Solo una murió Capítulo 23 — Celia rompió su palabra
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Capítulo 23 — Celia rompió su palabra

El mensaje llegó poco después de las once de la noche.

Isara estaba en casa, con el portátil abierto sobre la mesa del comedor y la carta de Celia guardada en una funda a su izquierda.

Había pasado buena parte de la tarde evitando volver a leerla.

Ya conocía cada frase y otra lectura no iba a cambiar lo que sabía: su madre había participado en las salidas de niñas de La Esperanza.

Aun así, seguía regresando mentalmente a la misma parte.

Durante un tiempo colaboré porque quise creer que aquellas niñas iban a estar mejor.

Había algo casi peor en que Celia no hubiera intentado presentarse como una víctima.

Su teléfono vibró.

El número no estaba oculto, aunque Isara no lo reconoció. Desde que Salma había identificado a Tomás Gálvez, Salcedo les había pedido que conservaran cualquier llamada o mensaje extraño y que no borraran nada, aunque pareciera irrelevante.

Isara abrió la notificación y encontró una sola frase.

CELIA ROMPIÓ SU PALAbrA.

Se quedó mirando la pantalla.

El remitente resultaba evidente.

Hizo una captura y la remitió a Salcedo sin añadir ningún comentario. Después dejó el móvil sobre la mesa y esperó.

No llegó un segundo mensaje.

Durante casi un minuto no ocurrió nada, hasta que el teléfono empezó a sonar.

El mismo número.

Isara no respondió de inmediato.

Sabía lo que Salcedo le diría si pudiera consultárselo en ese momento: no aceptar condiciones, no acordar encuentros, no dar información sobre dónde estaba ni sobre lo que habían encontrado. También sabía que la policía llevaba días intentando localizar a Gálvez sin conseguirlo.

La llamada se cortó y, cinco segundos después, el teléfono volvió a sonar.

Isara respondió al segundo tono.

—¿Tomás?

Hubo un breve silencio.

—Así que Amparo te dio el apellido.

Era la primera vez que oía su voz.

La voz no se parecía a nada de lo que había imaginado: carecía de gravedad y de amenaza, sonaba cansada y normal, y precisamente por eso Isara sintió más rechazo.

—La policía sabe quién eres.

—Ya me he dado cuenta.

—Entonces sabrás que esta llamada también les va a llegar.

—Lo sé.

No parecía preocuparle demasiado o, al menos, no permitió que se notara.

Isara miró hacia las ventanas, con las persianas bajadas y la puerta cerrada, aunque la conversación le devolvió durante un instante aquella sensación de las primeras semanas, cuando no sabía quién las observaba ni desde dónde.

—¿Qué significa el mensaje?

—Sabes perfectamente lo que significa.

—No.

—Celia sí lo sabía.

Isara apretó el teléfono.

—Mi madre está muerta. Si tienes algo que decir, dímelo a mí.

—Eso estoy haciendo.

—Entonces deja de hablar como si esperases que adivinara cosas.

Tomás guardó silencio un momento.

—Tu madre me dio su palabra hace treinta y siete años.

Isara recordó las veces que Tomás había insinuado un acuerdo con Celia.

—¿Qué palabra?

—Que aquello terminaba allí.

—¿Qué terminaba?

—Lo que había pasado.

—Eso no significa nada.

—Para ella significó bastante.

Isara pensó en la vida de Celia después del incendio. En una niña llamada Irene que dejó de existir y en la aparición, meses después, de los primeros documentos de Isara. En la historia de la inundación que había explicado durante años la ausencia de papeles y fotografías.

—¿Cuándo te dio esa palabra?

Tomás tardó en responder.

—Después del incendio.

—¿Cuánto después?

—No importa.

—A mí sí.

—Días. No recuerdo cuántos.

Isara no sabía si creerle.

—Celia acaba de admitir que participó en las salidas.

La respiración al otro lado cambió apenas, un matiz mínimo que Isara notó y que le confirmó que Tomás no sabía lo que contenía la carta.

—¿Te sorprende?

—No.

—Sí te sorprende.

—Sabía perfectamente lo que había hecho tu madre.

—No me refiero a eso. Te sorprende que me lo haya contado.

Esta vez Tomás no respondió enseguida.

Isara comprendió que había cometido un pequeño error al revelar demasiado y decidió no repetirlo.

—¿Qué palabra te dio?

—Te estás fijando en la parte equivocada.

—Es la parte por la que me has llamado.

—Te he llamado porque estás convirtiendo a Celia en la mujer que os dejó el camino para desmontarlo todo y se te está olvidando quién fue antes.

—No se me está olvidando.

—Todavía la estás protegiendo.

Isara miró la funda que contenía la carta.

—No sabes lo que estoy haciendo.

—Sé quién era ella.

—Yo también.

—No. Tú conociste a la madre.

A Isara le dolió oírlo, pero no le dio la satisfacción de responder.

Tomás continuó.

—Yo conocí a la mujer que preparaba bolsas, que entregaba papeles y que acompañaba niñas hasta los coches.

—Eso ya lo sé.

—¿También sabes cuántas?

Isara no contestó.

—¿Sabes cuánto tiempo lo hizo?

Silencio.

—¿Sabes qué recibió a cambio cuando decidió dejar de hacerlo?

Isara levantó la cabeza.

—¿Qué quieres decir?

—Ahora sí estás escuchando.

—¿Qué recibió?

Tomás soltó el aire.

—Pregúntate por qué tú no llegaste a Calahorra.

A Isara le dolió oírlo.

—¿Qué tuvo que ver Celia?

—Todo lo que necesitas saber empieza ahí.

—Contéstame.

—No.

La rabia apareció antes que el miedo.

—Has entrado en mi casa, nos has seguido, has amenazado a nuestras familias, casi nos echas de una carretera, entraste en casa de Carmen, me abriste la ceja y disparaste a Salma. No vuelvas ahora con medias frases como si estuvieras haciéndome un favor.

—No te estoy haciendo ningún favor.

—Entonces habla.

—Estoy intentando que entiendas que tu madre no salió de aquella historia con las manos vacías.

Isara se quedó inmóvil.

—¿Me estás llamando a mí unas manos llenas?

—No he dicho eso.

—Lo acabas de insinuar.

—He dicho que Celia obtuvo algo.

—¿Qué?

—Una vida.

Isara tardó unos segundos en responder.

—La mía.

Tomás calló, e Isara entendió que no estaba negándolo.

—¿Celia se quedó conmigo como parte de un acuerdo?

—Pregúntaselo a Amparo.

—Te lo estoy preguntando a ti.

—Y yo te estoy diciendo que tu madre no hizo lo que hizo gratis.

—¿Gratis?

Isara se levantó de la silla.

—Yo tenía cuatro años.

—No estoy hablando de dinero.

—Entonces deja de usar palabras como si hubiera una cuenta que cerrar.

Tomás bajó la voz.

—Celia quiso conservarte.

Isara tuvo que apoyarse en el respaldo de la silla.

—Eso ya lo sé.

—No sabes lo que costó.

Un frío distinto le recorrió el cuerpo.

—¿Qué costó?

—Su silencio.

Isara dejó de moverse mientras Tomás guardaba silencio durante unos segundos, como si acabara de comprender que había dicho más de lo que quizá pretendía.

—¿Silencio sobre qué?

—Sobre todo.

—¿Sobre las niñas?

—Sobre La Esperanza. Sobre las salidas. Sobre la gente que había detrás.

Isara pensó en las cartas retenidas, en Cora, Leire, Duna y Salma creciendo lejos de las familias que las habían buscado. Pensó en otras niñas cuyos expedientes empezaban a aparecer ahora alrededor de la asociación.

—Y a cambio la dejasteis quedarse conmigo.

Tomás no confirmó la frase.

—Eso lo estás diciendo tú.

—Porque es lo que acabas de contarme.

—He dicho que hubo un acuerdo.

Isara sintió que se le tensaba la mandíbula.

—¿Quién lo propuso?

—No voy a reconstruirte treinta y siete años por teléfono.

—Qué conveniente.

—No necesito que me creas esta noche. Necesito que empieces a hacerte la pregunta correcta.

—¿Cuál?

—Por qué una mujer que sabía lo que estaba pasando guardó silencio durante casi cuatro décadas.

La respuesta fácil habría sido el miedo.

Isara la había utilizado muchas veces sin decirla en voz alta.

Celia podía haber tenido miedo de Tomás, de la red, de perderla, de que la acusaran por lo que había hecho.

Pero Tomás acababa de introducir otra posibilidad: que no hubiera sido solo miedo, sino un acuerdo.

—¿Por qué me cuentas esto ahora?

—Porque ya no puedo impedir que encuentres los papeles.

La sinceridad la sorprendió.

—Ni que hables con Amparo —continuó—. Ni que la policía revise todo lo que ha empezado a revisar. Pero todavía puedo impedir que Celia decida sola cómo vas a recordarla.

Ahí estaba.

Isara comprendió que aquella llamada no pretendía detener la investigación de la policía. Tomás sabía que ya era tarde para eso. Lo que intentaba era entrar entre ella y la mujer que la había criado.

—Quieres que la odie.

—Me da igual lo que sientas por ella.

—No te da igual. Si te diera igual, no estarías llamándome desde dondequiera que estés mientras te busca la policía.

Tomás guardó silencio.

Isara continuó antes de que pudiera interrumpirla.

—No sabes qué me dejó Celia. No sabes qué hemos encontrado. No sabes qué sabe Amparo y tampoco sabes lo que Salcedo tiene ya sobre ti.

—Sé lo suficiente.

—Ya no.

La respiración de Tomás se endureció.

—Ten cuidado con Amparo.

Isara sintió que volvía a intentar conducirla.

—¿Por qué?

—Porque lleva toda la vida escogiendo qué verdad contar.

—Eso ya lo sé.

—Entonces pregúntale por el día después del incendio.

Isara memorizó la frase.

—¿Qué ocurrió?

—Pregúntaselo.

—¿Y si no quiere responder?

—Querrá.

—¿Por qué estás tan seguro?

Tomás tardó unos segundos.

—Porque yo ya he roto la parte del silencio que la protegía.

Antes de que Isara pudiera preguntarle qué significaba aquello, añadió:

—Celia fue la primera.

—¿La primera qué?

—La primera que rompió su palabra.

La llamada se cortó.

Isara permaneció de pie con el teléfono pegado a la oreja hasta que la pantalla volvió a mostrar el registro de la llamada.

Entonces llamó a Salcedo.

La inspectora respondió casi inmediatamente.

—He visto tu mensaje.

—Era él.

—¿Gálvez?

—Sí.

—Cuéntame exactamente qué ha dicho.

Isara miró la carta de Celia sobre la mesa.

Hasta entonces, las preguntas que guiaban la investigación habían nacido de pistas de Celia; aquella la había abierto Tomás y, precisamente por eso, Isara tenía que desconfiar de ella más que de ninguna otra.

Aun así, había algo que ya no podía ignorar.

Después del incendio, Celia y Tomás habían llegado a un acuerdo.

Todavía no sabía quién lo había propuesto, qué prometió cada uno ni qué recibió exactamente su madre a cambio.

Solo sabía que el silencio de Celia no había sido únicamente una ausencia de palabras.

Durante treinta y siete años había formado parte de un pacto.