Solo una murió Capítulo 30 — Una sola fuente
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Capítulo 30 — Una sola fuente

Dos días después de volver de Valdemora, Isara imprimió la fotografía que Cora había hecho delante del memorial.

No tenía ninguna razón práctica para hacerlo.

Las cinco tenían la imagen en el teléfono y Cora la había enviado al grupo antes incluso de abandonar el cementerio, acompañada de un mensaje en el que se quejaba de que Duna parecía estar esperando un autobús y de que Salma seguía negándose a admitir que no sonreía.

Isara la imprimió porque llevaba semanas trabajando con fotografías de otras vidas y quería una del presente.

La dejó secando sobre la mesa del taller: cinco mujeres que no se parecían demasiado a las seis niñas de la habitación.

Mientras esperaba, abrió una carpeta para guardar una copia digital junto con el resto del material de la investigación.

Había prometido a las otras que, cuando todo terminara, les prepararía un archivo ordenado con las fotografías y los documentos que podían conservar sin interferir con lo que tuviera la policía.

Hasta entonces había ido acumulándolo casi todo por necesidad. Aquella mañana empezó a ordenarlo porque ya no había ninguna urgencia.

Creó cinco carpetas con los nombres actuales y, dentro de cada una, añadió una subcarpeta con el nombre anterior.

ISARA — IRENE.

CORA — CLARA.

LEIRE — ELENA.

DUNA — MARTA.

SALMA — SARA.

Se detuvo y después creó otra.

MARA.

No añadió nada detrás.

Abrió las carpetas una a una. En las cinco historias adultas, la identidad nunca descansaba en una sola pieza: las rutas se cruzaban con objetos conservados por las familias, cartas, documentos propios, recuerdos verificables o rasgos que Celia no podía haber fabricado.

También Irene tenía más de una vía, desde la hendidura de la oreja hasta las cartas y la confirmación posterior de su madre biológica.

Ese método les había evitado convertir a Nuria Rivas en Sara cuando Tomás contaminó el recuerdo de Pilar.

Cuando llegó a MARA, Isara se detuvo.

Había menos archivos: la fotografía de la habitación seis, la ficha infantil, la hoja de rutas, la imagen del cenotafio, una fotografía de las flores, la tarjeta con la palabra PERDÓNAME, varias notas de las conversaciones con Amparo, el testimonio de Salma sobre la noche del incendio y las palabras de Celia.

Isara se recostó en la silla. No sabía qué la incomodaba porque todo parecía encajar exactamente igual que dos días antes.

La existencia de Mara estaba demostrada: su ficha coincidía con la fotografía y la ruta preparada para Pamplona, y tanto Salma como Amparo la recordaban.

La cuestión no era quién había sido Mara, sino lo que había ocurrido después de que Salma la viera fuera del edificio.

Isara abrió el archivo con las notas de aquella reconstrucción. Salma recordaba a Amparo cargando con Mara, viva y tosiendo, pero después ya no sabía adónde se la habían llevado.

Isara pasó al siguiente documento.

La primera conversación con Amparo.

MARA MURIÓ.

Después:

EL HUMO LE HIZO MUCHO DAÑO. NO PUDIMOS SALVARLA.

Isara frunció el ceño.

Aquella primera vez había preguntado si Amparo la había visto morir. Amparo no respondió y se limitó a decir que murió aquella noche.

Volvió a abrir las notas de la segunda visita. Entonces sí había respondido.

MURIÓ AQUELLA NOCHE.

¿CONTIGO?

SÍ.

Isara leyó aquellas líneas más de una vez.

Después buscó la conversación en la que habían preguntado quién más conocía la muerte.

Al releerla, encontró el nombre de Celia. Pero Celia no había visto a Mara después de que Amparo abandonara La Esperanza con ella; Amparo se lo había contado.

Tomás tampoco la había visto. Amparo también se lo había comunicado a él porque había que cancelar la entrega prevista.

Isara dejó de mover el ratón.

Hasta entonces había contado aquellas versiones como si fueran confirmaciones distintas. Celia decía que Mara murió, Tomás decía que Mara murió y Amparo decía que Mara murió, pero solo una de esas tres personas afirmaba haber estado allí. Las otras dos repetían lo que ella les había contado.

Isara sintió una presión leve en el pecho, todavía demasiado pequeña para llamarla miedo.

Abrió la carta de Celia y encontró la frase.

DE MARA SOLO PUEDO DECIROS LO QUE SIEMPRE CREÍ: SALIÓ VIVA DEL EDIFICIO, PERO LA PERDIMOS DESPUÉS.

Lo que siempre creí.

No era lo que Celia hubiera visto ni algo que hubiera comprobado.

Isara acercó la silla a la mesa.

Durante semanas había leído aquella frase como una demostración de prudencia: había entendido que Celia sabía que Mara había salido viva y que después había muerto. Ahora la palabra CREÍ parecía mucho más importante.

Abrió la grabación transcrita de Celia y buscó cualquier referencia posterior. No había ninguna.

Su madre había reconstruido rutas, había guardado cartas, había localizado a Cora y había dejado suficientes cruces para que casi todas las respuestas pudieran comprobarse fuera de su propia memoria. Con Mara no había podido hacer lo mismo.

Isara volvió a la carpeta, donde todavía quedaba la lápida.

Durante la primera visita al cementerio, Cora había señalado precisamente aquello. Celia decía que murió una y Mara tenía una piedra; parecían dos datos que se confirmaban entre sí.

Isara abrió la fotografía del cenotafio y amplió la inscripción.

MARA.

1984–1989.

Después recordó al empleado del cementerio.

Amparo había encargado aquella piedra años después.

Isara se levantó y caminó hasta la otra mesa, donde la fotografía impresa de las cinco seguía secándose.

La tomó por los bordes y la observó. Cora había dicho delante de aquel mismo memorial que Celia tenía razón: solo una murió.

Isara también lo había aceptado, no porque existiera una prueba nueva, sino porque al final de siete semanas todo lo demás había terminado encajando y Mara había quedado en el único lugar disponible.

Volvió al ordenador.

Abrió un documento vacío.

No tenía intención de empezar otra investigación. Únicamente quería saber si estaba exagerando una incomodidad nacida después de semanas acostumbrada a desconfiar de todo.

Escribió:

MARA — MUERTE

Debajo puso:

AMPARO: AFIRMA QUE MURIÓ CON ELLA.

Después:

CELIA: CREE QUE MURIÓ. FUENTE: AMPARO.

Añadió:

TOMÁS: CREE QUE MURIÓ. FUENTE: AVISO DE AMPARO.

La siguiente línea fue:

CENOTAFIO: ENCARGADO POR AMPARO. SIN SEPULTURA.

Isara permaneció mirando la pantalla.

Quedaban las flores y la tarjeta, ambas reconocidas por Amparo como suyas. Tampoco aportaban una fuente diferente.

Seguía siendo la misma voz.

Isara añadió:

SALMA: VE A MARA VIVA FUERA DE LA ESPERANZA. NO SABE QUÉ OCURRE DESPUÉS.

Aquella era, de hecho, la única testigo independiente que tenían sobre el estado de Mara aquella noche, y lo último que sabía era que estaba viva.

Isara sintió un escalofrío y se obligó a no continuar más allá de lo que tenía delante.

Que no supieran cómo había muerto no significaba que no hubiera muerto.

Que no existiera una segunda persona que la hubiera visto morir tampoco significaba que siguiera viva.

Habían pasado treinta y siete años, podían faltar documentos, podían haber desaparecido testigos y Mara podía haber muerto exactamente como Amparo aseguraba.

Sin embargo, habían tratado aquella muerte como la pieza más segura de todas cuando, en realidad, era la menos comprobada.

Isara volvió a mirar las otras cinco carpetas. En todas había más de una vía independiente para sostener lo esencial. En Mara no estaba comprobando identidad, sino muerte, y allí el método fallaba.

Escribió:

MARA: SALIÓ VIVA DEL EDIFICIO.

Después:

MURIÓ AQUELLA NOCHE.

FUENTE INDEPENDIENTE: NINGUNA.

La ausencia de una segunda fuente no demostraba supervivencia. Solo demostraba que habían tratado como certeza algo que nunca habían comprobado.

Isara no iba a llamar a Cora para decirle que Mara podía estar viva; todavía no tenía base para eso. En lugar de hacerlo, regresó al documento y escribió una última pregunta.

¿QUIÉN VIO MORIR A MARA?

Debajo no pudo poner ningún nombre salvo uno.

AMPARO ROLDÁN.

Se quedó mirando el nombre al comprender que todas las confirmaciones de la muerte regresaban a Amparo.

Antes de llamarla, necesitaba saber dónde había llevado a Mara aquella noche.

La muerte de Mara tenía una sola fuente: Amparo.