Solo una murió Capítulo 25 — El pacto
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Capítulo 25 — El pacto

Amparo acababa de admitir que la red había ayudado a construir esa nueva identidad, y entre una cosa y otra quedaban unas semanas en las que tenía que haberse producido el pacto.

Cora la llamó mientras todavía tenía los documentos extendidos.

—¿Sigues en el taller?

—Sí.

—¿Sola?

—Salcedo lo sabe.

—Eso no era lo que te he preguntado.

Isara sonrió apenas.

—Sí, estoy sola.

—No me gusta.

—Estoy trabajando.

—Eso lo dices siempre justo antes de hacer algo que no me gusta.

—No voy a llamar a Tomás.

Cora guardó silencio.

—Habías pensado hacerlo.

—He pensado muchas cosas.

—Magnífico.

Isara miró el teléfono que descansaba junto a la carpeta.

Desde la llamada de Tomás no había vuelto a saber nada de él. Salcedo tenía los números utilizados, los registros y todo lo que Isara podía facilitar, pero no le había prometido resultados inmediatos.

Tomás llevaba días demostrando que sabía mantenerse fuera de alcance cuando lo necesitaba.

—Quiero entender qué pasó entre el incendio y estos papeles —dijo Isara.

Cora bajó el tono.

—Lo vamos a entender.

—Quizá.

—No empieces.

—No estoy empezando nada.

—Llevas semanas diciendo «quizá» cada vez que algo te afecta demasiado.

Isara apartó una de las hojas.

—Buenas noches, Cora.

—Eso significa que tengo razón.

—Significa que buenas noches.

Cora se rio antes de colgar.

Isara permaneció un rato frente a las copias hasta que el silencio del taller empezó a resultarle incómodo.

Entonces descubrió algo que la primera vez no había sabido interpretar.

En la copia del documento de identidad infantil, el más antiguo de sus papeles de 1990, había una referencia manuscrita en el margen inferior. No era una firma ni un dato oficial. Celia había escrito un número de teléfono y dos iniciales.

T. G.

Isara se inclinó sobre la hoja.

En las primeras revisiones aquellas letras no significaban nada. Ahora conocía un nombre capaz de encajar con ellas.

Sacó una fotografía, se la envió a Salcedo y recibió la respuesta unos minutos después.

NO LLAMES A ESE NÚMERO. DÉJAME COMPROBARLO.

Isara obedeció.

Salcedo tardó menos de media hora en llamarla.

—Coincide.

Isara se quedó mirando el margen.

—¿Con el número de 1989?

—Con uno de los contactos que hemos vinculado a Gálvez en documentación de aquella época.

—Celia lo tenía escrito en mis primeros papeles.

—Sí.

—Entonces seguían hablando después del incendio.

—Eso no podemos afirmarlo solo por esta anotación. Demuestra que Celia conservó un contacto de Gálvez asociado a documentación tuya. No sabemos cuándo lo escribió ni qué conversación hubo.

Isara agradeció que Salcedo conservara incluso entonces aquella precisión.

—Amparo dijo que la red ayudó a regularizar mi situación.

—Y esto encaja con esa versión.

—También con lo que dijo Tomás.

—En parte.

Isara pasó un dedo por la copia.

—Quiero hablar con él.

Salcedo tardó en contestar.

—No voy a decirte que me parezca una buena idea.

—Pero si vuelve a llamar...

—Si vuelve a llamar y decides responder, no lo provoques, no le digas dónde estás, no aceptes encuentros ni le des información nueva sobre la investigación. Si deja mensajes, no borres nada.

—Eso ya lo sé.

—También sabías que no debías perseguir a una persona que acababa de entrar en casa de Carmen.

Isara apoyó la espalda en la silla.

—Entendido.

—Y, Isara, no conviertas lo que diga en una declaración verdadera solo porque encaje.

—Tampoco pienso convertirlo en mentira porque sea él.

—Entonces estamos de acuerdo.

Cuando colgaron, Isara dejó la copia de la cartilla junto a la hoja de rutas. La anotación no explicaba el pacto, pero encajaba con la versión de Amparo: la nueva identidad de Isara había necesitado contactos de la red y el número de Gálvez aparecía asociado a aquellos primeros papeles.

Tomás escribió a la mañana siguiente desde un número que no coincidía con ninguno de los anteriores. El mensaje contenía una fotografía que Isara reconoció antes de ampliarla: era otra copia de la misma documentación de 1990 que tenía en el taller.

Debajo había una frase.

PREGÚNTATE QUIÉN CONSIGUIÓ ESO.

Isara hizo una captura y llamó a Salcedo.

—Ha vuelto.

—¿Qué ha enviado?

Isara se lo explicó.

—No respondas todavía.

—Quiero que llame.

—Ya lo sé.

Salcedo guardó silencio unos segundos.

—Si contestas, no intentes llevarlo hacia ninguna respuesta. Escucha y no le cuentes lo que sabemos.

—De acuerdo.

Isara escribió:

¿QUÉ PROMETIÓ CELIA?

Tomás tardó doce minutos en llamar desde un número oculto e Isara respondió al segundo tono.

—Dímelo.

—Veo que has encontrado el teléfono.

—Estaba en mis papeles.

—Celia guardaba demasiadas cosas.

—Gracias a eso sabemos quién eres.

—No fue por eso.

—No importa.

Tomás soltó una respiración breve.

—Siempre tienes tanta prisa cuando crees que estás cerca.

—¿Qué prometió?

—Ya te lo dije.

—Dijiste que hubo un acuerdo.

—Lo hubo.

—Quiero las condiciones.

—¿Para qué? ¿Para decidir si tu madre fue buena o mala?

Isara cerró los ojos un instante.

—No vuelvas a hacer eso.

—¿Qué?

—Intentar decidir por mí qué estoy preguntando.

Tomás calló.

—Amparo dice que después del incendio queríais recuperarme —continuó Isara—. Celia se negó y amenazó con hablar.

—Eso ocurrió.

—¿De quién fue la idea del pacto?

—No hubo una mesa, Isara.

—No te he preguntado eso.

—Tu madre puso la primera condición.

Isara se quedó inmóvil.

—¿Cuál?

—Que si alguien intentaba quitarte de su lado, entregaría lo que tenía.

—¿A quién?

—A quien hiciera falta.

—¿Policía?

—Policía, prensa, familias. Lo que tuviera delante.

Isara pensó en las copias que Celia había conservado durante décadas.

—¿Qué tenía entonces?

—Más de lo que debía.

—¿Las fichas?

—Algunas copias. Correspondencia. Nombres. No sabía todo, aunque le gustara creer que sí.

—¿Y tú qué hiciste?

Tomás tardó en responder.

—Le expliqué las consecuencias.

—Eso suena a amenaza.

—Porque quieres que lo sea.

—¿Le dijiste que podíais hacerme daño?

—No.

—¿Que podíais llevarme?

—Tú eras la niña que tenía que ir a Calahorra. Recuperarte era cumplir lo que ya estaba preparado.

—Tenía cuatro años.

—Lo sé.

—Entonces deja de hablar de mí como si fuera un paquete retrasado.

Tomás no contestó inmediatamente.

—Celia dijo que no te entregaría —continuó después—. Yo le dije que aquello no podía quedar así.

—¿Y ella?

—Que podía quedar peor.

Isara imaginó a una Celia de poco más de treinta años, cansada, asustada y con una niña a la que se negaba a soltar. No sabía qué había de real en aquella imagen y cuánto estaba construyendo ella.

—¿Qué acordasteis?

—Nosotros dejábamos de buscarte.

—¿Y Celia?

—Callaba.

La palabra fue sencilla.

—¿Solo eso?

—No denunciaba. No buscaba a las otras niñas. No intentaba contactar con las familias que conocía. No volvía a remover La Esperanza.

Isara apretó el borde de la mesa.

—Y a cambio yo me quedaba con ella.

—Sí.

—¿Quiénes sabían esto?

—Los que tenían que saberlo.

—No es una respuesta.

—Es la que hay.

—¿Amparo?

—Sabía una parte.

—¿Álvaro?

—Sí.

—¿Ferrer?

—No todo.

—¿Mateo?

Tomás soltó una risa sin humor.

—Mateo conducía cuando se lo pedían. No confundas estar cerca con saber.

Isara recordó las semanas que habían dedicado a descubrir precisamente eso: que el sistema funcionaba porque cada persona conocía una parte distinta.

—¿Y luego aparecieron mis documentos?

—Sí.

—¿Los conseguiste tú?

—Ayudé a que se movieran.

—¿Cómo?

—No vas a convertir esta llamada en una clase de administración de 1989.

—Entonces dime al menos quién lo pidió.

—Celia.

La respuesta le dolió más que las anteriores.

—¿Ella pidió vuestra ayuda?

—Quería conservarte y necesitaba que pudieras existir fuera de una casa cerrada.

Isara miró la cartilla sanitaria. Para construir una vida normal, Celia necesitaba poder llevarla al médico, escolarizarla y hacer trámites que exigían una identidad utilizable.

—¿Y se los disteis como parte del trato?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque una niña sin documentos era un problema para ella y también para nosotros.

—¿Para vosotros?

—Si Celia acababa pidiendo ayuda oficial, tenía que explicar de dónde habías salido.

La lógica era brutal. Facilitar que Irene desapareciera como Isara protegía a Celia y también protegía al sistema.

—Así que me borrasteis otra vez.

—No digas tonterías.

—¿Cómo lo llamas tú?

—Te dimos una identidad que pudieras usar.

Isara sintió una ira fría.

—Ya tenía una.

Tomás se quedó callado.

—Me llamaba Irene.

—Y según los registros Irene murió en el incendio.

—Porque alguien decidió que muriera.

—No fui yo solo.

—Nunca he dicho que lo fueras.

Tomás bajó la voz.

—Tu madre aceptó.

Isara tardó un instante en responder.

—¿Qué aceptó?

—Todo lo necesario para quedarse contigo.

—Eso es lo que quieres que crea.

—Es lo que ocurrió.

—No. Lo que ocurrió es que me quería con ella y aceptó callar. Lo que todavía no sé es por qué tomó esa decisión.

—¿Importa?

—Sí.

—El resultado fue el mismo.

—Para ti quizá.

Tomás volvió a guardar silencio e Isara notó que aquella diferencia le irritaba.

Él necesitaba convertir el pacto en una transacción sencilla porque así repartía la responsabilidad de una forma que lo favorecía: Celia había obtenido algo y la red también.

Pero una decisión podía ser voluntaria y seguir naciendo de una situación construida por otros.

—¿La amenazasteis? —preguntó.

—No como quieres que lo imagine.

—¿Cómo quiero imaginarlo?

—Un hombre en una habitación diciéndole que iba a matarte si hablaba.

—No he dicho eso.

—Pero te convendría. Haría más fácil perdonarla.

Isara sintió el golpe, aunque no dejó que se notara en la voz.

—No estoy buscando una forma fácil de perdonarla.

Tomás guardó silencio.

—¿La amenazasteis con quitarme de su lado?

—Tú no eras legalmente su hija.

—No te he preguntado eso.

—Le dejamos claro que, si hablaba, todo se revisaría.

—Incluida yo.

—Claro.

La amenaza podía funcionar sin formularse de manera explícita: Celia sabía que, si denunciaba la red, tendría que explicar cómo había acabado una niña de La Esperanza viviendo con ella y por qué la estaba presentando con otro nombre.

Tomás continuó.

—No fue una víctima de aquel acuerdo. Lo aceptó.

—Tenía miedo de perderme.

—Y aun así lo aceptó.

Isara apoyó una mano sobre la carpeta.

—Que aceptara no significa que dejara de tener miedo.

Tomás no respondió.

—Tú quieres que elegir una cosa borre la otra —continuó—. Que si Celia aceptó, entonces ya no había miedo. Que si obtuvo algo, entonces todo lo demás deja de importar.

—Obtuvo exactamente lo que quería.

—Y tú obtuviste treinta y siete años de silencio.

El silencio al otro lado cambió e Isara supo que había acertado.

—Hasta que murió —dijo Tomás.

—Hasta que decidió que su muerte terminaba el acuerdo.

—Rompió su palabra.

—Sí.

Isara no lo discutió. Celia había roto su palabra: había esperado hasta el final de su vida, separado documentos, localizado a Cora y construido un camino que pudiera continuar aunque alguien intentara destruir una de las piezas.

—Por eso entraste en su casa la noche del entierro —dijo.

Tomás no contestó.

—Buscabas lo que había dejado.

—Buscaba saber cuánto había hecho.

—Y no lo encontraste.

—No todo.

—Por eso me seguiste.

Otra pausa.

—Al principio sí.

Isara sintió que la respuesta encajaba con demasiadas cosas.

Tomás nunca había sabido dónde estaban las otras mujeres y había seguido a Isara para descubrir qué encontraba.

—Y nosotras te llevamos hasta ellas.

—No necesito explicarte esto ahora.

—No. Ya lo entiendo.

Tomás cambió de tono.

—No creas que saber lo del pacto te dice quién era Celia.

—No.

—La mujer que tú conociste vivió gracias a aquel silencio.

—También.

—Y tú.

Isara miró su nombre en la cartilla.

ISARA.

Durante toda su vida había pensado que aquel nombre marcaba el principio. Ahora sabía que había nacido de una decisión tomada después.

—Sí —respondió.

Tomás pareció no esperar la respuesta.

—Mi vida con Celia existió porque ella calló —continuó Isara—. No voy a fingir que no.

—Entonces entiendes.

—Entiendo algo que tú sigues sin entender.

—¿Qué?

—Que saber lo que hizo no te da derecho a decirme qué significó para mí.

La llamada permaneció abierta unos segundos más y Tomás colgó sin despedirse.

Isara dejó el teléfono sobre la mesa. El pacto ya tenía forma: Celia había amenazado con hablar, ellos dejaron de buscar a Irene y ella aceptó callar mientras los mismos contactos ayudaban a convertirla en Isara.

Lo que Tomás no podía explicarle era por qué su madre había elegido precisamente a ella. Para eso todavía faltaba la voz de Celia.