Capítulo 24 — Amparo, otra vez #2
—El plan se rompió, pero no del todo. Había gente fuera, conductores, familias esperando instrucciones. En medio del caos se siguió haciendo lo que ya estaba preparado.
Duna habló con voz baja.
—Cuatro llegamos a nuestros destinos.
—Sí.
—Cora a Logroño, Leire a Tudela, yo a Zaragoza y Salma a Huesca.
—Sí.
Isara señaló su propia línea.
—Yo debía ir a Calahorra.
Amparo no respondió.
—Pero no fui.
—No.
—¿Por qué?
La mujer miró la carta de Celia.
—Porque Celia no te entregó.
Isara sintió una presión en el pecho. Tomás se lo había insinuado y toda su vida posterior lo demostraba, pero escuchar a Amparo convertía la decisión en una escena real.
—¿Qué hizo?
—Te sacó con ella.
—¿Y después?
Amparo tardó demasiado.
—Después desapareció contigo.
—Tomás dice que hubo un acuerdo.
Cora giró la cabeza hacia Isara, aunque conocía ya la llamada.
Amparo bajó la mirada.
—Lo hubo.
—¿Estuviste presente?
—No cuando se cerró.
—¿Sabías que estaban negociando?
—Sabía que Tomás quería recuperarte y que Celia se negaba.
Isara notó que el resto de la habitación parecía alejarse.
—¿Recuperarme para llevarme a Calahorra?
—Sí.
—¿Y qué ocurrió después?
Amparo se tomó un instante antes de responder.
—Supe que habían llegado a un acuerdo porque dejaron de buscarte y, poco después, tu nueva identidad empezó a tener papeles. No estuve en la conversación y no sé qué prometió cada uno. Si Tomás te ha contado las condiciones, tendrás que comprobarlas por otra vía.
Isara apretó las manos sobre las piernas.
La llamada de Tomás había abierto aquella posibilidad. Amparo confirmaba ahora que el acuerdo existió, pero no podía decirles cuáles fueron sus términos.
—¿Y mis papeles? —preguntó.
—Aparecen en 1990.
—Lo sé.
—Con el nombre Isara.
—También lo sé. ¿La red ayudó a conseguirlos?
Amparo levantó la vista.
—Sí.
Cora soltó el aire.
Isara no dijo nada.
A Isara le dolió de una manera distinta. Celia había roto con el sistema, pero para construir la vida que tuvieron juntas había recurrido a gente que formaba parte de él.
—¿Celia pidió esa ayuda?
—No sé cómo se planteó. Solo sé que sin contactos no habría podido regularizar tu situación tan deprisa.
—Y la aceptó.
—Sí.
La respuesta le llegó con una claridad casi física.
Leire esperó antes de formular la pregunta siguiente.
—¿Y Mara?
Amparo apartó la vista de Isara.
—Mara estaba conmigo.
Salma habló.
—Yo te vi sacarla.
—Sí.
—Estaba viva.
—Sí.
Amparo apoyó las manos en la mesa.
—Respiraba mal y tosía. La saqué porque pensé que podía ayudarla.
—¿Adónde la llevaste? —preguntó Isara.
Amparo sostuvo su mirada.
—Fuera de allí.
—Eso ya lo sabemos.
—Murió aquella noche.
Cora intervino.
—¿Contigo?
La pausa fue breve.
—Sí.
Aquella era la respuesta que Amparo le había negado en la primera visita y ahora encajaba dentro de una confesión que, por fin, parecía completa.
—¿Quién más lo supo? —preguntó Duna.
—Celia.
—¿La vio?
Amparo negó.
—Se lo dije después.
Isara guardó el dato sin detenerse en él.
—¿Y Tomás?
—También se lo hice saber.
—¿Por qué?
—Porque Mara tenía un destino preparado y había una familia esperando. Había que cancelar esa salida.
Duna frunció el ceño.
—Entonces Tomás creyó que había muerto porque tú se lo dijiste.
—Sí.
—¿La vio después de salir del centro?
—No.
Isara miró la fotografía. Celia había creído a Amparo y Tomás también, pero en aquel momento la coincidencia no le pareció extraña. Amparo era quien llevaba a Mara cuando salió de La Esperanza; si alguien podía saber qué había ocurrido después, era ella.
—¿Por eso pusiste la piedra? —preguntó Cora.
Amparo asintió.
—Muchos años después.
—Y las flores.
—Sí.
Nadie preguntó qué decía la tarjeta porque todas lo sabían.
Perdóname.
Amparo se levantó con dificultad y fue hasta la ventana.
Durante unos segundos ninguna habló.
—He pasado treinta y siete años encontrando palabras menos graves para lo que hicimos —dijo sin volverse—. Ayuda. Traslados. Adopciones. Familias. Oportunidades. Después del incendio dejé de participar, pero eso no cambia todos los años anteriores.
Se giró hacia ellas.
—No puedo devolveros la infancia que os quitaron ni decir que no sabía nada, porque sería mentira. Tampoco puedo deciros que todas las personas que os criaron fueran parte de aquello, porque también lo sería.
Miró a Salma.
—Y no puedo pedirte que entiendas por qué hice lo que hice solo porque ahora me arrepienta.
Salma la observó durante unos segundos.
—No pensaba hacerlo.
Amparo aceptó la respuesta.
Isara recogió lentamente las hojas. Habían ido hasta aquella casa buscando la parte de la historia que Amparo llevaba semanas administrando y aquella vez ella había dejado de defenderse.
Había admitido la red y el dinero, las cartas retenidas y las entregas, la participación de Celia, el papel de Tomás y la razón por la que las seis iban a salir aquella noche.
Incluso había confirmado que la misma estructura que borró a Irene ayudó después a crear a Isara.
Solo quedaba una parte sin resolver del todo: el acuerdo exacto por el que Celia pudo conservarla. Amparo decía no haber estado presente cuando se cerró.
Antes de marcharse, Isara abrió la puerta.
Durante las primeras visitas había salido de aquella casa convencida de que Amparo ocultaba casi todo. Aquella tarde salió creyendo que, por fin, les había contado lo peor.