Capítulo 19 — Las cinco
La tarde siguiente, Salma llevaba el brazo vendado y el cansancio se le notaba más que el dolor.
Salcedo había conseguido que pasara la noche fuera de su casa y que durante los días siguientes no estuviera sola.
También había insistido en que, si las cinco querían volver a reunirse, no lo hicieran en el taller de Isara, en casa de ninguna de ellas ni en un lugar que pudiera relacionarse fácilmente con sus rutinas.
Acabaron utilizando una pequeña sala del alojamiento en el que se encontraba Salma, con la entrada controlada y dos agentes que sabían quiénes estaban dentro.
La situación resultaba extraña. Durante semanas habían buscado a las otras casi a escondidas, decidiendo qué contar y a quién, y ahora necesitaban avisar para poder sentarse juntas alrededor de una mesa.
Salma llegó la última, acompañada hasta la puerta. Llevaba una sudadera amplia para que la manga no rozara el vendaje y movía el brazo con cuidado.
—Te duele —dijo Leire.
—Bastante menos que ayer.
Isara se tocó sin querer la ceja. Después de haberse lanzado contra Tomás, una de las tiras de aproximación había empezado a despegarse y se la habían cambiado en el hospital. El morado estaba desapareciendo, pero al tocarlo todavía encontraba un punto doloroso.
Salma se dio cuenta.
—Entre las dos damos una imagen estupenda.
Cora dejó una botella de agua frente a ella.
—Podemos decir que hacemos deportes de riesgo.
—Tú no tienes ni un rasguño.
—Tengo estrés acumulado.
Duna sacó el teléfono.
—Ese no deja cicatriz.
—Todavía no lo sabemos.
La conversación se apagó sin que ninguna tuviera que pedirlo.
Sobre la mesa estaban la fotografía de las seis niñas, una copia del plano que Salma había dibujado antes del ataque y las imágenes que habían conservado de su carpeta azul.
El original se lo había llevado Tomás junto con el móvil.
Salcedo había pedido bloquear el terminal, conservar cualquier acceso remoto y entregar a la policía todo lo que pudiera ayudar a seguirlo, pero por el momento no había noticias de ninguno de los dos objetos.
La fotografía, en cambio, seguía allí.
Isara la miró y pensó que había pasado demasiado tiempo observando aquellos rostros sin saber quiénes eran. Ahora tenía delante a cuatro de las mujeres en las que se habían convertido.
Irene, Clara, Elena, Marta y Sara.
Los nombres antiguos ya no conseguían borrar los actuales, aunque empezaban a ser también nombres propios y no simples datos de un expediente.
Salma acercó el plano.
—Ayer dije que creía que podía reconstruir cómo salimos porque algunas cosas volvieron cuando vi las ruinas y después, al dibujar esto, encajaron otras. Pero quiero hacer una cosa antes.
—¿Cuál? —preguntó Isara.
—Que no me ayudéis.
Cora frunció el ceño.
—Eso suena regular.
—Quiero contar lo que recuerdo antes de que me digáis lo vuestro. Si empiezo a oír detalles, dentro de una semana quizá ya no sepa cuáles eran míos y cuáles me los habéis contado vosotras.
Leire asintió inmediatamente.
—Tiene sentido.
Salma colocó una hoja en blanco junto al primer plano y empezó a dibujar con la mano izquierda porque mover demasiado la derecha le tiraba de la herida.
—Nuestra habitación estaba aquí. No puedo garantizar la escala, pero sí la relación entre los sitios.
Marcó el corredor que ya había dibujado el día anterior, el giro hacia la parte posterior del edificio y la salida de servicio.
—Recuerdo humo, aunque no creo que hubiera tanto todavía donde estábamos nosotras. También recuerdo que nos hicieron vestirnos.
Leire levantó la cabeza, pero no dijo nada.
—Había bolsas preparadas desde antes. Eso lo tengo claro porque durante el día ya las habíamos visto. Algunas tenían ropa nuestra.
Isara miró a Leire. Aquello coincidía con uno de sus recuerdos, pero ninguna interrumpió.
Salma continuó.
—No salimos corriendo todas juntas porque alguien hubiera abierto una puerta y nos hubiera dicho que el edificio ardía. Hubo adultos entrando y saliendo. Nos movieron.
Duna dejó de tomar notas.
—¿Quiénes?
—No puedo poner nombres a todos.
—¿A alguno?
Salma señaló la fotografía.
—A Amparo la recuerdo con Mara. A Celia la recuerdo cerca de Irene. Y a Tomás lo recuerdo fuera, junto a los coches.
Pronunciar su nombre seguía produciendo un efecto distinto.
El nombre ya no estaba ligado solo a un recuerdo de 1989: era también el del hombre que le había disparado el día anterior.
—¿Qué hacía? —preguntó Isara.
—No lo sé exactamente. Se movía entre los coches y hablaba con gente. Creo que daba indicaciones, pero no podría repetir ninguna.
—¿Te habló a ti?
Salma tardó unos segundos.
—Puede que sí, pero no recuerdo una conversación. Recuerdo su cara porque lo vi varias veces aquella noche y porque alguien dijo su nombre. Ayer, cuando lo tuve delante, no pensé en un nombre y después busqué una cara. Fue al revés.
Isara entendió por qué Salcedo insistía en separar ambas cosas. Salma podía haberlo reconocido y aun así la policía necesitaba demostrar quién era aquel hombre.
—Sigue —dijo.
Salma regresó al plano.
—Creo que las primeras que salimos fuimos algunas de las mayores.
—¿Cuántas?
—No lo sé. Recuerdo a Marta cerca de mí.
Duna levantó la vista.
—Yo recuerdo gasolina.
Salma dejó el bolígrafo.
—Todavía no.
—Perdón.
—Luego me lo cuentas.
Duna hizo un gesto afirmativo.
Salma señaló la zona posterior.
—Nos llevaron hasta aquí. Había coches aparcados, más de uno, separados. No parecían coches que hubieran llegado de repente porque había un incendio. Estaban colocados.
Cora se removió en la silla.
—¿Como esperando?
—Eso creo.
La precisión importaba: Salma no podía asegurar qué intención tenían aquellos adultos, solo que los coches parecían estar ya colocados cuando las niñas salieron.
Salma continuó despacio, intentando no dejarse llevar por lo que sabía ahora.
Recordaba el frío al salir, una luz exterior y una puerta abierta; también a un adulto que la sujetó por el hombro cuando intentó volver la cabeza. Recordaba preguntar por las pequeñas y que nadie respondiera de verdad.
—Después subí a un coche —dijo—. Y ya no volví a veros.
—¿Sola? —preguntó Isara.
—Creo que sí. Puede que hubiera otra persona delante, además de quien conducía, pero ninguna niña conmigo.
—¿Y de ahí fuiste a casa de tus padres?
—No recuerdo el trayecto completo. Recuerdo dormirme y después estar en otro sitio. Mi madre siempre me contó que llegué de noche y muy cansada.
Duna miró la copia de la hoja de rutas.
Sara. Huesca.
—Estabas haciendo exactamente el viaje que figuraba aquí.
Salma observó la hoja.
—Sí.
Durante unos segundos nadie habló, hasta que Leire acercó su silla.
—Ahora puedo contarte lo mío.
Salma asintió.
—Yo recuerdo las bolsas antes del fuego —dijo Leire—. Ropa doblada, algunas cosas nuestras, adultos preparando salidas. También recuerdo que nos habían dicho que pronto nos iríamos.
—Eso coincide —respondió Salma.
—Y recuerdo una puerta de atrás. No el exterior entero, pero sí salir por una zona que no era la entrada principal.
Salma señaló el plano.
—¿Esto?
Leire lo miró con atención.
—Puede ser. No te diría el giro exacto, pero recuerdo una pared a un lado y después aire frío.
Isara sintió un pequeño vuelco.
—Yo recuerdo una pared.
Las otras la miraron.
—No sé si era esa —añadió—. Recuerdo tocar una pared mientras alguien me llevaba de la mano. Estaba fría.
No intentó buscar más. Sus recuerdos seguían siendo fragmentos, y prefería conservarlos así antes que completarlos con los de las demás.
Cora apoyó los codos sobre la mesa.
—Yo tengo menos.
—Lo que tengas —dijo Salma.
—Una puerta entreabierta. Luz fuera. Una mano adulta. Y la sensación de que alguien estaba enfadado conmigo porque quería volver atrás.
—Eso podría ser casi cualquier noche —dijo Duna.
—Ya. Por eso nunca le he dado demasiado valor.
Salma no la contradijo.
—¿Recuerdas un coche?
Cora tardó en responder.
—Recuerdo estar dentro de uno. No sé si aquella noche o después. Lo que sí sé es que mis padres de Logroño me esperaban. No aparecí allí porque alguien me encontrara entre los escombros.
Al oírlo, Isara levantó la cabeza.
Duna levantó la vista al mismo tiempo.
—A mí también me esperaban.
Sacó las fotografías de la libreta de su padre y buscó una de las páginas.
18/11 — RECOGER INSTRUCCIONES.
—Mi padre tenía esto escrito antes de que terminara aquel día. Y tres días antes había hecho la transferencia.
Leire se quedó mirando la anotación.
—Mis padres tampoco me contaron nunca que me hubiera llevado la policía, una ambulancia o servicios sociales después de un incendio. Me dijeron que les avisaron de que había una niña para ellos y que todo se precipitó.
Salma miró su dibujo.
—En mi casa fue parecido. Sabían que iba a llegar una niña.
Isara sintió que la reconstrucción empezaba a cambiar de naturaleza.
Hasta entonces habían sabido que existía una hoja de rutas preparada antes del incendio y que cuatro de aquellas rutas coincidían con los lugares donde habían crecido.
Ahora tenían algo más: recuerdos de coches esperando detrás de La Esperanza y cuatro historias familiares en las que ninguna aparecía después de un rescate de emergencia.
—Duna —dijo Salma—. Lo de la gasolina.
Duna cerró los ojos un momento.
—Es un olor. Muy fuerte. Y recuerdo estar fuera, cerca de un coche. También una discusión entre dos adultos.
—¿Qué decían?
—No lo sé. Solo que uno hablaba más alto. Durante años pensé que era un recuerdo de cualquier gasolinera.
—¿Había niñas contigo?
—No consigo verlas.
Salma señaló un punto de la parte trasera.
—Aquí había poco espacio. Si había varios coches, es posible que nos fueran sacando por separado.
Leire miró la hoja de rutas.
—Las horas.
Duna acercó la hoja y las dos comprobaron que cada nombre tenía una hora prevista; no eran idénticas.
Cora pasó el dedo por las filas.
—Entonces quizá ni siquiera iban a sacarnos juntas aunque no hubiera habido incendio.
Aquella posibilidad permaneció un momento sobre la mesa.
Las bolsas habían sido preparadas antes, los destinos ya existían y los coches podían haber estado previstos también antes del fuego.
El incendio no había organizado la salida; había ocurrido en medio de un plan que ya estaba en marcha.
Isara pensó en Celia, en todas las piezas que había dejado y en todas las cosas que todavía se había reservado.
—¿Y Mara? —preguntó.
Salma volvió la vista hacia la sexta niña.
—La última vez que la recuerdo estaba con Amparo. Tosía mucho.
—Eso encaja con lo que contó Amparo —dijo Leire—. Que sobrevivió al incendio y murió después.
Isara no contestó.
No había nada nuevo que contradijera aquella historia. Salma había visto a Mara viva fuera del edificio, y Amparo nunca había negado eso.
—¿Y yo? —preguntó Isara.
Salma la miró.
—Te recuerdo con Celia.
—¿Dentro o fuera?
—Las dos cosas.
—¿Me viste subir a algún coche?
Salma negó con la cabeza.
—No.
Isara se obligó a aceptar el límite.
Leire apoyó una mano sobre la mesa, cerca de la fotografía.
—Hay algo que sí tenemos.
Duna la miró.
—¿Qué?
—Si Salma salió en un coche que la llevó hacia la familia que ya figuraba en la ruta, Cora acabó con la familia que correspondía a Logroño, tú con la de Zaragoza y yo en Navarra... ninguna de nosotras llegó a esas casas después de un rescate improvisado.
Cora dejó de sonreír.
—Nos estaban esperando.
—O esperaban que llegara una niña —matizó Duna—. No sabemos exactamente qué les habían contado.
—Pero el traslado estaba preparado.
Eso sí podían decirlo.
Isara miró las cuatro filas que correspondían a las mujeres sentadas a su alrededor y después la suya. La de Irene señalaba Calahorra, un destino al que nunca había llegado porque Celia se había quedado con ella.
—Hay cinco historias distintas —dijo—, pero en ninguna aparece alguien que nos saque del incendio y nos entregue después a las autoridades.
Salma apoyó la mano sana sobre el plano.
—Porque no fue así.
—¿Estás segura?
Salma miró el dibujo antes de responder.
—Estoy segura de lo que vi. Había coches detrás, adultos que ya sabían que estábamos allí y bolsas que habían sido preparadas antes.
A mí no me evacuaron hacia un lugar seguro y después decidieron qué hacer conmigo.
Me metieron en uno de aquellos coches y terminé en la ciudad que ya figuraba en una ruta preparada antes del incendio.
Duna añadió las fotografías de la libreta junto a la hoja.
Leire dejó al lado una imagen de su cinta azul.
Cora colocó la copia de sus papeles de adopción mientras Isara sostenía la fotografía de las seis niñas; por separado, cada pieza admitía explicaciones, pero al reunirlas quedaba menos espacio para ellas.
Salma observó los documentos y después a las cuatro mujeres.
—Entonces nadie vino a buscarnos aquella noche.
Isara tardó en contestar.
—No de la manera que nos habían hecho creer.
Cora miró la fotografía.
—Cuatro acabamos en las ciudades previstas. Tú no —le dijo a Isara—. Y Mara...
No terminó la frase.
Mara había salido viva con Amparo y, según la historia que todavía conocían, no había sobrevivido mucho más.
Salma pasó un dedo por el borde del plano.
—Yo me pasé media vida pensando que tendría que haber hecho algo para que no nos separaran.
Leire la miró.
—No había nada que pudieras hacer.
—Ahora empiezo a verlo.
—Tenías ocho años.
Salma sonrió apenas.
—Eso me lo habéis dicho unas cuantas veces.
—Nos quedan muchas.
Cora señaló la fotografía.
—Si esperas que después de treinta y siete años seamos discretas, has elegido mal grupo.
Aquella vez Salma sí se rio, aunque enseguida se llevó una mano al brazo.
—No me hagas reír, que tira.
No eran hermanas, e Isara no sabía si alguna vez llegarían a sentirse así ni estaba segura de que necesitaran hacerlo.
Cora tenía una familia, Leire otra, Duna la suya y Salma cuatro hermanos que habían crecido con ella.
Compartir una habitación durante una parte de la infancia no borraba todo lo que había venido después.
Pero había algo que ya compartían: la certeza de que aquella noche no las habían rescatado para decidir después qué hacer con ellas. Cuatro habían llegado a destinos preparados de antemano. Isara no llegó a Calahorra, y esa diferencia seguía sin explicación.