Solo una vez (Humor 3) Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

—Los hombres que tú conoces. —Volvió a la pared y señaló una lámina que había al final, medio tapada por el marco de la de al lado: un jersey de cuello alto en lana cruda, con las mangas remangadas—. Este me gusta. Este me lo pondría un sábado sin que me lo pidiera nadie.

—Ese está descartado.

—Pues recupéralo.

—Yo decido lo que se recupera.

—Claro. —Sonrió—. Por eso te lo digo a ti.

El teléfono le vibró en el bolsillo. Lo sacó, miró la pantalla y torció la boca.

—Mi madre. Ahora no.

—Conteste.

—Es una reunión de trabajo.

—Conteste, o llamará a su hermano, y su hermano, a la policía. No quiero policías en mi edificio.

—Es exactamente lo que hace. —Descolgó—. Mamá. Estoy en una reunión... Sí, he comido. Un bocadillo... No, un bocadillo de verdad, con pan. —Se apartó el teléfono de la oreja, tapó el micrófono con la palma y me dijo—: Perdona, dos minutos.

—Tiene uno.

—Sí, mamá... Con la señora del artículo... No, no lo he firmado. —Me miró de reojo—. Pues eficiente. Muy eficiente... No, eso no se lo voy a decir, mamá... Que sí. Un beso. Adiós. Adiós, mamá. Adiós.

Colgó.

—¿Qué es lo que no iba a decirme?

—Nada.

—Dígamelo.

—Que si estás tan sola como pone el periódico, el domingo hay cordero. —Se guardó el teléfono—. Mi madre invita a cenar a cualquiera que salga en un periódico, sobre todo si sale mal.

—Dígale a su madre que tengo un compromiso.

—¿Cuál?

—Todos.

Sonrió con el hoyuelo.

Abrí la carpeta sobre la mesa y me quedé de pie.

—Merrow Hombre. Cuarenta y dos looks. Desfile de presentación en la Semana de la Moda de Nueva York, dentro de siete semanas.

Usted abre y usted cierra. Cara de la campaña durante dos temporadas, exclusividad de pasarela y un millón doscientos mil dólares por el conjunto, más el porcentaje de la línea que figura en la página tres.

—Es mucho dinero.

—Es lo que vale.

—¿Para mí o para ti?

—Para mi balance.

—Ah, el balance. —Se recostó del todo—. Sí, me han dicho que el lunes estuvo un poco flojo.

Doblé la esquina de la carpeta con el pulgar hasta que se quedó doblada.

—Le pago para que camine por una pasarela. No para que lea la sección de bolsa.

—La leo porque mi hermano Fergal nos hace jugar a la bolsa a todos con cuarenta dólares desde hace tres años. Se me da mejor de lo que crees. —Sonrió—. Y a ti, hoy, se te da regular.

—Además, usted dejó las pasarelas hace dos años.

—Porque me aburrían. Cuatro minutos andando en línea recta para que cuarenta personas apunten en el móvil qué talla eres.

—Para eso le pago.

—Para eso me pagabas si me hubieras encontrado hace dos años. Ahora tengo otras costumbres.

—Es lo mejor que le ofrecerán este año.

—Otra pregunta. Cuando cierre el desfile, ¿salgo a saludar contigo? Se suele hacer: el diseñador sale al final, coge de la mano al último modelo, se aplaude mucho.

—Yo no salgo a saludar.

—¿Nunca?

—Nunca. Me quedo detrás mirando los fallos.

—Entonces la gente no ve quién eres.

—La gente sabe perfectamente quién soy. Lleva desde el domingo hablando de ello.

—Ya —dijo—. Eso explica alguna cosa del artículo.

—Devuélvame mi chaqueta.

—Claro.

Se llevó las manos a las solapas, echó los hombros hacia atrás y levantó el brazo derecho para sacarlo de la manga. Se oyó un ffrrt largo, de hilo que cede, y la manga se soltó del hombro por toda la sisa.

Se quedó quieto, con la manga colgando y el brazo en alto.

—Mierda.

—Eso son treinta y una horas de trabajo.

—Ha sido la sisa. —Bajó el brazo y la manga se le quedó colgando del codo—. Está demasiado justa y demasiado baja. Cuando levanto un brazo, la chaqueta me sube hasta la oreja. Se lo estaba diciendo a Eudora cuando has entrado.

—Las chaquetas de hombre se diseñan para estar de pie, quietas, delante de una cámara.

—Yo llevo doce años delante de una cámara y te aseguro que también me las pongo para mover los brazos. Y los hombres que las compran se las ponen para conducir, para ajustarse el reloj, para abrazar a los hijos.

—Yo no visto a hombres que trabajan. Visto a hombres que posan.

—Entonces vas a vestir a muy pocos.

—Y mírate la tuya —añadió, señalando mi americana con la barbilla—. Cuando has pulsado el botón del ascensor se te ha subido el hombro hasta la oreja.

—Mi ropa no tira.

—Como quieras.

Noté que se me calentaba el cuello por dentro de la blusa.

—Firme —dije.

—Gilda me ha dicho que no firme nada.

—¿Quién es Gilda?

—Mi agente. Se ha quedado enganchada en una llamada con Milán y me ha dicho que empezara yo y que no firmara nada.

—Nadie le ha pedido que firme nada hoy.

—Bueno, tal como lo has dicho, sonaba a pistola.

—Un millón ochocientos.

—¿Perdón?

—Un millón ochocientos mil dólares. Ahora mismo, sin ceder porcentaje de la línea.

—Acabas de subirme seiscientos mil dólares en diez segundos.

—Es una cifra que no volverá a oír.

—Eso mismo me dijo un vendedor de coches en Providence, y volví a oírla a la semana. —Se rascó la mejilla—. No es cuestión de dinero, Saskia. Y no lo digo para hacerme el interesante: mi madre me enseñó a vivir con poco, y eso da mucha libertad.

—Todos los hombres como usted tienen un precio.

—Seguro. Pero el mío no lo llevas encima.

—Bellerose no le ofrecerá lo que le ofrezco yo.

—Bellerose me ha mandado flores. Tú, no.

—Yo no mando flores. Mando contratos.

—Ya lo veo. —Se puso de pie, con la chaqueta rota colgando de un brazo—. Y me parece bien, no te lo discuto. Pero yo he leído lo del domingo.

Nadie dijo nada. Fuera, en el pasillo, alguien empujaba un carro de perchas con una rueda floja.

—¿Qué del domingo?

—El artículo de The Ledger. Me lo mandó mi madre sin ningún comentario, y mi madre nunca manda nada sin comentario, así que ya sé lo que pensaba.

—Se pasó una mano por la nuca—. Lo he leído dos veces.

Hay una frase al final, la de que nadie te espera en casa.

A mí me pareció una cabronada. Pero luego te he visto aquí, con tres metros de mesa y las visitas en sillas serradas, y ya no lo tengo tan claro.

—Lo que yo tenga o deje de tener esperándome en casa no forma parte de la negociación.

—No, claro que no. Pero yo trabajo con gente, no para gente. Y he visto cómo te miran las de la planta once.

—Están a mi cargo.

—Eso he visto. —Colgó la chaqueta con cuidado sobre el respaldo de una de las butacas serradas, con la manga suelta recogida debajo—. Aún no hay contrato.

—Ni lo habrá. Fuera.

—Perfecto. Además, tengo otra reunión a la una. Y esta noche cenamos todos en casa de Fergal, en Brooklyn: cuatro sobrinos, un perro, dos cuñadas y una lasaña de mi madre en una fuente para veinte. Nadie firma nada y todo el mundo se insulta. Te lo recomiendo.

—Qué espanto.

—Un espanto, sí. Pruébalo un día, a ver si se te pasa.

—Fuera, Brannigan.

Se detuvo en la puerta con la mano en el picaporte.

—Adiós, Saskia.

—Señora Merrow.

—Te lo dejo en Saskia. Es más corto, y con esos tacones te hemos oído venir desde el segundo tramo de escalera.

—¿Y aun así seguían riéndose?

—Hasta que abriste la puerta. —Sonrió con el hoyuelo de la izquierda—. Eso me ha parecido muy interesante.

Salió. No dio portazo. Por la puerta entreabierta lo vi detenerse en la mesa de Wendell, decirle algo en voz baja y darle una palmada en el hombro. Wendell se rio. Se rio con los dientes, cosa que en cinco años no había hecho delante de mí ni una sola vez.

Entró sin llamar, y eso ya era la segunda vez en un solo día.

—¿Qué te ha dicho?

—Nada.

—¿Qué te ha dicho?

—Que el sofá es un mueble muy digno. —Wendell se ajustó la tablet contra el pecho—. Y que debería subirme el sueldo.

—¿Eso ha dicho?

—Lo del sofá, sí. Lo del sueldo lo añado yo.

—No.

—Vale. —Miró la carpeta que yo había dejado abierta sobre la mesa—. Ha salido sonriendo.

—Lo he visto.

—Y ha dejado la chaqueta.

Miré la butaca serrada. La chaqueta seguía sobre el respaldo, con la manga derecha suelta y la costura de la sisa abierta de arriba abajo.

—Averigua qué le da miedo —dije.

—¿A quién?

—A Brannigan. Todo el mundo tiene algo: un hermano en la cárcel, una deuda, un vicio, una foto. Quiero saber qué es antes del jueves.

—Yo creo que a ese hombre le da miedo poca cosa.

—Búscalo.

—Y a ti, ¿qué te da miedo?

—Sal de mi despacho.

* * *

A las dos bajé al once. Cuatro costureras, Otis con un patrón en cada mano, Jess con una bolsa de hielo en la pantorrilla y Eudora cortando. Nadie levantó la cabeza.

—Estas cuatro —dije, señalando a las costureras— se cambian de mesa. Las de la ventana pasan al fondo. Y tú —me dirigí a la más joven, la que se había tapado la boca con la mano— clasificas botones por tono en el almacén de retales hasta el viernes.

La chica se llama Noor. Lo sé. Se puso de pie con las tijeras aún en la mano y las dejó despacio sobre la mesa.

—¿Por qué, señora Merrow?

—Por la risa.

—No —dijo Eudora.

—¿Perdona?

—No la mandas al almacén. Es la que mejor cose bajo presión de todas las que tengo, y con el desfile a siete semanas la necesito en la máquina.

—Esta casa no es una democracia, Eudora.

—No. Es un sótano de Queens con mejor iluminación. —Se subió las gafas a la frente—. Y ya que has bajado: la sisa de esa chaqueta estaba justa. Te lo dije en la segunda prueba.

—No me lo dijiste.

—Te lo dije. Estabas gritándole a Otis.

Miré a Otis, que descubrió algo interesantísimo en la punta de sus zapatos. Miré a Noor. Miré a Eudora, que había vuelto a las tijeras.

—Los botones los clasifica Otis por la noche, cuando acabe la manga.

—Eres imposible —dijo Eudora, sin levantar la vista.

—Soy la dueña.

—Es lo mismo.

Salí. Detrás de mí, alguien soltó el aire por la nariz. Puede que fuera una risa. No me volví a comprobarlo.

* * *

A las tres y cuarto me llamó Gilda Zamora, la agente de Brannigan. Tiene una voz de treinta años de tabaco y una risa que empieza antes que la broma.

—Señora Merrow. Cormac me ha contado la mañana. Dice que le rompió usted una chaqueta.

—La rompió él.

—Le rompió una chaqueta que llevaba puesta, que es distinto. Mire, no va a firmar.

—Ya lo sé.