Capítulo 24 — Amparo, otra vez
Amparo aceptó recibirlas a las cinco.
No preguntó por qué querían volver ni hizo ningún comentario cuando Isara le explicó que Salcedo conocía la visita y que preferían que fuera así. Se limitó a darles una hora y, antes de colgar, añadió:
—Traed lo que habéis encontrado.
Era la primera vez que no intentaba mantenerlas lejos de la historia.
Cuando llegaron, Amparo las esperaba con la puerta abierta.
Sus ojos recorrieron primero a Isara y Cora, después a Leire y Duna, hasta detenerse en Salma. El brazo ya no llevaba el vendaje voluminoso de los primeros días, pero la herida seguía cubierta.
Amparo miró aquella protección durante unos segundos.
—Sara.
Salma se quedó quieta.
—Salma.
—Sí.
Amparo asintió despacio.
—Perdona.
Salma no respondió.
Aquella palabra podía referirse al disparo que había sufrido por intentar reconstruir su infancia, a lo ocurrido en 1989 o a todo junto. Ninguna quiso decidirlo por ella.
Entraron en el salón.
Amparo las condujo al mismo salón de las visitas anteriores. Habían ido allí por otra cosa.
Duna dejó una carpeta sobre la mesa. Cora colocó junto a ella la copia de la hoja de rutas, Leire añadió las fotografías de las bolsas y de la salida de servicio, e Isara puso encima la carta de Celia.
Amparo no tocó nada.
—Tomás me llamó —dijo Isara.
La mujer levantó la mirada.
—¿Cuándo?
—Anteanoche.
La expresión de Amparo se endureció.
—¿Qué quería?
—Decirme que Celia rompió su palabra.
La sorpresa no fue lo que apareció en el rostro de Amparo, sino un cansancio que parecía llevar demasiado tiempo allí.
—Claro —murmuró.
—También dijo que te preguntara por el día después del incendio.
Amparo se sentó.
Las cinco permanecieron de pie hasta que ella señaló las sillas.
—Si vais a preguntarme todo lo que creo que vais a preguntarme, será mejor que os sentéis.
Nadie comentó la frase mientras Isara ocupaba el lugar frente a Amparo.
—Empieza por La Esperanza.
Amparo miró las fotografías.
—¿Qué quieres saber?
—Lo que no quisiste decirnos la primera vez.
—Eso es demasiado.
—Entonces empieza por tu trabajo.
Amparo juntó las manos.
—Yo dirigía el centro en la práctica. Había una asociación por encima, una junta, personas que firmaban cosas que yo no podía firmar y gente que aparecía cuando había que resolver problemas.
Pero las niñas estaban conmigo. Los turnos, las habitaciones, las entradas, las salidas... todo pasaba por mí.
Cora habló sin suavizar la pregunta.
—¿Y las entregas?
—También.
Nadie la interrumpió y Amparo continuó.
—No empezaron con vosotras. Llevaban años ocurriendo.
Salma bajó la mirada.
Leire preguntó:
—¿Sabías que algunas familias querían recuperar a sus hijas?
Amparo tardó en responder.
—Sí.
La palabra fue mucho más dura que cualquier explicación.
—¿Y aun así las entregabais? —preguntó Leire.
—Sí.
—¿Por qué?
Amparo se llevó una mano a la frente.
—Porque aprendimos a llamarlo de otra manera.
Duna frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Soluciones. Oportunidades. Familias mejores. Niñas que iban a estar más atendidas. Había una explicación para cada caso y, cuando una explicación no alcanzaba, aparecía otra.
Leire sostuvo su mirada.
—Mi familia preguntaba por mí.
—Lo sé ahora por las cartas que habéis encontrado.
—Pero sabías que había cartas retenidas.
—Sí.
—Entonces sabías lo suficiente.
Amparo no se defendió.
—Sí.
Isara sintió que aquella era la diferencia respecto a sus primeras visitas. Amparo ya no intentaba esconderse detrás de lo que ignoraba.
Cora abrió una de las copias de la documentación de su familia.
—A los míos les dijeron que mi familia de origen había renunciado.
—Eso se decía a menudo.
—¿Era mentira?
—En vuestro caso, sí.
Cora dejó la hoja sobre la mesa.
No lloró ni levantó la voz.
—¿Y mi madre sabía que era mentira?
—No sé qué sabía tu madre.
—Necesito algo mejor que eso.
—No puedo dártelo.
Amparo señaló la documentación.
—Había familias a las que se les contaba una historia completa. Otras sabían que algo no encajaba y preferían no preguntar. Algunas sabían más. Yo no estuve en todas las conversaciones y sería otra mentira decirte ahora que puedo distinguirlas después de tantos años.
Cora se quedó callada.
Duna empujó hacia Amparo la fotografía de la libreta negra de su padre.
—El mío pagó.
Amparo leyó la anotación.
15/11 — APORTACIÓN. CONFIRMADO.
—Sí.
Duna levantó la cabeza.
—¿Sí qué?
—Sí, hubo dinero.
—Eso ya lo sabemos. Quiero saber por qué.
Amparo respiró hondo.
—Porque el sistema costaba dinero y porque también producía dinero. Había abogados, gestores, intermediarios, traslados, documentos y personas que cobraban por abrir puertas que de otro modo no se abrían. A veces una cantidad podía presentarse como gastos. Otras como donación.
—¿Y otras como precio? —preguntó Salma.
Amparo la miró.
—Sí.
—¿Vendíais niñas? —preguntó Cora.
Amparo tardó varios segundos.
—Si me lo hubieras preguntado entonces, habría dicho que no.
—Te lo pregunto ahora.
—Ahora sé que, en algunos casos, eso es exactamente lo que hacíamos.
Isara miró la carta de Celia. Su madre había utilizado otra frase: había preferido creer que aquellas niñas estarían mejor. Era la misma manera de sobrevivir a lo que hacían.
—¿Celia sabía todo esto? —preguntó.
Amparo cerró los ojos un instante.
—No al principio.
—¿Y después?
—Después, sí.
—¿Cuánto después?
—No hubo un día concreto en el que alguien se sentara con nosotras y dijera la verdad entera.
Empezabas preparando una bolsa. Después entregabas una documentación que no cuadraba.
Otro día te pedían que no contestaras una carta.
Luego sabías que una familia había pagado, aunque no supieras a quién.
Cuando querías convencerte de que solo hacías una parte pequeña, ya llevabas demasiado tiempo dentro.
—Eso no responde a cuánto sabía Celia.
Amparo abrió los ojos.
—Sabía que se estaban sacando niñas de La Esperanza para entregarlas a familias elegidas fuera de los procedimientos normales. Sabía que algunas familias de origen seguían preguntando por ellas y terminó sabiendo que había dinero.
Isara recibió la respuesta sin apartar la mirada.
—Entonces su carta dice la verdad.
—¿Qué carta?
—Una que nos dejó para cuando estuviéramos las cinco.
Amparo no pidió verla.
—Imaginé que habría dejado algo así.
—Dice que participó.
—Participó.
—¿Durante años?
—Sí.
Aquella respuesta no dejó ningún espacio.
Celia había escrito su propia responsabilidad y Amparo acababa de confirmarla sin conocer el contenido exacto de la carta.
Salma volvió a intervenir después de la pregunta sobre el dinero.
—¿Tomás qué hacía?
Amparo miró hacia ella.
—Lo que ya os conté. Conectaba cosas.
—Eso sigue siendo muy cómodo.
—Porque no tenía un cargo que pudiera escribirse en una puerta. No dirigía La Esperanza y no conducía todos los coches. Tampoco hacía personalmente cada papel. Pero sabía quién podía hacerlo.
Duna intervino.
—Familias, transportes, documentación y dinero.
—Sí.
—¿Trabajaba para Álvaro Mendía?
—A veces recibía instrucciones de él. Otras no sé de quién.
—¿Había alguien por encima de Tomás?
—Claro.
—¿Quién?
Amparo negó.
—Nombres seguros, no tengo. Había personas que yo veía una vez y desaparecían.
Gestores. Abogados. Gente de asociaciones.
Contactos administrativos. Si empiezo a dar nombres por recordar una cara o una conversación de hace casi cuarenta años, voy a mezclar culpables con personas que quizá solo hicieron un trámite.
Duna aceptó la respuesta con una inclinación mínima de cabeza.
—Eso sí me sirve.
Isara colocó la hoja de rutas frente a Amparo.
—El dieciocho de noviembre iban a salir seis niñas.
—Sí.
—¿Por qué todas el mismo día?
Amparo tardó más en contestar.
—La Esperanza iba a cambiar.
—¿De dirección?
—De gestión. Había una revisión de expedientes pendiente y demasiadas cosas que podían resultar difíciles de explicar. Querían que aquellas seis salieran antes.
Cora señaló la fecha.
—Entonces estaba organizado antes del incendio.
—Todo estaba organizado antes.
—¿También los coches?
—Sí.
—¿Las bolsas?
—Sí.
Leire miró la fotografía donde Celia aparecía junto a ellas.
—Celia preparó algunas.
Amparo observó la imagen.
—Sí.
Isara sintió que ya no quedaba ninguna parte de aquella fotografía que pudiera proteger a su madre.
—¿Y el incendio?
—Fue un accidente.
—¿Estás segura?
—Completamente.
—¿Qué ocurrió?
—Empezó en la instalación eléctrica de una zona de servicio. Llevábamos tiempo teniendo problemas. Al principio creímos que podríamos contenerlo, pero el humo se extendió demasiado deprisa.
Salma cerró los ojos durante un instante.
—Yo recuerdo las bolsas antes del humo.
—Porque ya estaban preparadas.
—Y los coches.
—También.
El incendio no había creado la operación; había irrumpido dentro de ella.
Isara volvió a la pregunta que había estado detrás de todo desde que encontró el primer expediente.
—Entonces ¿cómo acabamos las seis figurando como fallecidas si no había seis cuerpos?
Amparo tardó en contestar.
—Después del incendio se hizo una relación con las seis niñas que constaban como residentes.
Esa relación terminó convertida en la lista de fallecidas.
No hubo seis identificaciones médicas ni seis cuerpos recuperados.
Hubo una versión administrativa que se repitió de un documento a otro mientras el centro se cerraba.
—¿Quién la convirtió en eso?
—No sé quién redactó el primer documento ni quién dio la primera orden. Sí sé que había personas capaces de conseguir que una versión pasara de una oficina a otra sin que nadie quisiera abrir lo que había debajo. Yo sabía que cinco de vosotras seguíais vivas y no lo corregí.
Cora miró la fotografía de Mara.
—¿Y ella?
Amparo no apartó la vista de Cora.
—Mara salió viva, pero murió después. Por eso nunca corregí su nombre.
Isara no respondió. La diferencia entre una muerte comprobada y una relación administrativa repetida explicaba por fin cómo habían podido desaparecer cinco niñas vivas sin que existieran cinco entierros que buscar.
—¿Qué pasó con nosotras? —preguntó Salma.
Amparo miró la fotografía de las seis.