Capítulo 28 — La caída de Tomás
Salcedo llamó a Isara poco después de las siete de la mañana.
No empezó saludando.
—No salgas de casa.
Isara se incorporó en la cama.
—¿Qué ha pasado?
—Creemos que hemos localizado a Gálvez.
El sueño desapareció.
—¿Dónde?
—Eso no puedo decírtelo todavía.
—¿Está cerca?
—Isara.
Por el tono de Salcedo, Isara dejó de insistir.
—Vale.
—Quiero que avises a las otras, pero solo para que sepan que deben mantener las medidas que ya tienen. Nada de desplazamientos y nada de intentar averiguar dónde estamos trabajando.
—No pensaba hacerlo.
Salcedo guardó un silencio que dejó claro que recordaba demasiados episodios anteriores como para aceptar aquella afirmación sin reservas.
—Te llamaré cuando pueda.
La comunicación terminó.
Isara se quedó sentada con el teléfono en la mano.
Llevaban semanas buscando a Tomás Gálvez y, durante buena parte de ese tiempo, la frase había empezado a perder significado.
Sabían que existía una búsqueda policial activa, que su vehículo habitual había desaparecido, que cambiaba de teléfono y que había dejado de exponerse físicamente después de disparar contra Salma.
Sin embargo, la ausencia prolongada había convertido al hombre en algo parecido a una posibilidad que seguía respirando fuera de su vista.
Aquella mañana volvía a ser una persona situada en algún lugar concreto.
Isara llamó primero a Cora.
—Salcedo cree que lo han encontrado.
Hubo un ruido al otro lado y después la voz de Cora, completamente despierta.
—¿Dónde?
—No me lo ha dicho.
—Qué poco colaboradora.
—Nos ha pedido que no salgamos.
—Eso suele significar que no quiere encontrarnos apareciendo detrás de un coche policial.
—Exactamente.
Cora soltó el aire.
—Voy a obedecer.
—Me alegra oírlo.
—No pongas ese tono. Puedo hacerlo cuando quiero.
Después avisaron a las demás.
Leire estaba preparando a sus hijos para salir y respondió con un «de acuerdo» mucho más sereno de lo que Isara esperaba.
Duna quiso saber si Salcedo había dicho «localizado» o «detenido» y, cuando Isara aclaró que solo lo primero, no hizo más preguntas.
Salma guardó silencio unos segundos antes de contestar.
—Llámame en cuanto sepas algo.
—Sí.
—Aunque sean las ocho de la mañana.
—Son las siete y veinte.
—Por eso lo digo.
Isara sonrió, pero la sensación desapareció en cuanto colgó.
Esperó casi cuatro horas.
No fue capaz de trabajar. Encendió el ordenador, abrió una fotografía y pasó veinte minutos haciendo exactamente la misma corrección sin avanzar nada. Después preparó café, lo dejó enfriar y acabó sentándose junto a la ventana con el teléfono sobre las piernas.
A las once y doce llegó la llamada.
—Está detenido —dijo Salcedo.
Isara no respondió inmediatamente.
Había imaginado que sentiría alivio, pero lo que sintió fue un cansancio enorme.
—¿Ha habido algún problema?
—No. La detención ha sido limpia.
—¿Dónde estaba?
—En una vivienda que no figuraba como su domicilio habitual. Llevábamos varios días estrechando el área.
—¿Por las llamadas?
—Por varias cosas.
Salcedo no entró en detalles técnicos. Le explicó únicamente lo necesario: las cámaras revisadas después del disparo de Huesca habían permitido reconstruir parte de la huida; a eso se sumaron movimientos de vehículos, teléfonos utilizados en distintos momentos y lugares que empezaban a repetirse cuando la policía cruzaba información.
Ninguna de aquellas piezas habría permitido llegar tan lejos por sí sola, pero al cruzarlas empezaban a formar una ruta comprobable.
A Isara le gustó casi a pesar suyo.
—¿Podemos vernos?
—Mañana a las cinco. Para entonces habremos podido asegurar lo incautado y practicar las primeras diligencias. Os contaré lo que os afecte directamente.
—¿En comisaría?
—Sí.
—¿Salma puede ir?
—Si quiere. Ya no necesito que permanezca en el alojamiento protegido.
Saber que Salma podía salir del alojamiento protegido alivió a Isara más que la noticia de la detención.
* * *
Las cinco llegaron a la comisaría con pocos minutos de diferencia.
Salma llevaba el brazo descubierto. La herida seguía siendo visible, una línea irregular rodeada de piel todavía más oscura, pero hacía días que había dejado atrás los vendajes.
Cora la señaló en cuanto la vio.
—Eso ya parece una cicatriz de persona peligrosa.
—Es justo la imagen que quería proyectar.
—Te falta una moto.
—Y paciencia para ti.
Duna negó con la cabeza mientras Leire sonreía.
Era una conversación absurda y, precisamente por eso, a Isara le gustó.
Salcedo las recibió en una sala distinta de las utilizadas durante las primeras denuncias. Había dos agentes entrando y saliendo por el pasillo y bastante movimiento al fondo.
—Antes de empezar —dijo la inspectora—, Gálvez está detenido por los hechos actuales que ya estamos investigando. No necesitábamos resolver esta tarde lo ocurrido en 1989 para poder actuar contra él.
Salma apoyó el brazo sobre la mesa.
—¿Por dispararme?
—La tentativa de homicidio es la parte más grave, pero no la única. Tenemos también el robo de tus pertenencias, el allanamiento en casa de Carmen, la agresión a Isara, amenazas, seguimiento y otros hechos que seguimos atribuyendo y documentando.
—¿Ha confesado?
Salcedo miró a Cora.
—No.
—Era demasiado bonito.
—Ha hablado.
Que Tomás hubiera hablado cambiaba la situación.
Salcedo abrió una carpeta.
—En el registro de la vivienda, autorizado judicialmente, hemos recuperado varias cosas que vais a reconocer.
Salcedo sacó primero una fotografía de la libreta negra de Eduardo Vidal y Duna contuvo la respiración durante un instante.
—La tiene la policía.
—Sí.
—¿La original?
—La original.
Duna miró la imagen y después a Salcedo.
—Entonces entró él en casa de mi madre.
—La recuperación de la libreta en el lugar donde se estaba ocultando es una pieza importante para demostrarlo, pero no voy a reducir la investigación a una sola prueba.
Duna asintió y Salcedo mostró otra imagen.
La carpeta azul de Salma.
—También estaba allí.
Salma no tocó la fotografía.
—¿Mi móvil?
—No lo hemos recuperado.
—Me da igual.
Isara entendió por qué.
La carpeta contenía los papeles que Salma había fotografiado antes del ataque. Las copias habían sobrevivido, pero recuperar el original cerraba otra parte de aquella persecución.
Salcedo siguió.
Habían encontrado varios teléfonos, soportes de almacenamiento, fotografías impresas y archivos digitales.
Uno de los terminales recuperados había llamado a Pilar Cifuentes la víspera de que apareciera el apellido Rivas y al teléfono de los padres de Leire antes de que ellas llegaran a Tudela.
Salcedo no lo presentó como prueba de quién había hablado en cada llamada, pero vinculaba por fin ambas maniobras con los teléfonos que Gálvez llevaba consigo.
Algunas imágenes mostraban la casa de Celia, el taller de Isara, el domicilio de Cora y otros lugares visitados durante aquellas semanas.
Entre los archivos apareció también una copia de la fotografía de 1989 en la que Celia estaba junto a las bolsas, la misma imagen cuya impresión habían encontrado en el coche de Isara después de romperle la ventanilla.
Isara la reconoció de inmediato. Por primera vez podía unir aquella amenaza concreta con el material que Tomás había conservado, aunque la fotografía antigua siguiera sin revelar quién la tomó ni quién era la persona que aparecía casi fuera de encuadre.
Había fotografías de Leire tomadas después del viaje a Tudela, de Duna después de Zaragoza y de Salma en Huesca.
—¿Fechas? —preguntó Duna.
—Sí.
—¿Encajan con nuestros desplazamientos?
—Encajan.
Isara comprendió antes de que Salcedo lo explicara.
No había un archivo de cuatro mujeres localizado durante años, sino un archivo que crecía a medida que ellas avanzaban.
—Nos fue siguiendo —dijo Leire.
—Eso es lo que indican las imágenes. De su declaración no puedo trasladaros el contenido completo, pero sí la parte que afecta a cómo os localizó.
Isara levantó la vista.
—¿Qué ha dicho?
Salcedo cerró la carpeta.
—Ha intentado reducir su participación actual. Niega algunas amenazas y sostiene que el disparo de Huesca se produjo durante un forcejeo.
Salma soltó una risa sin humor.
—Claro.
—Tenemos tu declaración, la de Isara, la de Cora, testigos parciales, cámaras y evidencia material. Su versión no decide la investigación.
Salma asintió.
—¿Y sobre nosotras?
Salcedo miró a Isara.
—En lo que os afecta, ha confirmado algo que llevamos tiempo reconstruyendo. Cuando murió Celia, solo sabía dónde encontrarte a ti.
Isara no se sorprendió, aunque escuchar la confirmación produjo un pequeño cambio en la forma en que veía las semanas anteriores.
—¿Por el pacto?
—Por Celia y porque había mantenido vigilancia esporádica alrededor de ella durante años. Dice que sabía que seguías viviendo con el nombre Isara y que conocía San Tirso.
Cora se inclinó.
—¿Y yo?
—Te vio llegar hasta Isara.
—Así de sencillo.
—Sí.
Salcedo pasó una hoja.
—Después siguió los movimientos del grupo. Cuando trabajabais una ruta histórica podía entender hacia qué ciudad os dirigíais, pero eso no significa que supiera quién era la mujer que ibais a encontrar.
Leire miró a Isara.
—Tudela.
—Sí —dijo Salcedo—. Sabía que Elena tenía una ruta hacia Tudela en 1989. No sabía que Elena era Leire en 2026 hasta que os siguió.
Duna intervino.
—Conmigo igual.
—Igual.
Salma fue directamente a su ciudad.
—Huesca.
Salcedo asintió.
—Os siguió hasta allí.
Cora apoyó los codos sobre la mesa.
—Entonces cuando parecía que siempre iba un paso por delante...
—Muchas veces iba detrás —dijo Isara.
Salcedo la miró.
—Exactamente.
La reconstrucción explicaba una sensación que había acompañado a Isara durante semanas. Tomás había parecido omnipresente porque reconocía los nombres antiguos, las rutas y las familias de 1989. El conocimiento del pasado le permitía interpretar el camino, pero no le entregaba el presente.
Ellas se lo habían mostrado.
—Hay una parte de su versión que sí os afecta —continuó Salcedo—. Sostiene que no conocía las identidades actuales de las otras y que os siguió para averiguarlas.
Ninguna habló.
Cora se apoyó contra el respaldo.
—Así que nos utilizó de guía.
Isara no sintió culpa, aunque unas semanas antes quizá habría reaccionado de otra manera.
Ellas habían ido a buscar a mujeres a las que les habían robado su historia. Tomás había decidido seguirlas.
—¿Ha hablado de 1989? —preguntó Duna.
—Parcialmente. Mucho de lo que dice consiste en minimizar su función. Se presenta como alguien que transmitía decisiones tomadas por otros, hacía llamadas, daba direcciones y resolvía traslados.
—Lo que lleva diciendo desde que consiguió hablar conmigo —dijo Isara.
—Sí. La diferencia es que ahora podemos contrastar lo que diga con material incautado y con una investigación histórica formalmente abierta.
—¿Va a contar quién estaba por encima?
—No lo sé.
—¿Y Álvaro?
—Eso forma parte de la declaración y de diligencias que siguen abiertas. No voy a entrar ahí ahora.
Cora abrió la boca para preguntar por Ferrer y Salcedo levantó una mano antes de que lo hiciera.
—Esto no va a resolverse hoy. Hay personas fallecidas, documentos incompletos y hechos de hace treinta y siete años. La investigación puede reconstruir mucho, pero no voy a prometeros que cada persona tenga una responsabilidad judicial demostrable.
La respuesta pareció decepcionar a Cora y tranquilizar a Duna al mismo tiempo.
Isara preguntó:
—¿Y las seis?
Salcedo la miró.
—¿Qué quieres saber?
—Qué dice de aquella noche.
La inspectora consultó sus notas.
—Mantiene que las salidas estaban previstas antes del incendio y que intentaron continuar con ellas después de evacuar el edificio. Admite que Celia se negó a entregarte.
—¿Mara?
La pregunta salió de Cora.
Salcedo negó despacio.
—No aporta nada distinto.
Isara sintió una pequeña decepción.
—¿Qué ha dicho?
—Que Mara murió aquella noche.
Salma se tensó.
—Yo la vi viva fuera.
—Se lo hemos recordado. Entonces ha corregido la frase: dice que salió viva y murió después.
Era exactamente la misma historia.
—¿La vio? —preguntó Isara.
—No.
—¿Entonces cómo lo sabe?
—Dice que se lo comunicaron.
Isara pensó en Amparo y supo a quién se refería.
Todo seguía encajando con la versión que conocían.
Mara había salido viva en brazos de Amparo y, después, según ella, había muerto; tanto Celia como Tomás habían recibido esa misma noticia.
Amparo era quien había estado con la niña, de modo que allí no había nada nuevo, y Salcedo cerró la carpeta.
—Hay otra cosa importante. A partir de ahora podemos reducir buena parte de las medidas que os hemos pedido durante estas semanas.
No todas desaparecerán hoy, porque hay material que revisar y todavía estamos reconstruyendo si alguien lo ayudó mientras estuvo escondido, pero Gálvez ya no puede seguir conduciendo detrás de vosotras, entrando en casas o presentándose donde os reunáis.
Cora soltó el aire.
—Eso sí que me gusta.
Leire miró a Salma.
—¿Y tú?
Salma contempló su brazo durante unos segundos.
—Quiero volver a mi casa sin tener que avisar cada vez que salgo a comprar pan.
—Podrás hacerlo —dijo Salcedo.
Isara asintió y no pidió más.
* * *
Al salir de la comisaría, se quedaron unos minutos en la acera.
Ninguna parecía tener prisa por marcharse.
Duna había pedido que le avisaran cuando pudiera recuperar la libreta de su padre. Salma había hecho lo mismo con la carpeta azul. Leire tenía al día siguiente una llamada con su hermana. Cora había quedado con su hija para cenar y llegaba tarde.
—¿Sabéis qué me resulta raro? —dijo Cora.
—Que hayas estado diez minutos sin mirar el móvil —respondió Duna.
—Eso también. Pero no.
Miró a Isara.
—Que ya no tengamos que pensar qué va a hacer él después.
Isara entendió la sensación.
Durante semanas cada hallazgo había incluido una segunda pregunta: cuánto tardaría Tomás en saberlo y qué haría para impedir el siguiente paso.
Ahora esa pregunta había desaparecido.
—Queda la investigación —dijo Leire.
—Sí.
—Y las familias.
—Sí.
Salma observó a las otras cuatro.
—Y Mara.
El nombre no produjo alarma, solo tristeza.
Se acercaba el aniversario del incendio y las cinco habían hablado varias veces de ir al memorial. Hasta entonces siempre había existido una amenaza, una pista pendiente o una urgencia que parecía más importante.
Ya no.
Cora miró a Isara.
—Podríamos ir juntas.
—Las cinco —dijo Leire.
Duna asintió; Salma tardó un poco más, pero también aceptó, e Isara miró a las cuatro mujeres.
Tomás Gálvez estaba detenido y Celia ya había contado lo que podía contar; mientras tanto, cada una empezaba a recuperar una parte de la familia que había existido antes de La Esperanza.
Solo quedaba una niña de la fotografía cuya historia seguía terminando en 1989.
Mara.
Y quizá ya era hora de despedirse de ella.