Capítulo 29 — Solo una murió
Volvieron a Valdemora la mañana del aniversario.
Durante el trayecto nadie habló del incendio hasta que dejaron atrás la última rotonda y apareció la señal del pueblo.
Siete semanas antes, Isara y Cora habían hecho aquel mismo camino sin saber siquiera si la fotografía encontrada en casa de Celia era realmente una imagen de su infancia.
Ahora viajaban las cinco en dos coches, Tomás Gálvez estaba detenido y cada una sabía el nombre con el que había entrado en La Esperanza y la familia de la que procedía.
No parecía que hubieran transcurrido solo unas semanas.
Cora conducía el primer coche con Isara y Duna. Leire y Salma las seguían unos metros por detrás.
—¿Sigues queriendo hacerlo? —preguntó Cora.
Isara miró por la ventanilla.
—Sí.
—Lo pregunto porque todavía podemos cambiar de idea.
—No quiero cambiarla.
Duna observaba la carretera desde el asiento trasero.
—Llevas diciendo eso desde que salimos.
Cora miró por el retrovisor.
—Estoy intentando ser considerada.
—No te sale natural.
—Gracias.
Isara sonrió.
Aquella conversación habría sido imposible unas semanas antes. En otro momento, cualquier viaje relacionado con La Esperanza habría significado comprobar matrículas, mirar tres veces el retrovisor y preguntarse si un coche llevaba demasiado tiempo detrás.
Aquella mañana no.
Salcedo había reducido las medidas de protección después de la detención de Tomás, aunque la investigación seguía abierta. Había teléfonos y archivos que revisar, personas que interrogar y una historia de 1989 que probablemente tardaría mucho en reconstruirse por completo.
Pero nadie las estaba siguiendo, y esa diferencia hacía que el paisaje pareciera otro cuando aparcaron junto al cementerio.
Salma bajó del segundo coche y miró hacia la entrada.
—No había vuelto.
—Yo tampoco —dijo Leire.
Duna cerró su puerta.
—Yo no había venido nunca.
Isara recordó la primera vez que estuvo allí con Cora. Entonces todavía dudaban de casi todo. Sabían que los registros daban por muertas a seis niñas y que al menos dos de ellas estaban vivas, pero Mara era únicamente un nombre encontrado en una pared y en una piedra pequeña.
Ahora ya sabían que Mara tenía cinco años, la misma edad que Cora, y que había salido viva del edificio porque Salma la había visto tosiendo en brazos de Amparo.
Después, según la versión de Amparo que habían creído tanto Celia como Tomás, la niña había muerto, y ninguna de ellas tenía entonces una razón para pensar que hubiera ocurrido otra cosa.
Entraron.
El cementerio seguía igual que en la primera visita. Las terrazas, el muro de piedra, los cipreses y la caseta municipal permanecían casi inmóviles frente a todo lo que ellas habían descubierto desde entonces.
El memorial estaba limpio.
Alguien había retirado las hojas acumuladas alrededor de la base y había colocado un pequeño ramo junto a la inscripción.
EN MEMORIA DE LAS SEIS NIÑAS DEL HOGAR INFANTIL LA ESPERANZA, FALLECIDAS EN EL INCENDIO DEL 18 DE NOVIEMbrE DE 1989.
Cora leyó en silencio.
—Esto tendrá que cambiar algún día.
Leire se acercó un poco más.
—Sí.
—No murieron seis.
Duna observó la inscripción.
—Eso ya lo sabe la policía.
—Me refiero a esto.
Cora señaló la piedra.
—A la historia que se queda aquí cuando nosotras nos vamos.
Isara comprendió lo que quería decir.
Durante treinta y siete años, cualquier persona que hubiera pasado por aquel lugar habría leído seis niñas fallecidas y habría seguido caminando.
Cinco de aquellas niñas habían crecido, habían ido al colegio y habían tenido padres, hermanos, parejas, trabajos e hijos.
Una se había convertido en restauradora de fotografías; otra coordinaba producciones y discutía con todo el mundo cuando consideraba que tardaban demasiado; Leire era maestra, Duna trabajaba con números y la mayor había construido edificios y criado a un hijo.
Sin embargo, aquella piedra seguía diciendo que habían muerto a los pocos años de nacer.
—Se cambiará —dijo Isara—. Pero hoy no hemos venido por eso.
Salma miró hacia la piedra pequeña situada unos metros más allá.
Nadie necesitó preguntar y caminaron juntas hacia la piedra.
MARA.
1984–1989.
En el recipiente metálico había flores recientes, unos claveles blancos.
Cora se agachó.
—Amparo.
Isara no respondió.
No podían saberlo con certeza, pero ninguna dudó demasiado. Amparo llevaba años yendo allí, incluso cuando nadie más conocía la historia que había detrás de aquel nombre.
Salma permaneció de pie frente a la piedra.
—La recuerdo viva.
Las otras cuatro la miraron.
—Fuera del edificio —continuó—. En brazos de Amparo.
—Lo sabemos —dijo Leire.
—Ya.
Salma se frotó lentamente las manos.
—Pero durante años no recordé nada de esto. Y cuando empecé a recordar pensé que tendría que haber hecho algo.
Isara sabía a qué se refería.
La culpa había acompañado a Salma desde que recuperó aquellas imágenes: los coches, las niñas separándose, adultos moviéndose entre ellas.
Salma era la mayor, pero solo tenía ocho años y había convertido aquella diferencia de tres o cuatro años en una responsabilidad que nunca tuvo.
—Tenías ocho —dijo Isara.
Salma asintió.
—Ya lo sé.
Esta vez lo dijo sin discutirlo.
Cora miró la piedra.
—Y Mara tenía cinco.
—Sí.
—Ninguna podía hacer nada.
Salma observó el nombre.
—No.
Isara sintió que aquello cerraba algo que no estaba escrito en ningún expediente.
No podían devolver a Mara los años que no había tenido, pero al menos podían dejar de colocar sobre una niña la obligación de haber salvado a otra.
Leire abrió el bolso.
—He traído esto.
Sacó una cinta azul pequeña.
No era la que había conservado desde la infancia. Isara la reconoció enseguida porque la verdadera seguía guardada en casa de sus padres.
—No me mires así —dijo Leire—. No iba a dejar aquí la original.
Cora sonrió.
—Has aprendido algo de nosotras.
—He comprado una parecida.
La sostuvo entre los dedos.
—No recuerdo si Mara tuvo alguna vez una, pero yo sí. Es lo único que puedo dejar de aquella niña que fui sin perder lo que conservo.
La ató con cuidado al tallo de uno de los claveles.
Duna observó el gesto.
—Yo no he traído nada.
—No hacía falta —dijo Isara.
—Ya.
Duna se quedó un momento en silencio.
—He vuelto a hablar con mi hermano.
Cora se giró.
—¿Y?
—Vamos a vernos.
Durante unos segundos, todos apartaron la vista de la piedra de Mara.
—¿Cuándo? —preguntó Leire.
—El mes que viene.
—¿Tu madre sabe algo? —preguntó Cora.
Duna entendió inmediatamente a qué madre se refería.
—Carmen sabe que existe. No la voy a dejar fuera de esto.
Isara pensó en lo diferente que habría reaccionado Duna unas semanas antes. Había empezado intentando convertir cada descubrimiento en una columna de datos porque los números podían ordenarse mejor que las personas.
Ahora aceptaba que su vida contenía una madre que la había criado, otra que había muerto creyéndola perdida y un hermano que acababa de descubrirla.
Ninguna de aquellas relaciones cabía en una sola casilla.
Cora se sentó en el borde bajo que rodeaba el memorial.
—Mi hija quiere conocer a Teresa.
—¿Teresa quiere conocerla? —preguntó Isara.
—Muchísimo.
—Entonces ya lo tienes.
—No exactamente.
Cora sonrió.
—Mi madre también quiere venir.
Duna levantó las cejas.
—¿Tu madre adoptiva quiere conocer a la hermana de tu madre biológica?
—Sí.
—Eso puede ser interesante.
—Mi marido ha utilizado otra palabra.
Leire se rio.
Cora miró a Isara.
—¿Y tú?
Isara sabía que la pregunta acabaría llegando.
—He vuelto a hablar con ella.
Las demás entendieron de quién hablaba.
—¿Con tu madre? —preguntó Salma.
Isara tardó un instante antes de responder.
—Sí.
La palabra seguía resultándole extraña, aunque no incorrecta.
—Voy a conocer a mi hermano.
Cora sonrió.
—Mira qué bien. Al final todos tenemos gente apareciendo.
Isara observó la piedra de Mara.
—No todos.
Nadie siguió bromeando: Mara no tenía llamadas pendientes, hermanos localizados ni una vida adulta cuya historia pudieran reconstruir.
Tenía cinco años en la fotografía y cinco años en la piedra.
Salma se sentó junto a Cora.
—¿Sabemos algo de su familia?
Duna respondió.
—Lo que estaba en los expedientes. Había un destino preparado en Pamplona.
—No me refiero a eso.
—Ya.
Las cartas de Mara habían quedado entre las piezas más incompletas del archivo. No habían seguido su familia biológica porque, a diferencia de las demás, no existía una mujer adulta a la que devolverle ese origen.
La muerte había detenido la búsqueda.
—Quizá algún día —dijo Leire— alguien de su familia pueda saber lo que ocurrió.
Isara asintió.
—Cuando la investigación avance.
No prometió nada más.
A esas alturas sabían que no podían convertir cada deseo en una certeza.
Cora sacó el teléfono.
—Quiero una foto.
Duna la miró con incredulidad.
—¿Aquí?
—No delante de la lápida.
—Menos mal.
—Delante del memorial.
Leire empezó a negar con la cabeza.
—Cora...
—No tenemos ninguna juntas.
Las cinco se quedaron calladas porque Cora tenía razón: habían acumulado decenas de imágenes durante la investigación —fotografías infantiles, documentos, capturas, fachadas, cajas, cartas, matrículas, heridas—, pero ninguna de las cinco adultas juntas.
Salma fue la primera en levantarse.
—Yo quiero.
Cora sonrió.
—Gracias.
—No significa que vaya a abrazarte.
—Ya veremos.
Regresaron hacia el monumento principal.
Cora colocó el teléfono sobre el muro bajo utilizando una piedra para mantenerlo inclinado.
—Diez segundos.
—Esto va a quedar fatal —dijo Duna.
—Qué espíritu.
Cora corrió hacia ellas y, sin intentar reproducir la fotografía de 1989 ni colocarse por edades o buscar posiciones equivalentes, simplemente se pusieron juntas.
Isara quedó entre Cora y Salma, mientras Leire se situaba junto a Duna.
El teléfono emitió la señal del disparador y, en cuanto tomó la fotografía, Cora regresó a por él.
—No está mal.
Duna miró la pantalla.
—Está torcida.
—Por supuesto.
Leire acercó la cara.
—Salma no sonríe.
—Estoy sonriendo.
—Eso no es sonreír.
—Es lo máximo que vais a conseguir.
Cora amplió la imagen e Isara miró por encima de su hombro a las cinco mujeres de la pantalla.
Ninguna se parecía demasiado a la niña que había sido.
No formaban una familia en el sentido habitual y tampoco necesitaban fingir que treinta y siete años de vidas separadas podían desaparecer porque compartieran una fotografía antigua.
Aun con todo lo que las separaba, las cinco estaban allí cuando Cora bajó el teléfono.
—Celia tenía razón.
Isara la miró.
Cora señaló primero la fotografía y después, a unos metros, la piedra de Mara.
—Solo una murió.
Nadie respondió, y Cora tampoco añadió nada más.
Aquella frase había empezado semanas atrás como una orden escrita por una mujer muerta, se había convertido después en una pregunta y más tarde en una investigación; ahora tenía delante a cinco mujeres y, a unos metros, un nombre grabado en piedra.
Antes de marcharse, Isara volvió sola unos metros hacia Mara y, sin tocar la lápida, miró las fechas.
1984–1989.
—Lo siento —dijo en voz baja.
No sabía exactamente por qué se disculpaba: quizá por no haberla recordado, por haber sobrevivido o por haber tardado treinta y siete años en conocer su nombre; quizá por todo a la vez.
Después regresó con las demás: Cora guardaba el teléfono, Leire hablaba con Raúl, Duna respondía un mensaje y Salma esperaba junto al coche.
Isara miró una vez más hacia el cementerio antes de entrar en el vehículo.
Cinco niñas de aquella habitación habían llegado hasta allí convertidas en mujeres, mientras Mara era la única que no lo había hecho, y aquella tarde se marcharon convencidas de que, al fin, ya no quedaba nadie más a quien encontrar.