Capítulo 1 #4
—Pero le gustaría volver a hablar. Con cuatro condiciones. —Oí un papel—. Una: que le rehagan la sisa a esa chaqueta. Dos: los martes por la noche los tiene libres de por vida, pasarelas incluidas. Tres: un plus para una chica que se llama Pippa.
—¿Un plus?
—Por el limón, dice Cormac. No he entendido el motivo y no he preguntado. Y cuatro. —Hizo una pausa que sonó a humo—. Que usted salga a saludar al final del desfile.
—No.
—Es una condición.
—Es una tontería. Yo no salgo.
—Pues sin la cuatro no camina. Le diría que se lo piense, señora Merrow, pero conozco a Cormac desde que tenía veintidós años y nunca ha pedido nada. Ni una toalla más grande en un camerino. Que pida esto me llama la atención.
—Lo pide para fastidiarme.
—Probablemente. Con Cormac, fastidiar y hacer las cosas bien van por el mismo pasillo. Piénselo. Bellerose, por cierto, no ha puesto ni una condición. —Se rio, antes de tiempo—. Y se nota.
Colgó ella. Nadie cuelga antes que yo. Wendell, en la puerta, esperó un segundo prudente.
—Te ha colgado.
—Lo he notado.
—Es la segunda persona que lo consigue.
—¿Quién fue la primera?
—Eudora, el martes pasado.
* * *
A las cuatro de la tarde me llamó Ferdinand Lachaise. Lo hizo a mi móvil personal, que solo tienen once personas, y ninguna es Ferdinand Lachaise.
Ferdinand dirige Bellerose desde hace veintidós años.
Tiene una voz de barítono con la que podría leerme la lista de la compra y sonaría a pésame.
Fue el primer hombre que me dijo que una mujer sin apellido de casa de modas no iba a durar ni cinco años en Nueva York, y todavía no me ha dado explicaciones.
—Querida Saskia. He leído lo del domingo. Qué injusto, qué cruel. No sabes cuánto lo he sentido.
—Se te nota en la voz.
—Y qué casualidad: me dicen que el señor Brannigan ha pasado hoy por tu casa.
—¿Quién te lo dice?
—Nueva York es un pueblo con rascacielos, querida. Se sabe todo. —Se rio bajito—. Yo le he ofrecido tres años de contrato, más la campaña del perfume. Y unas flores. A ti, ya sé, no te gustan las flores.
—Se mueren.
—Los contratos también, Saskia, cuando los firma un hombre que no quiere. Piénsalo. Y si el día del desfile te falta una cara, llámame. Puedo prestarte alguna.
Colgué sin decir adiós, que es la única manera de ganarle.
Wendell estaba en la puerta. Tenía la costumbre de aparecer cuando yo acababa de colgar, y nunca me había explicado cómo lo hacía.
—Bellerose le ha ofrecido tres años —dijo.
—Ya me he enterado.
—Y tú, siete semanas.
—Trae la agenda de mañana. Y busca a Gilda, la agente. Quiero su móvil, su dirección, el nombre de su perro y qué desayuna.
—¿Y si no tiene perro?
—Todo el mundo tiene perro. Esa gente siempre tiene perro.
* * *
A las siete, Wendell dejó sobre mi mesa una bolsa de papel con un recipiente de pad thai y un tenedor de madera, sin decir nada.
Me lo comí de pie junto a la ventana, mirando cómo se encendían las luces de Jersey al otro lado del río.
Aprendí a comer de pie a los nueve años, en una casa de acogida de Youngstown donde el que llegaba tarde a la mesa se quedaba sin silla. Nunca lo he corregido. Es más rápido.
A las ocho llegó Ansel en persona, con una carpeta de gráficas en color y una manzana que se comió de pie delante de mi mesa porque no había probado bocado en todo el día. Venía a ensayar.
—Jueves, a las diez —dijo, con la boca llena—. Doce accionistas relevantes en la sala. Tres fondos por teléfono. Y Augusta Pell.
—Augusta no me cae mal.
—Augusta te teme, que es distinto. Y desde el domingo llama a los demás para decirles que el problema eres tú. —Tiró el corazón de la manzana a la papelera; falló; lo recogió—. Necesitamos que entres en esa sala y les des algo. Una cifra, una cara, una historia.
—Les doy resultados. Merrow ha crecido un dieciocho por ciento en tres años.
—Los resultados están muy bien y hoy no le importan a nadie. Hoy quieren que caigas bien.
—Es absurdo.
—Es un mercado. —Se sentó en una de las butacas serradas sin inmutarse; lleva doce años trabajando conmigo y nunca se ha quejado de las patas—. Prueba.
—¿Que pruebe qué?
—Sonríe.
—No.
—Una sola. Quiero ver cómo sale.
Me miré en el cristal de la ventana, que a esa hora hace de espejo. Levanté las comisuras de la boca. Ansel me observó con la cabeza ladeada y una mueca de dolor.
—¿Qué?
—Es la cara que pones cuando vas a despedir a alguien.
—Es mi sonrisa.
—Es tu sonrisa de despedir a alguien. Prueba otra.
Probé otra. Ansel se llevó la mano a la frente.
—Esa es la de despedir a alguien y disfrutarlo.
—Esta conversación no...
—Lo sé. Es ridícula. —Se levantó; le crujió una rodilla—. Escucha. Si el jueves no traes a Brannigan, traes otra cosa. Algo con pulso. No sé, Saskia. Un marido, un hijo, un perro, alguien que te espere. Hollis dice que es lo que buscan.
—Hollis dice muchas cosas.
—Hollis suele acertar en las que cuestan dinero. —Cogió la carpeta—. Te doy dos días.
—Y si no hay marido, ni hijo, ni perro.
—Entonces que haya un hombre de metro noventa firmando un contrato. Y ojalá tenga mejor sonrisa que tú.
—Ansel.
—¿Qué?
—Tienes un trozo de manzana en la corbata.
Se lo quitó, lo miró y se lo comió. Salió.
* * *
El atelier terminó a las once y media de la noche.
Manga de Otis rehecha con la lana buena, cuatrocientos botones clasificados por tono, pinza del frontal derecho bajada medio centímetro, hilo blanco fuera.
Lo revisé todo dos veces y no dije nada, que es mi forma de decir que está bien.
Eudora se puso el abrigo sin mirarme. En la puerta se volvió.
—Vete a casa.
—Me voy.
—Mentira.
Se fue.
A las doce solo quedábamos en el edificio el vigilante de la planta baja y yo. La acción había cerrado con un dos coma seis por ciento menos. Ansel lo había resumido en un mensaje de una línea: «Hoy, menos 2,6. Jueves, a las diez». No contesté.
Bajé a la cocina del once a por hielo. Había luz.
Pippa estaba de pie delante de la encimera con una tabla, un cuchillo pequeño, una regla y unos treinta limones.
Había cortado cuarenta rodajas, más o menos, y las tenía alineadas sobre una bandeja de papel, por orden de grosor.
Al verme, dejó el cuchillo con mucho cuidado.
—Señora Merrow.
—¿Qué es esto?
—Estoy practicando. —Miró la bandeja—. Tres milímetros. Los he medido. Es que quiero hacerlo bien y no sé cuál es la rodaja que usted quiere.
—La que no es un gajo.
—Eso ya lo sé. Pero hay rodajas de dos milímetros, de tres, de cuatro...
Cogí una. Redonda, fina, con la muesca en el borde. Cogí otra. Igual. La tercera tenía el canto más grueso por un lado.
—Esta está torcida.
—Sí. Es la del principio.
—Todas las demás son buenas. Tira esa.
—Sí, señora Merrow.
—Y vete a casa, Pippa.
Se quedó con la boca un poco abierta. Era la primera vez en dos meses que yo decía su nombre. Lo supe al decirlo, y ella también.
—Mañana a las diez quiero el agua —añadí—. A las diez. No a las diez y un minuto.
—Sí, señora Merrow. A las diez.
Cogí el hielo. Al salir la oí abrir el grifo y ponerse a fregar la tabla. Tardó mucho en irse. No me ocupé de comprobar cuánto.
Subí a mi despacho. La chaqueta de hombre seguía en la butaca serrada, con la manga colgando.
Me quité mi americana negra, me la volví a poner y levanté los brazos delante del espejo.
Me tiraba de los omóplatos. La llevo desde hace cinco años y no lo había notado nunca, porque yo no levanto los brazos; hago que los levanten otros.
Abrí el patrón de la Número Uno en el ordenador. Bajé la sisa un centímetro y medio y abrí la espalda dos. Lo probé en pantalla con el maniquí en tres posturas. Lo probé otra vez.
A la una y diez busqué a Cormac Brannigan en internet.
Encontré una entrevista de hace un año. La periodista le preguntaba si no se cansaba nunca de sonreír.
Contestó: «Tengo cuatro hermanos, señora.
Si no sonrío, me quitan el postre». La periodista se rio.
Yo paré el vídeo, lo rebobiné y lo puse otra vez. Luego lo cerré.
A la una y cuarenta me llegó un mensaje de Wendell: «El vigilante me escribe cuando te quedas.
Vete a casa». Contesté: «No». Al minuto: «Sobre Brannigan, nada.
Cuatro hermanos, una madre con panadería, una hipoteca normal, ningún vicio.
Tiene un seguro dental excelente». Contesté: «Sigue buscando».
«¿Qué quieres que busque?». «Lo que no encuentras». No contestó.
A las tres y diez guardé el archivo como «Chaqueta 1, versión 7».
No se lo mandé a nadie, que es lo que hago con las cosas que no quiero que nadie sepa que he rehecho.
El ejemplar de The Ledger seguía sobre la mesa, doblado en cuatro.
Lo puse debajo de la pata del monitor, que llevaba meses cojeando.
Por la mañana le diría a Eudora que la idea había sido suya. Casi era verdad.