Solo una vez (Humor 3) Capítulo 1
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Solo una vez (Humor 3)

Solo una vez (Humor 3)

Por Clarie MacVillar

© inepub.com

Capítulo 1

La manga izquierda medía dos centímetros menos que la derecha. La vi desde la puerta, antes de que la modelo de pruebas terminara de girarse sobre la tarima, y la vi porque llevaba tres semanas mirando esa chaqueta más rato del que había mirado a ningún ser humano.

—Para —dije.

La modelo se quedó con un brazo en el aire. Las cuatro costureras que rodeaban la tarima dejaron de moverse. Se oyó el zumbido de las lámparas de trabajo y, al fondo, una plancha de vapor que siguió a lo suyo porque su dueña no se había enterado de que yo estaba en la sala.

—Buenos días, Saskia —dijo Eudora Petrakis desde la mesa de corte, sin levantar la vista.

—Los buenos días son una opinión. La manga.

Eudora tiene sesenta y dos años y lleva doce conmigo.

Fue la primera persona a la que contraté, cuando Merrow era un sótano de Queens con dos máquinas de coser de segunda mano y una estufa que soltaba humo, y es la única de todo el edificio que no se pone de pie cuando entro en una sala.

Se subió las gafas a la frente, cogió el metro amarillo y midió despacio, con la lengua entre los dientes.

—Centímetro y medio.

—Dos.

—Centímetro y medio. La lana ha cedido con el vapor.

—La lana no cede. La lana hace lo que le dice quien la corta. ¿Quién la cortó?

Nadie contestó. Otis, cortador de segundo año, tenía las tijeras en la mano y nada que cortar. Le brillaban las sienes.

—Otis.

—Fui yo, señora Merrow. Pero seguí el patrón y...

—El patrón lo hice yo. Así que hay dos posibilidades: o eres mejor que yo, o tienes las manos peor que yo. Elige.

Otis abrió la boca, la cerró y volvió a abrirla.

—Las manos, señora Merrow.

—Correcto. Rehaces la manga y todo el delantero izquierdo, con la lana buena. Si la lana buena se acaba, te vas a Biella a comprar más y vas andando.

—Quedan nueve metros de esa pieza —dijo Eudora, a nadie en concreto.

—Pues que no los estropee.

Di una vuelta completa a la tarima. Jess, la modelo de pruebas, seguía con el brazo en alto porque nadie le había dicho que podía bajarlo. Llevaba cuarenta minutos de pie y la pantorrilla derecha le temblaba a ratos. Yo sabía cómo se llamaba desde el primer día, pero no tenía por qué usarlo.

—Baja el brazo. Y mañana no respires por la espalda, que se te mueven los omóplatos y me estropeas la caída.

—Sí, señora Merrow.

—El frontal derecho tiene la pinza medio centímetro alta.

Quiero el cuello otra vez, quiero la solapa otra vez y quiero que alguien me explique qué hace un hilo blanco sobre lana negra en una sala donde trabajan dieciséis profesionales.

Esta noche tiene que estar todo terminado.

Todo. Quien no pueda quedarse que me lo diga ahora, así sé a quién no llamar en abril.

Nadie dijo que no podía quedarse. Nadie dijo nada. Salí.

Eudora me alcanzó en el pasillo, junto a los ascensores, con tres alfileres entre los labios y el metro colgado del cuello.

—Vas a acabar con ese chico.

—Los chicos no se acaban por esto. Se hacen mejores.

—Se hacen abogados.

Pulsé el botón dos veces.

—Pues que se hagan abogados y ganen dinero. Sería un final feliz.

Eudora me miró un rato largo sin decir nada. Es una técnica que tiene. Conmigo no ha funcionado nunca, pero la sigue usando.

Se abrió el ascensor. Subí.

* * *

Wendell Duarte me esperaba delante de la puerta de mi despacho, en la planta catorce, con la tablet pegada al pecho.

Lleva cinco años de ayudante conmigo y ha durado tanto porque no tengo ninguna clase de poder sobre él: no le asusta perder el trabajo, y a alguien así no hay manera de tiranizarlo. Lo he intentado.

—Ansel lleva veinte minutos en la línea dos —dijo—. Me ha dicho «urgente» dos veces y «por favor» una. La del «por favor» iba en serio.

—Pásamelo.

—Anoche dormiste en el sofá del despacho.

—El sofá es italiano.

—Tu casa de Tribeca tiene tres dormitorios, una bañera de mármol y una nevera con una botella de champán y un tarro de aceitunas. Lo sé porque me pediste tú que la abasteciera. Elegiste el tarro con mucho criterio.

—Wendell.

—Te lo paso.

Me senté detrás de la mesa, una plancha de nogal de tres metros que compré con el primer millón de beneficios, y pulsé el altavoz.

—Saskia. —Ansel Fitch, director financiero, cincuenta y cuatro años, el hombre más tranquilo de Manhattan. Cuando decía mi nombre con una pausa detrás es que llevaba un rato dando vueltas por su despacho—. Tres coma ocho.

—¿Tres coma ocho qué?

—Por ciento. Lo que perdimos el lunes. Hoy hemos abierto con otro uno coma dos por debajo. Casi cinco puntos en dos sesiones, y desde el domingo me han llamado cuatro fondos.

—Por un artículo.

—Por un artículo que ha leído la gente que compra tus acciones.

—Esa gente no lee. Mira gráficas.

—Las gráficas están diciendo lo mismo, Saskia. Dos casas de análisis han publicado hoy la expresión «déficit de rostro humano». Las dos, el mismo día. Alguien ha hecho circular la frase.

—La marca tiene mi cara.

—Eso es exactamente lo que dicen.

Wendell, de pie junto a la ventana, se miró las uñas con mucho interés.

Sobre la mesa tenía el ejemplar impreso de The Ledger del domingo, doblado en cuatro y abierto tantas veces que el pliegue se había puesto blanco.

Doce páginas bajo un titular de cuatro palabras: «La casa sin nadie dentro».

Habían entrevistado a diecinueve exempleados.

Una antigua directora de compras, a la que yo había despedido con una indemnización de seis cifras, decía que trabajar para mí era discutir con un cajero automático que además te insulta.

Un analista escribía que los inversores compran ropa pero también compran a alguien en quien creer, y que a mí «cuesta creerme».

Y en el párrafo once, que me sé de memoria sin habérmelo propuesto, la periodista contaba que crecí en centros de acogida de Ohio, que mis padres murieron cuando yo tenía seis años y que en mi despacho no hay una sola fotografía de nadie.

El artículo terminaba así: «Saskia Merrow ha vestido a tres primeras damas, pero no sabe lo que es que alguien la espere en casa».

Tenía el pulgar derecho clavado en la palma de la mano. Lo solté cuando vi la marca de la uña.

—¿Sigues ahí? —dijo Ansel.

—Sigo.

—La junta ha pedido una reunión extraordinaria para el jueves a las diez. Quieren verte.

—Que me vean. Estoy aquí todos los días.

—Quieren que digas algo humano.

—Diles que el jueves tendrán a Cormac Brannigan.

Ansel se quedó callado. Se le oyó tragar.

—¿Lo tienes?

—Le veo a las once.

—Eso no es «lo tengo». Eso es «lo espero».

—Lo tendré. Y el titular del desfile será que la casa Merrow conquista el guardarropa masculino con el hombre más visto de Nueva York, y las gráficas harán lo que yo les diga.

—Bellerose también lo quiere.

—Bellerose quiere todo lo que yo miro. Es su rasgo más característico.

—Eso también lo han escrito —murmuró Wendell.

Colgué.

—Hay más —dijo Wendell.

—Siempre hay más.

Me tendió su móvil. En la pantalla, una etiqueta en la que yo no había estado ni un minuto en los últimos dos días: #MerrowSinAlma. Setenta y un mil publicaciones. La primera, con una foto mía saliendo de un coche, tenía encima un cartel añadido a mano: «Se busca corazón. Recompensa: ninguna».

—Es un meme —dije.

—Es el segundo más compartido de la ciudad. El primero es una rata con una porción de pizza.

—Es buena competencia.

—Baja un poco. El comentario más popular.

Bajé. «Trabajé tres semanas para Saskia Merrow y me despidió por correo electrónico desde el despacho de al lado».

—Fueron cuatro semanas —dije.

—¿Eso es lo que quieres corregir?

—Que se publique lo cierto.

Le devolví el móvil. Wendell lo guardó despacio, y esperó, y no dijo lo que estaba pensando, cosa por la que le pago.

Llamaron a la puerta con dos golpes tímidos y entró la becaria con una bandeja. Le había pedido agua con gas, hielo hecho esa misma mañana y una rodaja de limón. Rodaja. No gajo, no cuña, no un trozo de limón que hubiera tenido un mal día. Dejó el vaso en mi posavasos. En el borde había un gajo.

—Esto es un gajo.

—Sí, señora Merrow. —Miró el vaso para comprobarlo—. Sí. Es un gajo.

—Es la tercera vez que pido lo mismo y la tercera que me traen otra cosa.

—La primera fue una cuña, señora Merrow. —Se arrepintió en cuanto lo dijo; se le notó en la nuca—. Ahora lo arreglo.

—Con ese máster que dices tener.

—Es un grado, señora Merrow.

—Pues con ese grado.

Se llevó el vaso. Wendell esperó a que la puerta se cerrara.

—Se llama Pippa.

—¿Quién?

—La becaria. Lleva dos meses aquí y te ha traído agua unas ochenta veces.

—Gracias por la información. Dame lo de Brannigan.

No llegó a dármelo. Sonó el teléfono fijo, el rojo, al que solo llaman los proveedores de Italia y mi abogado. Wendell lo descolgó y me lo tendió con dos dedos.

—Bertolazzi. De Biella.

—Signor Bertolazzi —dije—. ¿Dónde están mis trescientos metros de lana gris?

Contestó en un inglés con muchas vocales. Habló de una huelga de transportistas en Génova, de un camión detenido en un puerto y de que se disculpaba mucho, muchísimo, de corazón.

—Los quiero el jueves a las ocho de la mañana en mi puerta.

En mi puerta. No en Newark, no en un almacén de Jersey.

Si no están, el viernes su nombre aparece en el segundo párrafo de un comunicado en el que explico por qué Merrow deja de comprarle lana, y le aseguro que lo leerán todos los que le compran algo a usted.

—Signora, la huelga...

—A mí la huelga me da igual, señor Bertolazzi. Contrate a un piloto.

Colgué. Wendell apuntó algo en la tablet.

—¿Qué apuntas?

—«Piloto». Por si lo hace.

—Me gusta cómo trabajas.

—Ya lo sé.