Solo una murió Capítulo 20 — Tomás
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Capítulo 20 — Tomás

Salcedo llamó a Isara a la mañana siguiente.

Habían regresado tarde de Huesca y ella apenas había dormido.

Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver el arma elevándose hacia Salma y el movimiento de su cuerpo antes de lanzarse contra Tomás.

La ceja le dolía menos, aunque la tira nueva seguía tensándole la piel, y durante la noche había descubierto varios golpes en el hombro y la cadera que el día anterior no había sentido.

—¿Cómo está Salma? —preguntó la inspectora.

—Ha dormido poco, pero está bien. Dentro de lo que cabe.

—Sigue con protección. Su hijo sabe que ha ocurrido algo grave, aunque ella decidirá cuánto quiere contarle.

Isara agradeció que Salcedo no añadiera ninguna opinión. En aquellas semanas todos habían empezado a tener familiares a los que proteger de una historia que cada día resultaba más difícil mantener fuera de sus vidas.

—¿Habéis encontrado a Tomás?

—Todavía no sabemos a qué Tomás estamos buscando.

Isara se incorporó en la cama.

—Salma lo reconoció.

—Y no estoy cuestionando que lo reconociera. Tenemos su declaración, las cámaras del aparcamiento y varios testigos que vieron al atacante, pero necesitamos un apellido y una identidad comprobable. He revisado otra vez todo lo que tenemos de La Esperanza. No aparece ningún Tomás que encaje.

—Porque no trabajaba allí.

—Eso es lo que parece. Y hay una persona que puede saberlo.

Isara pensó en Amparo antes de que Salcedo pronunciara su nombre.

—¿Quieres hablar con ella?

—Quiero que estemos las dos.

La respuesta la sorprendió.

—¿Por qué yo?

—Porque no voy a interrogarla formalmente.

Será una conversación voluntaria y podrá terminarla cuando quiera.

Fue a ti a quien llamó y contigo empezó a admitir que llevaba años ocultando cosas.

Si entro sola con una pregunta sobre un hombre que acaba de disparar a una de vosotras, puede cerrarse o pensar que únicamente me interesa la investigación penal.

Tú necesitas saber qué hacía ese hombre en 1989.

—Y tú necesitas saber quién es ahora.

—Exactamente.

Amparo aceptó verlas aquella misma tarde. Salcedo dejó claro por teléfono que no estaba citada a declarar y que podía negarse o dar por terminada la conversación en cualquier momento. Amparo dijo que las recibiría y no preguntó el motivo.

Cuando Isara llegó con Salcedo a su casa, encontró las mismas macetas junto a la puerta y el mismo recibidor silencioso de la primera visita. Había demasiadas preguntas abiertas para añadir otra sin motivo.

Amparo las condujo al salón. Parecía más cansada que unas semanas antes; no más vieja, pensó Isara, sino menos capaz de esconder el peso que llevaba encima.

—He visto las noticias locales —dijo antes de sentarse—. Una mujer herida en Huesca.

Isara notó que Salcedo la observaba.

—Salma —respondió.

Amparo frunció el ceño.

—No conozco ese nombre.

—Antes se llamaba Sara.

La reacción fue mínima, pero Isara la vio: los dedos de Amparo se cerraron alrededor del brazo del sillón.

—La habéis encontrado.

—Sí.

Amparo bajó la mirada.

—Entonces ya sois cinco.

Aquellas palabras dejaron una pausa incómoda porque, al decir cinco, Amparo seguía contando a Mara entre las muertas.

—Salma recuerda bastante más que nosotras —dijo Isara—. Tenía ocho años.

—Era la mayor.

—Recuerda los coches detrás de La Esperanza. Recuerda que tú saliste con Mara.

Amparo levantó los ojos.

—Eso ya os lo conté.

—Sí.

Isara esperó un momento. No quería preparar la pregunta ni rodearla de explicaciones que permitieran a Amparo anticipar la respuesta.

—¿Quién es Tomás?

Amparo dejó de respirar durante un instante. No preguntó qué Tomás ni fingió buscar entre recuerdos antiguos; miró primero a Isara y después a Salcedo.

—¿Quién te ha dicho ese nombre?

—Salma.

Amparo palideció.

—¿Lo recuerda?

—Lo reconoció anteayer.

La expresión de Amparo cambió.

—¿Dónde?

—En Huesca.

—¿Estaba allí?

—Intentó quitarle una carpeta y el teléfono. Cuando Salma lo reconoció y dijo su nombre, sacó un arma.

Amparo se llevó una mano a la boca.

—Dios mío.

—Le disparó. La bala le rozó el brazo porque me lancé contra él, pero está viva.

Amparo cerró los ojos y tardó unos segundos en volver a abrirlos.

—Entonces era él.

Salcedo intervino entonces.

—Necesito que me diga su nombre completo.

Amparo miró hacia la ventana.

—Tomás Gálvez.

Isara repitió mentalmente el apellido. Aquel hombre dejaba al fin de ser solo una presencia asociada a fotografías lejanas, coches, mensajes o puertas forzadas: tenía un nombre que podía corresponder a una persona concreta.

—¿Trabajaba en La Esperanza? —preguntó Salcedo.

—No.

—¿Para la asociación?

—No oficialmente.

—¿Para quién trabajaba?

Amparo se tomó tiempo antes de responder.

—Nunca lo supe del todo.

Salcedo no mostró impaciencia.

—Cuénteme lo que sí sabía.

—Aparecía cuando había movimientos.

—¿Qué clase de movimientos?

Amparo miró a Isara.

—Salidas.

La palabra hizo que Isara se tensara.

—¿De niñas?

—Sí.

—¿Las nuestras?

—También.

Amparo se levantó y fue hasta una de las ventanas, donde permaneció de espaldas a ellas.

—Tomás no cuidaba a las niñas, no llevaba el centro y no firmaba nuestros turnos. Podían pasar semanas sin que apareciera y después venir tres veces en dos días. Hablaba con Álvaro, con Ferrer, con conductores y con gente que yo no conocía. Algunas familias preguntaban por él.

Duna había aportado números; Salma, coches; Leire, bolsas; Cora, documentación. Isara sintió que aquellos elementos empezaban a acercarse unos a otros.

—¿Qué hacía exactamente? —preguntó.

—Sabía adónde tenía que ir cada niña.

—Eso también podía saberlo un conductor.

—Un conductor sabía una dirección. Tomás sabía quién esperaba allí, quién tenía los papeles, si faltaba una firma, cuándo salía otro coche y con quién había que hablar si algo se retrasaba.

Salcedo tomó una nota.

—¿Manejaba dinero?

Amparo dudó.

—Lo veía hablar de cantidades con Álvaro y con otras personas.

—¿Lo vio recibir pagos?

—No voy a decir que sí porque no lo vi.

La precisión sorprendió a Isara.

Amparo se volvió hacia ellas.

—He mentido demasiado tiempo. No quiero empezar ahora a rellenar lo que no sé.

Era la primera vez que Amparo marcaba por iniciativa propia la diferencia entre lo que había visto y lo que solo sabía de oídas.

—¿Celia conocía a Tomás? —preguntó.

La mujer tardó más en contestar.

—Sí.

—¿Cuánto?

—Se conocían de La Esperanza.

—Eso no responde.

Amparo sostuvo su mirada.

—Es lo que puedo decirte ahora sin mezclar cosas que todavía no has comprobado.

—Llevamos casi un mes viviendo dentro de esas cosas.

—Lo sé.

—Y Salma casi muere hace dos días.

Amparo bajó la cabeza.

—También lo sé.

Salcedo intervino antes de que la conversación se desplazara hacia un terreno distinto.

—Necesito centrarme en Gálvez. ¿Qué edad tendría entonces?

—Treinta y pocos. Quizá algo más.

—¿De dónde era?

—No lo sé.

—¿Tenía empresa?

—Creo que sí, aunque cambiaba mucho la forma de presentarse. A veces decía que gestionaba traslados; otras, documentación. Nunca vi un contrato suyo con el centro.

—¿Algún teléfono o un socio que recuerde?

Amparo negó.

—Después de tantos años, no puedo darle nada seguro.

Salcedo cerró la libreta.

—¿Lo ha vuelto a ver desde entonces?

—No.

—¿Ha hablado con él?

—No.

Isara observó a Amparo.

—¿Ni una sola vez desde 1989?

—No.

—¿Él sabe dónde vives?

Amparo pareció considerar la pregunta.

—Supongo que podría averiguarlo, pero nunca ha venido aquí.

—¿Y sabía dónde estaba yo?

Aquella vez Amparo no respondió de inmediato.

—Sabía que Celia se había quedado contigo. Lo que no sé es cómo conservó tu paradero durante tantos años.

La respuesta no abría todavía la parte que Isara necesitaba entender, pero Salcedo la dejó pasar.

—No salga sola durante unos días y llámeme si Gálvez intenta contactar con usted.

Amparo soltó una risa breve y triste.

—Si Tomás me llama después de treinta y siete años, inspectora, será usted la segunda persona en saberlo.

—¿Quién será la primera?

—Yo.

Salcedo no sonrió.

Antes de marcharse, Isara se volvió desde la puerta.

—¿Por qué no dijiste su nombre cuando vino la policía la primera vez?

Amparo no buscó una excusa.

—Porque todavía estaba intentando decidir cuánto de mi vida podía desmontar sin arrastrar la de otra persona conmigo.

Isara pensó en la fotografía del salón, pero no miró hacia ella.

—Y ahora han disparado a Salma.

—Sí.

—Ya no puedes decidir solo tú.

Amparo no intentó discutirlo.

* * *

Salcedo tardó dos días en volver a llamar.

Durante ese tiempo, Isara recibió mensajes de Cora a todas horas, actualizaciones de Leire sobre Salma y dos llamadas de Duna para preguntar si había noticias. Salma seguía protegida y había hablado por fin con su hijo. No explicó los detalles en el grupo, y ninguna se los pidió.

Tomás Gálvez no había aparecido en su domicilio habitual.

El teléfono que constaba a su nombre llevaba apagado desde la noche del disparo y el vehículo que la policía relacionaba con él tampoco estaba donde debería.

Para Salcedo, aquella desaparición era compatible con alguien que sabía que lo estaban buscando, aunque no demostraba por sí sola nada de lo ocurrido en Huesca.

—Tenemos que demostrar que el hombre al que Salma reconoció es Tomás Gálvez —explicó cuando reunió a las cinco por videollamada—. Y estamos avanzando.

Salma permanecía algo apartada de la cámara, con el vendaje todavía cubriéndole buena parte del brazo.

—¿Cómo?

—Primero hicimos una identificación fotográfica con varias imágenes. Señalaste a Gálvez sin que te dijéramos cuál de los hombres era.

Salma asintió.

—Sí.

—Eso vincula tu reconocimiento del aparcamiento con una identidad concreta, pero no basta para demostrar qué papel tenía en 1989. Para eso necesitábamos otra vía.

La inspectora levantó una carpeta.

Había vuelto a hablar por separado con Mateo Sanz y Julián Ferrer, sin contarles primero lo que Amparo había dicho. A los dos les mostró, entre varias fotografías, una imagen reciente de Tomás Gálvez obtenida de registros administrativos actuales.

Mateo lo reconoció.

—Dice que era el hombre que algunas veces le entregaba las direcciones —explicó Salcedo—. No siempre, pero lo recuerda porque no pertenecía al centro y, aun así, podía cambiarle una hora o un destino sin consultar delante de él con nadie de La Esperanza.

Isara pensó en el dibujo de Salma y en los coches colocados detrás del edificio.

—¿Y Ferrer?

—También lo reconoce. Según él, Gálvez aparecía como intermediario de varias personas que tramitaban acogimientos o adopciones privadas. Ferrer sostiene que nunca supo exactamente para quién trabajaba.

Duna apoyó la barbilla en una mano.

—Qué casualidad. Nadie sabía nada.

Salcedo no discutió.

—Eso es lo que tendremos que determinar, pero hay algo más sólido que los recuerdos.

Compartió en pantalla varias imágenes digitalizadas.

La primera era la copia de una agenda profesional que Ferrer había entregado después de la segunda entrevista. El nombre de Tomás Gálvez aparecía junto a un número de teléfono y varias anotaciones fechadas en 1989.

La segunda procedía de documentación económica de la asociación. No contenía pagos directos a Gálvez, sino referencias cruzadas a gestiones realizadas mediante el mismo número de contacto.

La tercera era una copia conservada en el expediente de una familia receptora ajena a las cinco. En el margen figuraba escrito a mano:

TOMÁS — LLAMAR ANTES DEL TRASLADO.

—¿Otra niña? —preguntó Cora.

—Otro expediente que estamos revisando. No voy a entrar todavía en esa historia porque afecta a una persona que no sabe nada de vosotras ni tiene por qué convertirse en parte de esta investigación sin su consentimiento.

Isara agradeció el límite.

—Pero el teléfono coincide —dijo Duna.

—Sí. Y aparece también en dos anotaciones relacionadas con documentación y en una indicación de transporte conservada fuera de La Esperanza.

Duna se acercó a la pantalla.

—Entonces no estaba en una sola parte.

—Ahí está la diferencia.

Salcedo amplió las tres imágenes.

—Hasta ahora teníamos piezas que podían explicarse por separado.

Mateo podía ser un conductor que hacía lo que le ordenaban; Ferrer, un gestor que tramitaba documentación; la asociación podía recibir dinero sin que cada persona que trabajaba con ella supiera el origen exacto, y las familias podían haber tratado con intermediarios distintos.

Gálvez aparece en más de una de esas capas.

Isara señaló la hoja de rutas que tenía junto al ordenador.

—En los traslados.

—Sí.

Duna añadió:

—Y cerca del circuito del dinero.

—De las aportaciones y de las personas que las gestionaban, al menos. También aparece conectado con documentación y con familias receptoras.

Leire miró las imágenes.

—Entonces una misma persona podía pasar de una parte a otra.

—Eso es lo que podemos sostener ahora. Todavía no sabemos cómo funcionaba el conjunto, cuánto sabía cada adulto ni si todas las niñas siguieron exactamente el mismo procedimiento. Pero ya no resulta razonable tratar cada irregularidad como un hecho aislado.

Isara recordó algo que Amparo había dicho: un conductor sabía una dirección; Tomás sabía quién esperaba, quién tenía los papeles y qué hacer si algo se retrasaba.

—Él veía mucho más que los demás.

—Al menos más que las personas que hemos podido reconstruir hasta ahora —respondió Salcedo—. Tenía capacidad para conectar elementos que nunca aparecían juntos en los archivos de La Esperanza.

Salma movió con cuidado el brazo herido.

—Por eso me disparó.

Salcedo la miró a través de la pantalla.

—Te disparó después de que lo reconocieras. Eso es lo que podemos afirmar.

Salma sostuvo su mirada.

—Me vale.

Isara pensó en las semanas anteriores, en la sensación constante de perseguir fragmentos que alguien había separado: una carta llevaba a una familia, un número a una niña, una transferencia a una asociación y una carretera a otra ciudad.

Tomás no agotaba aquella historia; su rastro demostraba, precisamente, que había algo más amplio que él.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó.

—Ahora lo buscamos —respondió Salcedo—. Formalmente y con prioridad. Tenemos una tentativa de homicidio, robo, una víctima que lo reconoce, imágenes parciales y una identidad que ya no depende de una sola declaración.

—¿Y 1989?

—La investigación acaba de abrirse mucho más.

Isara miró en la pantalla a Cora, Leire, Duna y Salma, y después bajó la vista hacia la fotografía de las seis niñas que tenía junto al ordenador. Durante semanas habían intentado averiguar qué les había ocurrido a ellas; al fin empezaban a comprender que la respuesta no terminaba en La Esperanza.

Tomás Gálvez nunca había pertenecido al hogar. Su papel estaba fuera, en los enlaces entre las personas, los traslados, los papeles y las familias que lo rodeaban.