Capítulo 21 — Cuando estéis las cinco
La llamada del archivo de Valdemora llegó dos días después de que Salcedo les confirmara que Tomás Gálvez estaba identificado y en búsqueda.
Isara reconoció la voz de la funcionaria que las había atendido cuando encontraron las cartas de las familias.
—Estoy terminando de describir la documentación que dejó Celia Ardanza —explicó— y ha aparecido algo que creo que es para ti.
Isara dejó de escribir.
—¿Qué ha aparecido?
—Un sobre. No estaba dentro de ninguna de las seis carpetas. Lo habían colocado con la documentación de entrega del depósito y hasta ahora no se había separado porque seguimos trabajando con aquella incorporación.
—¿Está abierto?
—No.
—¿Qué pone?
La mujer guardó silencio un instante.
—Tu nombre.
Isara esperó.
—Y debajo dice: «Cuando estéis las cinco».
Aquellas palabras borraron durante unos segundos todo lo que rodeaba a Isara.
Habían pasado semanas desde la primera carta de Celia, desde aquella fotografía encontrada la noche de su entierro y desde la orden más sencilla de todas: busca a las otras.
Durante ese tiempo Isara había aprendido a desconfiar incluso de las instrucciones que procedían de su madre, pero aquella no exigía interpretación.
—Voy a buscarlo.
—Necesito que firmes la retirada porque esto no forma parte del fondo documental. Es correspondencia personal que quedó con los papeles del depósito.
—¿Puede guardármelo hasta mañana?
—Claro.
Cuando colgó, llamó primero a Salcedo.
La inspectora no se opuso a que fuera a recogerlo, aunque le pidió que no viajara sola y que no modificaran las medidas de seguridad que mantenían desde el disparo.
—Gálvez sigue sin aparecer —dijo—. Eso no significa que haya dejado de interesarle lo que encontréis.
—¿Quieres ver el sobre antes de que lo abramos?
—Si Celia te lo dejó personalmente, no voy a tratarlo como una prueba policial solo porque pueda estar relacionado con 1989. Si contiene algo relevante para la investigación actual o para los hechos que estamos investigando, entonces hablaremos.
Isara agradeció que siguiera existiendo aquella diferencia.
La policía ya conocía mucho más que unas semanas antes, pero aquellas cinco mujeres seguían decidiendo qué parte de lo descubierto querían compartir y qué hacer con sus propias vidas.
* * *
Cora condujo hasta Valdemora.
Insistió en hacerlo porque Isara seguía tocándose la ceja cada vez que se ponía nerviosa y, según ella, una persona que no podía dejar en paz una herida tampoco tenía derecho a sujetar un volante durante hora y media.
—Esa regla te la acabas de inventar.
—Todas las reglas empezaron siendo inventadas.
—No funciona así.
—Pues esta sí.
Isara dejó de discutir.
El sobre estaba dentro de una funda transparente cuando llegaron al archivo. La funcionaria les enseñó primero la ficha del depósito, donde aparecía la letra de Celia, la fecha de entrega y la relación de las seis carpetas de correspondencia que ya conocían.
Junto a aquello habían encontrado una pequeña carpeta administrativa con el formulario firmado por Celia y, entre sus hojas, el sobre.
—Por eso no lo vimos cuando vinisteis —explicó la mujer—. Nosotras os sacamos la documentación que había depositado para consulta. Esto quedó con los papeles internos porque estaba dirigido a ti.
Isara observó la letra.
PARA ISARA.
Debajo, con el mismo bolígrafo:
CUANDO ESTÉIS LAS CINCO.
No había nombres ni ninguna indicación más.
—¿Celia dijo algo cuando lo dejó? —preguntó.
La funcionaria consultó una nota de su compañera.
—Solo que, si algún día venías a preguntar por su depósito, guardáramos también esto. Por lo que veo, nadie reparó en la segunda línea hasta ahora.
Cora miró a Isara.
—Tu madre confiaba mucho en que fueras insistente.
Isara no sonrió.
—Confiaba en que encontráramos a las otras.
Firmó la retirada y guardó el sobre sin abrirlo.
Aquella vez ni siquiera Cora propuso hacerlo en el coche.
* * *
Se reunieron al día siguiente en el mismo alojamiento protegido donde Salma seguía permaneciendo temporalmente.
El brazo le dolía menos, aunque todavía llevaba vendaje y evitaba algunos movimientos. Leire había vuelto a casa la noche anterior para estar con sus hijos y regresó aquella mañana. Duna llegó desde Zaragoza poco después, con el ordenador y una carpeta que no abrió.
De momento, los documentos podían esperar. Isara dejó el sobre en el centro de la mesa y Cora fue la primera en hablar.
—Para que conste, yo voto por abrirlo.
Duna la miró.
—Qué sorpresa.
—Alguien tenía que romper la tensión.
—Lo intentas demasiado.
—Eso me lo dicen mucho.
Salma apoyó la mano sana en el borde de la mesa.
—¿Sabemos que es de Celia?
Isara le enseñó la escritura y la documentación del archivo.
—Lo depositó ella hace cuatro meses.
—Entonces ábrelo.
Isara lo sostuvo durante unos segundos.
La primera carta de Celia había sido una orden.
Aquella parecía otra cosa. Después de todo lo ocurrido ya sabía que su madre no había sido una observadora exterior de La Esperanza, pero seguía quedando un margen al que Isara se había aferrado sin reconocerlo.
Celia podía haber visto irregularidades, haber descubierto demasiado tarde lo que ocurría o haber colaborado en cosas que creyera legales.
La fotografía junto a las bolsas había reducido ese margen.
Amparo lo había reducido más cuando confirmó que conocía a Tomás.
Isara introdujo un dedo bajo la solapa.
Dentro había varias hojas escritas a mano, sin fotografías ni números: solo la letra de Celia.
Isara empezó a leer en silencio, pero Cora negó.
—No.
—¿Qué?
—Si es para cuando estemos las cinco, la escuchamos las cinco.
Isara miró a las demás y, como nadie se opuso, respiró hondo y empezó de nuevo.
—«Si habéis llegado hasta aquí, significa que os habéis encontrado».
La letra era más firme en aquella primera página que en la carta del entierro.
—«No sé cuánto habréis tenido que descubrir para conseguirlo ni qué partes seguirán faltando. Tampoco sé si habréis decidido confiar unas en otras. Solo sé que, si las cinco estáis juntas, ya habéis llegado más lejos de lo que yo pude llegar antes de morir».
Isara tuvo que detenerse.
Celia no decía que supiera quiénes eran ahora Leire, Duna o Salma. No daba por hecho que todo hubiera ocurrido de una manera concreta. Había dejado una condición sencilla: si llegaban a encontrarse, podían continuar.
Siguió leyendo.
—«Durante muchos años me conté una versión de lo que hice que me permitía vivir conmigo misma. Pensaba que ayudábamos a niñas que no podían volver con sus familias a llegar a casas donde las querían. A veces fue verdad que esas casas las quisieron. Eso no convierte en verdad lo demás».
Duna levantó la mirada.
Isara continuó.
—«Trabajé en La Esperanza. No me limité a cuidaros».
Las palabras parecieron ocupar la habitación antes de que Isara pudiera leer la siguiente línea.
Ni Cora ni Leire hicieron ningún comentario.
—«Participé en salidas de niñas del centro».
Isara dejó de leer porque la frase era inequívoca.
Durante semanas había buscado explicaciones que permitieran colocar a Celia cerca de las bolsas sin situarla dentro de lo que había ocurrido. Aquella posibilidad acababa de desaparecer.
—Sigue —dijo Salma con suavidad.
Isara volvió a la página.
—«Preparé ropa. Entregué documentación. Acompañé a niñas hasta coches y, en más de una ocasión, ayudé a que una salida se produjera sin hacer las preguntas que debería haber hecho».
La fotografía de Celia junto a la salida de servicio regresó a Isara con una claridad desagradable: su madre joven junto a la puerta, una bolsa en las manos y apenas un brazo y un hombro de otra persona a su lado. Ya no podía imaginar que estuviera allí por casualidad.
—«Había cosas que se decidían fuera de La Esperanza. El centro no podía hacerlas solo. Había personas que organizaban contactos con familias, traslados y papeles, y otras que intervenían en el dinero. Algunas conocíamos una parte. Otras personas conocían mucho más».
Isara pensó en Tomás y el nombre quedó sin pronunciar.
La policía acababa de demostrar que Gálvez aparecía precisamente en varios de aquellos lugares a la vez.
Isara pasó a la segunda hoja.
—«Yo sabía que algunas niñas tenían familia que preguntaba por ellas. Vi cartas que no se entregaron y acepté explicaciones que ahora sé que no debía haber aceptado».
Leire se movió en la silla.
—Entonces sabía lo de las cartas.
Isara dejó la hoja ligeramente más baja.
—Sí.
—No las encontró después.
—No.
Importaba porque Celia no había descubierto décadas más tarde que las familias las reclamaban; había conservado copias porque ya lo sabía entonces.
Duna fue la que formuló la siguiente pregunta.
—¿Dice si sabía que había dinero?
Isara buscó antes de contestar.
—Todavía no.
Continuó leyendo.
—«No puedo deciros en esta carta qué sabía cada familia que os recibió porque yo tampoco lo sabía. Algunas podían creer que estaban resolviendo una adopción irregular. Otras quizá supieran más. Sería una mentira por mi parte convertirlas a todas en lo mismo para repartir mejor mi culpa».
Duna se quedó completamente quieta.
Isara comprendió por qué aquella frase podía dolerle de una manera distinta. El padre de Duna había pagado una cantidad importante. La familia de Salma, en cambio, había vivido contando cada peseta. La carta se negaba a ofrecer una respuesta única donde todavía no la tenían.
—«Tampoco quiero que penséis que el cariño que recibisteis después fue falso porque vuestro origen esté lleno de mentiras. Una cosa no borra necesariamente la otra».
Cora bajó los ojos.
Isara pensó en Teresa y en la madre adoptiva de Cora, dos mujeres que habían amado a la misma niña desde lugares completamente diferentes y sin conocerse.
La siguiente parte de la carta era más breve.