Capítulo 31 — Mara nunca llegó al hospital
Isara llamó a Cora antes de las nueve de la mañana.
—Necesito volver a Valdemora.
Cora tardó muy poco en responder.
—Sabía que la despedida del cementerio había salido demasiado bien.
—No sé si hay algo.
—Pero has encontrado algo.
Isara miró el documento que seguía abierto en la pantalla del taller.
¿QUIÉN VIO MORIR A MARA?
Debajo continuaba el único nombre que había podido escribir.
AMPARO ROLDÁN.
—He encontrado una pregunta.
—Contigo suele ser peor.
Isara le explicó lo que había hecho la tarde anterior: separar las fuentes, eliminar como corroboraciones a Celia y Tomás porque ambos dependían de Amparo y recordar que el cenotafio también había sido encargado por ella.
Cora permaneció callada hasta que terminó.
—Entonces ¿crees que Mara no murió?
—No.
—Isara.
—Creo que no hemos demostrado que muriera. No es lo mismo.
—Ya empezamos.
—Y necesitamos mantener esa diferencia.
Cora soltó el aire.
—¿Qué quieres buscar?
—Las horas posteriores al incendio. Nada más. Amparo salió con Mara porque estaba mal por el humo. Si murió después, tuvo que ocurrir algo entre ese momento y la noticia que recibieron Celia y Tomás.
—Un hospital.
—Eso pensaba.
—¿Y si no la llevó?
Isara miró otra vez el nombre de Amparo.
—Eso es precisamente lo que quiero saber.
* * *
Duna se incorporó a la búsqueda esa misma mañana.
Leire no pudo desplazarse porque trabajaba y Salma tenía una cita que no quería cancelar después de semanas organizando su vida alrededor de la investigación, pero ambas pidieron que les contaran cualquier hallazgo antes de sacar conclusiones.
Salcedo respondió de una manera parecida.
Isara la llamó antes de salir.
—Quiero comprobar si Mara recibió atención médica después del incendio.
La inspectora tardó unos segundos.
—¿Por qué ahora?
—Porque nadie salvo Amparo dice haberla visto morir.
Salcedo conocía ya las declaraciones, así que Isara fue directa a la duda nueva.
—La investigación histórica está solicitando por los cauces oficiales la documentación sanitaria relacionada con aquella noche —dijo—. Puedo pedir que comprueben específicamente si consta una menor de cinco años trasladada desde La Esperanza.
—¿Cuánto tardará?
—Lo que tarden los archivos. Estamos hablando de 1989.
—Nosotras vamos a Valdemora.
—Imaginaba que esa era la parte que no ibas a preguntarme.
Cora sonrió desde el asiento del conductor.
—Dile que conduzco yo.
Isara la ignoró.
—No vamos a entrar en ningún sitio sin permiso.
—Me tranquiliza muchísimo.
Antes de colgar, Salcedo añadió:
—Una cosa. Que no aparezca un ingreso no demuestra que la niña siguiera viva.
—Lo sé.
—Te lo digo porque tú vas a saberlo, pero quizá no te guste recordarlo cuando encuentres un hueco.
Isara agradeció la advertencia porque era exactamente la clase de error que quería evitar.
* * *
En Valdemora empezaron por la documentación municipal del incendio.
Gran parte ya había sido revisada durante la investigación de las seis muertes oficiales, pero hasta entonces nadie había formulado una pregunta tan concreta.
Entre los papeles conservados había también un informe sobre el origen del fuego: situaba el foco probable en un fallo eléctrico de la zona de servicio y no recogía indicios de que hubiera sido provocado.
El informe coincidía con lo que Amparo había contado sobre un incendio accidental y aportaba una fuente independiente.
No buscaban quién había muerto, sino adónde habían llevado a los heridos.
Una funcionaria les entregó las copias que podían consultar de los partes de aquella noche. Había referencias a bomberos, Guardia Civil, un vehículo sanitario y varios adultos atendidos por inhalación de humo. La información era incompleta y algunos nombres aparecían abreviados.
Duna fue leyendo despacio.
—Dos trabajadores trasladados.
—Sí —dijo Isara.
—Un bombero atendido allí mismo.
Cora señaló otra línea.
—Y una mujer llevada al hospital provincial.
Siguieron leyendo sin que apareciera ninguna niña hasta que la funcionaria volvió con otro registro.
—Esto es lo que conservamos de los traslados sanitarios vinculados al incendio. No necesariamente recoge a alguien que se marchara por sus propios medios.
Isara asintió.
—Entendido.
Revisaron cada línea sin encontrar el nombre de Mara, una menor sin identificar ni una niña de aproximadamente cinco años atendida por inhalación de humo.
Cora levantó la cabeza.
—Entonces Amparo se la llevó por su cuenta.
—Eso ya lo sabíamos —dijo Duna.
—Sabíamos que salió con ella. Yo daba por hecho que la llevó a un médico.
Isara también.
La primera explicación de Amparo había sido que el humo había hecho mucho daño a Mara y que no habían podido salvarla. Esas palabras conducían de forma natural a imaginar una atención médica que nunca había sido descrita.
Ahora se daba cuenta de que ellas habían llenado ese hueco.
—No dijo hospital —recordó.
Cora la miró.
—¿Nunca?
—No.
Duna cerró la carpeta.
—Entonces averigüemos si aparece en alguno.
* * *
La respuesta de Salcedo llegó antes de que abandonaran Valdemora.
Las llamó mientras estaban comiendo en un bar junto a la carretera.
Isara puso el teléfono sobre la mesa.
—He conseguido una primera comprobación —dijo la inspectora—. Hay libros de admisión conservados del hospital provincial y del centro comarcal que recibió parte de las urgencias aquella noche. No aparece Mara.
Cora dejó el tenedor.
—¿Ni con otro nombre?
—Hemos pedido también menores sin identificar y casos compatibles con inhalación de humo procedentes del incendio. Nada.
—¿Y otro hospital?
—Estamos ampliándolo.
Isara preguntó:
—¿Hay algún médico que certificara su muerte?
—No he encontrado ninguno.
—¿Certificado?
—Lo que existe es la documentación posterior que ya conocéis y que incluye a las seis niñas como fallecidas. No hay un certificado médico individual que yo pueda vincular de forma independiente con Mara.
Duna intervino.
—¿Autopsia?
—No.
—¿Restos?
—Tampoco.
Lo último ya lo sabían por el cementerio, pero escucharlo dentro de la misma secuencia hizo que pesara de otra manera.
Cora apoyó las manos sobre la mesa.
—Tenemos una niña enferma que sale viva, pero no tenemos ambulancia, hospital, médico, cuerpo ni autopsia.
—Tenéis ausencia de esas cosas en lo que hemos podido comprobar —corrigió Salcedo—. No transforméis todavía una falta de registro en otra historia.
Isara miró a Cora.
—Eso es lo que estamos intentando evitar.
—Bien. Porque falta algo que puede interesaros.
Salcedo hizo una pausa.
—La línea de Mara en vuestra hoja de rutas tenía Pamplona como destino y dos iniciales. La investigación ha conseguido vincularlas con una pareja que estaba en contacto con uno de los intermediarios de la asociación en 1989. Él ha fallecido. Ella vive.
Cora se inclinó hacia el teléfono.
—¿Esperaban a Mara?
—Eso es lo que queremos comprobar.
—¿Podemos hablar con ella?
—He preguntado si acepta. Os llamaré.
Isara terminó la conversación con una sensación difícil de nombrar.
Todavía no estaban buscando a Mara. Estaban intentando averiguar cómo había muerto, y cada paso retiraba algo que hasta entonces habían supuesto que existía.
* * *
La mujer de Pamplona aceptó hablar aquella misma tarde.
Salcedo estuvo presente porque la mujer había aceptado una conversación voluntaria sobre los hechos de 1989 y porque, si aportaba algo relevante, la policía podría formalizarlo después.
Isara, Cora y Duna se conectaron desde el taller.
La mujer tenía más de ochenta años y pidió que no la grabaran ellas. Antes de empezar, Salcedo aclaró que aquella conversación no sustituía una declaración formal y que, si era necesario, la tomarían después por separado. Isara hizo la primera pregunta.
—¿En noviembre de 1989 esperaba la llegada de una niña procedente de La Esperanza?
La mujer bajó la mirada.
—Sí.
La respuesta de la mujer aclaraba lo esencial.
—Nos habían dicho que tenía cinco años.
—¿Sabía cómo se llamaba?
—Mara.
Cora miró a Isara.
La mujer continuó.
—Nos dijeron que al principio quizá utilizaríamos otro nombre, pero nunca llegamos a decidirlo.
—¿Sabía que tenía familia biológica?
—Nos dijeron que no podían hacerse cargo de ella.
La respuesta ya no sorprendió a ninguna.
—¿Sabía que iba a salir el dieciocho de noviembre?
—Sí. Teníamos que esperar una llamada.
—¿La recibió?
—Recibimos dos.
Isara se inclinó ligeramente hacia la pantalla.
—¿Qué decía la primera?
—Que había habido un incendio y que todo se retrasaba.
—¿Quién llamó?
La mujer negó.
—Un hombre. No recuerdo el nombre. Mi marido hablaba más con ellos que yo.
Duna tomó una nota.
—¿Y la segunda llamada?
La mujer se quedó en silencio unos segundos.
—Fue de madrugada. O quizá ya por la mañana. Han pasado muchos años.
—¿Qué le dijeron?
La mujer apretó los labios.
—Que no vendría.
Isara esperó.
—¿Por qué?
—Porque había muerto.
Cora no se movió.
—¿Dijeron dónde?
—No.
—¿En un hospital?
—No lo recuerdo.
—¿Nombraron a algún médico?
—No.
—¿Les entregaron después algún documento?
La mujer negó.
—Nada.
—¿Un certificado? ¿Una comunicación oficial?
—No. Nosotros no éramos todavía legalmente sus padres. No teníamos derecho a pedir nada.
Duna preguntó:
—¿Volvieron a contactar con ustedes?
—No por la niña.
—¿Quién hizo la segunda llamada?
La mujer intentó recordarlo.
—Creo que también era un hombre, pero no podría jurarlo.
Isara ya había aprendido a no convertir aquella duda en un dato.
—¿Vio usted alguna vez a Mara?
—No.
—¿Su marido?
—Tampoco.
La mujer se quedó pensativa.
—Teníamos una fotografía.
—¿De ella?
—Una foto pequeña que nos enseñaron semanas antes. Nos dijeron que era la niña que podía venir.
Isara sintió una punzada extraña.
Incluso aquella familia había esperado a una niña concreta sin haberla conocido.
—Después del incendio nos dijeron únicamente que la niña había muerto —continuó la mujer—. Yo pensé que había muerto allí.
—No murió dentro del edificio —dijo Isara.
La anciana levantó la cabeza.
—Entonces no lo sabía.
No había nada más que pudiera aportar sobre las horas posteriores.
Cuando acabó la llamada, Duna cerró sus notas.
—Otra vez lo mismo.
Cora miró hacia ella.
—¿Qué?
—La familia de Pamplona no confirma una muerte. Confirma que alguien les comunicó una muerte.
Isara asintió.
Y esa noticia podía haber recorrido exactamente el mismo camino que había llegado a Celia y a Tomás.
Una afirmación repetida varias veces seguía sin convertirse en varios testigos.
* * *
Salcedo llamó de nuevo varios días después.
Salcedo había terminado el cruce de los centros sanitarios de la zona que podían razonablemente haber recibido a una niña procedente de Valdemora aquella noche.
—No aparece —dijo.
Isara no preguntó quién.
—¿En ninguno?
—En ninguno de los registros localizados. Tampoco consta un traslado sanitario a nombre de Mara ni de una menor sin identificar que encaje con ella.
—¿Puedes decir que nunca llegó a un hospital?
Salcedo tardó antes de responder.
—Puedo decir que no hemos encontrado ningún hospital que la recibiera y que no existe ningún rastro médico contemporáneo de esa muerte. Si alguien afirma que murió recibiendo atención sanitaria, tendrá que decir dónde y quién la atendió.
Isara agradeció la precisión; aquella respuesta cubría lo que estaba intentando comprobar.
Colgó y abrió el documento del día anterior.
Debajo de «¿QUIÉN VIO MORIR A MARA?» añadió otra pregunta.
¿QUIÉN LA ATENDIÓ?
No escribió ningún nombre.
Cora, que estaba a su lado, leyó por encima de su hombro.
—Entonces ¿qué hacemos?
Isara miró la pantalla.
Todavía podían existir explicaciones: Amparo podía haber pedido ayuda fuera de un hospital o haber presenciado una muerte sin atención médica.
Nada de lo descubierto demostraba que Mara hubiera sobrevivido; sí dejaba la muerte que habían dado por cierta sin el apoyo médico que todas habían supuesto.
Cora se sentó frente a ella.
—¿Llamamos a Amparo?
Isara pensó en hacerlo.
Después recordó la fotografía del salón de su casa: Amparo sonriendo junto a una mujer de pelo oscuro y un chico, una imagen familiar que había visto varias veces sin detenerse porque siempre había otra pregunta más urgente.
La imagen volvió con una insistencia que Isara todavía no sabía explicar.
—No —dijo.
Cora la observó.
—¿Por qué?
—Porque si Amparo nos ha mentido sobre esto durante treinta y siete años, no quiero preguntarle nada hasta saber exactamente qué pregunta hacerle.
Volvió a mirar las dos líneas de la pantalla.
¿QUIÉN VIO MORIR A MARA?
AMPARO ROLDÁN.
¿QUIÉN LA ATENDIÓ?
Nada.
Después abrió la hoja de rutas y encontró otra vez la línea de Pamplona.
La familia había esperado a una niña que nunca llegó y, según todos los registros que acababan de revisar, Mara tampoco había llegado a un hospital.