Capítulo 26 — Lo que hizo mi madre
La llamada llegó desde la gestoría que había llevado los asuntos de Celia durante los últimos meses de su enfermedad.
Isara reconoció el nombre de la mujer que había gestionado algunos documentos después del funeral, aunque no esperaba volver a saber de ella.
—Tengo algo que tu madre dejó para ti —le dijo—. Marcó una fecha concreta para que te lo entregáramos. Hoy.
Isara se quedó quieta unos segundos antes de preguntar.
—¿Qué es?
—Un sobre y una grabadora. Nada más.
—¿Dijo por qué tenía que ser hoy?
—No. Solo dejó escrita una frase en el exterior. Supongo que tú sabrás qué significa.
—¿Cuál?
—«Cuando sepas por qué no llegaste a Calahorra».
Isara cerró los ojos porque ya sabía lo que significaba o, al menos, sabía lo suficiente.
Celia se había negado a entregarla, había amenazado con hablar y después había aceptado un pacto que le permitió conservarla. La red había ayudado incluso a construir los documentos con los que Irene desapareció y ella empezó a existir.
—Voy a recogerlo.
No llamó a Cora hasta tener el sobre en las manos.
Era pequeño, de papel grueso y sin ninguna otra indicación. Dentro había una grabadora sencilla y una nota manuscrita.
No quiero que escuches esto sola.
Isara llamó a las cuatro.
Aquella tarde volvieron a reunirse en San Tirso. Salcedo sabía que estarían allí y mantenía las mismas precauciones que desde el disparo a Salma; Tomás Gálvez continuaba sin aparecer.
Cora llegó primero y leyó la nota.
—Por una vez estoy completamente de acuerdo con Celia.
—No te acostumbres.
—No prometo nada.
Leire y Duna llegaron juntas. Salma apareció poco después, ya sin el vendaje que le había cubierto buena parte del brazo durante días. Llevaba una protección mucho más pequeña sobre la herida y seguía evitando algunos movimientos bruscos.
Isara colocó la grabadora sobre la mesa.
Ninguna preguntó si estaba preparada; habían aprendido a no hacerlo y esa reserva empezaba a ser una forma de respeto entre ellas.
Isara pulsó el botón y esperó sin apartar la vista de la grabadora.
Durante unos segundos solo se oyó una respiración y un roce, como si Celia hubiera movido la grabadora después de encenderla.
Entonces llegó su voz e Isara tuvo que bajar la mirada.
No era la voz de las últimas horas en el hospital ni la de los días en que ya apenas tenía fuerzas para hablar. Sonaba cansada, pero reconocible. Era la voz con la que había vivido toda su vida.
—«Si estás escuchando esto, supongo que ya sabes por qué Irene no llegó a Calahorra».
Cora miró a Isara, que no apartó la vista de la grabadora.
—«También supongo que ya sabes bastante de mí como para que lo que voy a decir no pueda arreglar nada. Es mejor así. Si hubieras escuchado esto al principio, habría podido convertir mi versión en la primera verdad que recibieras, y no quería volver a hacerte eso».
Isara respiró despacio mientras Celia continuaba.
—«Durante años te conté tu infancia como si hubiera empezado conmigo.
La inundación, las fotografías perdidas, los papeles que ya no existían...
algunas cosas ocurrieron y otras las fui utilizando para construir una historia en la que no quedaba espacio para Irene.
Lo hice porque tenía miedo de que preguntaras y también porque, después de tanto tiempo, ya no sabía cómo decirte que yo había ayudado a borrar a aquella niña».
Cora dejó de moverse mientras la grabación seguía.
—«No quiero volver a contarte lo que hacíamos en La Esperanza.
Si has llegado hasta aquí, ya lo sabes. Participé.
Callé cartas que deberían haber llegado, preparé cosas para niñas que iban a marcharse y acepté explicaciones que me permitían seguir trabajando sin tener que llamar a aquello por su nombre».
Tras una pausa, Celia explicó lo que realmente quería contarle.
—«Quiero contarte por qué tú».
Isara sintió que se tocaba la oreja sin haber decidido hacerlo.
La pequeña hendidura seguía allí.
—«Tenías cuatro años y te despertabas muchas noches. No eras la única, pero eras la que menos lloraba. Te sentabas en la cama y esperabas. Si yo no pasaba por la habitación, podías quedarte así muchísimo tiempo».
Isara intentó encontrar aquel recuerdo, pero solo apareció la sensación vaga de una habitación oscura que podía proceder de cualquier parte.
—«Una noche me preguntaste por qué tenías la oreja rota».
Isara dejó la mano inmóvil.
—«Te dije que no estaba rota. Te dije que la luna te había mordido cuando eras pequeña porque quería quedarse con un trocito de ti».
Cora bajó la mirada mientras Isara seguía escuchando.
Celia había contado aquella historia durante toda la infancia de Isara. El mordisco de luna siempre había parecido formar parte de la infancia que empezaba con Celia; ahora sabía que aquella historia había nacido en La Esperanza, cuando todavía se llamaba Irene.
—«Después empezaste a preguntarme cada noche si la luna volvería. Yo te decía que no, que ya tenía suficiente».
La voz de Celia cambió ligeramente.
—«Eso no explica lo que hice. No quiero convertir unos turnos de noche y una niña asustada en una justificación. Había otras niñas asustadas. Todas merecían que alguien hubiera dicho que no mucho antes».
Isara sintió que se le llenaban los ojos, aunque siguió escuchando.
—«Lo que ocurrió contigo fue que dejaste de ser una de las niñas a las que yo ayudaba a preparar para marcharse.
Empecé a imaginar dónde estarías después, quién te acostaría y qué te contarían sobre nosotros.
Mientras pensaba en esas cosas, seguía haciendo con otras niñas lo mismo que empezaba a resultarme insoportable hacer contigo».
Salma cerró los ojos mientras la voz de Celia continuaba.
—«Eso dice algo feo sobre mí, Irene. Necesité quererte de una manera concreta para mirar de frente algo que ya debería haber entendido sin necesitarte».
Celia lo dijo sin buscar consuelo.
Isara no sabía si agradecerle que lo hubiera dicho así o enfadarse porque hubiese tardado treinta y siete años en hacerlo.
—«La noche del incendio tu bolsa estaba preparada. También la de las demás. Yo sabía adónde tenías que ir. Cuando empezó el humo, dejamos de poder seguir el orden previsto, pero había gente fuera y todavía intentaban sacar adelante las entregas».
Isara pensó en los coches detrás de La Esperanza, en Salma recordando el frío y en Leire recordando las bolsas.
—«Te encontré cerca del pasillo de servicio. No sé si alguien te llevaba hacia fuera o si te habías separado en el caos. Me viste y viniste hacia mí. Me agarraste de la ropa y me preguntaste si íbamos a casa».
Isara levantó la cabeza mientras la grabación continuaba.
—«Yo no tenía una casa contigo. Ni siquiera sé qué querías decir. A lo mejor pensabas que La Esperanza era la casa. A lo mejor habías oído a alguien hablar de marcharnos. Nunca lo supe».
Después de una respiración audible, Celia siguió hablando.
—«Te llevé fuera. Después me dijeron que tenía que entregarte. Había un coche para ti, una familia esperando en Calahorra y gente que llevaba días preparando aquello».
La voz de Celia se volvió más baja.
—«Y dije que no».
Isara sintió que el pecho se le cerraba. Conocía ya aquel hecho, pero escucharlo de su madre lo cambiaba.
—«No fue una decisión limpia ni valiente. Yo estaba asustada y llevaba años siendo parte de aquello. Sabía que si me enfrentaba a ellos podían quitarte de mi lado, podían denunciarme por lo que yo misma había hecho y podían conseguir que nadie creyera una sola palabra de todo lo demás».
Tras otro silencio breve, la voz de Celia volvió a oírse.
—«También sabía que tenía cosas».
Isara pensó en las copias, las cartas y los negativos.
—«Había empezado a guardar correspondencia y algunos nombres antes del incendio. Después conservé más. Al principio guardaba aquellas cosas porque cada vez me costaba más aceptar lo que hacíamos. Luego entendí que podían servirme para impedir que te llevaran».
Cora miró a Isara, pero no dijo nada.
—«Tomás vino a buscarme. No voy a reconstruir esa conversación como si hubiera sido un contrato. No hubo una lista de condiciones ni un papel firmado. Yo dije que si intentaban recuperarte hablaría. Él me dejó claro que, si hablaba, todo se revisaría, empezando por ti».
Isara sintió una mezcla extraña de alivio y dolor.
Tomás había presentado el acuerdo como algo más ordenado de lo que Celia recordaba.
—«Yo entendí perfectamente lo que significaba. Podía denunciar lo que sabía y arriesgarme a perderte o podía callar y conservarte».
La voz de Celia se quebró un instante.
—«Elegí conservarte».
Nadie se movió mientras Celia terminaba de asumir aquella elección.
—«No quiero esconder esa frase detrás del miedo. Tuve miedo, sí, pero también elegí».
Isara se secó una lágrima sin dejar de escuchar.
—«Tomás te dijo, si ha tenido ocasión, que yo acepté no buscar a las otras.
No recuerdo que nadie me lo dijera así. No hacía falta.
Buscar a una de ellas significaba volver a abrir La Esperanza, los papeles, las familias y todo lo que yo estaba intentando mantener cerrado para proteger la vida que había empezado contigo».
Isara pensó en Cora, Leire, Duna y Salma.
—«Así que no las busqué. Yo elegí callar».
Duna bajó los ojos hacia sus manos.
—«Cuando necesité documentos para ti, acepté ayuda de las mismas personas a las que había amenazado.
No sé cómo explicarte esa contradicción sin hacerla más bonita de lo que fue.
Quería llevarte al médico, escolarizarte, poder vivir contigo sin que cualquier trámite me obligara a explicar quién eras.
Ellos querían que yo no hablara. Nos convenía lo mismo».
Isara sintió que aquella parte dolía de una forma distinta porque no contenía ninguna excusa.
—«Irene desapareció y tú empezaste a ser Isara. Durante mucho tiempo me dije que te había salvado. Esa palabra me ayudó a vivir conmigo misma».
La grabación quedó en silencio unos segundos.
—«Después comprendí que salvarte a ti no había reparado lo que había hecho con las demás».
Leire se llevó una mano a la boca.
—«Los años pasaron y cada año fue más difícil hablar. Al principio temía perderte. Después temía que descubrieras quién había sido yo. Más tarde empecé a temer que toda nuestra vida quedara reducida a la forma en que empezó».
Isara cerró los ojos mientras seguía escuchando la voz de su madre.
—«Y también fui cobarde. Podría haber hablado antes».
Isara notó que Cora se movía a su lado, pero nadie interrumpió.
—«Cuando supe que iba a morir entendí algo bastante sencillo: yo llevaba décadas protegiendo un futuro contigo que ya no existía para mí.
Si seguía callando, me iba a morir sin contaros nada y todo seguiría oculto después.
Entonces entendí que ya no estaba protegiéndote, sino protegiendo mi versión de nuestra vida».
Isara abrió los ojos cuando Celia continuó con una voz más fatigada.
—«No quería que eso fuera lo último que te dejara».
La grabación continuó con una respiración más fatigada.
—«Por eso busqué a Clara. Por eso separé los papeles. Por eso no se lo entregué todo a una sola persona ni a un único lugar. No quería decidir por vosotras qué debía hacerse con la verdad y tampoco quería que una sola persona pudiera enterrarla otra vez».
Aquella parte ya la conocían. Sin embargo, en la voz de Celia sonaba menos a estrategia y más a despedida.
—«No sé qué vais a hacer después de escucharme. Quizá vayáis a la policía. Quizá busquéis a vuestras familias. Quizá algunas queráis saberlo todo y otras decidáis que ya habéis tenido suficiente».
La voz se detuvo unos segundos antes de continuar.
—«Después de escucharme, no voy a deciros qué tenéis que hacer».
La voz de Celia aflojó una tensión que Isara llevaba desde el comienzo del audio, aunque todavía no podía llamar perdón ni rechazo a lo que sentía.
—«A ti, Isara, quiero decirte una última cosa».
Celia utilizó su nombre actual.
—«No tienes que escoger entre Irene y tú. Yo te quité la posibilidad de crecer sabiendo de dónde venías y no puedo devolvértela. Pero tampoco quiero que conviertas toda la vida que vivimos juntas en una mentira para castigarme».
Isara bajó la mirada sin apartar las manos de la mesa.
—«Te quise. Eso fue verdad».
La voz de Celia tembló al continuar.
—«Y también fue verdad que para conservarte callé cosas que nunca debería haber callado».
Celia respiró una vez más.
—«No te pido que me perdones por haberte querido ni que olvides lo que hice para conservarte. Yo no he sabido reconciliar una cosa con la otra. Tú tampoco tienes por qué hacerlo por mí».
Isara lloraba ya sin intentar ocultarlo.
—«No quiero que la verdad dependa de que me perdonéis».
Después hubo varios segundos de silencio.
Isara creyó que la grabación había terminado.
El silencio pareció alargarse hasta que Celia añadió una última frase:
—«Adiós, mi mordisco de luna».
El audio se detuvo y durante un rato nadie habló.
Cora fue la primera en acercar la mano, pero no tocó a Isara hasta que ella la buscó.
Leire miró hacia la ventana. Duna tenía los ojos húmedos y parecía molesta consigo misma por ello. Salma observaba la grabadora.
—¿Quieres volver a escucharlo? —preguntó.
Isara negó con la cabeza.
—Hoy no.
Cora le apretó la mano antes de continuar.
—No tienes que decidir hoy qué haces con todo esto.
—Ya lo sé.
Y aquella vez era verdad.
Isara había pasado semanas intentando averiguar quién había sido Celia.
Había encontrado a una mujer que participó en algo terrible, que después se negó a entregar a una niña, que utilizó el silencio para conservarla y que necesitó treinta y siete años y la cercanía de la muerte para contar lo ocurrido.
Isara tendría que recordar a Celia como la mujer que la quiso y también como la que colaboró con la red y calló para conservarla.
Isara tomó la grabadora y la dejó junto a la fotografía de las seis niñas.
—Salcedo tendrá una copia.
Duna asintió antes de responder.
—Debe tenerla.
—Sí.
Cora volvió la mirada hacia la fotografía.
—¿Y nosotras?
Isara entendió la pregunta sin necesidad de que Cora añadiera nada.
Durante semanas Celia había decidido el siguiente movimiento mediante una fotografía, una carta, una ruta o un documento escondido en algún lugar. Ya no quedaba otra instrucción.
—Nosotras decidimos qué hacemos ahora.
Nadie respondió inmediatamente, porque ya no había una instrucción de Celia que pudiera decidir por ellas.
La voz de Celia había terminado y, desde ese momento, el camino que quedaba delante ya no lo había preparado ella.