Capítulo 20 #4
Levanté la vista. Sobre nosotros, en la rama más baja del manzano, con las plumas de un gris azulado y la banda oscura en la punta de cada una, apareció una paloma. Se posó. Ladeó la cabeza. Nos miró con un ojo naranja, redondo, sin ninguna expresión.
—Doris —dijo Cormac.
—Es Doris.
—Ya sabe volver a casa.
—Es lo único que sabe —dije yo, y me acordé de otro domingo, con un abrigo azul y una miga en el bolsillo.
Metí la mano en la chaqueta. No tenía una miga. Tenía un cuadrado de lana de veinte por veinte centímetros, cosido a mano con un hilo gris, que Graziella Bertolazzi me había dado seis meses atrás en un backstage. Lo saqué. Lo puse en la palma de la mano izquierda, junto a la sortija.
Doris bajó de la rama con un aleteo corto. Se posó sobre mi muñeca. Picoteó, con una delicadeza enorme, un hilo suelto del borde del cuadrado de lana. Lo cogió. Se lo llevó. Y se quedó allí, sobre mi mano, un rato largo, mirando el jardín con la cabeza ladeada.
Cormac no se movió. No se agachó. No cerró los ojos. Sobre mi hombro sentí que se le aflojaba la respiración, poco a poco, hasta hacerse muy suave.
—Una paloma —dijo, muy bajo, sin dejar de mirarla— se ha llevado un hilo de tu lana.
—Es una paloma con criterio.
—Ha elegido la mejor.
—Ha elegido la de Biella.
—Ha elegido lo que se queda.
Sonreí. Doris ladeó la cabeza. Batió las alas. Se elevó, entre las ramas, con un ruido de tela sacudida, y voló hacia la casita de madera con un hilo gris en el pico.
Nos quedamos mirándola hasta que se perdió entre las palomas de Dermot.
—Lunes —dijo Cormac.
—Lunes.
—A las nueve.
—A las nueve. En el atelier. —Cerré la mano sobre la sortija—. Con la pizarra.
—Y el flan.
—Y los cuarenta y cuatro.
—Y un miércoles.
—Todos los miércoles.
—Con huevos.
—Con la vitrocerámica desprecintada.
Se echó a reír. Yo también. Y en algún momento, sin ninguna razón, cuando el sol ya rozaba las tejas de la casa de los Brannigan y en el jardín alguien encendía por fin las bombillas del cerezo, sentí en el pecho una cosa que llevaba mucho tiempo sin identificar, tibia y ligera, del tamaño de un botón, una cosa que en octubre me había parecido un problema y que ahora, sencillamente, era un sitio donde vivir.
—Consulta —dijo Cormac.
Levanté una ceja. Solo una.
Levantó la suya. Solo una. Sin sorpresa.
Nos besamos bajo un manzano en flor, con una paloma en la casita y un mundo entero en el jardín, y cuando se me deshizo del todo el ruido del mundo, oí, a lo lejos, una voz de niño de cuatro años que hablaba con la cabeza dentro de un cubo, y otra de mujer, ronca y vieja, que decía «Eso es, cariño, eso es», y otra de hombre, profunda, que no decía nada.
* * *
Volvimos en el tren de las ocho y cuarenta, con las cuatro bolsas de tuppers, un pan de pasas envuelto en un pañuelo de Maeve y una tarta de manzana que Dermot había dejado sobre mis rodillas sin decir una palabra.
Cormac se durmió a los diez minutos, con la cabeza sobre mi hombro y el gorro gris caído sobre un ojo.
Yo no me moví. Miré el cristal, donde se reflejaban los dos, uno junto a otro, y una sortija con un botón sobre la mano que él sujetaba.
En Penn Station cogimos un taxi. El conductor, un hombre de sesenta años con un pañuelo en la cabeza, me miró por el retrovisor cuando le di la dirección de Tribeca, y volvió a mirarme, con las cejas altas.
—¿Usted es la del dedo?
—No —dije.
—Es que lleva un botón.
—Es una sortija.
—Es un botón —dijo, muy serio—. Mi mujer le manda un abrazo. Dice que la vio salir. Dice que fue lo mejor que ha visto en su vida, después de su boda.
—Gracias.
—No cobro el suplemento por la felicidad —dijo el taxista, emocionado—. Pero con propina.
Le dejé cuarenta. Cormac, en el asiento de al lado, con los ojos cerrados, sonreía con toda la cara.
* * *
El lunes por la mañana, en el atelier del once, en la pizarra de Otis, alguien había escrito con tiza verde, con letra redonda y cuidadosa:
«Domingo 27. Ganadora: todos. Premio: un flan».
Y debajo, en letra pequeña y recta, sin subrayar, con una tiza blanca que yo conocía:
«Hasta que uno de los dos se muera de viejo».
Cogí un trapo. No lo borré.
—Es una sugerencia —dijo Wendell, a mi espalda, con la tablet contra el pecho y una voz muy baja.
—No —dije, sin girarme—. Es una cláusula.
—Ya lo sé.
—¿Cuántos años llevas sin poder contármelo?
—Cinco —dijo—. Y unos meses.
—Pues ya puedes.
Lo miré por fin. Wendell Duarte, jefe de gabinete, con un traje gris perla y una tarjeta plastificada al cuello, tenía los ojos llenos de agua y la sonrisa más grande que le había visto nunca.
—Estoy contento —dijo.
—Lo sé.
—Es una noticia.
—Es un dato —dije—. Con una opinión dentro.
Y entonces, delante de una pizarra de tiza verde, de una cinta adhesiva ya despegada, de cuarenta y cuatro perchas, de una mesa de corte con un gato dormido y de un atelier entero que empezaba a llenarse de voces, de risas y de olor a plancha, subí las escaleras hacia el catorce, con las manos abiertas, sin apretar nada, a empezar la semana.