Solo una murió Capítulo 27 — Los orígenes
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Capítulo 27 — Los orígenes

La grabación había cerrado el camino de pistas que Celia dejó preparado.

Tomás seguía oculto y Salcedo se ocupaba ya principalmente de localizarlo; a ellas les quedaba una parte distinta de la historia, una que no exigía esperar su detención: averiguar de dónde venían y decidir si querían acercarse a quienes quedaban de aquellas familias.

Se reunieron otra vez en el taller dos días después de escuchar a Celia.

—Yo voy a llamar a mi hermana —dijo Leire.

Leire hablaba de la hermana que acababan de localizar.

Durante la revisión de los expedientes habían conseguido reconstruir que los padres biológicos de Elena habían muerto y que sus hermanos mayores habían quedado repartidos entre otros familiares. Una hermana seguía viva.

—¿Estás segura? —preguntó Isara.

Leire asintió sin apartar la mirada.

—No sé si quiero una relación con ella. Ni siquiera sé si nos vamos a caer bien. Pero lleva toda su vida sabiendo que faltaba una niña.

Salma bajó la mirada hacia la mesa.

—Entonces merece saber que no murió.

Duna estaba revisando en el teléfono el contacto de su medio hermano.

—El mío no sabe que existo.

Cora la miró con atención.

—Eso es peor.

—No sé si es peor. Es distinto.

—¿Vas a llamarlo?

Duna tardó unos segundos antes de responder.

—Voy a escribirle primero. No pienso aparecer en la vida de alguien diciendo «hola, soy la hija que tu madre perdió antes de tenerte».

—Suena razonable —dijo Leire.

Cora se volvió hacia Salma.

—¿Y tú?

—De mi familia biológica quedan dos hermanos vivos.

—¿Te recuerdan?

—Eso es lo que quiero saber.

Cora acabó mirando a Isara.

Ella llevaba varios minutos evitando aquella parte de la conversación.

Su madre biológica seguía viva. No una tía, un hermano o alguien que hubiera heredado el recuerdo, sino la mujer que había escrito aquellas cartas.

—Tengo el teléfono —admitió.

Cora abrió mucho los ojos.

—¿Desde cuándo?

—Desde ayer.

—¿Y no has llamado?

—No.

—Claro que no.

Isara decidió ignorar el comentario.

—No sé qué tengo que decirle.

Leire la miró con calma.

—Probablemente ella tampoco sepa qué decirte.

El comentario de Leire resultó más útil que cualquier consejo.

Isara hizo la llamada aquella misma tarde.

No lo hizo desde el taller, sino desde su casa, con la fotografía de las seis niñas guardada en un cajón y las cartas de su madre biológica sobre la mesa.

La mujer respondió al tercer tono.

—¿Sí?

Isara había imaginado muchas formas de empezar, pero ninguna sobrevivió a aquella voz.

—¿Es usted la mujer que escribió en 1989 preguntando por una niña llamada Irene?

Al otro lado se hizo un silencio inmediato que no dejaba lugar a confusión ni obligaba a explicarle qué era La Esperanza.

—¿Quién eres?

Isara cerró los ojos un instante.

—Me llamo Isara.

Al otro lado, la mujer respiró hondo.

—No conozco a ninguna Isara.

—Antes me llamaba Irene.

Al otro lado desapareció cualquier sonido. Isara llegó a pensar que la llamada se había cortado.

—No —dijo la mujer al fin.

No sonó como una negación, sino como alguien intentando protegerse de algo demasiado grande.

—Tengo las cartas que escribió —continuó Isara—. No todas, pero varias. Sé que me dejó bajo tutela temporal. Sé que preguntó cuándo podría llevarme a casa.

La respiración de la mujer se volvió irregular.

—Me dijeron que habías muerto.

Isara apoyó una mano en la mesa. Sabía que aquella frase llegaría y, aun así, escucharla fue distinto.

—No morí.

La mujer empezó a llorar.

No hubo un reconocimiento milagroso ni ninguna frase que pudiera comprimir treinta y siete años. Durante varios minutos hablaron de cosas pequeñas porque las grandes resultaban imposibles.

La mujer le contó que había pedido ayuda cuando ya no podía pagar el alquiler y no tenía dónde vivir con una niña de cuatro años. Creyó que sería temporal. Escribió, llamó y viajó hasta Valdemora más de una vez hasta que dejaron de darle respuestas claras.

Después llegó el incendio y, con él, la noticia de que Irene estaba entre las fallecidas.

—Yo no firmé para que te dieran a nadie —dijo.

—Lo sé.

—No te abandoné.

Isara miró las cartas extendidas sobre la mesa.

—También lo sé.

La mujer lloró otra vez.

Isara no lloró; tenía demasiadas cosas mezcladas para saber todavía qué sentía exactamente.

—Tuve otro hijo —dijo la mujer después—. Muchos años más tarde.

—Lo sé.

—No sabe nada.

—No tienes que contárselo hoy.

La respuesta pareció sorprender a la mujer.

—¿Quieres conocerlo?

Isara tardó unos segundos en responder.

—No lo sé.

Era la verdad; ni siquiera sabía qué relación, si alguna, quería tener con aquella mujer.

La mujer tampoco insistió ni intentó obtener una respuesta inmediata.

Antes de colgar preguntó algo que Isara no esperaba.

—¿La mujer que te crió te quiso?

Celia apareció entera en su memoria: el mordisco de luna, la mentira de la inundación, las tardes en el taller, el hospital, la grabadora.

—Sí.

Su madre biológica guardó silencio.

—Me alegro.

Isara sintió que aquello era demasiado generoso.

—También hizo cosas que no debió hacer.

—Puede ser.

—Participó en lo que pasó.

La mujer respiró despacio antes de responder.

—Entonces tendrás que averiguar qué haces con eso.

Isara volvió a mirar las cartas antes de contestar.

—Creo que ya estoy haciéndolo.

No acordaron convertirse en madre e hija al día siguiente. Acordaron volver a hablar.

Leire fue la siguiente.

Hizo la primera llamada con Raúl sentado a su lado y pidió a Isara que estuviera en la videollamada únicamente durante los primeros minutos, por si necesitaba explicar de dónde habían salido los documentos.

La mujer que apareció en la pantalla era mayor que Leire y no se parecía mucho a ella, hasta que sonrió. Entonces Isara entendió por qué Leire se quedó callada.

—Me llamo Leire —dijo—. Pero creo que tú me conociste como Elena.

La mujer llevó una mano a la boca.

No preguntó cómo había conseguido localizarla.

—Eras pequeña.

Leire asintió mientras observaba a la mujer de la pantalla.

—Seis años.

—Yo tenía once.

Aquella cifra convirtió inmediatamente la historia en otra cosa. No hablaban de una adulta que había perdido a una hermana, sino de una niña de once años que había visto desaparecer a otra de seis.

—Papá decía que volverías —continuó la mujer—. Después dejó de decirlo delante de nosotros.

Leire no lloró hasta entonces.

Su hermana le contó que los hermanos mayores habían acabado repartidos entre dos casas familiares mientras sus padres intentaban recomponer una situación que nunca terminó de estabilizarse. Elena había sido la más pequeña y la única que había entrado en tutela.

—Nunca entendimos por qué tú no volviste.

—Yo tampoco.

La conversación se prolongó durante casi una hora.

Al terminar, Leire salió al jardín y llamó a Isara.

—No sé qué se hace con una hermana nueva a los cuarenta y tantos.

—Puedes empezar por no llamarla hermana nueva.

Leire se rio entre lágrimas.

—Gracias, restauradora de fotografías. Muy útil.

—Para eso estoy.

—He quedado con ella.

—¿Cuándo?

—La semana que viene. Raúl vendrá conmigo.

Isara sonrió al oír la decisión de Leire.

—Me parece bien.

—Y después volveré a casa con mis padres y mis hijos.

Isara entendió lo que estaba diciendo. Encontrar a Elena no obligaba a Leire a dejar de ser Leire.

Duna tardó cuatro días en recibir respuesta.

Había enviado un mensaje breve a su medio hermano, acompañado de una copia de una de las cartas de la madre biológica de Marta.

No empezó diciéndole que eran familia, sino preguntándole si reconocía la letra.

La respuesta llegó la tarde del cuarto día.

Es de mi madre. ¿De dónde has sacado esto?

Duna lo llamó en cuanto recibió la respuesta.

Isara estaba con ella porque había ido a devolverle unas copias y acabó quedándose cuando vio cómo miraba el teléfono.

—Puedes irte —dijo Duna.

—Puedo.

—Pero no vas a hacerlo.

—No.

Duna aceptó la presencia y marcó.

No puso el altavoz y mantuvo el teléfono cerca de la cara.

Isara solo escuchó su parte.

—Sí, soy la persona que te escribió... No, no conocí a tu madre de adulta... porque también era mi madre.

Duna esperó la reacción del otro lado.

Duna cerró los ojos durante unos segundos.

—Me llamaba Marta.

Después escuchó durante mucho tiempo.

—No. No creo que te ocultara una hija que viviera en otra parte. Creo que pensaba que yo había muerto.

Al otro lado hubo otra pausa.

—Sí, tengo documentos.

Duna empezó a ordenar inconscientemente las hojas que tenía delante.

—No tienes que decidir ahora si quieres conocerme.

Isara bajó la mirada. Había oído esa misma idea días antes en su propia voz.

Cuando la llamada terminó, Duna dejó el teléfono sobre la mesa.

—No sabía nada.

—¿Te cree?

—Cree la letra. De momento me basta.

—¿Quiere hablar otra vez?

—Sí.

Duna pasó una mano por los documentos.

—Dice que su madre tenía temporadas en las que se ponía muy triste en noviembre y nunca explicaba por qué.

Isara no intentó convertir aquello en una prueba de nada. Duna tampoco.

—Mi padre pagó para que yo llegara a su casa —dijo después— y mi otra madre murió pensando que yo había muerto.

Isara esperó sin intentar llenar el silencio.

—No sé todavía qué hago con esas dos cosas.

—No tienes que resolverlo hoy.

Duna asintió con un gesto apenas visible.

—Eso empieza a ser una frase bastante utilizada en este grupo.

—Por algo será.

Salma encontró pronto el rastro.

Los apellidos de su familia biológica seguían vinculados al mismo lugar y dos de sus hermanos continuaban vivos.

La primera conversación fue telefónica.

La segunda la hicieron por videollamada desde su casa, con su hijo fuera y Cora e Isara sentadas a cierta distancia.

Salma había pedido que fueran.

—Por si me equivoco al recordar —explicó.

Durante la conversación, Salma no tuvo que corregirse.

El hombre que apareció en la pantalla era más joven que ella y había sido un niño cuando Sara desapareció.

La mujer que se conectó después era mayor y sí la recordaba.

—Eras la que nos mandaba —dijo casi inmediatamente.

Salma se rio con una espontaneidad que Isara no le había oído nunca.

—Eso suena posible.

—Papá decía que eras igual que mamá.

El rostro de Salma cambió.

Su madre había muerto antes de que la enviaran a tutela.

El padre, viudo y sin posibilidad de mantener temporalmente a todos sus hijos, había aceptado ayuda con la intención de recuperarla después.

—Lo intentó durante años —dijo su hermana—. Iba preguntando cada vez que alguien le decía que podía averiguar algo.

—¿Sabía lo del incendio?

—Sí.

La sonrisa de Salma desapareció al escuchar la respuesta.

—¿Pensó que había muerto?

La mujer asintió desde la pantalla.

—Al final, sí.

Salma miró hacia un lado.

Isara supo que estaba pensando otra vez en aquella niña de ocho años que durante décadas había creído que debía haber protegido a las demás. Ahora sabía que, mientras ella se culpaba por no haberlas salvado, había un padre intentando averiguar qué había sido de ella.

Cuando terminó la llamada, Salma permaneció frente a la pantalla apagada.

—No sabía que alguien me hubiera buscado.

Cora se acercó hasta quedar a su lado.

—Ahora lo sabes.

Salma asintió antes de responder.

—Sí.

Aquella vez no había culpa en su voz.

Cora no tuvo una reunión nueva que pudiera devolverle a su madre.

La mujer que la había buscado había muerto. Teresa era lo que quedaba de aquella parte de su historia.

Volvió a verla, esta vez sin Isara, y dos días después apareció en el taller con una expresión extrañamente tranquila.

—Le he contado todo a mi hija.

Isara dejó lo que estaba haciendo.

—¿Todo?

—Lo que puede entender sin convertir esto en una serie de televisión.

—¿Cómo se lo ha tomado?

Cora se sentó frente a Isara.

—Me ha preguntado si mi madre sigue siendo su abuela.

Isara supo a cuál de las dos mujeres se refería.

—¿Y qué le has dicho?

—Que sí.

Cora se quedó callada unos segundos.

—Después me ha preguntado si Teresa también es familia.

—¿Y?

—Le he dicho que también.

Isara sonrió al escuchar aquella respuesta.

—Parece que tu hija lo entiende mejor que nosotras.

—Es adolescente. A esa edad todavía crees que una familia puede crecer sin tener que echar a nadie para hacer sitio.

Isara siguió pensando en esas palabras el resto del día.

Una semana después volvieron a reunirse.

Duna y Salma mantenían contacto con sus hermanos, Leire tenía fecha para conocer a su hermana, Cora seguía viendo a Teresa e Isara había vuelto a hablar con su madre biológica.

Ninguna había recuperado una infancia intacta; habían encontrado personas cuyas vidas también habían seguido sin ellas.

Isara miró la fotografía de la habitación seis. Cinco de aquellas historias ya continuaban más allá de 1989. La de Mara, según todo lo que sabían, no.

—Cinco —dijo Cora.

—Cinco —repitió Isara.

La sexta seguía terminando en una piedra con un nombre.