar hacia arriba que no significaba nada.
* * *
A las once y media llegó Dagmar Quist, jefa de casting, cincuenta y tantos años, chaqueta de cuero, gafas de pasta y una tablet con seis candidatos «por si acaso».
—Por si acaso, no —dije—. Lo que hay son seis planes B, y un plan B es un plan A que se ha rendido antes de empezar.
—Míralos y luego lo dices.
Se sentó en una de las butacas serradas, cruzó las piernas a la altura de la oreja y fue pasando fotografías.
—Trevor. Veintiocho años, un metro ochenta y ocho, campaña de vaqueros.
—Sonríe como un dentista.
—Es una sonrisa carísima.
—Es una sonrisa que dice «no le va a doler». Nadie paga mil quinientos dólares por un abrigo a quien le promete que no le va a doler.
—Kade. Treinta y uno. Camisa blanca en tres portadas.
—Tiene cara de ministro.
—Es serio.
—Es un ministro con talento. Siguiente.
—Malachi. Veintiséis.
—Se le ve el alma.
—¿Y eso es malo?
—Es lo primero que se ve, y esto es un desfile, no una confesión. Siguiente.
—Anders.
—No.
—Ni lo has mirado.
—Se llama Anders. Con eso me llega.
—Rafferty. Metro noventa y cinco. Rostro de dos perfumes.
—Tiene los ojos demasiado juntos.
—Están a la distancia estándar, Saskia.
—Estándar. Exacto. —Me eché hacia atrás—. Dagmar, ¿tú cuántas veces has visto a un hombre entrar en una sala y que el ambiente cambie?
Dagmar se quitó las gafas y las dejó sobre el muslo.
—Con Brannigan, cada vez. La gente lo mira y se siente mejor consigo misma. No sé por qué. He hecho castings veintidós años y no lo he visto en nadie más.
—Eso no es una cualidad. Es un efecto secundario.
—Pues es el efecto secundario que necesitas. Los otros seis son modelos. Ese es un milagro.
—Los milagros tienen agente.
—Y la de este no coge el teléfono. —Se puso de pie—. Piénsalo. Si el viernes no hay nada, te traigo a Trevor con un curso de mala cara.
—¿Mala cara?
—Tiene una en algún sitio. Se la sacamos.
—Fuera, Dagmar.
Salió dejando la tablet en la mesa. Wendell la recogió sin decir nada. Antes de irse, la giró hacia mí una última vez, con Trevor sonriendo desde la pantalla.
—Esa sonrisa —dije— tiene un empaste.
* * *
A la una llegó Lorraine Pettibone, compradora jefe de Harlan & Moss, los grandes almacenes que venden el sesenta por ciento de Merrow en la costa este. Comimos en mi despacho: yo, una ensalada que no probé, y ella un sándwich de pavo que se terminó entero mientras hablaba, cosa que admiro.
—Mis clientas me preguntan por el artículo —dijo—. Todas. Una señora de Greenwich me lo dijo mientras se probaba un abrigo tuyo: «Me encanta, pero ¿es verdad que ella es un témpano?».
—¿Le devolvió el abrigo?
—Se llevó dos.
—Entonces no es verdad en lo que importa.
—Es verdad en lo que les importa a tus inversores. A mí solo me importa que se vende. —Se limpió una miga de la comisura—. Cuatrocientos abrigos más para la primera entrega. Pero necesito que me des algo para el escaparate.
—¿Algo?
—Una frase. Una cita tuya, humana y corta, para poner en un cartelito al lado del abrigo.
—«Abrigo de lana virgen, forro de seda, cuatro mil dólares».
—Eso es una etiqueta.
—Es la frase más humana que conozco. Dice lo que cuesta.
—Vas a acabar mal.
—Voy a acabar con cuatrocientos abrigos más en tu escaparate.
—Cuatrocientos cincuenta. —Alargó la mano por encima de la mesa—. Por el cartelito.
Se la estreché. Se fue limpiándose los dedos con la servilleta y en la puerta se giró.
—Saskia. Un consejo de compradora: se te ve mejor cuando no estás pensando en cómo te ven.
—Lo tendré en cuenta.
—No lo vas a tener en cuenta.
—No. Pero gracias.
* * *
Hollis se presentó a las cuatro de la tarde con una mujer de treinta y pocos años, rizos oscuros, vestido de lino y un micrófono de mano.
—Tamsin Kessler —dijo—. De «Lo que llevamos dentro». Es un pódcast de bienestar. Ochocientos mil oyentes.
—No.
—Es un calentamiento. Diez minutos. Ya está grabando.
—Hollis.
—Ya está grabando —repitió, y se retiró hacia la puerta, donde Wendell le hizo sitio con una reverencia mínima.
Tamsin se sentó en una de las butacas serradas. Se quedó con las rodillas a la altura del pecho, sonriendo, y decidió que era una postura íntima.
—Saskia, gracias por recibirme. Voy a empezar por algo sencillo. ¿Cómo estás hoy?
—Ocupada.
—¿Y por dentro?
—Por dentro, también.
—Vale. —Sonrió sin enseñar los dientes y miró sus notas—. Cuéntame un recuerdo feliz de tu infancia.
—No.
—¿No tienes ninguno o...?
—No hago pública mi infancia.
—Entonces te propongo un juego. Si tuvieras que describirte como un animal, ¿cuál serías?
—Un notario.
—Un notario no es un animal.
—Es lo más parecido que conozco. Pasa la vida en silencio y, en cuanto alguien firma, cobra.
Tamsin apuntó algo. En la puerta, Hollis se pasó la palma de la mano por el cuello, de lado a lado. Wendell le apartó el brazo.
—¿Qué te da paz, Saskia?
—La lana buena.
—¿Y hay alguien con quien compartas esa paz?
—Eudora.
—¿Tu pareja?
—Mi jefa de patronaje. Tiene sesenta y dos años y un marido en Astoria.
—Ah. —Tamsin dejó el micrófono sobre la rodilla—. Vale. Creo que tengo material para... tres minutos.
—Tres minutos son demasiados —dije—. Que no lo publiquen.
—Lo borro yo —dijo Tamsin, poniéndose de pie muy despacio—. Creo que necesito dar un paseo.
Salió por delante de Hollis sin mirarlo. Hollis se quedó en el umbral con la carpeta azul apretada contra el pecho.
—Ha sido peor de lo que esperaba —dijo.
—¿Cuánto esperabas?
—Poco. Me equivoqué.
* * *
Eudora terminó a las ocho y media de la noche. La Número Uno, versión siete, con la sisa un centímetro y medio más baja, la espalda dos centímetros más ancha y las mangas cosidas de verdad, no hilvanadas. La colgó de una percha en el centro del atelier y se apartó tres pasos.
—¿La pruebo en Otis? —preguntó.
—No. Empaquétala.
—¿Para quién?
—Ya sabes para quién.
—Saskia, ¿le has mandado alguna vez un regalo a alguien?
—No es un regalo. Es un prototipo. Se prueba y se devuelve.
—Ah. Un prototipo. —Eudora dobló el papel de seda con mucho cuidado—. Esa palabra la uso yo también, cuando le llevo una tarta a alguien.
Wendell consiguió la dirección de Brannigan a las diez menos veinte, por métodos que no quise conocer. A las diez y cuarto salió el mensajero con la caja, sin nota.
—¿Sin nota? —dijo Wendell.
—Las cosas se explican solas.
—Las cosas no se explican solas, Saskia. Hacen ruido.
Se quedó junto a la caja unos segundos más. Yo miré el móvil. Por el rabillo del ojo lo vi meter algo bajo el papel de seda antes de cerrar la tapa. No pregunté.
* * *
El jueves me desperté a las seis menos veinte en el sofá italiano, con la marca de un cojín en la mejilla y el móvil vibrándome en el pecho.
Era Ansel: «Hoy, sonríe lo justo». Lo borré.
Me duché en el baño de la planta, me puse la americana negra, la que me tiraba, y me miré en el espejo con los brazos levantados.
Me tiraba. Pensé en cambiarme y me quedé un rato pensando en lo absurdo que era cambiar de americana por un centímetro de espalda. Me la dejé puesta.
Wendell llegó a las siete menos cuarto con la tablet y un aspecto de haber dormido en su casa, cosa que aprecié en silencio.
—Brannigan —dijo, y se sentó en una de las butacas serradas sin quejarse—. Tres días de trabajo. Lo que le da miedo.
—Dime.
—Las palomas.
—¿Perdón?
—Las palomas. Tiene fobia. Hay una foto de hace siete años, del cumpleaños de su hermano Fergal, en Providence: Cormac subido a un banco, con los ojos desorbitados, y una paloma en el suelo con una miga de pan.
El pie de foto dice, literalmente: «Doce años de modelo, cuarenta países, y una paloma le gana».
—Palomas.
—Y perder el tren de las siete y doce a Providence los domingos. Es lo que más repite en las entrevistas: que su madre lo espera.
—Eso no es un miedo. Es un horario.
—Yo solo transmito.
Apunté «palomas» en una nota adhesiva y la pegué en el borde del monitor, que desde el martes ya no cojeaba.
—¿Qué vas a hacer con las palomas?
—Todavía nada. Es información.