Capítulo 1 #2
Deslizó la tablet por la mesa. Cormac Brannigan, treinta y cuatro años, un metro noventa y uno, nacido en Providence, Rhode Island.
Doce años de modelo. Veintinueve millones de seguidores.
Una valla en Times Square desde hacía tres temporadas, con un reloj en la muñeca y una sonrisa que, según el informe de marketing, «convierte en compra al setenta y uno por ciento de las mujeres encuestadas y al cincuenta y tres por ciento de los hombres».
Había dejado las pasarelas hacía dos años y solo hacía campañas y fotografía.
Cero escándalos. Cero multas de aparcamiento.
—Aquí pone que es «amable con todo el mundo» —dijo Wendell—. Lo dicen tres informes distintos, de tres agencias que no se conocen.
—Nadie es amable con todo el mundo. Es que no le han pillado.
—A lo mejor es que es amable.
—¿Tú me has visto alguna vez confiar en la amabilidad?
—No —dijo Wendell—. Nunca.
Miré la carpeta del contrato. Cuarenta y dos looks de hombre colgados en perchas, sin un solo hombre dentro, y el desfile de la Semana de la Moda de Nueva York dentro de siete semanas.
Ese día iba a tener sentados en fila a doscientos periodistas y a todos los fondos que me habían llamado desde el domingo, y quería que lo que saliera por la pasarela llevara puesta la sonrisa de la valla.
—A las once —dije.
—A las once —dijo Wendell. No se movió—. ¿Algo más?
—La luz.
—¿Qué luz?
—A las once el sol entra por esa ventana y da en la butaca de la izquierda. Quiero que le dé a él en los ojos y a mí por detrás.
—Hoy está nublado.
—Pues espera.
—¿Quieres que espere al sol?
—Quiero que lo intentes. Y el sofá fuera, no quiero que se acomode.
—El sofá pesa ciento cuarenta kilos y anoche dormiste en él.
—Entonces déjalo.
* * *
Cormac Brannigan no llegó a las once.
A las once y cinco, recepción avisó de que había subido. A las once y diez no había llegado a mi puerta, pero sí llegó Hollis Tate.
Hollis dirige mi departamento de comunicación. Tiene cuarenta y un años, camisas de lino incluso en invierno y una barba que cuida más que a su matrimonio. Entró con una carpeta azul y sin que nadie lo hubiera llamado; Wendell lo dejó pasar porque yo no le había dicho que no.
—Tres minutos —dijo—. Tengo el plan de contención.
—Yo tengo una cita.
—Con Brannigan, lo sé, y por eso mismo. —Se sentó en una de las butacas serradas. Las rodillas le quedaron a la altura del pecho y no hizo ningún comentario, porque lleva cuatro años viniendo—. Punto uno: entrevista. Una sola, en la que hables de ti.
—No.
—De tu infancia.
—No.
—Solo de Ohio. Con una foto. Cualquier foto tuya de niña.
—No tengo ninguna.
—Alguien de los centros de acogida tendrá archivo.
—Alguien de los centros de acogida tiene un expediente con mi nombre, mi talla de zapato y cuatro informes en los que pone «reservada». Eso no sale de ahí.
Hollis apuntó algo, lo tachó y pasó al siguiente folio.
—Punto dos: un perro.
—¿Un perro?
—Un perro sube tres puntos en simpatía. Está medido. Un labrador en el atelier, o en la puerta del edificio, y una foto tuya acariciándolo.
—Yo no acaricio.
—Pues que lo acaricie Wendell.
—Soy alérgico —dijo Wendell desde su mesa, al otro lado de la puerta abierta.
—Punto tres: una causa. Una donación anual para niños en acogida con tu nombre, y una gala.
—Tengo una fundación con mi nombre.
—Tienes una fundación que no ha hecho un solo acto en siete años.
—Porque no hacemos actos. Hacemos transferencias.
—Ese es el problema, Saskia. —Cerró la carpeta—. A la gente no le molesta que seas dura. Le molesta que parezca que no te duele nada.
—Me duele la espalda. ¿Sirve para el comunicado?
—Sirve.
—No lo publiques.
—Y punto cuatro. —Se inclinó hacia delante—. Si Brannigan firma, quiero fotos de los dos juntos. Naturales.
—Nada es natural en una foto.
—Pues con aire de serlo. Es lo que compra la gente.
Miré el reloj. Eran las once y treinta y ocho.
—Tres minutos, Hollis. Hace veinticinco que se acabaron.
Se puso de pie con cierto esfuerzo; esas butacas no dejan otra opción. Salió sin la carpeta azul, que se había quedado sobre mi mesa. Se la devolví a Wendell sin abrirla.
A las once y cuarenta y cinco, Wendell abrió la puerta sin llamar, que es lo que hace cuando hay fuego.
—Localizado.
—¿Dónde?
—En el once.
—En el once solo está el atelier.
—Sí.
Me levanté. El ascensor tardaba y bajé tres pisos por la escalera de incendios con tacones de diez centímetros; eso, que conste, se lo cobraré a alguien.
Se oía la risa antes de abrir la puerta. Risa de verdad, de la que se contagia y va a más. Llevo doce años en aquel edificio y no había oído reír así a nadie en la planta once.
Abrí. En la tarima donde una hora antes había estado Jess con la chaqueta de la manga corta había un hombre de un metro noventa y uno con el prototipo de mi chaqueta de hombre —la Número Uno, lana gris antracita, sin forro, sin cuello, con las mangas hilvanadas— sobre una camiseta blanca y unos vaqueros.
Tenía los brazos separados del cuerpo. Cuatro costureras le tomaban medidas, una de ellas con el metro sujeto entre las dos manos y las mejillas encendidas.
Eudora, de rodillas, le sujetaba el bajo con alfileres entre los labios.
Se hizo el silencio. Ninguna risa llegó a terminarse; se cortaron todas a la vez. Se oyeron las tijeras de Eudora cerrándose sobre un hilo.
El hombre giró la cabeza. Pelo castaño oscuro, largo por la nuca, ojos grises, mandíbula marcada y un hoyuelo en la mejilla izquierda, solo en la izquierda. El hoyuelo me pareció una asimetría interesante y no un defecto. Aparté la vista antes de que me diera tiempo a formarme una opinión.
—Tú debes de ser Saskia Merrow —dijo. La voz era más grave de lo que parecía en los anuncios—. Cormac. Perdona que no te dé la mano, me tienen sujeto.
—Quítese eso.
—Tienes unas costureras espectaculares.
—Son mías. Quítese eso.
—Me falta el largo de manga. Eudora dice que diez minutos.
—Diez minutos, Saskia —dijo Eudora, con los alfileres en la boca, sin volverse—. Le sienta mejor que a nadie que haya pasado por esa tarima, y es el único modelo de Nueva York que sabe estarse quieto.
—Eudora.
—Diez minutos.
Cormac me miró, miró a Eudora, me miró otra vez, con las cejas arriba y la sonrisa a medias. La más joven de las costureras se tapó la boca con la mano.
—Arriba —dije—. Ahora. Con la chaqueta o sin ella, me da igual, pero ahora.
—Con ella, entonces. Eudora dice que no se debe dejar nada a medias.
Bajó de la tarima de un salto, con los brazos un poco separados para no deshacer el hilván.
—Chicas, luego seguimos.
Tres de ellas contestaron «adiós, Cormac» a la vez. A mí no me dijo adiós nadie. Nunca lo dicen, y no es lo que espero de la gente que trabaja para mí.
En el ascensor no habló durante dos pisos. Silbaba bajito. Lo miré una vez de reojo y ya me estaba mirando él a mí.
—No silbe en mi ascensor.
—Perdona. Es costumbre.
—Es una mala costumbre.
—Eso dice mi madre. Y mira, sigo silbando.
Entró en mi despacho detrás de mí. Yo le había señalado las dos butacas que hay delante de la mesa.
—Siéntese.
Cormac miró las butacas. Se agachó, pasó un dedo por una pata y levantó la cabeza.
—Alguien ha serrado esto.
—Es mobiliario de autor.
—Es mobiliario de autor serrado. —Se incorporó y se dejó caer en el sofá del fondo, con un brazo sobre el respaldo—. Mejor aquí. En esas butacas se me pondrían las rodillas a la altura de la barbilla, y tú, ahí detrás, con tres metros de nogal y las visitas a ras de suelo, te verías estupenda.
—Es una mesa de trabajo.
—Es una barricada. Muy bien puesta, eso sí.
A las doce menos diez, el sol salió por fin y dio de lleno en la butaca de la izquierda. La butaca estaba vacía.
Miró alrededor sin disimular. Mi despacho tiene un ventanal de suelo a techo con vistas al Hudson, un sofá, la mesa y una pared entera de bocetos enmarcados. Las paredes son blancas. En ninguna hay una fotografía.
—Es verdad —dijo.
—¿El qué?
—Lo de las fotos. No hay ni una.
—Hay una. —Señalé, encima del sofá, un marco pequeño con un papel amarillento y un sello del estado de Nueva York—. Es mi retrato de familia.
—Eso es un acta de constitución.
—Es un papel que ha dado trabajo a mil cuatrocientas personas. Mi familia es más productiva que la suya.
—Eso es verdad —dijo—. La mía no da trabajo ni a un fontanero. Se nos rompe algo en casa y lo arreglamos entre nosotros, a gritos.
—Tenía cita a las once. Son las doce menos diez.
—Lo sé, y lo siento de verdad. Me han secuestrado.
—Aquí se llega a la hora.
—En mi casa se llega cuando se llega. Mi madre ha esperado la cena hasta las diez por mí durante treinta y cuatro años y sigue queriéndome.
—Su madre no factura novecientos millones al año.
—Mi madre lleva una panadería en Providence y convierte los domingos en una forma de chantaje que tú no te imaginas. A lo mejor factura más.
Llamaron a la puerta. Entró la becaria con el vaso de agua; esta vez la rodaja era redonda, fina, con la muesca en el borde, y la dejó en mi posavasos con las dos manos.
—Hola, Pippa —dijo Cormac, levantando una mano desde el sofá—. ¿Te importa traerme uno igual? Yo lo tomo con gajo, que se exprime mejor.
—Claro, señor Brannigan.
—Cormac.
—Claro. Cormac. —Salió con las orejas rojas y la puerta se cerró sin ruido, cosa que esa puerta no había hecho nunca.
—¿Cómo sabe cómo se llama la becaria?
—Ha subido conmigo en el ascensor de servicio con una caja de cartuchos de tóner. Se lo he preguntado.
—Yo ya lo sabía.
Era verdad. Lo sabía desde hacía dos horas.
Cormac se levantó y fue hasta la pared de los bocetos. Los miró uno por uno, con las manos en los bolsillos de los vaqueros, moviéndose despacio por delante de las veintiséis láminas, hasta que llegó al final.
—Traje. Traje. Abrigo. Traje. Traje azul marino. Traje gris. —Se giró—. Esto es un velatorio de veintiséis personas.
—Es sobriedad.
—Es un velatorio muy bien cortado. No hay ni una gota de color.
—Los hombres visten así.