Capítulo 21 — Cuando estéis las cinco #2
—«Separé la información porque no confiaba en que pudiera permanecer junta.
Había personas que habrían querido destruirla, y durante muchos años yo misma fui una de las razones por las que siguió escondida.
Por eso una parte quedó en La Esperanza, otra en el archivo y otra con Clara.
Necesitaba que ningún hallazgo dependiera únicamente de mí».
Cora miró su fotografía.
—Clara.
—Te había encontrado —dijo Leire.
Cora asintió.
—Solo a mí.
Isara siguió.
—«No pude localizar a todas. No me dio tiempo y, en algunos casos, ni siquiera sabía qué nombre estabais usando. Esperaba que, cuando Irene y Clara tuvieran las rutas, pudieran continuar».
Esa precisión confirmó algo que Isara necesitaba leer: Celia no había dispuesto cada encuentro, sino que había construido el comienzo y había confiado en que ellas hicieran el resto.
—«Si estáis leyendo esto las cinco, entonces lo habéis conseguido».
Isara llegó a la última página.
La letra cambiaba allí. Las líneas empezaban a caer ligeramente hacia la derecha y algunas palabras estaban repasadas, como si Celia hubiera tenido que detener la mano varias veces.
—«Hay algo que no quiero que descubráis de otra persona».
Isara sintió cómo se le cerraba el estómago.
Leyó más despacio.
—«Yo formé parte de aquello».
Celia ya había enumerado actos en la primera parte; allí, en cambio, estaba nombrando su responsabilidad.
—«No estuve atrapada desde el principio ni fui una mujer que un día abrió una puerta y descubrió lo que hacían los demás. Durante un tiempo colaboré porque quise creer que aquellas niñas iban a estar mejor y porque era más fácil aceptar esa explicación que mirar todo lo que la contradecía».
Cora levantó la cabeza.
Isara no pudo continuar inmediatamente.
Su madre no estaba pidiendo que la entendiera ni estaba atribuyendo todo a Tomás, a Amparo, a Álvaro Mendía o a personas que ya no podían responder. Se estaba colocando dentro.
Leire habló con cautela.
—¿Quieres que siga otra?
Isara negó.
—No.
Volvió a la carta.
—«Cuando comprendí que no podía seguir llamando ayuda a lo que hacíamos, ya había participado demasiadas veces para poder fingir que no era también responsabilidad mía».
La línea siguiente estaba separada.
—«No os pido que me perdonéis».
Isara sintió que algo se rompía sin ruido.
Había pasado la vida entera queriendo a Celia con una certeza que nunca había necesitado examinar. Incluso después de descubrir La Esperanza había conseguido mantener separadas a su madre y a la mujer joven de las fotografías, como si fueran etapas distintas que pudieran juzgarse por separado.
La carta acababa de unir a la madre que Isara había amado con la mujer que había participado en aquellas salidas. Pero eran la misma mujer.
—¿Qué más dice? —preguntó Duna.
Isara bajó la vista hacia las pocas líneas que quedaban.
—«Todavía os falta saber qué ocurrió la noche del incendio y qué hice después. Esa parte habla de Irene y no quiero meterla en esta carta sin convertir a las otras cuatro en espectadoras de algo que primero tendrá que decidir ella cómo quiere conocer».
Isara frunció el ceño y Cora la miró.
—Eso eres tú.
—Sí.
—¿Hay otra carta?
Isara continuó antes de responder.
—«Llegará el momento».
No había nada más: Celia no decía dónde llegaría ese momento, no explicaba qué había hecho con Irene y no hablaba de ningún pacto.
La pregunta que llevaba semanas creciendo dentro de Isara permanecía exactamente donde estaba: ¿por qué ella no había llegado a Calahorra?
Pasó a la última línea.
—«De vosotras cinco puedo deciros que salisteis vivas del edificio. De Mara solo puedo deciros lo que siempre creí: también salió viva, pero la perdimos después».
Salma cerró los ojos un momento.
Isara volvió a leer aquella frase para sí. No aportaba nada que no supieran: Amparo había contado que Mara murió por las consecuencias del humo, Salma la había visto salir viva en sus brazos y Celia creía la misma historia.
—Así que Mara —murmuró Cora.
—Sigue siendo Mara —respondió Isara.
Guardaron silencio.
En la mesa estaban la carta de Celia, la fotografía de las seis y cinco mujeres cuyas identidades ya habían asociado con cinco de aquellos rostros.
La sexta seguía siendo, para ellas, una niña que, según todos los adultos que habían hablado de ella, no había llegado más allá de aquella noche.
Duna fue la primera que volvió a la parte de la carta que acababa de cambiarlo todo.
—Celia participaba en las salidas.
Isara asintió.
—Sí.
—Y sabía que había familias reclamando a algunas niñas.
—Sí.
—Entonces ya no podemos decir que simplemente sospechaba que ocurría algo raro.
Isara notó la dureza de la mesa bajo las manos.
—No.
Cora la miró.
—Tampoco sabemos todavía hasta dónde llegó.
Isara agradeció la precisión aunque le doliera.
—No.
Leire señaló las hojas.
—Ella misma dice que nos falta esa parte.
Salma permaneció callada durante varios segundos antes de hablar.
—Yo la recuerdo contigo.
Isara la miró.
—Lo sé.
—No te lo digo para defenderla.
—Ya.
—Te lo digo porque una cosa no va a hacer desaparecer la otra.
Era casi la misma idea que Celia había escrito sobre las familias que las criaron.
Isara no sabía todavía si le servía aplicada a su madre.
Quizá algún día le serviría; aquella tarde, no.
Cogió las hojas y volvió a colocarlas en el sobre.
Durante semanas Celia había sido el hilo que las llevaba hacia la verdad. Había dejado la fotografía, los números, las cartas y las rutas; había localizado a Cora y había previsto que, si conseguían encontrarse las cinco, necesitarían saber algo más.
Ahora Isara comprendía el precio de haber seguido aquel hilo: Celia no solo había dejado pistas, también había participado en aquello que ellas intentaban reconstruir.