Solo una murió Capítulo 32 — La hija de Amparo
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Capítulo 32 — La hija de Amparo

La fotografía volvió a Isara mientras desayunaba.

No la de las seis niñas ni la que Cora había tomado en el cementerio, sino la del aparador de Amparo: una mujer de pelo oscuro junto a ella y un chico adolescente, los tres demasiado juntos para que aquella imagen pudiera confundirse con una visita cualquiera.

La había visto varias veces. En la primera visita apenas se detuvo; después pensó que sería la familia de Amparo y, cuando volvió a aquella casa con Salcedo, decidió no prestarle atención porque acababan de identificar a Tomás Gálvez y todo lo demás parecía secundario.

Después de comprobar que Mara nunca había llegado a ninguno de los hospitales revisados, la fotografía ya no parecía tan fácil de apartar.

Isara dejó la taza sobre la mesa y llamó a Cora.

—¿Te acuerdas de la fotografía del salón de Amparo?

—¿Cuál?

—La del aparador. Salía Amparo con una mujer y un chico.

Cora tardó unos segundos.

—Sí.

—La mujer tendría nuestra edad.

—Más o menos.

—Eso pensé yo.

—¿Y?

Isara miró hacia el taller.

—Quiero saber quién es.

Al otro lado se hizo un silencio breve.

—¿Estás pensando lo mismo que creo que estás pensando?

—Estoy intentando no pensarlo antes de tener algo que comprobar.

—Eso sí me lo creo.

Isara fue hasta el ordenador y abrió la carpeta de Mara. Buscó las mejores imágenes infantiles que tenían: la fotografía de la habitación seis, el negativo de la ficha de ingreso y una ampliación de otra imagen en la que Mara aparecía de tres cuartos, menos borrosa que en las primeras copias.

—No podemos comparar a una niña de cinco años con una mujer de cuarenta y tantos y decidir que son la misma persona —dijo.

—Pero podemos mirar.

—Primero necesitamos saber quién es.

Cora apareció en San Tirso antes del mediodía. No discutieron qué debían hacer porque las dos habían llegado a la misma decisión durante el trayecto: antes de buscar a aquella mujer, llamarían a Amparo.

Respondió al tercer tono.

—¿Sí?

—Soy Isara.

La respiración de Amparo cambió.

—¿Qué ocurre?

—Hemos comprobado los hospitales. Mara no aparece en ninguno de los centros que podían haberla recibido aquella noche y tampoco consta un médico, una autopsia ni un traslado sanitario.

Amparo tardó en contestar.

—Ya te dije que murió conmigo.

—¿Dónde?

—No voy a hablar de esto por teléfono.

—Entonces vamos.

—Hoy no.

La negativa llegó tan deprisa que Cora levantó la cabeza.

Isara esperó unos segundos antes de continuar.

—Entonces dime otra cosa. ¿Quién es la mujer que aparece contigo en la fotografía del salón?

El silencio de Amparo se prolongó mucho más que los anteriores.

—Mi hija.

Cora se acercó al teléfono.

—¿Cómo se llama?

Amparo no respondió hasta que Isara repitió su nombre.

—Lucía.

Isara lo escribió en una hoja.

—¿Cuántos años tiene?

—No metas a mi hija en esto.

La dureza de la respuesta era nueva.

—Te he preguntado su edad.

—Y yo te estoy diciendo que la dejes fuera.

—¿La adoptaste?

Amparo respiró hondo.

—Lucía sabe que es adoptada.

—Eso tampoco responde a lo que te he preguntado.

—No vais a acercaros a ella.

Cora miró a Isara. La reacción era demasiado intensa para ignorarla, pero una reacción seguía sin ser una prueba.

—¿Por qué? —preguntó Isara.

—Porque no tiene nada que ver con La Esperanza.

—Entonces dímelo claramente.

—Ya lo he hecho.

—No. Has dicho que no nos acerquemos.

Amparo bajó la voz.

—Dejad a Lucía fuera.

La llamada terminó.

Isara permaneció unos segundos con el teléfono en la mano. Amparo podía proteger a su hija por muchas razones, sobre todo después de comprobar lo que aquella investigación había removido en la vida de cinco mujeres. No bastaba para convertir a Lucía en Mara.

Sin embargo, la mujer del aparador tenía ya un nombre y Amparo acababa de confirmar que era adoptada.

* * *

Encontraron a Lucía sin dificultad porque llevaba una vida normal y pública.

Trabajaba como fisioterapeuta en una clínica situada a poco más de veinte minutos de Peñablanca.

En la página del centro aparecían fotografías del equipo, una breve presentación profesional y varias imágenes de actividades abiertas al público.

Cora encontró una fotografía en la que Lucía estaba de pie junto a otras dos personas, con el pelo oscuro recogido y una mano apoyada en el respaldo de una silla.

—No digas nada —dijo Isara.

—No he dicho nada.

—Lo has pensado.

—Tú también.

Lucía tenía cuarenta y pocos años. A primera vista, no podían ir más allá de esa constatación.

Cora abrió la fotografía infantil de Mara en otra ventana.

—Ponlas juntas.

Isara dudó.

—Si las miramos esperando encontrar parecido, vamos a encontrarlo.

—Entonces míralas como mirarías dos fotografías que no sabes si pertenecen a la misma persona.

Isara colocó las imágenes una junto a otra, sin superponer rostros ni intentar fabricar una comparación que no podía sostener. La forma de la cara había cambiado, como era inevitable entre los cinco años y la edad adulta. El cabello, el peso y la expresión servían de poco.

Había, sin embargo, algunos rasgos que llamaban la atención: una ceja ligeramente más alta que la otra, la forma de la boca al sonreír y cierta separación entre los ojos que Isara reconocía de la fotografía infantil.

Cora se inclinó hacia la pantalla.

—Se parece.

Isara siguió observando.

—Sí.

—Mucho.

—No sé cuánto significa «mucho» en una comparación así.

Cora se apartó.

—Pero lo ves.

—Lo veo.

Isara cerró las dos imágenes. El parecido podía convertirse en una pista falsa con la misma facilidad que cualquier recuerdo contaminado si empezaban a tratarlo como una certeza.

—Necesitamos fechas.

* * *

Salcedo recibió la consulta con cautela.

—¿Estáis investigando a la hija de Amparo?

—Estamos intentando saber si existe alguna razón objetiva para relacionarla con Mara.

—La diferencia importa, aunque desde fuera se parezca bastante.

Isara aceptó el reproche.

—Amparo nos ha dicho que Lucía es adoptada.

La inspectora guardó silencio unos segundos.

—¿Os lo ha dicho hoy?

—Sí.

—¿Y qué queréis de mí?

—Saber cuándo empieza el rastro que la vincula con Amparo.

—No puedo entregaros un expediente personal.

—No te lo estoy pidiendo.

Salcedo suspiró.

—Déjame comprobar qué forma parte ya de la investigación histórica y qué puedo confirmar sin invadir la vida de alguien que no ha hecho nada.

La respuesta llegó aquella misma tarde, cuando Isara y Cora seguían en el taller.

—Puedo deciros una cosa —explicó Salcedo—. Por ahora no he encontrado ningún dato que descarte la hipótesis de que Lucía sea Mara. Eso justifica que la investigación la compruebe; no que yo os entregue su cronología personal.

Isara apretó el teléfono.

—¿Ni siquiera la edad?

—Ya sabéis por fuentes públicas que ronda la edad de Mara. Hasta ahí. El resto tendremos que contrastarlo nosotros o preguntárselo a ella si llega el momento.

Cora miró la fotografía de la niña.

—¿Y de dónde se supone que venía? —preguntó.

—Eso forma parte de su historia personal y no voy a contároslo sin necesidad. Si aparece una conexión independiente con La Esperanza, os diré que existe cuando pueda hacerlo.

—Lo sé —dijo Isara.

—Ahora mismo tenéis una adopción que Amparo os ha confirmado, una edad aproximada compatible, un parecido que no es una prueba y una reacción de Amparo que tampoco lo es. Eso abre una comprobación, nada más.

Isara miró la pantalla apagada.

—Hay otra cosa —añadió Salcedo—. Antes de hablar con ella, pensad bien qué vais a hacer si os equivocáis y también qué vais a hacer si acertáis.

Isara ya había pensado en eso.

Lucía no era una hoja de rutas ni una niña desaparecida que hubiera estado esperando treinta y siete años a que alguien la encontrara. Era una mujer con trabajo, pareja, un hijo adolescente y una madre a la que probablemente llevaba toda la vida llamando mamá.

Isara conocía demasiado bien el efecto de descubrir que una infancia verdadera podía contener una mentira enorme.

—No vamos a aparecer en su trabajo y decirle que quizá se llamaba Mara —respondió.

—Me alegro.

Cora volvió a sentarse.

—Pero tampoco podemos fingir que no existe.

—No os estoy pidiendo eso. Necesitáis algo más que una fotografía y una cronología sospechosa antes de meterla dentro de esta historia.

Cuando colgaron, permanecieron un rato en silencio.

* * *

Fueron a Peñablanca al día siguiente, después de avisar a Amparo. No buscaban a Lucía; querían hablar con la mujer que podía explicar por qué había reaccionado con tanto miedo en cuanto preguntaron por el origen de su hija.

Amparo abrió la puerta, aunque no se apartó del marco.

—Os dije que no la involucrarais.

—No hemos hablado con ella —dijo Isara.

—La habéis buscado.

—Sí —respondió Cora.

Amparo cerró los ojos un instante.

—No teníais derecho.

—Tú decidiste durante treinta y siete años quién tenía derecho a saber qué —replicó Cora—. Esa parte ya no puede depender solo de ti.

Amparo palideció.

Isara intervino antes de que la conversación se rompiera.

—Lucía sabe que es adoptada. Tiene una edad compatible con Mara, se parece a ella y tú te has negado a decirnos de dónde viene.

La mano de Amparo se cerró alrededor del borde de la puerta.

Isara tomó nota del gesto, pero no era una respuesta.

—Quiero preguntarte una sola cosa. ¿Podemos preguntarle a Lucía de dónde cree que viene?

—No.

—¿Por qué?

—Porque esa pregunta no se la haces a una desconocida y después te marchas.

A Isara la alcanzó de una forma que no esperaba.

—Lo sé.

—No, no lo sabes.

—Sí. Lo sé mejor de lo que crees.

Durante aquellas semanas Isara había aceptado algo mucho más incómodo: Celia la había querido de verdad y, aun así, había ocultado cómo había llegado a ser su hija. No estaba dispuesta a entrar en la vida de Lucía como si descubrir una verdad fuera siempre un regalo.

—No quiero arrancarle nada —dijo—. Pero tampoco voy a permitir que siga viviendo dentro de una mentira solo porque tú tengas miedo de perderla.

Amparo aflojó la mano que sujetaba el borde de la puerta y apartó la mirada.

—Dejadme hablar con ella.

Cora frunció el ceño.

—¿Cuándo?

—Mañana.

Isara sostuvo su mirada.

—¿Vas a contarle la verdad?

Amparo no respondió, y ese silencio dejaba claro que todavía no estaba preparada.

—Mañana te llamaré —dijo—. Si después queréis hablar con ella, no voy a poder impedirlo.

—Nunca has podido impedirlo —respondió Isara—. Solo has conseguido retrasarlo.

Amparo cerró la puerta despacio.

* * *

Antes de regresar a San Tirso pasaron por la calle donde estaba la clínica. No habían ido para buscar a Lucía y Isara no quería bajar del coche, pero la puerta se abrió cuando estaban detenidas unos metros más adelante.

Lucía salió acompañada de un chico adolescente. Él caminaba inclinado sobre el teléfono y ella le tocó la nuca para obligarlo a enderezarse. El muchacho protestó, Lucía se rio y ambos siguieron hacia un coche aparcado cerca.

No sabían si era su hijo y decidieron no averiguarlo entonces. Durante aquellos pocos segundos, Lucía dejó de ser la mujer de una fotografía para convertirse en alguien con una vida propia, con prisas, gestos familiares y personas que la esperaban.

Cora no sacó el teléfono, algo que Isara le agradeció sin decirlo.

Cuando Lucía levantó la cabeza para mirar al otro lado de la calle, pudieron verla de frente. El parecido seguía allí, no como una prueba, sino como una posibilidad que ya resultaba demasiado grande para ignorarla.

—Si es Mara... —murmuró Cora cuando el coche desapareció al final de la calle.

Isara tardó un momento en responder.

—Entonces no hemos encontrado a una niña perdida. Hemos encontrado a una mujer que todavía no sabe que podría serlo.

La pregunta había cambiado otra vez: ya no intentaban averiguar si Mara había muerto, sino si Lucía podía ser Mara.